lunes, 6 de abril de 2009

FERIAS DE LIBROS


Las ferias de libros, quién lo duda, están cargadas de significados. Ellas tienen la peculiaridad de ser opciones, dirigidas a superar la distancia entre el libro y el lector. Las ferias de libros reproducen, hay que decirlo, un espacio público en el que habita –todavía- el ancestral espíritu cívico del ágora griega. Es una forma de economía que vende un producto muy especial: la propiedad intelectual. Un producto que atrae particulares simpatías ciudadanas, en virtud del beneficio que su uso dispensa. Porque, ¿qué es el libro, sino un espejo en donde se reflejan nuestros pensamientos nítidamente?
En él, leemos, y nos leemos. El libro es un tejido, en el que se entrelaza y mezcla la historia del hombre. En él, el ser humano ha podido atrapar los mitos de la historia de la humanidad, para darles sentido, explicación y trascendencia. Los libros enseñan el significado de las pasiones y su forma de examen y control. Cuentan relatos, y protegen y embellecen el cuerpo y la vida del hombre. Y sirven para dar equilibrio a las fuerzas ocultas que brotan de la naturaleza. En ellos se explica el mundo, construyendo sentidos como señal de lo humano.
En las ferias del libro la palabra es la mercancía, pero, como hemos dicho, una mercancía muy especial. Una feria de libros es un mercado en donde adquirimos pensamientos. Las palabras se nos ofrecen a uno y otro lado de sus pasillos formando parte del significado de las cosas. Y como en los mercados públicos, las palabras expuestas en los estantes, exudan.
Fíjense, por ejemplo, cómo huele aquel libro de poesía. Palpen por ustedes mismos, la temperatura de las tapas de aquella novela. Sopesen los humores de aquel diccionario, y constaten que no son arbitrarias, ni convencionales, ni triviales las afirmaciones de ese libro de física.
Las ferias de libros son presencias humanas naturales, que forman parte del gran organismo de la realidad. Son presencias vivas, en donde hay palabras buenas, que deseamos ardientemente, y, seguramente, también, palabras malas; palabras que detestamos y fustigamos, pero a las que defendemos, por encima de todas las cosas, en su derecho de ser pronunciadas.
Las ferias de libros son un mercado abierto de palabras, y para las palabras, que nos invita a compartir y a saborear los platos servidos por las casas editoriales que sazonan con su presencia: Ya vemos por allá un plato que se asoma, provoca y escandaliza, por la energía de sus condimentos. En este otro stand hay algunos preparados para ser saboreados, lamidos y deglutidos, sin cargo de conciencia. Este de más acá, que humea por lo reciente de su cocción, asoma una lengua que modula el aire vibrante que sale de sus hojas, y que nos dice con sus ruidos y sonidos, el alimento del que está hecho.
Porque la feria, húmeda, carnosa y rosada, vertida en los libros que se exhiben, es una avanzada de nuestro cuerpo sobre el mundo. Es nuestra mente, más allá de la frontera de nuestros labios.

domingo, 5 de abril de 2009

LEONARDO PADRÓN: LA POESÍA ES UN VICIO QUE SE ACTIVA CON EL CONSUMO DEL LECTOR

Foto de José Antonio Rosales.

El poeta y guionista Leonardo Padrón sostiene que la televisión es el libro del analfabeta, y que los creadores que deseen involucrarse con ella para hacer un trabajo, deben tener "ciertos conocimientos de esgrima y alguna pericia brasileña para el gambeteo. Hay que penetrar las entrañas del monstruo, y desde allí permear, con sensibilidad, el producto, introduciendo clandestinamente la poesía en la televisión".
El autor de Balada, Tatuaje, Boulevard y Amor Tóxico, entre otros libros, se percibe a sí mismo como una figura del cemento, un caminante de la calle. No ejerce el ego, y declara que, en ocasiones, el reconocimiento le ha llevado a vivir una ciudad restringida. Con el poeta Vicente Gerbasi afirma que la poesía es el pent-house del arte, y que "ser poeta es una manera de ver el mundo".

TOMAR LA CALLE
“Hay muchos más lectores de lo que suponemos o de lo que decretamos que existen. Lo que ocurre es que la literatura está rodeada de demasiados pruritos académicos y literarios. Los creadores nos quejamos de que no tenemos lectores, pero nos gusta sentirnos que somos una élite; que somos los elegidos, que somos una tribu, que manejamos un código cifrado al que más nadie puede acceder, porque eso nos convierte en los iniciados de una suerte de religión. Esta actitud, que me parece absolutamente pedante, es la que nos ha alejado de los lectores. Creo que en la medida que tomemos la calle, que vayamos a los liceos, a los colegios, es decir, que hagamos poesía en cualquier lugar que no esté avalado por el prestigio literario, en esa medida conseguiremos lectores. Porque la poesía es un vicio que se activa con el consumo del lector”.
“Por otro lado, el poeta depende de quien lo lea, de quien lo consuma, de quien lo habite; mientras más adiestrados estén los ojos del lector de poesía, el poeta será mejor comprendido”.

LA POESÍA ES EL PENT-HOUSE DEL ARTE
“A pesar de que soy un tipo que practica la impudicia, evito profundamente decir que soy poeta. Tal vez este sea mi único pudor. Con el poeta Vicente Gerbasi, pienso que la poesía es el pent-house del arte. De todas las manifestaciones del arte, la poesía es la más químicamente pura. Salvador Garmendia, con quien compartí este boulevard de Sabana Grande en donde hoy conversamos, me decía que él no se, atrevía a escribir poesía: ´esa vaina es muy difícil´, me decía. Esta expresión, llena de respeto por el oficio, de alguien que estaba más allá del bien y del mal en la literatura venezolana, terminó por suscribir mi propia actitud. Lo que ocurre es que yo vengo de estudiar en dos universidades -la Central de Venezuela y la Católica "Andrés Bello" - en donde se abusa del término de manera nauseabunda, lo que ha contribuido a minimizar la carga semántica de una palabra que para mí es sagrada”.
“Si bien es cierto que escribo en distintos registros escriturales: poesía, ensayo, telenovelas y guiones de cine; todos en un lenguaje muy distinto, definitivamente la condición más hermosa, es la de poeta, escribir poesía. Por lo que sé que mi manera de estar en el mundo es a través de la poesía. Octavio Paz decía en su libro El Arco y la Lira que la poesía y el poema son dos cosas muy distintas. Hay seres humanos en estado de poesía, mientras que el poema es un acto del lenguaje. Ser poeta es una manera de ver el mundo, la forma como procesamos la vida; no es una manera de hablar, ni de caminar”.

CONSTRUIR CON SENCILLEZ
“Parte de mi búsqueda en la poesía es la sencillez. Yo podría hacer en dos fines de semana un poemario hermético, usando para ello una serie de palabras inconexas, difíciles, oscuras, crípticas, de cuya experiencia tal vez quede algo, al estilo de los surrealistas; pero yo creo que el verdadero reto es construir poesía desde la sencillez. No se trata de hacer concesiones, se trata de una actitud ante la literatura”.

EL LIBRO DEL ANALFABETA
“Es absolutamente estéril seguir condenando a la televisión a priori y desde afuera. Creo que la única manera de transformarla o de hacer una televisión que se parezca a lo que queremos recibir, es tomándola por asalto. Involucrándonos en su proceso de elaboración. Eso implica que los creadores, los intelectuales se deslastren del peso mayúsculo que ha tenido el prurito cultural con el que siempre han evaluado, condenado y estigmatizado la televisión. Eso no quiere decir que todos los intelectuales tengan que meterse en la televisión. Quiere decir que quienes saben cómo construir personajes, cómo armar estructuras dramáticas, cómo seducir a través de un cuento, deben involucrarse en ella, porque uno de los grandes pecados de nuestra televisión es que suena a cultura mal escrita. No olvidemos que muchos de los que la escriben son escribidores de oficio, y quienes la gerencian son ejecutivos cuyo único interés real es el crematístico. Bajo el rótulo de entretener al pueblo le dan cabida a cualquier cosa, y eso es peligrosísimo, porque sabemos bien que la televisión es el libro del analfabeta”.
“Pero más allá de que los escritores o los intelectuales se involucren con la televisión, está el hecho de que aquellos que no quieran hacerlo, deben aprender a evaluarla, y convertirse en interlocutores eficientes. Cuando se construye una historia televisiva, en nuestro país no hay quien evalúe cuáles son los aportes que en términos narrativos tuvo esa historia, cómo fue planteada la puesta en escena del director, cuál fue el crecimiento o la involución de una actriz o un actor con respecto a su trabajo interior. A la televisión le hace mucha falta quién le diga en qué se equivoca y cómo hacerla mejor”.

CATEDRAL DE LA PALABRA
“Yo no creo que el libro esté en vías de extinción. No creo que el libro vaya a desaparecer nunca. No va a desaparecer, porque lo necesitamos, porque el libro contiene en su forma todo el silencio que requerimos para convivir con la imaginación. A través de él podemos establecer una relación táctil entre nosotros y las palabras del creador. El libro es la catedral de la palabra, y ante esa significación, el hombre no será capaz de dinamitar el templo que lo distingue del resto de los animales. Le quedan, eso sí, muchas exploraciones, muchos experimentos, y uno de ellos es el libro electrónico”.

EGO: EJERCICIO DE LA SOLEDAD
“Estoy vacunado en contra de la enfermedad del ego, aunque entiendo que existe un reconocimiento por el que me siento gratificado. La presencia pública suele mitificar a quien la ejerce, pero he intentado vacunarme contra eso, porque el ego tiene trampas muy peligrosas. Se te puede desdibujar tu propio rostro y puedes comenzar a ver en el espejo otros ojos u otra boca que no es la tuya. Creo que uno debe serle fiel al rostro con el que amanece y con el que se acuesta. Por otro lado, para mí el paisaje más hermoso que existe sobre la tierra es el del ser humano. Soy un adicto al ser humano. A pesar de la afirmación terrible del escritor colombiano Álvaro Mutis, de que el hombre ha fracasado, yo sigo creyendo que el ser humano es el mayor generador de emociones posibles, y el ego lo que produce en quienes lo ejercitan, es la soledad y la distancia. Además, por mi oficio de hacer poesía y contar historias, necesito estar muy conectado con el latido de la calle. Siempre me van a ver en extensas conversaciones en donde generalmente soy el que escucha, porque la clave para ser un narrador de historias es saber escuchar. Si voy a escribir sobre un policía, un malandro o una prostituta, tengo que saber cómo hablan. Mal podría, entonces, ocultarme en mi propio ego; por el contrario, trabajo con el ego de los demás.

sábado, 28 de marzo de 2009

LEONARDO PADRÓN: APELO A LA INMORTALIDAD DE LA IMAGINACIÓN

Fotos de José Antonio Rosales

La ciudad no es solo una construcción material y física, también es un espacio que alberga pensamientos, creencias y hábitos que dan testimonio de las identidades y las personas que se apegan a lo urbano. La ciudad es un ser vivo en constante mutabilidad, que respira en medio del caos y la violencia; que revela con frecuencia los estigmas de una mayor pobreza de los sentidos.
No obstante, las ciudades, como poderosos imanes, atraen una raza políglota y abigarrada que se concentra y contradice en una crisis permanente, en vista de que su cultura, es, exclusivamente, un manual escrito para burócratas, de leyes, ordenanzas y arreglos municipales, a los que les falta un poco de poesía.
En una ciudad como ésta -aparato y artificio-, llamada Caracas, conversamos, en un café de Sabana Grande, con el escritor y poeta Leonardo Padrón, que resultó, aun en medio del fragor de la ciudad, extrañamente llena de encanto.



¿Qué canción, qué cicatriz y qué calle son Balada, Tatuaje y Boulevard?

Balada es la canción del desamor, es la cicatriz de la ausencia y es la calle del regreso a mí mismo. Tatuaje es la canción de la celebración de mi propio territorio, es la cicatriz de lo eterno, porque la ciudad está en mí para siempre, y es mi calle de todos los días. Boulevard es una suerte de guitarra eléctrica a ras con el infierno, es el dolor de querer a esta ciudad, y no es una calle, es un sótano que está debajo de todas las calles de esta ciudad.
Ya he expresado en otras ocasiones que me recorren dos obsesiones temáticas: la revelación de lo femenino y la aprehensión de lo urbano como espacio estético. En Balada el discurso verbal está orientado hacia la celebración de lo femenino y exhibe una escenografía: la ciudad. Y si bien Tatuaje y Boulevard son dos libros que están contando la ciudad o explorando la ciudad, en cuanto fenómeno estético, y a la experiencia vital que es vivir en ella, Tatuaje, por su lado, es un libro que posee una mirada más luminosa de la ciudad, en donde se establece una relación más idílica, es un libro con el que intento, podríamos decir, una mirada desde el lado de la calle en la que pega el sol; mientras que Boulevard es un libro más descarnado, más frontal con lo que podríamos llamar el Apocalipsis de la ciudad. Yo no quería evadir esa ciudad que nos enajena y violenta. Boulevard intenta atravesar esa ciudad, descifrarla y testimoniar esa rudeza.


La impresión que me produce la lectura de tus textos es la de un amante que transpira una imponente resaca en medio de un día asoleado. Un hombre que tiene la fortuna de amanecer siempre con una mujer hermosa, en medio de la dicha o la desdicha de una urbe personal de la que no puede escapar.

Estoy totalmente de acuerdo con eso. En este sentido convoco las palabras de Borges, en cuanto a que no hay mejor escritor que el dolor. La felicidad es un signo de admiración que anda por las calles y no se puede sentar a escribir. Los signos de admiración andan viviendo su euforia. El dolor, por el contrario, tiene una capacidad reflexiva que hace que uno se sumerja en sí mismo y haga las preguntas más terribles, las más solemnes, las más peligrosas, y explore las vías posibles para conseguir las respuestas. Una de esas grandes vías es el idioma, es la poesía. Por eso, cuando tengo etapas de plenitud existencial, sé que eso me llevará después a etapas de silencio creador.

En vista de las “crueles oraciones de la que está hecha”, ¿Caracas facilita o dificulta la comunicación?

Se suele decir que las grandes metrópolis son caldo de cultivo de grandes soledades. En uno de mis textos, en el libro Tatuaje, me refiero a los verdaderos solitarios de las ciudades; el poema dice: Los verdaderos solitarios no están, esquivos, en las / salas oscuras de los cines / ni en el rincón último del bar. / Los verdaderos solitarios gritan a todo pulmón, / bailan sin rubor, se dejan entrevistar, hacen públicos sus amores / recitan sus desdichas. / Son / de la soledad, su escándalo. Es una paradoja, ciertamente, una paradoja que podríamos enlazar con aquél lugar común que expresa que el hacinamiento de personas genera silencio en el alma, un hacinamiento que conlleva un ritmo de vida vertiginoso, que hace que tus jerarquías se establezcan de manera errónea, inclinándote a saldar el día con las diligencias del pragmatismo y no con las diligencias del espíritu, y entre las diligencias del espíritu está la de comunicarte con los demás. La verdadera comunicación es esa con la que podemos asumir la laxitud del tiempo, paladear las palabras, los silencios, las bebidas, los desamores. Pero andamos, por el contrario, en una dialéctica entre el silencio y la comunicación, en la que muchas veces gana la incomunicación en nuestras ciudades.

Crees, como algunos afirman, que la manera de transformar la ciudad es pasando una especie de tábula rasa que modifique las actitudes contaminantes y agresivas que la apabullan, aun a costa de exterminar con ello a sus habitantes.

Pensemos por un momento que eso sea posible, y podamos hacer tábula rasa, por ejemplo, con los barrios y con los cerros de Caracas; ese espacio que se “recupera”, y que será, posteriormente, un espacio hermosamente urbanizado, ¿por quién será habitado? Cada ciudad está hecha por el carácter de sus habitantes. La ciudad primero está en la mente, por lo que creo que con lo que habría que hacer tábula rasa es con la actitud con la que hemos asumido la palabra ciudad. Tenemos, en primer lugar, que asumir con mayor conciencia el sentido colectivo y de civilización que entraña esa palabra.
Por otro lado, también es verdad que Caracas ha sido tan mal gerenciada, que se ha convertido en una hija de la anarquía, que propicia, obviamente, el caos y la incomunicación. Vive en un permanente estado de enervamiento, con la piel herida, a la que no hay que tocar mucho, y a la que habría que querer desde lejos. Creo, en todo caso, que esas heridas han sido causadas, más que por razones socioeconómicas, por una gran escasez de imaginación de la gente que ha gerenciado la ciudad. No sé si les ha faltado mundo o sensibilidad. Muy pocas ciudades tienen las virtudes geográficas que posee Caracas, como el hecho de tener una montaña como El Ávila que la preside de manera magnífica, por ejemplo. Por todo lo anterior, pienso, que quienes erraron han sido aquellos que han tenido el poder de moldearla y no lo han hecho.
En todo caso, sigo apelando a la inmortalidad de la imaginación, por lo que espero que en algún momento esta ciudad tenga la dicha de contar con la gente adecuada para hacer lo adecuado. No podemos abandonar ese deseo, porque al hacerlo ya sólo nos quedará la fatalidad, la desesperanza, la resignación, sentimientos que definitivamente no podemos permitirnos los venezolanos.


miércoles, 18 de febrero de 2009

Alirio Díaz: “Ese tañido que tú oyes ha salido de mi mano, de mi cuerpo, de mi corazón”

Foto José Antonio Rosales.

El lugar donde nació Alirio Díaz, La Candelaria, un pequeño pueblo cercano a Carora, en el estado Lara, un 12 de noviembre de 1923, se conserva igual al día en el que su madre lo alumbró, nos dice el propio maestro. Sigue siendo un caserío agobiado por el sol y demorado en el tiempo. Una aldea aislada y deprimida que no tiene que ver con las ciudades del mundo por las que hoy anda: Roma, Edimburgo, Viena.
Pero Alirio Díaz, a pesar de tanto universo transitado, no ha perdido el músculo de tierra primitiva que todavía lo ata al lugar donde vio aquella luz. La que lo impregnó –según supo después- del genio con el que ha tejido la música de su guitarra.
Estuvo en Valencia, deteniendo su tránsito europeo, lo que nos dio la oportunidad de acercarnos a él en una Naguanagua menos cosmopolita que Viena, pero más ruidosa y arriesgada que el pueblecito de La Candelaria. A la cita asistimos el fotógrafo José Antonio Rosales y este servidor, gracias a los buenos oficios –es necesario decirlo- del profesor de la Universidad de Carabobo Pedro Crespo, quien lo condujo a la cita, en compañía de otro personaje iluminado por el genio de la música, según lo afirmado por el mismo maestro, el concertista de cuatro Leonardo Lozano.
Esa mañana, el instrumento de su corazón nos mostró al larense exacto que es. Al músico de convicciones armónicas y al ser humano que es capaz de impresionar por su ausencia de vanidad. En estas líneas, la reproducción afectuosa de sus palabras.

LA SEMILLA DE LA MÚSICA
La conversación se inició justamente por el recuerdo de las calles y las casas del caserío de La Candelaria. La primera cosa que nos dijo es que viene de un hogar de campesinos larenses. Su padre, que había nacido en Carora, en 1885, a los 18 años se mudó para el campo, sacándole el cuerpo a la guerra civil. Y fue en La Candelaria, caserío ubicado a 30 kilómetros de Carora, donde se estableció, finalmente, como dependiente en un negocio de pulpería. Allí conoció a la que sería la madre del maestro, con quien concibió diez hijos más. En ese lugar –dice- transcurrió su infancia, sembrando maíz y cuidando chivos y gallinas. Pero también escuchando a los músicos y a los poetas que se reunían en la pulpería de su padre. Este contacto fue el que sembró en él las primeras semillas de un fruto distinto de los que había cultivado en el campo.
Allí no había escuelas, y según nos refiere, fue un tío quien le enseñó las primeras letras. En esa época, era común que la educación las impartiese un miembro de la familia, porque escaseaba la gente que se dedicara a la enseñanza rural. Sin embargo, en ese mundo, aislado y bucólico, era posible conseguir a gente letrada. Se daba ese fenómeno de personas analfabetas que coincidían con apasionados e insospechados lectores.
“Aunque parezca increíble –afirma- a La Candelaria de la década del 1930 llegaban algunos periódicos de Carora, de Barquisimeto y aun de Caracas, como El Universal, que encontraban lectores. Mi abuelo materno era uno de esos lectores; un hombre culto, que había sido un músico magnífico, y un guitarrista de música académica. Todavía conservo dos libros que heredé de él: Método de Guitarra, de Fernando Carulli, y la Divina Comedia, de Dante. Estos encuentros con la cultura estimularon notablemente mis deseos de aprender”.
Desde pequeño se supo siempre movido por un gran deseo de saber, de averiguar lo que sucedía más allá de su aldea. Sin saber, todavía, lo que iba a ser como músico.
“No lo sabía, ni siquiera lo sospechaba. Lo que me llevó en aquella época a salir de La Candelaria fue el atractivo caroreño que me enamoró con una fuerza extraordinaria y de la que tuve noticias a través de los periódicos y de los visitantes que iban por el pueblo durante las fiestas patronales o en navidades. Carora se me mostraba como un lugar en donde había recitales poéticos, encuentros musicales, disertaciones, que revelaban a aquella ciudad como un ambiente lleno de cultura”.
“Supe de esa ciudad, como dije, a través de los periódicos. Hay que decir que yo llegué a Carora a los dieciséis años, con tercer grado de educación primaria. Una vez allí, tuve la suerte de encontrarme a don Cecilio Zubillaga y recibir de él un gran estímulo. Al terminar el sexto grado, don Cecilio, a quien considero mi padre espiritual, y quien me había oído tocar la guitarra en su casa, al comunicarle mi deseo de proseguir estudios de secundaria, me dijo: ´Eso es un absurdo. Tú tienes que convertirte en un gran artista. Te vas a ir a Trujillo a estudiar música´. Y me dio una carta para Laudelino Mejías, director de la banda de Trujillo. Laudelino era maestro de armonía, teoría y solfeo. Un gran creador y un maestro. En ese momento, creo que nací para el mundo de la música clásica. Don Cecilio fue quien decretó mi futuro”.
“Para sostenerme esos años aprendí el oficio de tipógrafo y entré en la Imprenta del Estado, con un empleo de ocho horas diarias. No sé de dónde, pero siempre tuve tiempo para estudiar música. Logré aprender saxofón y clarinete, por lo que el maestro Laudelino Mejías me ubicó como saxofonista de la banda del estado; un trabajo que me permitió estudiar la guitarra. Mi estadía en Trujillo, en ese sentido, fue una escuela para mí, porque aprendí también inglés y mecanografía, herramientas que me sirvieron para viajar a Caracas”.
“Sin embargo, en todo ese tiempo el maestro Laudelino Mejías insistió en que debía quedarme en Trujillo. Me decía: ´espérate. Yo sé cuándo tienes que irte, para que llegues a ser lo que yo estoy seguro que tú vas a ser´. Hasta que 1945 comencé estudios formales con Raúl Borges. Cuando éste me oyó tocar vio que tenía habilidades. Yo tocaba la guitarra de oído solamente; había compuesto incluso una pieza y cantaba en la radio de Trujillo. Es Borges quien me forma. Tanto, que cuando me fui a España a perfeccionarme ya llevaba una formación completa, gracias al maestro Borges. Allá observaron que yo tenía una técnica sin mácula, buena inspiración y dominio del instrumento”.

LA PRIMERA EDUCACIÓN
Con relación a sus capacidades virtuosas nos dice que todo es una mezcla. Es, por un lado, La Candelaria donde están sus raíces musicales primordiales. La vocación musical cotidiana, que se reflejaba en las reuniones, en los bautizos, en los matrimonios, en los nacimientos, en las navidades, en las fiestas patronales, el arte musical popular. Y por otro lado, es el sonido de la sangre de su padre y de sus abuelos. “Uno nace con un talento, pero en mi caso contribuyó mucho el hecho de que yo nací en La Candelaria, donde la música era el pan nuestro de cada día. En cada casa había un instrumento, un cuatro, un violín, una guitarra, una bandolín, unas maracas, un tambor. Era un pueblecito de 300 habitantes lleno de música. Frecuentemente nos reuníamos para tocar, cantar, bailar, y los fines de semana siempre había bailes y serenatas. Allí estuvo mi primera educación, mi primera experiencia con los sonidos. Todo eso estaba ya dentro de mí, unido, por su puesto, a un aspecto claramente genético, porque mi padre era un gran cuatrista, y todo el mundo en mi familia tocaba y bailaba muy bien. Mi abuelo había sido guitarrista y violinista, mi bisabuelo era un gran cantor de velorios, que cantaba salves en los campos. Y luego, hay un entorno nacional de música, del que yo he estado impregnado: de lo que se tocaba en las bandas, los valses, merengues, joropos, del sonido del arpa, de la bandola, de todas esas cosas nuestras. Hay una repercusión, sin duda, en toda mi personalidad; un impacto que ha ido evolucionando, purificándose, haciéndose más exigente, más puro, más noble. Eso ha persistido a lo largo de mi vida”.

OÍDO PERFECTO
Hoy celebra la existencia de ese entorno, que va más allá de La Candelaria. Es el país, pues es cierto -dice-, que en el venezolano no es difícil descubrir esa vocación por la música. De hecho, el maestro Alirio Díaz está convencido de que “uno de los pueblos más músicos del mundo es Venezuela. Un pueblo en el que, además, pervive con fuerza enorme una raíz popular de la que nuestros grandes compositores han partido para hacer obras de aliento universal. Con mucha frecuencia constato que los jóvenes venezolanos tienen esas cualidades que son indispensables para llegar a ser grandes músicos”.
¿Cuáles son esas cualidades? “El oído, perfecto. El sentido del buen gusto, el deseo de mejorar, de evolucionar y de prepararse. Y, algo muy importante: continuar la tradición. En la actualidad hay un movimiento de guitarristas en Venezuela que son creadores también, cosa que no existía hace unos años. El único que poseía esas características en mis años mozos era Antonio Lauro. Hoy en día tenemos músicos y compositores que serán grandes, pero que todavía están en una etapa inicial. Esta preparación lleva tiempo, toma años, porque el proceso creativo conlleva madurez, práctica continua. Por eso es fundamental enseñarle a los jóvenes músicos venezolanos que este asunto es más de persistentes que de genios”.
“La vocación, dice, debe estimularse en un marco de trabajo constante, de espíritu de disciplina. Eso es lo fundamental. Cuántos genios se han perdido por falta de voluntad. Y lo otro es el carácter. Un artista, un verdadero artista, debe entrenar su capacidad para soportar calamidades, hambre, sacrificios, agotamiento, renuncias de todo orden; debe estar preparado para conocerse a sí mismo y ver en su interior tanto la maravilla como el espanto. El artista tiene que saber lo que tiene por dentro y estar avisado porque puede llevar consigo el horror, mezclado con lo sublime de la belleza. El artista debe templar su carácter en un trabajo sin descanso. Debe aceptar las críticas; no rechazarlas, sino comprenderlas. Una crítica negativa puede traer cosas positivas si se la sabe interpretar; para eso hay que tener sentido autocrítico. Pero la autocrítica viene con la experiencia, con los años, por eso a un joven no se le puede alabar gratuitamente. Decirle a un niño que es un genio puede frenarle un proceso por el que, de todas formas, tendrá que pasar, justamente, halado por el deseo de mejorar”.
“Ahora los jóvenes tienen una cantidad de ventajas con respecto a las condiciones que yo tuve en mi etapa de formación. Cuando yo empecé a estudiar con mi maestro había una cantidad de detalles todavía inciertos, en cuanto a procedimientos técnicos, más que todo. La guitarra no era la guitarra de hoy, que ha ganado en cualidades y en calidades. Ahora el instrumento suena mejor, tiene mayor y mejor sonido; ahora se usan las cuerdas de nylon que en esa época no se usaban. Se usaban las cuerdas de acero y algunos usaban cuerdas de tripa. El repertorio no era tan accesible como hoy; no había la discografía de la guitarra que hoy está disponible para grandes audiencias. Hay becas y, muy importante, concursos nacionales e internacionales, festivales a los que se invita a guitarristas de todo el mundo, lo que ofrece la posibilidad de confrontarse con los otros”.

“Y SÍ, TIENE MUCHO DE MUJER”
A lo largo de su vida, también, ha moldeado el cuerpo de más una guitarra, ese instrumento maravilloso con el que se le asocia inevitablemente.
“Ahora tengo seis guitarras de concierto: una, alemana, que es exactamente igual a la que tenía mi maestro Andrés Segovia; y otras de autores italianos y españoles, aunque no muy conocidos, notables. También tengo una Yamaha, que me la regalaron en un viaje que hice al Japón”.
Y en esas manos que la sostienen, es posible ver la definición de una vocación y el gusto del instrumento por la caricia que las hace intérpretes. La guitarra parece exigir ciertas cualidades físicas de las manos que le demandan, como son los dedos largos y flexibles, delgados y afilados, como las uñas que pueden debilitar el sonido si tienen poco calcio.
“La configuración de mi mano me la ha fraguado el ejercicio, pero además hay que tener una base, una estructura física que no sólo implica la mano. En cada ejecución también debe estar comprometido el cuerpo, porque tocar una guitarra exige una determinada sensibilidad. Las manos, el cuerpo todo, deben disponerse para extraer del instrumento un sonido que tiene que poseer fuerza, al tiempo que ternura. Mi cuerpo acaricia el instrumento y el sonido que emerge debe acariciar a quien lo escucha. Es una transmisión física. El sonido debe responder a un efecto estético, artístico, de carácter profundamente emotivo. No hay mediación alguna entre la mano del guitarrista y la cuerda que emite el sonido, de manera que ese tañido que tú oyes ha salido de mi mano, de mi cuerpo, de mi corazón”.
“La guitarra es un ser vivo que transmite una corriente de emociones que se comunica en un diálogo íntimo. Yo soy el dueño único de ese universo sonoro que la guitarra pone a andar a través de mis pulsaciones. Mi guitarra, gracias a los conciertos, ya está preparada para responder a lo que yo le pido. Puedo tocar una guitarra que no sea la mía, pero la entrega total sólo la obtengo del instrumento que he moldeado yo con el uso por muchos años. A cambio, yo tengo que atenderla, cuidarla, consentirla”.
“Y sí, tiene mucho de mujer. Tiene sus formas, su cuerpo, y yo soy el único hombre que la acaricia. De hecho, hay un pacto entre ella y yo, de comprensión mutua y de mutua protección que se refleja en el sonido. No me comporto como el intérprete que va a sacar de la guitarra lo que ésta no quiere dar. Debe haber una entrega recíproca. Tiene que darse un intercambio de profunda comprensión, integrarse uno al otro, de modo de producir esa interpretación que trascienda. Al abrazar la guitarra es como si abrazara un cuerpo”.
“Por eso no permito que a la guitarra de Alirio Díaz la toque otro que no sea Alirio Díaz”.

ALIRIO DÍAZ, VIRTUOSO

Alirio Díaz. Foto de José Antonio Rosales.


Alirio Díaz ha sido sin duda alguna el gran virtuoso de la guitarra en Venezuela y unos de los más notables en el mundo artístico internacional de la segunda mitad del siglo XX. Hace unas décadas sólo se podían mencionar cuatro nombres asociados con la ejecución virtuosística de la guitarra clásica: Julian Bream, John Williams, Narciso Yepes y Alirio Díaz. Junto al legendario Andrés Segovia, estos maestros son considerados como los mejores guitarristas de toda la historia.
Pero, ¿qué queda de un virtuoso para ser recordado? ¿Cuál es su aporte perdurable a la sociedad cultural? Un ejecutante produce arreglos, digitaciones y transcripciones de piezas conocidas o inéditas. Su experiencia y conocimiento del repertorio guitarrístico son invalorables en la toma de decisiones que conlleva esta actividad. El virtuoso además puede plasmar la técnica especial que lo llevó a las cumbres expresivas con su instrumento tanto en tratados y métodos publicados como a través de sus alumnos, ya que casi no hay excepción para todo ejecutante de establecer una actividad paralela de enseñanza. No obstante, el aporte principal como artista es la magia de su interpretación que junto al pensamiento del compositor puede llegar a hacer sentir tristeza o alegría a masas de personas con unos cuantos movimientos de sus dedos ágiles y prodigiosos.
La virtud del intérprete desaparecía con su muerte, hasta que el advenimiento de la grabación sonora a principios del siglo pasado cambió esta terrible verdad. Podíamos tener partituras de los compositores que con bastante fidelidad representan su pensamiento original, pero de los ejecutantes sólo quedaban los programas y afiches de sus conciertos. En casos muy especiales, se narraban o se escribían relatos de eventos tan memorables que aguantaban en la memoria extendida un tiempo más del seco instante en que la música se oye y desaparece.
Alirio Díaz ha grabado un amplio repertorio de la guitarra del siglo XVI hasta nuestros días, especializándose en obras españolas, italianas y latinoamericanas. Él fue el precursor en difundir las piezas de Antonio Lauro, y la aceptación de este compositor venezolano en el ámbito internacional como literatura básica de la guitarra se le debe a Alirio Díaz. El gran Mangoré lo calificó como un mito del instrumento. Después de clases con Sainz de la Maza y con Segovia, máximos premios y reconocimientos por reyes e instituciones como la OEA, Alirio es tan inmediato y sencillo como el compadre del pueblo La Candelaria, en Lara, donde sale al patio de su casa a tocarles a sus amigos de infancia.
Gracias a Dios, hoy es posible obtener nuevas interpretaciones grabadas por Alirio Díaz. Peter Hamilton MacDonnell, quien ha fundado la editorial Caroní Music, y cuyo vicepresidente es el propio Alirio Díaz, ha emprendido la edición de una serie de CD’s, la "Colección Alirio Díaz". El primer título de esta recopilación es el CD "Grandes Conciertos" con Alirio y la Orquesta Nacional de España, bajo la dirección de Rafael Frübeck de Burgos. En este CD Alirio Díaz interpreta mágicamente el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y el Concierto para Guitarra, opus 30 de Mauro Giuliani. De esta manera el virtuosismo queda sembrado, en los microscópicos surcos de pequeños territorios que giran constantemente alrededor del mundo.

martes, 17 de febrero de 2009

NOSOTROS, LECTORES

Carlos Monsiváis. Feria del Libro, Universidad de Carabobo, 2002. Foto de Orlando Baquero.


Desnudos, para probar la lectura con la inocencia de la primera vez, para medir los significados con el temor de las palabras, con el titubear de las frases, hasta convencernos, gradualmente, de que el poder que se adquiere con su contacto es inquebrantable y eterno. Un poder con el que deseamos dibujar el mundo. Un poder capaz de liberarnos de la sumisión y la vergüenza, de los falsos pudores, de la dominación y de la exageración de los testaferros, pero sobre todo, de la mudez del mundo; un mundo que sin el énfasis de la lectura, estaría confinado a un escenario inasible.
¿Dibujar el mundo? Comprenderlo, sería mejor. Sumido en la lectura, emprendiendo la tarea de nombrarlo: "Crecí en un barrio de calles desventuradas y ocasos invisibles”. Hasta convertirnos en destejedores de símbolos: la memoria, la muerte, el tiempo, la vida, la literatura, la eternidad y el amor.
¿Será que hemos olvidado que la lectura es un ejercicio de libertad individual que nos revela todos los secretos, que nos educa en la certeza, liberándonos de los errores en estado de civilidad? ¿Será que ya no recordamos que cuando leemos el alma se estremece? La erudición y el razonamiento se iluminan con el juego creativo que nos incita como lectores a una búsqueda nunca resuelta en fórmulas categóricas, sino proyectada siempre en el ámbito de la duda. ¿De qué otro modo podríamos llamar a esa luz que aclara inesperadamente la penumbra?
La lectura abre las puertas a los libros y a los anaqueles en donde se guarda la información que contiene su fuego secreto. Nos da acceso a esos espacios en donde se multiplica la mirada como un don, entre los juegos de la memoria y el lenguaje, en donde cesa la ceguera. Concediéndonos independencia.
Y aun ahora, en el siglo de las comunicaciones, todo puede ser contado con el diminuto universo de las vocales y las consonantes, signos con los que está hecho el libro.

Y nosotros, lectores, como el Minotauro, perdidos a veces en el laberinto de la ignorancia, podemos alcanzar, no obstante, tras la decodificación de esos signos, la última palabra, aquélla con la que desciframos el universo y nuestra propia vida; por la que emprendimos la búsqueda infatigable, con la serena certidumbre del más allá y con la esperanza de la revelación.

jueves, 5 de febrero de 2009

Antonio Skármeta: Dispongo con alegría mi corazón para el encuentro en Valencia

Antonio Skármeta disfrutó la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela.
Fotos de José Antonio Rosales


Antonio Skármeta estuvo en Valencia en octubre de 2006, invitado a la VII Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. El autor de El cartero de Neruda (1985) y de La boda del poeta (1999), sostuvo un encuentro intenso con la ciudad. Firmó libros, dictó conferencias, asistió a foros de cine, animó tertulias, ofreció entrevistas, y, en acontecimiento inédito, también apostó a la suerte; en fin, en tres días de presencia activa dejó una huella imborrable en quienes compartimos con él literatura, buena mesa, pródiga charla y la inagotable compresión de quien alimenta una extraordinaria vocación para el diálogo cercano. Una de sus intervenciones más celebradas, fue la que se llevó a cabo con los estudiantes de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo, en donde, además de exhibir capítulos de su memorable programa el Show de los libros, dio algunas de las claves de su éxito. Otro de aquellos encuentros, fue el celebrado en la sala de Cine Arte Patio Trigal para ver la película La pequeña revancha, con guión de la escritora Laura Antillano, basada en el libro La Composición de Skármeta.
Al marcharse dejó, entre otros testimonios, una entrevista, y la sonrisa de amabilidad que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante, con los que ha dado a conocer, no sólo su talento, sino su amor y respeto por los libros, los lectores y la lectura.
Aquí el texto de la entrevista.



Antonio Skármeta, autor de libros como Soñé que la nieve ardía (1975), No pasó nada (1980), El cartero de Neruda (1985), Match Ball (1989), La boda del poeta (1999), Neruda por Skármeta (2004), nació en Antofagasta, Chile, en 1940. Estudió filosofía y literatura en la Universidad de Chile y en la Universidad de Columbia en Nueva York. Y en este momento, cuando es uno de los escritores más importantes y requeridos de su país, en actitud sencilla y amable, accedió a tener con nosotros una plática, vía correo electrónico, antes de su participación en la 7ma. Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, a la que vendrá para el corte de cinta el día 28 de octubre de 2006, seguramente con la misma sonrisa que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante.



¿Ha venido antes a Venezuela?

Varias veces, todas inolvidables. En los años ´70, a un encuentro sobre el exilio latinoamericano que tuvo lugar en Mérida al que acudió, entre otros distinguidos escritores, Julio Cortázar. Luego al estreno mundial en español de mi obra teatral Ardiente Paciencia que luego sería en cine El cartero de Neruda, en la Sala Rajatabla de Caracas. En otras ocasiones visité muestras excelentes en el Museo Sofía Imber, asistí a estrenos del ballet Danza Hoy. Fui una vez jurado del Premio Rómulo Gallegos (1997), y en otras ocasiones vine especialmente para presentar mis nuevos libros al público venezolano. Alguna otra vez fui porque sí “just for the fun of it”. Pero me faltaba Valencia, y dispongo con alegría mi corazón para este encuentro.

¿Qué sentimientos le produce visitar nuestro país en el marco de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo?

América Latina necesita crecer culturalmente hacia el interior de cada uno de sus pueblos y expandir sus ricas creaciones al mundo. La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo es una iniciativa loable en ambos sentidos. En el libro están muchas de las reservas de inteligencia e imaginación alternativa y creadora en sociedades donde la comunicación masiva tiende a conformarse siempre con “lo mismo”.

Su íntima relación con los libros va más allá del hecho de la escritura. Es una relación también como lector. ¿Podría indicarnos qué libros han dejado en usted una impronta significativa?

Claro, porque he hecho programas de televisión como “El Show de los Libros”,”La Torre de Papel” y “Un mundo alucinante”, que a lo largo de años han sido vistos por el público internacional. Esta fue una excitante experiencia: darle visibilidad al libro en el espacio de la televisión, con altas cuotas de sintonía, donde el lugar común decía que una aventura así era inviable.

Distintos libros me han marcado en diversas épocas. De mi infancia elijo dos: Pinocho, de Collodi: es necesario aún seguir tratando de ponerle un corazón a seres que parecen hechos de madera, y Corazón, de Edmundo de Amicis, por su exaltación de esos sentimientos imborrables que nacen en la escuela, el trato tan afectuoso de la solidaridad, y el colorido dramatismo de los episodios intercalados.

En la adolescencia, tres libros que defendieron muy convincentemente con potente lenguaje la verdad de vidas alternativas: El Cazador Oculto, de J.D.Salinger, En el camino, de Jack Kerouac y Los ríos profundos, del peruano José María Arguedas.

No puedo dejar de nombrar las Obras Completas de Pablo Neruda, por la versatilidad y profundidad de sus visiones y la potencia de su comunicación, y por cierto el tesoro inagotable de un clásico como Shakespeare donde parece haberse pensado todo el pasado, presente y futuro de la humanidad.

Por la obra de Skármeta sopla el viento del exilio. Me gustaría que nos hablara del Skármeta escritor que era antes del exilio y del que fue después.

Antes del Golpe de Pinochet de 1973 yo era un miniuniverso en expansión. Respiraba con la alegría de un Walt Whitman, creía en la esencial verdad de la belleza y la bondad de los seres humanos, y mi prosa se alborotaba en busca de la aventura. El golpe y luego el exilio introdujo en mi vida un repertorio de dolores, escepticismo, incredulidad, y una apertura al lado oscuro de los corazones. Mi vida y consecuentemente mi literatura se hicieron más dramáticas.

Al mismo tiempo, al abrirme a culturas diferentes, se amplió mi horizonte de percepciones, se llenó mi mundo de otras tradiciones que supe leer como latinoamericano, y mi obra se nutrió de temas originados en el desarraigo. Allí están por ejemplo: No pasó nada, el exilio latinoamericano en Alemania contado por un niño chileno de 14 años o La Boda del Poeta, un episodio de la preguerra mundial en Europa en 1913 donde un autor de este lado del Atlántico inventa un lenguaje y una actitud original para apropiarse del pasado europeo.

¿Cree usted que la libertad y la poesía, que según sus propias palabras, se apagaron con el golpe militar de Chile en 1973, han vuelto a encenderse en la vida cotidiana de su país?

La creación chilena mantuvo aun durante la etapa más feroz de la dictadura un actitud digna, conmovedoramente confrontacional con ella. Los grupos de teatro, las acciones de arte, el nuevo rock. De vuelta a la democracia, se comienza a medir le intensidad de la paliza. La sombra que deja una represión es difícil de remover de los corazones. Es justamente el arte chileno el que de un modo radical y cuestionador elabora los coletazos de ese pasado infame. Mientras, la dirigencia política ha hecho el trabajo de pacificar el país, consolidar la democracia y hacer crecer la economía.

Chile tiene hoy artistas notables y obras de trascendencia universal, pero a mi manera de ver las cosas, comparando el Chile pre-Golpe con el actual, hay algo dañado en el alma del país que el trabajo de varias generaciones alcance quizás a reparar o reinventar. Los signos son sí alentadores: vienen de quienes hoy son adolescentes.

Su vida, según entiendo, gira entre Chile y Europa. ¿Podría contarnos, para conocerlo un poco más, cómo es hoy la vida del escritor Antonio Skármeta?

Con mucho gusto. Mis obras están hoy traducidas en veinticinco idiomas lo que implica un contacto permanente con públicos de diversas latitudes y temperaturas culturales. Esto implica viajar mucho, dar charlas, participar en debates. Por otra parte, algunos de mis relatos le han resultado atrayentes a productores y directores de cine. Usted, querido Rafael Simón, conoce, por ejemplo, El Cartero y Neruda, de Michael Radford y Pequeña Revancha, de Olegario Barrera. En estos momentos se avanza en el guión y pre producción de mi novela El Baile de la Victoria, Premio Planeta 2003, que dirigirá Fernando Trueba.

Casi la mitad del tiempo vivo en Chile donde me dedico básicamente a escribir.

Es un hecho innegable que la película Il Postino, dirigida por Michael Radford, es un hito importante en su carrera. Pero, díganos en dónde siente usted que este film ha puesto el mayor acento, ¿en su trabajo como novelista o en su labor como guionista cinematográfico?

Me imagino que el mérito de El cartero de Neruda primordial está en la concentrada eficacia dramática del texto donde mi permanente anhelo como creador de fundir en un impulso la gran cultura con la cultura popular se traslada a los espectadores o lectores de un modo emocional y convincente. No de otra manera podría explicarse la irradiación de este motivo en tantos géneros: novela, dos films, obra de teatro con más de doscientas puestas en escena en todo el mundo (incluido el año pasado en China), radioteatro. Si a esto se suma para el próximo año, o el 2008, el anuncio de una comedia musical en Londres y una ópera que el mismo Plácido Domingo ha dicho que cantará el 2009, mi impresión puede ser corroborada con estos datos objetivos.

Usted es, sin duda, un gran promotor de la lectura. De los diferentes géneros de los que se ha valido Antonio Skármeta para llevar adelante esta tarea, entre el cine, la radio, la televisión y su propia producción editorial, ¿cuál cree usted que ha sido el más efectivo?

Le agradezco esta opinión. Como escritor navego por mares muy turbulentos y me sumerjo en sombras espesas, pero al momento de establecer un contacto con el lector, cuido que la organización dramatúrgica de mis relatos transmita la alegría de crear y narrar. En la televisión estimo que logramos deshojar a los programas culturales de esa pompa y formalidad para tratar el arte donde los participantes ponen los ojos en blanco y engolan la voz cada vez que encuentran la palabra “cultura” en sus lenguas. Creo que le dimos visibilidad al libro en espacios que nunca antes habían sido conquistados, gracias a la imaginación lúdica, al humor, a la informalidad, al verdadero amor por las letras.

¿Cree Antonio Skármeta que Latinoamérica es un continente de lectores?, considerando la experiencia editorial de nuestros países y la existencia de grandes ferias del libro, como la de Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires.

No. Los lectores constituyen en América Latina una élite y las ferias que usted menciona son ejemplos exitosos de cómo esta minoría se puede ampliar. Pero los fuerzas de la sociedad no están puestas en ellas. Tampoco en la innovación de las políticas educacionales. Sí, por supuesto, en los discursos y en la retórica de los políticos. Pero no en la gris realidad. Compare los presupuestos educacionales con los militares y saque conclusiones.

Finalmente, qué valores destaca Antonio Skármeta en la realización de las ferias del libro como mecanismos de promoción de la lectura, y, sobre todo, tratándose de ferias patrocinadas por universidades?

Me gustan aquellas ferias que son fiestas literarias donde los distribuidores, la prensa, los libreros, los agentes culturales de la zona, facilitan al escritor el contacto con los lectores. Son tan pocas las oportunidades en que un autor y sus libros se presentan juntos, que el público agradece la ocasión. El patrocinio de una universidad es óptimo, pues las instituciones culturales modernas han de ser sensibles al conjunto de la sociedad. Me encantan estos viajes de ida y vuelta entre los templos del saber y la investigación y la vida plural y abigarrada de las calles.