Laura Esquivel: “Es inminente la llegada de una nueva revolución, pero pienso que ahora no se va a dar de afuera hacia dentro, sino a la inversa". Foto de Carlos Javier Capella Bello.
La escritora Laura Esquivel estuvo presente en los espacios de la 15 Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, vía teleconferencia, como parte de la delegación mexicana. Con su obra nos impregna del aroma de las tradiciones gastronómicas de su país, y nos habla del amor que se ejercita, a través de la literatura, en el dominio de las emociones del arte culinario, materia prima de sus narraciones.
La autora mexicana, que ha publicado también La ley del amor, (1995); Íntimas suculencias, Tratado filosófico de cocina (1998); Estrellita marinera, (1999); El libro de las emociones, (2000); Tan veloz como el deseo, (2001); Malinche, (2004); Escribiendo la nueva historia o cómo dejar de ser víctima en doce lecciones (2013); A Lupita le gustaba planchar (2014), es mundialmente conocida por la novela Como agua para chocolate (1989).
A través de la lectura de algunas de sus obras, nos hemos aproximado a sus motivaciones, a sus intereses y a sus convicciones.
Los primeros años de la vida de la escritora mexicana Laura Esquivel, transcurrieron a la vera del fuego, en la cocina de su madre y de su abuela, constatando en aquel intercambio en el ámbito consagrado a la confección de la comida, cómo estas dos mujeres especiales “se convertían en sacerdotisas, en grandes alquimistas que jugaban con el agua, el aire, el fuego, la tierra, los cuatro elementos que conforman la razón de ser del universo”.
La cocina, considerada como un espacio para la mujer y la preparación de los alimentos, recobró así importancia en la obra de Laura Esquivel, pues, aunque siguió siendo un lugar para la producción de los alimentos, se constituyó, igualmente, en el escenario para reflejar los secretos de las mujeres y la historia nacional del país.
En este ámbito, su abuela, su madre y sus tías, reviven las tradiciones, el folklore y su cultura, “amasando, adobando, macerando, reposando, serenando, al calor de la vida vivida por nuestros antepasados”, dice.
De esta manera, la cocina se transforma en el lugar íntimo y privado para esas mujeres, en donde se establece una alianza y una complicidad, para rebelarse contra lo convencional y luchar por defender la autenticidad de una voz.
Afirma la autora, recordando a las mujeres de su familia: “lo más sorprendente es que lo hacían de la manera más humilde, como si no estuvieran haciendo nada, como si no estuvieran transformando el mundo a través del poder purificador del fuego, como si no supieran que los alimentos que ellas preparaban y que nosotros comíamos permanecían dentro de nuestros cuerpos por muchas horas, alterando químicamente nuestro organismo, nutriéndonos el alma, el espíritu, dándonos identidad, lengua, patria”.
Es allí, pues, donde recibió las primeras lecciones de su vida, como aquella de no pisar un grano de maíz tirado en el piso porque en él estaba contenido “todo el universo”.
En ese lugar sagrado, -que ya había sido elevado al valor de centro del saber y laboratorio de aprendizaje y conocimiento por Sor Juana Inés de la Cruz: (“Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.)-, fue atrapada por el poder hipnótico de la llama, oyendo las largas pláticas con la abuela y las tías y escuchando sus historias de mujeres.
“La cocina es como el vientre de la casa donde se cobija la vida; ahí está el fuego, uno de los principales elementos que conforman el mundo. Allí estamos en contacto con nuestro verdadero origen, porque somos lo que comemos”.
Y fue de allí de donde surgió la materia prima de la que se alimentaría su producción literaria, sobre todo Como agua para chocolate, la historia sobre Tita y Pedro, la novela con la que alcanzaría fama internacional.
El libro, que fue llevado al cine por su entonces marido Alfonso Arau en 1992, descubrió para los lectores el amor que hay en el acto de cocinar, y el acto de entrega que supone. La novela describe cómo surge la efervescencia amorosa tras degustar codornices con pétalos de rosa y el poder de recobrar la memoria tras sorber un caldo de colita de res, en ricas asociaciones metafóricas de la comida y del comer, con el sexo, la sexualidad y la vida.
“Cuando cocinamos, -comenta la autora-, utilizamos todos los elementos que conforman el mundo, jugamos con ellos y, sosteniéndolos en el amor, hacemos una única cosa que después va a ser ingerida por los demás. Como la literatura”.
El libro, publicado en 1989, ha sido traducido a 36 idiomas, y desde entonces, su haber literario se ha enriquecido con nuevas recetas, nuevas ficciones y ensayos, y en la actualidad desarrolla una actividad social militante, que la ha llevado a repensar sus creencias de joven universitaria, que consideraba que sólo en los libros y en las universidades estaba contenida la verdad del universo.
“Muchas de nosotras, -recuerda-, participamos durante los años sesenta en la consolidación de la lucha que otras mujeres ya habían iniciado a principios de siglo. Sentíamos que los urgentes cambios sociales que se necesitaban en ese momento se iban a dar fuera de la casa. Todas teníamos que incorporamos, salir, luchar. No había tiempo que perder, mucho menos en la cocina. Lugar por demás devaluado, junto con las actividades hogareñas que se veían como actos cotidianos sin mayor trascendencia que únicamente obstaculizaban la búsqueda del conocimiento, el reconocimiento público, la realización personal”.
Hoy, aquellas convicciones han sido revisadas por ella, y al conocimiento necesario adquirido en las Universidades, le ha agregado el saber ancestral de las tradiciones aprendidas en el hogar familiar.
“Es inminente, -afirma-, la llegada de una nueva revolución, pero pienso que ahora no se va a dar de afuera hacia dentro, sino a la inversa. Ésta consistirá en la recuperación de nuestros ritos, de nuestras ceremonias, en el establecimiento de una nueva relación con la tierra, con el universo, con lo sagrado. Todo esto sólo es posible en los espacios íntimos”.
Es ahí, alrededor del fuego, donde surgirá lo que ella ha denominado el “Nuevo Hombre”.
¿Cómo lo define?
“El nuevo hombre es aquel que consigue reintegrar a su vida el pasado y las enseñanzas del pasado, los sabores perdidos, la música que olvidamos, las caras de los abuelos, los gestos de los muertos. Es el hombre que no olvida que lo más importante no es la producción sino el hombre que produce. Que el bienestar del hombre -de todos los hombres- debe ser el principal objetivo del desarrollo del hombre. Que el hombre nuevo es el hombre completo, el que ha conseguido superar la maldición que nos escinde y nos hace ser seres mutilados e infelices. El hombre nuevo es el que lee en la vida y que lee la vida, que lee la literatura y vive la literatura, el que vive la vida y la reencuentra en la literatura porque sus actos son de vida… el que invoca la vida a través de esos pequeños retazos de intimidad, el que vuelve a recordar a la gente que es indispensable leer y vivir con la misma intensidad, el que recuerda nuevamente que sin sabor la vida no vale la pena ser vivida y que sin sabor de vida la literatura no existe”.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Laura Esquivel: “Sin sabor de vida la literatura no existe” (entrevista)
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Nuria Amat: “Me concedo la impresión de vivir en una paradisíaca isla rodeada de libros por todas partes” (entrevista)
Nuria Amat, en su casa, en medio de sus libros. Foto de Germán Sáiz.
La escritora española, Nuria Amat, fue la encargada el año pasado de pronunciar el discurso de apertura de la 14 Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
Las facetas literarias, librescas, bibliográficas y bibliómanas coinciden con las de su mundo íntimo, dice Nuria Amat, escritora invitada a la 14 Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo de 2013. Las mismas que se transforman en el mundo exterior y profesional de la escritora española, en literatura, escritura, bibliotecas, lectores y libros.
Ha sido una vida vivida en consonancia con el que ha sido un elemento vital en su vida, pues los libros, ese elemento, le han proporcionado una suerte de bienestar que difícilmente habría podido conseguir con otra dedicación.
Nuria Amat, autora de libros de poesía, cuento, novela, teatro, periodismo, ha establecido una particular relación con el libro, en sus distintos formatos, a través de sus estudios e investigaciones sobre el hecho editorial y bibliográfico y sus libros de ficción y creación literaria. Es licenciada en Filosofía y Letras, y doctora en Ciencias de la Información, y mediante una dedicada experiencia docente, introdujo en la Escuela de Biblioteconomía de la Universidad de Barcelona, los estudios en Ciencias y Tecnologías de la Documentación.
¿Qué necesidades personales la han llevado a pasearse por tan diversos géneros literarios y adentrarse en el libro más allá de su escritura? ¿Cómo describe su relación con los libros, como escritora, docente y lectora?
Según confiesa en El ladrón de libros (1998), su interés nace en la infancia, con una connotación ritual.
“En mi caso, por lo que a mi devoción libresca se refiere, el rito era doble, pues los primeros libros que me sedujeron, en tanto que objetos del deseo y hasta el límite de poseer todas las ediciones asequibles de aquélla época, fueron los misales”.
“Misales gruesos; imponentes para ser sostenidos por unas manos pequeñas, -según dice-, pero al mismo tiempo manipulables; de cantos dorados, cuando estaban confeccionados en superdelicado papel de biblia, o guillotinados en color sangre, si se trataba de los más sencillos”.
Ese contacto activó sus sentidos, pues de algunos admiró su encuadernación en diferentes tonos de piel; de otros absorbió el aroma salido de sus páginas, y a todos los palpó para ponderar los diferentes tamaños con sus manos de niña.
Como puede constatarse un origen con culto religioso, aunque “sin matices beatos”, dice.
Después, con el tiempo, el gusto desarrollado por la lectura la llevó a superar esa relación táctil, olfativa y visual, para conceder la debida importancia al contenido de la letra impresa.
Este primer acercamiento con el “libro ritual”, la condujo a su encuentro con una industria editorial floreciente en la España de los años 60. En la estantería de su biblioteca comenzaron a aparecer ediciones de Editorial Juventud, Bruguera, Molino, y Exclusivas Ferma. Según recuerda, por aquella época gastaba “sus pequeñas pagas y mínimos salarios en comprar libros”.
Otro aspecto que influyó notablemente en su pasión libresca, lo constituyó el entusiasmo de una biblioteca paterna, en la que se conjugaban lo intelectual y lo educativo.
“Se trataba, -dice en El ladrón de libros-, de retar la memoria catalográfica de nuestro padre, quien como respuesta a un título de la obra que nosotros elegíamos al azar, debía adivinar sin otra ayuda que su memoria, el lugar exacto que ésta ocupaba en su biblioteca de tamaño notable”.
Confiesa la autora de Amor i guerra (Premio Ramón Llull 2011), editado por Editorial Planeta/Grup 62, 2011), que “cuando el objeto seductor es el libro, la relación íntima que se establece es doble e inquietante. Por un lado, el objeto inanimado y desechable representado por el libro. Un bien coleccionable, útil o inútil como cualquier otra cosa. Pero, a la vez, el objeto vivo, rico y eterno que también puede ser el libro. En esta ambivalencia: naturaleza muerta e inmortalidad por excelencia, se explica que la manifestación del deseo libresco se halle conformada de misterios, ritos, frustraciones, silencios o felicidades”.
Intermediaria entre el libro y el lector
Nuria Amat está vinculada a los libros por los cuatro costados. Su biblioteca personal es una manifestación literal de esta afirmación. “Me concedo la impresión de vivir en una paradisíaca isla rodeada de libros por todas partes”, revela en El ladrón de libros. Pero además de escribirlos, mediante su profesión de bibliotecaria también se ha convertido en intermediaria entre el lector y el libro.
“Que me guste leer, escribir y subsista económicamente gracias a la profesión de bibliotecaria no sólo no me parece extraño sino que considero mi trabajo tan normal que me sorprende no encontrar colegas que participen simultáneamente de los tres grandes puntales que configuran el libro: autor, lector y sólido intermediario entre uno y otro”.
Para ella, el ejercicio de esta actividad, más que un trabajo es la prolongación de su vida personal en la vida de los otros.
Amat es Doctora cum laude en Ciencias de la Información, miembro de honor de la Asociación Nacional de Diplomados y Alumnos de Biblioteconomía y Documentación de Granada; licenciada en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), bibliotecaria diplomada, y ha sido profesora de la Escuela Universitaria de Biblioteconomía y Documentación de Barcelona.
“Ser bibliotecaria o ejercer la profesión que lleva este título supone, antes que otra cosa, convertirte en el intermediario perfecto entre el lector que se dirige a una biblioteca y el libro que puede o no encontrarse en la misma. Siempre estuve convencida de que en esta servidumbre al lector, por encima de la servidumbre al libro, residía el objetivo clave de la tarea del bibliotecario”.
Libro impreso, libro electrónico
La experiencia de Nuria Amat en las denominadas ciencias de la información le ha permitido reflexionar en cuanto a las relaciones entre el libro impreso y el libro electrónico.
No alberga ninguna duda sobre las cualidades de procesamiento, flexibilidad y rapidez de las computadoras, y sus bases de datos, en comparación con el medio impreso.
“Un disco duro, -dice-, podrá contener tres novelas de un escritor que trabaje en procesador de textos. Sin embargo, a fin de que estas novelas ejerzan su objetivo primordial: que el lector potencial pueda leerlas y degustarlas, tendrá que pasar obligatoriamente por una etapa de impresión que las restituya al papel de origen”.
No cree la escritora que las novelas puedan ser leídas en la pantalla de un terminal de computadora. “Si acaso fuera así, se trataría de un tipo de novelas muy distintas a las hasta ahora concebidas”.
Por lo pronto, considera que el libro tradicional es tan necesario para el trabajo esencial del escritor. Sólo para el trabajo complementario de consulta y de adquisición de conocimientos, las bases de datos suplen las funciones de las enciclopedias, directorios, diccionarios, catálogos de bibliotecas y manuales tradicionales”.
“El libro tradicional no ha muerto, pero sí es víctima de una metamorfosis”.
Escribir para sobrevivir
La obra de Nuria Amat suma 8 novelas (Pan de boda, Barcelona, La Sal Edicions de les Dones, 1979; Narciso y Armonía, Barcelona, Puntual Ediciones/Ajoblanco, 1982; Todos somos Kafka, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1993); Viajar es muy difícil, Madrid, Anaya Mario Muchnik, 1995; La intimidad, Madrid: Alfaguara, 1997; El país del alma, Barcelona: Seix-Barral, 1999, Finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2001; Reina de América, Barcelona, Editorial Seix Barral, 2001, Premio Ciudad de Barcelona 2002; Deja que la vida llueva sobre mí, Barcelona, Editorial Lumen, 2008; Nominada al Premio Internacional IMPAC 2007 traducida como Queen Cocaine; Amor i guerra, Barcelona, Editorial Planeta/Grup 62, 2011. Premio Ramón Llull, 2011); 2 libros de Cuentos (Amor breve, Barcelona, Muchnik, 1990. Publicado también en Círculo de Lectores, y Monstruos, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1991); 1 libro de poesía de autoría propia (Poemas impuros, Barcelona, Bruguera, 2008); y una traducción de los poemas de Emily Dickinson (Amor infiel, Madrid, Losada, 2004); y 7 libros de ensayo (El ladrón de libros, Barcelona, Muchnik, 1988; De la información al saber, Madrid: Fundesco, 1990); El libro mudo, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1994; Letra herida, Madrid, Alfaguara, 1998; El siglo de las mujeres, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2000; Escribir y callar, Madrid, Siruela, 2010; Juan Rulfo. El arte del silencio, Barcelona, Omega, 2003); 1 texto de teatro, Pat’s Room. Dirige también la colección “Vidas Literarias”, de Ediciones Omega.
El escritor mexicano Carlos Fuentes, quien prologó en 1993 su libro Todos somos Kafka, dice sobre la obra de Amat, que ella “propone una autoría solitaria, desubicada, fuera de lugar en todas partes y no da cuartel para recordarnos la soledad del acto de escribir”.
Cuando se le consulta acerca de las razones para ejercer con tanta pasión el oficio de colegas a quienes admira como Virginia Woolf, George Steiner, Montaigne, Quevedo, Cervantes, Proust, Kafka, Faulkner, Borges, Beckett, García Márquez, Rulfo o Canetti, afirma que lo hace “para sobrevivir”, pues para ella la escritura es una opción de vida, un refugio y una forma de denuncia. Cuando escribe, -confiesa-, lo más importante es cómo dice las cosas, decirlas como nadie las dice.
“Escribir es un ejercicio lento y difícil que requiere toda una vida”.
La escritora española, Nuria Amat, fue la encargada el año pasado de pronunciar el discurso de apertura de la 14 Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
Las facetas literarias, librescas, bibliográficas y bibliómanas coinciden con las de su mundo íntimo, dice Nuria Amat, escritora invitada a la 14 Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo de 2013. Las mismas que se transforman en el mundo exterior y profesional de la escritora española, en literatura, escritura, bibliotecas, lectores y libros.
Ha sido una vida vivida en consonancia con el que ha sido un elemento vital en su vida, pues los libros, ese elemento, le han proporcionado una suerte de bienestar que difícilmente habría podido conseguir con otra dedicación.
Nuria Amat, autora de libros de poesía, cuento, novela, teatro, periodismo, ha establecido una particular relación con el libro, en sus distintos formatos, a través de sus estudios e investigaciones sobre el hecho editorial y bibliográfico y sus libros de ficción y creación literaria. Es licenciada en Filosofía y Letras, y doctora en Ciencias de la Información, y mediante una dedicada experiencia docente, introdujo en la Escuela de Biblioteconomía de la Universidad de Barcelona, los estudios en Ciencias y Tecnologías de la Documentación.
¿Qué necesidades personales la han llevado a pasearse por tan diversos géneros literarios y adentrarse en el libro más allá de su escritura? ¿Cómo describe su relación con los libros, como escritora, docente y lectora?
Según confiesa en El ladrón de libros (1998), su interés nace en la infancia, con una connotación ritual.
“En mi caso, por lo que a mi devoción libresca se refiere, el rito era doble, pues los primeros libros que me sedujeron, en tanto que objetos del deseo y hasta el límite de poseer todas las ediciones asequibles de aquélla época, fueron los misales”.
“Misales gruesos; imponentes para ser sostenidos por unas manos pequeñas, -según dice-, pero al mismo tiempo manipulables; de cantos dorados, cuando estaban confeccionados en superdelicado papel de biblia, o guillotinados en color sangre, si se trataba de los más sencillos”.
Ese contacto activó sus sentidos, pues de algunos admiró su encuadernación en diferentes tonos de piel; de otros absorbió el aroma salido de sus páginas, y a todos los palpó para ponderar los diferentes tamaños con sus manos de niña.
Como puede constatarse un origen con culto religioso, aunque “sin matices beatos”, dice.
Después, con el tiempo, el gusto desarrollado por la lectura la llevó a superar esa relación táctil, olfativa y visual, para conceder la debida importancia al contenido de la letra impresa.
Este primer acercamiento con el “libro ritual”, la condujo a su encuentro con una industria editorial floreciente en la España de los años 60. En la estantería de su biblioteca comenzaron a aparecer ediciones de Editorial Juventud, Bruguera, Molino, y Exclusivas Ferma. Según recuerda, por aquella época gastaba “sus pequeñas pagas y mínimos salarios en comprar libros”.
Otro aspecto que influyó notablemente en su pasión libresca, lo constituyó el entusiasmo de una biblioteca paterna, en la que se conjugaban lo intelectual y lo educativo.
“Se trataba, -dice en El ladrón de libros-, de retar la memoria catalográfica de nuestro padre, quien como respuesta a un título de la obra que nosotros elegíamos al azar, debía adivinar sin otra ayuda que su memoria, el lugar exacto que ésta ocupaba en su biblioteca de tamaño notable”.
Confiesa la autora de Amor i guerra (Premio Ramón Llull 2011), editado por Editorial Planeta/Grup 62, 2011), que “cuando el objeto seductor es el libro, la relación íntima que se establece es doble e inquietante. Por un lado, el objeto inanimado y desechable representado por el libro. Un bien coleccionable, útil o inútil como cualquier otra cosa. Pero, a la vez, el objeto vivo, rico y eterno que también puede ser el libro. En esta ambivalencia: naturaleza muerta e inmortalidad por excelencia, se explica que la manifestación del deseo libresco se halle conformada de misterios, ritos, frustraciones, silencios o felicidades”.
Intermediaria entre el libro y el lector
Nuria Amat está vinculada a los libros por los cuatro costados. Su biblioteca personal es una manifestación literal de esta afirmación. “Me concedo la impresión de vivir en una paradisíaca isla rodeada de libros por todas partes”, revela en El ladrón de libros. Pero además de escribirlos, mediante su profesión de bibliotecaria también se ha convertido en intermediaria entre el lector y el libro.
“Que me guste leer, escribir y subsista económicamente gracias a la profesión de bibliotecaria no sólo no me parece extraño sino que considero mi trabajo tan normal que me sorprende no encontrar colegas que participen simultáneamente de los tres grandes puntales que configuran el libro: autor, lector y sólido intermediario entre uno y otro”.
Para ella, el ejercicio de esta actividad, más que un trabajo es la prolongación de su vida personal en la vida de los otros.
Amat es Doctora cum laude en Ciencias de la Información, miembro de honor de la Asociación Nacional de Diplomados y Alumnos de Biblioteconomía y Documentación de Granada; licenciada en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), bibliotecaria diplomada, y ha sido profesora de la Escuela Universitaria de Biblioteconomía y Documentación de Barcelona.
“Ser bibliotecaria o ejercer la profesión que lleva este título supone, antes que otra cosa, convertirte en el intermediario perfecto entre el lector que se dirige a una biblioteca y el libro que puede o no encontrarse en la misma. Siempre estuve convencida de que en esta servidumbre al lector, por encima de la servidumbre al libro, residía el objetivo clave de la tarea del bibliotecario”.
Libro impreso, libro electrónico
La experiencia de Nuria Amat en las denominadas ciencias de la información le ha permitido reflexionar en cuanto a las relaciones entre el libro impreso y el libro electrónico.
No alberga ninguna duda sobre las cualidades de procesamiento, flexibilidad y rapidez de las computadoras, y sus bases de datos, en comparación con el medio impreso.
“Un disco duro, -dice-, podrá contener tres novelas de un escritor que trabaje en procesador de textos. Sin embargo, a fin de que estas novelas ejerzan su objetivo primordial: que el lector potencial pueda leerlas y degustarlas, tendrá que pasar obligatoriamente por una etapa de impresión que las restituya al papel de origen”.
No cree la escritora que las novelas puedan ser leídas en la pantalla de un terminal de computadora. “Si acaso fuera así, se trataría de un tipo de novelas muy distintas a las hasta ahora concebidas”.
Por lo pronto, considera que el libro tradicional es tan necesario para el trabajo esencial del escritor. Sólo para el trabajo complementario de consulta y de adquisición de conocimientos, las bases de datos suplen las funciones de las enciclopedias, directorios, diccionarios, catálogos de bibliotecas y manuales tradicionales”.
“El libro tradicional no ha muerto, pero sí es víctima de una metamorfosis”.
Escribir para sobrevivir
La obra de Nuria Amat suma 8 novelas (Pan de boda, Barcelona, La Sal Edicions de les Dones, 1979; Narciso y Armonía, Barcelona, Puntual Ediciones/Ajoblanco, 1982; Todos somos Kafka, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1993); Viajar es muy difícil, Madrid, Anaya Mario Muchnik, 1995; La intimidad, Madrid: Alfaguara, 1997; El país del alma, Barcelona: Seix-Barral, 1999, Finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2001; Reina de América, Barcelona, Editorial Seix Barral, 2001, Premio Ciudad de Barcelona 2002; Deja que la vida llueva sobre mí, Barcelona, Editorial Lumen, 2008; Nominada al Premio Internacional IMPAC 2007 traducida como Queen Cocaine; Amor i guerra, Barcelona, Editorial Planeta/Grup 62, 2011. Premio Ramón Llull, 2011); 2 libros de Cuentos (Amor breve, Barcelona, Muchnik, 1990. Publicado también en Círculo de Lectores, y Monstruos, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1991); 1 libro de poesía de autoría propia (Poemas impuros, Barcelona, Bruguera, 2008); y una traducción de los poemas de Emily Dickinson (Amor infiel, Madrid, Losada, 2004); y 7 libros de ensayo (El ladrón de libros, Barcelona, Muchnik, 1988; De la información al saber, Madrid: Fundesco, 1990); El libro mudo, Madrid, Anaya-Mario Muchnik, 1994; Letra herida, Madrid, Alfaguara, 1998; El siglo de las mujeres, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2000; Escribir y callar, Madrid, Siruela, 2010; Juan Rulfo. El arte del silencio, Barcelona, Omega, 2003); 1 texto de teatro, Pat’s Room. Dirige también la colección “Vidas Literarias”, de Ediciones Omega.
El escritor mexicano Carlos Fuentes, quien prologó en 1993 su libro Todos somos Kafka, dice sobre la obra de Amat, que ella “propone una autoría solitaria, desubicada, fuera de lugar en todas partes y no da cuartel para recordarnos la soledad del acto de escribir”.
Cuando se le consulta acerca de las razones para ejercer con tanta pasión el oficio de colegas a quienes admira como Virginia Woolf, George Steiner, Montaigne, Quevedo, Cervantes, Proust, Kafka, Faulkner, Borges, Beckett, García Márquez, Rulfo o Canetti, afirma que lo hace “para sobrevivir”, pues para ella la escritura es una opción de vida, un refugio y una forma de denuncia. Cuando escribe, -confiesa-, lo más importante es cómo dice las cosas, decirlas como nadie las dice.
“Escribir es un ejercicio lento y difícil que requiere toda una vida”.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
José Manuel Briceño Guerrero: la voz de todos los pueblos (crónica)
José Manuel Briceño Guerrero. Foto de José Antonio Rosales.
El escritor, filósofo y profesor venezolano José Manuel Briceño Guerrero falleció el pasado 31 de octubre de 2014 en la ciudad de Mérida. Por su obra ensayística y narrativa recibió reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayo de 1981 y el Premio Nacional de Literatura de 1996. A continuación, se inserta el apunte personal compartido con el escritor en los espacios de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
Conocí al escritor José Manuel Briceño Guerrero –Jonuel Brigue- en la V Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, en el año 2003. Recuerdo haberle dicho entonces que de él me asombraba una suerte de recato personal perceptible en el contacto con la gente. Era un filósofo sin púlpito, un sabio a ras del suelo. Sin embargo, los que lo conocían bien no dejaban de testimoniar que los destellos de su aura mitológica, tenían que ver, -además de su barba bíblica-, con su sabiduría y dotes intelectuales, y su destacada labor en el campo humanístico, compartida por buena parte del mundo.
“Tengo un fascinación por el solo hecho de existir, -me dijo-, de estar aquí y de que haya mundo; las interpelaciones sobre esos secretos son las que me han movido a pensar, y lo que he conseguido es una profundización de esas interrogantes fundamentales, que tal vez no existen para ser contestadas sino para ser sentidas”.
En esos días, el filósofo venezolano nacido en Apure en 1929, me habló sobre la comprensión, la tolerancia y el respeto por el otro -que se alcanzan mediante el desarrollo del espíritu-, “son señales de progreso de la humanidad, más que del desarrollo tecnológico...”; y en la encrucijada de uno de los pasillos de la feria, deteniéndose un rato en uno de los estantes, apuntó que en una sociedad que no consigue arrancarse la espiral de la violencia, el arte y la cultura son las únicas señales posibles por dónde escapar.
Para nadie es un secreto que de él se ha dicho que transforma a sus discípulos en esclavos de sus pensamientos. En algunas ocasiones ha sido víctima de la calumnia y de la infamia; se le ha acusado de dirigir sectas, comunidades satánicas. Pero cuando uno interroga a algunos de sus estudiantes sobre la clase de sociedad que él propone a quienes comparten sus conocimientos, responde que lo único que hace es encenderles la chispa para que sientan su libertad y se comprometan con ella.
No obstante el reconocido respeto por su palabra, Jonuel Brigue no se considera destinado al ejercicio de algún don fundamental; no se siente pensador guardián del mito y la imagen. Esa percepción, expresada en la vieja tradición de los primeros pontífices romanos, a quienes se les encargaba el cuidado de los puentes que daban acceso a los templos donde se guardaba el conocimiento emanado de Dios, sólo para algunos iniciados, para él ha caducado.
En la Universidad de Los Andes, en donde imparte clases, ha encontrado, entre estudiantes y profesores, un ambiente propicio para el cultivo del pensamiento, para confirmar lo que ha llamado “el carácter infinito del hombre”. Y esa infinitud ha podido expresarla en los 18 idiomas y dialectos que habla, -americanos, europeos, asiáticos, modernos, antiguos-, en viajes a través del mundo.
Además de las labores académicas, dedica gran parte de su tiempo a formar una Escuela de iniciados en la Kábala, y en sus cátedras se lee La Torah en Hebreo, los clásicos griegos e italianos en sus propias lenguas. Insertar estas actividades que, para algunos podrían resultar excéntricas, en el ser cotidiano, le ha permitido conocer quiénes somos.
Ello lo ha llevado a reconocer que los venezolanos, por sufrir una gran confusión y aturdimiento “vocacional, profesional, político, social, artístico y hasta sentimental”, estamos desorientados en lo que respecta a nuestro propio ser. Conforme a sus planteamientos, nos corresponde hacer un trabajo con el cual seamos capaces de relacionar tradiciones distintas, pueblos diversos, y ver si en esa relación de culturas y civilizaciones se puede llegar a producir una mayor comprensión entre los seres humanos.
Esta dimensión del ser que ha alcanzado, lo ha convertido en uno de los pensadores más destacados no sólo de Venezuela. Ha logrado fundar un importante auditorio de lectores en torno a sus libros, en todo el mundo. Centros académicos filosóficos en Europa y Asia, ya dan cuenta de la extraordinaria importancia del tema de la multiculturalidad desarrollado por él. Sus libros son textos en los que brillan el talento y la elegancia de un prosista clásico. Pero además son cartas de navegación de sus amores literarios, declaraciones ideológicas sobre la historia y el mundo moderno.
Los temas de los libros de Briceño Guerrero profundizan en el ser del continente Latinoamericano, la indagación de sí mismo y su pasión por el lenguaje. Estos impulsos se entremezclan y se expanden, para lograr un pensamiento que trasciende las fronteras de la venezolanidad.
En 1981 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, y posteriormente, en 1996, el Premio Nacional de Literatura. Ha escrito ¿Qué es la Filosofía?, América Latina en el Mundo, El Origen del Lenguaje, América y Europa en el Pensar Mantuano, Amor y Terror de las Palabras, Anfisbena. Culebra Ciega, El Laberinto de los Tres Minotauros, Trece Trozos y Tres Trizas, Los recuerdos, los sueños y la razón, entre otros muchos libros, y en ellos se pasea por la ciencia, la filosofía, la identidad, la cultura, el lenguaje, la realidad social.
En uno de sus primeros libros, América Latina en el Mundo su fondo de reflexión es claro: la inquietud por el sitio y el papel que jugará el mestizo latinoamericano en la sensibilidad futura de la humanidad; ofrece rastros que lo marcan como potencial tipo humano idóneo para cumplir una tarea sui generis, ennoblecedora y transformadora del ser del hombre de la humanidad porvenir.
Con la madurez que le permitió desarrollar su doctorado en filosofía en la Universidad Albert Ludwing en Friburgo, Alemania, y su formación en el campo de la Fenomenología, Briceño Guerrero ha extendido el estudio de la identidad cultural, al presentar un camino desde el campo de la filosofía, sobre todo para quienes compartimos el ser latinoamericano, ubicando este planteamiento, -que pasa a ser, en el universo intelectual europeo y contemporáneo, una interrogante esencial-, en el encuentro de la diferencia cultural en el campo del pensamiento.
De allí deriva, lo sé, un aspecto importante en sus estudios. Fue la razón que me llevó a preguntarle sobre si la decodificación de signos escritos en distintas lenguas, determina inevitablemente la manera de pensar, de sentir y de comprender el mundo del ser humano. ¿Comprende el mundo, de la misma forma, un hombre o una mujer que piensan y hablan en inglés y uno que piensa en chino, por ejemplo? Me miró con ojos sorprendidos y me respondió: “El tema del lenguaje, es un tema caro a mis intereses, que trasciende y es de mi preferencia”.
La complejidad de la expresión verbal para él, evidencia la creativa ingeniosidad del habla latinoamericana, a través de la cual aparece una psique compleja. El habla del mestizo de Latinoamérica se regenera en los modelos lingüísticos de las diferentes cosmovisiones que participaron en el encuentro de pueblos del siglo XVI, autóctonos y europeos. En sus expresiones se puede vislumbrar la magnitud del conflicto, así como las cimas perfeccionadas y los precipicios del sentido de la vida y el universo. Ese saber, a veces misterioso, escondido, no revelado totalmente, se expresa en estilos y formas verbales, que recubren, comportamientos, emociones, formas de expresión.
Cuando nos preguntamos sobre por qué el pueblo venezolano, -latinoamericano-, en ocasiones es incapaz de consolidar obras que demandan concentración de esfuerzos y paciencia, como familia, empresas y buen gobierno, la respuesta podríamos encontrarla allí, en la incapacidad del “trabajo silencioso constructivo…”.
En esa anchura están las posibilidades de una lengua capaz de expresar la unidad humana que somos. Y en la prodigalidad anímica y creativa de nuestra habla, en sus cánones estructurales y semánticos, podríamos encontrar la explicación del por qué somos distintos en nuestras cosmovisiones, en cuanto somos distintos de nuestras lenguas madres. De allí nuestros modos y pasiones inéditas, como la tolerancia y la fraternidad. Briceño Guerrero se pregunta si ese mestizo: “¿Habrá perdido su voz porque ha de emitir la voz de todos los pueblos?”.
El escritor, filósofo y profesor venezolano José Manuel Briceño Guerrero falleció el pasado 31 de octubre de 2014 en la ciudad de Mérida. Por su obra ensayística y narrativa recibió reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayo de 1981 y el Premio Nacional de Literatura de 1996. A continuación, se inserta el apunte personal compartido con el escritor en los espacios de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
Conocí al escritor José Manuel Briceño Guerrero –Jonuel Brigue- en la V Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, en el año 2003. Recuerdo haberle dicho entonces que de él me asombraba una suerte de recato personal perceptible en el contacto con la gente. Era un filósofo sin púlpito, un sabio a ras del suelo. Sin embargo, los que lo conocían bien no dejaban de testimoniar que los destellos de su aura mitológica, tenían que ver, -además de su barba bíblica-, con su sabiduría y dotes intelectuales, y su destacada labor en el campo humanístico, compartida por buena parte del mundo.
“Tengo un fascinación por el solo hecho de existir, -me dijo-, de estar aquí y de que haya mundo; las interpelaciones sobre esos secretos son las que me han movido a pensar, y lo que he conseguido es una profundización de esas interrogantes fundamentales, que tal vez no existen para ser contestadas sino para ser sentidas”.
En esos días, el filósofo venezolano nacido en Apure en 1929, me habló sobre la comprensión, la tolerancia y el respeto por el otro -que se alcanzan mediante el desarrollo del espíritu-, “son señales de progreso de la humanidad, más que del desarrollo tecnológico...”; y en la encrucijada de uno de los pasillos de la feria, deteniéndose un rato en uno de los estantes, apuntó que en una sociedad que no consigue arrancarse la espiral de la violencia, el arte y la cultura son las únicas señales posibles por dónde escapar.
Para nadie es un secreto que de él se ha dicho que transforma a sus discípulos en esclavos de sus pensamientos. En algunas ocasiones ha sido víctima de la calumnia y de la infamia; se le ha acusado de dirigir sectas, comunidades satánicas. Pero cuando uno interroga a algunos de sus estudiantes sobre la clase de sociedad que él propone a quienes comparten sus conocimientos, responde que lo único que hace es encenderles la chispa para que sientan su libertad y se comprometan con ella.
No obstante el reconocido respeto por su palabra, Jonuel Brigue no se considera destinado al ejercicio de algún don fundamental; no se siente pensador guardián del mito y la imagen. Esa percepción, expresada en la vieja tradición de los primeros pontífices romanos, a quienes se les encargaba el cuidado de los puentes que daban acceso a los templos donde se guardaba el conocimiento emanado de Dios, sólo para algunos iniciados, para él ha caducado.
En la Universidad de Los Andes, en donde imparte clases, ha encontrado, entre estudiantes y profesores, un ambiente propicio para el cultivo del pensamiento, para confirmar lo que ha llamado “el carácter infinito del hombre”. Y esa infinitud ha podido expresarla en los 18 idiomas y dialectos que habla, -americanos, europeos, asiáticos, modernos, antiguos-, en viajes a través del mundo.
Además de las labores académicas, dedica gran parte de su tiempo a formar una Escuela de iniciados en la Kábala, y en sus cátedras se lee La Torah en Hebreo, los clásicos griegos e italianos en sus propias lenguas. Insertar estas actividades que, para algunos podrían resultar excéntricas, en el ser cotidiano, le ha permitido conocer quiénes somos.
Ello lo ha llevado a reconocer que los venezolanos, por sufrir una gran confusión y aturdimiento “vocacional, profesional, político, social, artístico y hasta sentimental”, estamos desorientados en lo que respecta a nuestro propio ser. Conforme a sus planteamientos, nos corresponde hacer un trabajo con el cual seamos capaces de relacionar tradiciones distintas, pueblos diversos, y ver si en esa relación de culturas y civilizaciones se puede llegar a producir una mayor comprensión entre los seres humanos.
Esta dimensión del ser que ha alcanzado, lo ha convertido en uno de los pensadores más destacados no sólo de Venezuela. Ha logrado fundar un importante auditorio de lectores en torno a sus libros, en todo el mundo. Centros académicos filosóficos en Europa y Asia, ya dan cuenta de la extraordinaria importancia del tema de la multiculturalidad desarrollado por él. Sus libros son textos en los que brillan el talento y la elegancia de un prosista clásico. Pero además son cartas de navegación de sus amores literarios, declaraciones ideológicas sobre la historia y el mundo moderno.
Los temas de los libros de Briceño Guerrero profundizan en el ser del continente Latinoamericano, la indagación de sí mismo y su pasión por el lenguaje. Estos impulsos se entremezclan y se expanden, para lograr un pensamiento que trasciende las fronteras de la venezolanidad.
En 1981 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, y posteriormente, en 1996, el Premio Nacional de Literatura. Ha escrito ¿Qué es la Filosofía?, América Latina en el Mundo, El Origen del Lenguaje, América y Europa en el Pensar Mantuano, Amor y Terror de las Palabras, Anfisbena. Culebra Ciega, El Laberinto de los Tres Minotauros, Trece Trozos y Tres Trizas, Los recuerdos, los sueños y la razón, entre otros muchos libros, y en ellos se pasea por la ciencia, la filosofía, la identidad, la cultura, el lenguaje, la realidad social.
En uno de sus primeros libros, América Latina en el Mundo su fondo de reflexión es claro: la inquietud por el sitio y el papel que jugará el mestizo latinoamericano en la sensibilidad futura de la humanidad; ofrece rastros que lo marcan como potencial tipo humano idóneo para cumplir una tarea sui generis, ennoblecedora y transformadora del ser del hombre de la humanidad porvenir.
Con la madurez que le permitió desarrollar su doctorado en filosofía en la Universidad Albert Ludwing en Friburgo, Alemania, y su formación en el campo de la Fenomenología, Briceño Guerrero ha extendido el estudio de la identidad cultural, al presentar un camino desde el campo de la filosofía, sobre todo para quienes compartimos el ser latinoamericano, ubicando este planteamiento, -que pasa a ser, en el universo intelectual europeo y contemporáneo, una interrogante esencial-, en el encuentro de la diferencia cultural en el campo del pensamiento.
De allí deriva, lo sé, un aspecto importante en sus estudios. Fue la razón que me llevó a preguntarle sobre si la decodificación de signos escritos en distintas lenguas, determina inevitablemente la manera de pensar, de sentir y de comprender el mundo del ser humano. ¿Comprende el mundo, de la misma forma, un hombre o una mujer que piensan y hablan en inglés y uno que piensa en chino, por ejemplo? Me miró con ojos sorprendidos y me respondió: “El tema del lenguaje, es un tema caro a mis intereses, que trasciende y es de mi preferencia”.
La complejidad de la expresión verbal para él, evidencia la creativa ingeniosidad del habla latinoamericana, a través de la cual aparece una psique compleja. El habla del mestizo de Latinoamérica se regenera en los modelos lingüísticos de las diferentes cosmovisiones que participaron en el encuentro de pueblos del siglo XVI, autóctonos y europeos. En sus expresiones se puede vislumbrar la magnitud del conflicto, así como las cimas perfeccionadas y los precipicios del sentido de la vida y el universo. Ese saber, a veces misterioso, escondido, no revelado totalmente, se expresa en estilos y formas verbales, que recubren, comportamientos, emociones, formas de expresión.
Cuando nos preguntamos sobre por qué el pueblo venezolano, -latinoamericano-, en ocasiones es incapaz de consolidar obras que demandan concentración de esfuerzos y paciencia, como familia, empresas y buen gobierno, la respuesta podríamos encontrarla allí, en la incapacidad del “trabajo silencioso constructivo…”.
En esa anchura están las posibilidades de una lengua capaz de expresar la unidad humana que somos. Y en la prodigalidad anímica y creativa de nuestra habla, en sus cánones estructurales y semánticos, podríamos encontrar la explicación del por qué somos distintos en nuestras cosmovisiones, en cuanto somos distintos de nuestras lenguas madres. De allí nuestros modos y pasiones inéditas, como la tolerancia y la fraternidad. Briceño Guerrero se pregunta si ese mestizo: “¿Habrá perdido su voz porque ha de emitir la voz de todos los pueblos?”.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
sábado, 25 de octubre de 2014
Antonio Skármeta Premio Nacional de Literatura 2014 de su país natal, Chile (entrevista)
Antonio Skármeta disfrutó la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela. Fotos de José Antonio Rosales
Antonio Skármeta estuvo en Valencia en octubre de 2006, invitado a la VII Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. El hoy Premio Nacional de Literatura 2014 de Chile sostuvo un encuentro intenso con la ciudad.
Junto al profesor Reinaldo Villegas Astudillo, Cónsul de Chile en Valencia, tuve la oportunidad de acompañarlo. Firmó libros, dictó conferencias, asistió a foros de cine, animó tertulias, ofreció entrevistas, y, en un acontecimiento inédito, también desafió a la suerte, apostando a una de sus pasiones: los caballos.
En fin, en tres días de presencia activa dejó una huella imborrable en quienes compartimos con él literatura, buena mesa, pródiga charla y la inagotable compresión de quien alimenta una extraordinaria vocación para el diálogo cercano.
Una de sus intervenciones más celebradas, fue la que se llevó a cabo con los estudiantes de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo, en donde, además de exhibir capítulos de su memorable programa el Show de los libros, dio algunas de las claves de su éxito. Otro de aquellos encuentros, fue el realizado en la sala de Cine Arte Patio Trigal para ver la película La pequeña revancha, de Olegario Barrera, con guión de la escritora Laura Antillano, basada en el libro La Composición de Skármeta.
Al marcharse dejó, entre otros testimonios, una entrevista, -que reproducimos-, y la sonrisa de amabilidad que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante, con los que ha dado a conocer, no sólo su talento, sino su amor y respeto por los libros, los lectores y la lectura.
Aquí el texto de la entrevista.
Antonio Skármeta: Dispongo con alegría mi corazón para el encuentro en Valencia
Antonio Skármeta, autor de libros como Soñé que la nieve ardía (1975), No pasó nada (1980), El cartero de Neruda (1985), Match Ball (1989), La boda del poeta (1999), Neruda por Skármeta (2004), nació en Antofagasta, Chile, en 1940. Estudió filosofía y literatura en la Universidad de Chile y en la Universidad de Columbia en Nueva York. Y en este momento, cuando es uno de los escritores más importantes y requeridos de su país, en actitud sencilla y amable, accedió a tener con nosotros una plática, vía correo electrónico, antes de su participación en la 7ma. Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, a la que vendrá para el corte de cinta el día 28 de octubre de 2006, seguramente con la misma sonrisa que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante.
¿Ha venido antes a Venezuela?
Varias veces, todas inolvidables. En los años ´70, a un encuentro sobre el exilio latinoamericano que tuvo lugar en Mérida al que acudió, entre otros distinguidos escritores, Julio Cortázar. Luego al estreno mundial en español de mi obra teatral Ardiente Paciencia que luego sería en cine El cartero de Neruda, en la Sala Rajatabla de Caracas. En otras ocasiones visité muestras excelentes en el Museo Sofía Imber, asistí a estrenos del ballet Danza Hoy. Fui una vez jurado del Premio Rómulo Gallegos (1997), y en otras ocasiones vine especialmente para presentar mis nuevos libros al público venezolano. Alguna otra vez fui porque sí “just for the fun of it”. Pero me faltaba Valencia, y dispongo con alegría mi corazón para este encuentro.
¿Qué sentimientos le produce visitar nuestro país en el marco de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo?
América Latina necesita crecer culturalmente hacia el interior de cada uno de sus pueblos y expandir sus ricas creaciones al mundo. La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo es una iniciativa loable en ambos sentidos. En el libro están muchas de las reservas de inteligencia e imaginación alternativa y creadora en sociedades donde la comunicación masiva tiende a conformarse siempre con “lo mismo”.
Su íntima relación con los libros va más allá del hecho de la escritura. Es una relación también como lector. ¿Podría indicarnos qué libros han dejado en usted una impronta significativa?
Claro, porque he hecho programas de televisión como “El Show de los Libros”,”La Torre de Papel” y “Un mundo alucinante”, que a lo largo de años han sido vistos por el público internacional. Esta fue una excitante experiencia: darle visibilidad al libro en el espacio de la televisión, con altas cuotas de sintonía, donde el lugar común decía que una aventura así era inviable.
Distintos libros me han marcado en diversas épocas. De mi infancia elijo dos: Pinocho, de Collodi: es necesario aún seguir tratando de ponerle un corazón a seres que parecen hechos de madera, y Corazón, de Edmundo de Amicis, por su exaltación de esos sentimientos imborrables que nacen en la escuela, el trato tan afectuoso de la solidaridad, y el colorido dramatismo de los episodios intercalados.
En la adolescencia, tres libros que defendieron muy convincentemente con potente lenguaje la verdad de vidas alternativas: El Cazador Oculto, de J.D.Salinger, En el camino, de Jack Kerouac y Los ríos profundos, del peruano José María Arguedas.
No puedo dejar de nombrar las Obras Completas de Pablo Neruda, por la versatilidad y profundidad de sus visiones y la potencia de su comunicación, y por cierto el tesoro inagotable de un clásico como Shakespeare donde parece haberse pensado todo el pasado, presente y futuro de la humanidad.
Por la obra de Skármeta sopla el viento del exilio. Me gustaría que nos hablara del Skármeta escritor que era antes del exilio y del que fue después.
Antes del Golpe de Pinochet de 1973 yo era un miniuniverso en expansión. Respiraba con la alegría de un Walt Whitman, creía en la esencial verdad de la belleza y la bondad de los seres humanos, y mi prosa se alborotaba en busca de la aventura. El golpe y luego el exilio introdujo en mi vida un repertorio de dolores, escepticismo, incredulidad, y una apertura al lado oscuro de los corazones. Mi vida y consecuentemente mi literatura se hicieron más dramáticas.
Al mismo tiempo, al abrirme a culturas diferentes, se amplió mi horizonte de percepciones, se llenó mi mundo de otras tradiciones que supe leer como latinoamericano, y mi obra se nutrió de temas originados en el desarraigo. Allí están por ejemplo: No pasó nada, el exilio latinoamericano en Alemania contado por un niño chileno de 14 años o La Boda del Poeta, un episodio de la preguerra mundial en Europa en 1913 donde un autor de este lado del Atlántico inventa un lenguaje y una actitud original para apropiarse del pasado europeo.
¿Cree usted que la libertad y la poesía, que según sus propias palabras, se apagaron con el golpe militar de Chile en 1973, han vuelto a encenderse en la vida cotidiana de su país?
La creación chilena mantuvo aun durante la etapa más feroz de la dictadura un actitud digna, conmovedoramente confrontacional con ella. Los grupos de teatro, las acciones de arte, el nuevo rock. De vuelta a la democracia, se comienza a medir le intensidad de la paliza. La sombra que deja una represión es difícil de remover de los corazones. Es justamente el arte chileno el que de un modo radical y cuestionador elabora los coletazos de ese pasado infame. Mientras, la dirigencia política ha hecho el trabajo de pacificar el país, consolidar la democracia y hacer crecer la economía.
Chile tiene hoy artistas notables y obras de trascendencia universal, pero a mi manera de ver las cosas, comparando el Chile pre-Golpe con el actual, hay algo dañado en el alma del país que el trabajo de varias generaciones alcance quizás a reparar o reinventar. Los signos son sí alentadores: vienen de quienes hoy son adolescentes.
Su vida, según entiendo, gira entre Chile y Europa. ¿Podría contarnos, para conocerlo un poco más, cómo es hoy la vida del escritor Antonio Skármeta?
Con mucho gusto. Mis obras están hoy traducidas en veinticinco idiomas lo que implica un contacto permanente con públicos de diversas latitudes y temperaturas culturales. Esto implica viajar mucho, dar charlas, participar en debates. Por otra parte, algunos de mis relatos le han resultado atrayentes a productores y directores de cine. Usted, querido Rafael Simón, conoce, por ejemplo, El Cartero y Neruda, de Michael Radford y Pequeña Revancha, de Olegario Barrera. En estos momentos se avanza en el guión y pre producción de mi novela El Baile de la Victoria, Premio Planeta 2003, que dirigirá Fernando Trueba.
Casi la mitad del tiempo vivo en Chile donde me dedico básicamente a escribir.
Es un hecho innegable que la película Il Postino, dirigida por Michael Radford, es un hito importante en su carrera. Pero, díganos en dónde siente usted que este film ha puesto el mayor acento, ¿en su trabajo como novelista o en su labor como guionista cinematográfico?
Me imagino que el mérito de El cartero de Neruda primordial está en la concentrada eficacia dramática del texto donde mi permanente anhelo como creador de fundir en un impulso la gran cultura con la cultura popular se traslada a los espectadores o lectores de un modo emocional y convincente. No de otra manera podría explicarse la irradiación de este motivo en tantos géneros: novela, dos films, obra de teatro con más de doscientas puestas en escena en todo el mundo (incluido el año pasado en China), radioteatro. Si a esto se suma para el próximo año, o el 2008, el anuncio de una comedia musical en Londres y una ópera que el mismo Plácido Domingo ha dicho que cantará el 2009, mi impresión puede ser corroborada con estos datos objetivos.
Usted es, sin duda, un gran promotor de la lectura. De los diferentes géneros de los que se ha valido Antonio Skármeta para llevar adelante esta tarea, entre el cine, la radio, la televisión y su propia producción editorial, ¿cuál cree usted que ha sido el más efectivo?
Le agradezco esta opinión. Como escritor navego por mares muy turbulentos y me sumerjo en sombras espesas, pero al momento de establecer un contacto con el lector, cuido que la organización dramatúrgica de mis relatos transmita la alegría de crear y narrar. En la televisión estimo que logramos deshojar a los programas culturales de esa pompa y formalidad para tratar el arte donde los participantes ponen los ojos en blanco y engolan la voz cada vez que encuentran la palabra “cultura” en sus lenguas. Creo que le dimos visibilidad al libro en espacios que nunca antes habían sido conquistados, gracias a la imaginación lúdica, al humor, a la informalidad, al verdadero amor por las letras.
¿Cree Antonio Skármeta que Latinoamérica es un continente de lectores?, considerando la experiencia editorial de nuestros países y la existencia de grandes ferias del libro, como la de Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires.
No. Los lectores constituyen en América Latina una élite y las ferias que usted menciona son ejemplos exitosos de cómo esta minoría se puede ampliar. Pero los fuerzas de la sociedad no están puestas en ellas. Tampoco en la innovación de las políticas educacionales. Sí, por supuesto, en los discursos y en la retórica de los políticos. Pero no en la gris realidad. Compare los presupuestos educacionales con los militares y saque conclusiones.
Finalmente, qué valores destaca Antonio Skármeta en la realización de las ferias del libro como mecanismos de promoción de la lectura, y, sobre todo, tratándose de ferias patrocinadas por universidades?
Me gustan aquellas ferias que son fiestas literarias donde los distribuidores, la prensa, los libreros, los agentes culturales de la zona, facilitan al escritor el contacto con los lectores. Son tan pocas las oportunidades en que un autor y sus libros se presentan juntos, que el público agradece la ocasión. El patrocinio de una universidad es óptimo, pues las instituciones culturales modernas han de ser sensibles al conjunto de la sociedad. Me encantan estos viajes de ida y vuelta entre los templos del saber y la investigación y la vida plural y abigarrada de las calles.
Antonio Skármeta estuvo en Valencia en octubre de 2006, invitado a la VII Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. El hoy Premio Nacional de Literatura 2014 de Chile sostuvo un encuentro intenso con la ciudad.
Junto al profesor Reinaldo Villegas Astudillo, Cónsul de Chile en Valencia, tuve la oportunidad de acompañarlo. Firmó libros, dictó conferencias, asistió a foros de cine, animó tertulias, ofreció entrevistas, y, en un acontecimiento inédito, también desafió a la suerte, apostando a una de sus pasiones: los caballos.
En fin, en tres días de presencia activa dejó una huella imborrable en quienes compartimos con él literatura, buena mesa, pródiga charla y la inagotable compresión de quien alimenta una extraordinaria vocación para el diálogo cercano.
Una de sus intervenciones más celebradas, fue la que se llevó a cabo con los estudiantes de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo, en donde, además de exhibir capítulos de su memorable programa el Show de los libros, dio algunas de las claves de su éxito. Otro de aquellos encuentros, fue el realizado en la sala de Cine Arte Patio Trigal para ver la película La pequeña revancha, de Olegario Barrera, con guión de la escritora Laura Antillano, basada en el libro La Composición de Skármeta.
Al marcharse dejó, entre otros testimonios, una entrevista, -que reproducimos-, y la sonrisa de amabilidad que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante, con los que ha dado a conocer, no sólo su talento, sino su amor y respeto por los libros, los lectores y la lectura.
Aquí el texto de la entrevista.
Antonio Skármeta: Dispongo con alegría mi corazón para el encuentro en Valencia
Antonio Skármeta, autor de libros como Soñé que la nieve ardía (1975), No pasó nada (1980), El cartero de Neruda (1985), Match Ball (1989), La boda del poeta (1999), Neruda por Skármeta (2004), nació en Antofagasta, Chile, en 1940. Estudió filosofía y literatura en la Universidad de Chile y en la Universidad de Columbia en Nueva York. Y en este momento, cuando es uno de los escritores más importantes y requeridos de su país, en actitud sencilla y amable, accedió a tener con nosotros una plática, vía correo electrónico, antes de su participación en la 7ma. Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, a la que vendrá para el corte de cinta el día 28 de octubre de 2006, seguramente con la misma sonrisa que el mundo entero le ha conocido gracias a sus programas de televisión El Show de los Libros, La Torre de Papel y Un mundo Alucinante.
¿Ha venido antes a Venezuela?
Varias veces, todas inolvidables. En los años ´70, a un encuentro sobre el exilio latinoamericano que tuvo lugar en Mérida al que acudió, entre otros distinguidos escritores, Julio Cortázar. Luego al estreno mundial en español de mi obra teatral Ardiente Paciencia que luego sería en cine El cartero de Neruda, en la Sala Rajatabla de Caracas. En otras ocasiones visité muestras excelentes en el Museo Sofía Imber, asistí a estrenos del ballet Danza Hoy. Fui una vez jurado del Premio Rómulo Gallegos (1997), y en otras ocasiones vine especialmente para presentar mis nuevos libros al público venezolano. Alguna otra vez fui porque sí “just for the fun of it”. Pero me faltaba Valencia, y dispongo con alegría mi corazón para este encuentro.
¿Qué sentimientos le produce visitar nuestro país en el marco de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo?
América Latina necesita crecer culturalmente hacia el interior de cada uno de sus pueblos y expandir sus ricas creaciones al mundo. La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo es una iniciativa loable en ambos sentidos. En el libro están muchas de las reservas de inteligencia e imaginación alternativa y creadora en sociedades donde la comunicación masiva tiende a conformarse siempre con “lo mismo”.
Su íntima relación con los libros va más allá del hecho de la escritura. Es una relación también como lector. ¿Podría indicarnos qué libros han dejado en usted una impronta significativa?
Claro, porque he hecho programas de televisión como “El Show de los Libros”,”La Torre de Papel” y “Un mundo alucinante”, que a lo largo de años han sido vistos por el público internacional. Esta fue una excitante experiencia: darle visibilidad al libro en el espacio de la televisión, con altas cuotas de sintonía, donde el lugar común decía que una aventura así era inviable.
Distintos libros me han marcado en diversas épocas. De mi infancia elijo dos: Pinocho, de Collodi: es necesario aún seguir tratando de ponerle un corazón a seres que parecen hechos de madera, y Corazón, de Edmundo de Amicis, por su exaltación de esos sentimientos imborrables que nacen en la escuela, el trato tan afectuoso de la solidaridad, y el colorido dramatismo de los episodios intercalados.
En la adolescencia, tres libros que defendieron muy convincentemente con potente lenguaje la verdad de vidas alternativas: El Cazador Oculto, de J.D.Salinger, En el camino, de Jack Kerouac y Los ríos profundos, del peruano José María Arguedas.
No puedo dejar de nombrar las Obras Completas de Pablo Neruda, por la versatilidad y profundidad de sus visiones y la potencia de su comunicación, y por cierto el tesoro inagotable de un clásico como Shakespeare donde parece haberse pensado todo el pasado, presente y futuro de la humanidad.
Por la obra de Skármeta sopla el viento del exilio. Me gustaría que nos hablara del Skármeta escritor que era antes del exilio y del que fue después.
Antes del Golpe de Pinochet de 1973 yo era un miniuniverso en expansión. Respiraba con la alegría de un Walt Whitman, creía en la esencial verdad de la belleza y la bondad de los seres humanos, y mi prosa se alborotaba en busca de la aventura. El golpe y luego el exilio introdujo en mi vida un repertorio de dolores, escepticismo, incredulidad, y una apertura al lado oscuro de los corazones. Mi vida y consecuentemente mi literatura se hicieron más dramáticas.
Al mismo tiempo, al abrirme a culturas diferentes, se amplió mi horizonte de percepciones, se llenó mi mundo de otras tradiciones que supe leer como latinoamericano, y mi obra se nutrió de temas originados en el desarraigo. Allí están por ejemplo: No pasó nada, el exilio latinoamericano en Alemania contado por un niño chileno de 14 años o La Boda del Poeta, un episodio de la preguerra mundial en Europa en 1913 donde un autor de este lado del Atlántico inventa un lenguaje y una actitud original para apropiarse del pasado europeo.
¿Cree usted que la libertad y la poesía, que según sus propias palabras, se apagaron con el golpe militar de Chile en 1973, han vuelto a encenderse en la vida cotidiana de su país?
La creación chilena mantuvo aun durante la etapa más feroz de la dictadura un actitud digna, conmovedoramente confrontacional con ella. Los grupos de teatro, las acciones de arte, el nuevo rock. De vuelta a la democracia, se comienza a medir le intensidad de la paliza. La sombra que deja una represión es difícil de remover de los corazones. Es justamente el arte chileno el que de un modo radical y cuestionador elabora los coletazos de ese pasado infame. Mientras, la dirigencia política ha hecho el trabajo de pacificar el país, consolidar la democracia y hacer crecer la economía.
Chile tiene hoy artistas notables y obras de trascendencia universal, pero a mi manera de ver las cosas, comparando el Chile pre-Golpe con el actual, hay algo dañado en el alma del país que el trabajo de varias generaciones alcance quizás a reparar o reinventar. Los signos son sí alentadores: vienen de quienes hoy son adolescentes.
Su vida, según entiendo, gira entre Chile y Europa. ¿Podría contarnos, para conocerlo un poco más, cómo es hoy la vida del escritor Antonio Skármeta?
Con mucho gusto. Mis obras están hoy traducidas en veinticinco idiomas lo que implica un contacto permanente con públicos de diversas latitudes y temperaturas culturales. Esto implica viajar mucho, dar charlas, participar en debates. Por otra parte, algunos de mis relatos le han resultado atrayentes a productores y directores de cine. Usted, querido Rafael Simón, conoce, por ejemplo, El Cartero y Neruda, de Michael Radford y Pequeña Revancha, de Olegario Barrera. En estos momentos se avanza en el guión y pre producción de mi novela El Baile de la Victoria, Premio Planeta 2003, que dirigirá Fernando Trueba.
Casi la mitad del tiempo vivo en Chile donde me dedico básicamente a escribir.
Es un hecho innegable que la película Il Postino, dirigida por Michael Radford, es un hito importante en su carrera. Pero, díganos en dónde siente usted que este film ha puesto el mayor acento, ¿en su trabajo como novelista o en su labor como guionista cinematográfico?
Me imagino que el mérito de El cartero de Neruda primordial está en la concentrada eficacia dramática del texto donde mi permanente anhelo como creador de fundir en un impulso la gran cultura con la cultura popular se traslada a los espectadores o lectores de un modo emocional y convincente. No de otra manera podría explicarse la irradiación de este motivo en tantos géneros: novela, dos films, obra de teatro con más de doscientas puestas en escena en todo el mundo (incluido el año pasado en China), radioteatro. Si a esto se suma para el próximo año, o el 2008, el anuncio de una comedia musical en Londres y una ópera que el mismo Plácido Domingo ha dicho que cantará el 2009, mi impresión puede ser corroborada con estos datos objetivos.
Usted es, sin duda, un gran promotor de la lectura. De los diferentes géneros de los que se ha valido Antonio Skármeta para llevar adelante esta tarea, entre el cine, la radio, la televisión y su propia producción editorial, ¿cuál cree usted que ha sido el más efectivo?
Le agradezco esta opinión. Como escritor navego por mares muy turbulentos y me sumerjo en sombras espesas, pero al momento de establecer un contacto con el lector, cuido que la organización dramatúrgica de mis relatos transmita la alegría de crear y narrar. En la televisión estimo que logramos deshojar a los programas culturales de esa pompa y formalidad para tratar el arte donde los participantes ponen los ojos en blanco y engolan la voz cada vez que encuentran la palabra “cultura” en sus lenguas. Creo que le dimos visibilidad al libro en espacios que nunca antes habían sido conquistados, gracias a la imaginación lúdica, al humor, a la informalidad, al verdadero amor por las letras.
¿Cree Antonio Skármeta que Latinoamérica es un continente de lectores?, considerando la experiencia editorial de nuestros países y la existencia de grandes ferias del libro, como la de Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires.
No. Los lectores constituyen en América Latina una élite y las ferias que usted menciona son ejemplos exitosos de cómo esta minoría se puede ampliar. Pero los fuerzas de la sociedad no están puestas en ellas. Tampoco en la innovación de las políticas educacionales. Sí, por supuesto, en los discursos y en la retórica de los políticos. Pero no en la gris realidad. Compare los presupuestos educacionales con los militares y saque conclusiones.
Finalmente, qué valores destaca Antonio Skármeta en la realización de las ferias del libro como mecanismos de promoción de la lectura, y, sobre todo, tratándose de ferias patrocinadas por universidades?
Me gustan aquellas ferias que son fiestas literarias donde los distribuidores, la prensa, los libreros, los agentes culturales de la zona, facilitan al escritor el contacto con los lectores. Son tan pocas las oportunidades en que un autor y sus libros se presentan juntos, que el público agradece la ocasión. El patrocinio de una universidad es óptimo, pues las instituciones culturales modernas han de ser sensibles al conjunto de la sociedad. Me encantan estos viajes de ida y vuelta entre los templos del saber y la investigación y la vida plural y abigarrada de las calles.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
La peña literaria "Braulio Salazar": un auditorio para Valencia (crónica)
Ingeniero Daniel Labarca, miembro fundador de la Peña Literaria "Braulio Salazar", en Perecito. Foto de José Antonio Rosales.
Valencia exhibe el estruendo de las urbes modernas. Los viejos bares y cafés que seguían la tradición europea -madrileña o parisina- de reunir a artistas y transeúntes, para desmenuzar, ritualmente, en estirados diálogos, el tiempo, han desparecido. La Fuente de Soda Perecito, tal vez, era la última de esta estirpe.
El cercado patio que congregó a poetas, artistas, periodistas y otros bohemios consuetudinarios, durante un tiempo en el que aún era posible despilfarrar en diálogos, cedió terreno a la ampliación de la avenida Bolívar.
En ese apacible lugar, desde 1977, y durante 10 años, también funcionó la Peña Literaria “Braulio Salazar”. Esta agrupación juntó a seres unidos por afinidad de intereses, actividades o de simple simpatía amistosa, y no hizo otra cosa que materializar una larga tradición que se vincula con la necesidad del hombre de comunicarse, de conjurar la soledad.
El ingeniero Daniel Labarca, ex presidente de Fundacine-UC, y fundador de la peña, recuerda la historia: “Quienes dan nombre a la Peña Literaria “Braulio Salazar” fueron los profesores Ángel Ramos Giugni y Eduardo Moreno, junto a Carlos Durrego, en honor al maestro de la plástica carabobeña. Luego de haber sido hecha la propuesta, todos la aceptamos de muy buen agrado. Lo que significó que a partir del mes de febrero del año 1977 comenzamos a reunirnos bajo ese nombre”.
La primera junta directiva estuvo integrada por Eduardo Moreno, Carlos Durrego y Daniel Labarca, bajo la coordinación de este último. “La idea, dice Labarca, era aprovechar los conocimientos en los que se distinguían cada uno de los miembros que integraban la peña, para compartirlos con el grupo”.
La primera charla la dictó el doctor Héctor Nieves, reconocido abogado egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo. Después vinieron nombres como el de J.M. Villarroel París, Eugenio Montejo, José Solanes, Juan Gustavo Cobo Borda, y la presentación de libros y conferencias.
“Perecito estuvo considerado desde un principio como un área para la distracción, para el intercambio del hecho cultural, es decir, como un auditorio, porque Valencia es una ciudad que siempre ha estado huérfana de auditorios”, revela Labarca.
Luego el escenario se fue ampliando, y la conversación cotidiana –cada viernes-, trascendió a la comunidad con el ánimo de producir reflexión y pensamiento sobre el hecho cultural. Labarca recuerda dos actividades que se extendieron y convirtieron en una tradición de la ciudad: la Quema de Judas, y los Martes Selectos, en el Cine La Viña.
Esta presencia semanal dio lugar a una heterogénea vida artística, en que tuvieron cabida también los proletarios de la pluma, así como gustos o tendencias de todo tipo. La barra, atendida por Juan Pérez, uno de los hijos del creador de "Perecito" fue mueble en el que se acodaron los más diversos personajes. Por allí pasaron los nombres de muchos escritores, poetas, artistas plásticos, directores y actores de teatro, políticos, profesores universitarios, médicos y cantantes de música popular.
Luego vino su disgregación, en la que influyó, según Labarca, la partidización de las reuniones, que atentó, sobre todo, contra un estado de ánimo propicio a la reunión cordial y desinteresada. Y para su resurgimiento faltó un contexto urbano incitador, ya que nuestra ciudad, como todas las ciudades del mundo, se ha ido despersonalizando a despecho de su progreso.
Cada día hay menos establecimientos públicos aptos para la tertulia, y los valencianos, requeridos por otras urgencias y preocupaciones, han perdido el hábito de reunirse, al menos con la morosidad, despreocupación, y alegría con que lo hicieron nuestros padres y abuelos.
Sólo habría que agregar que la Peña Literaria “Braulio Salazar” inspiró revoluciones, polémicas, amistades, enamoramientos y separaciones. Era una ciudad con tiempo para arreglar el mundo desde una de las mesas de la famosa Fuente de Soda, en las que un vaso de cerveza se alargaba interminablemente, tanto como la nostalgia impregnada por el humo de un cigarrillo.
Valencia exhibe el estruendo de las urbes modernas. Los viejos bares y cafés que seguían la tradición europea -madrileña o parisina- de reunir a artistas y transeúntes, para desmenuzar, ritualmente, en estirados diálogos, el tiempo, han desparecido. La Fuente de Soda Perecito, tal vez, era la última de esta estirpe.
El cercado patio que congregó a poetas, artistas, periodistas y otros bohemios consuetudinarios, durante un tiempo en el que aún era posible despilfarrar en diálogos, cedió terreno a la ampliación de la avenida Bolívar.
En ese apacible lugar, desde 1977, y durante 10 años, también funcionó la Peña Literaria “Braulio Salazar”. Esta agrupación juntó a seres unidos por afinidad de intereses, actividades o de simple simpatía amistosa, y no hizo otra cosa que materializar una larga tradición que se vincula con la necesidad del hombre de comunicarse, de conjurar la soledad.
El ingeniero Daniel Labarca, ex presidente de Fundacine-UC, y fundador de la peña, recuerda la historia: “Quienes dan nombre a la Peña Literaria “Braulio Salazar” fueron los profesores Ángel Ramos Giugni y Eduardo Moreno, junto a Carlos Durrego, en honor al maestro de la plástica carabobeña. Luego de haber sido hecha la propuesta, todos la aceptamos de muy buen agrado. Lo que significó que a partir del mes de febrero del año 1977 comenzamos a reunirnos bajo ese nombre”.
La primera junta directiva estuvo integrada por Eduardo Moreno, Carlos Durrego y Daniel Labarca, bajo la coordinación de este último. “La idea, dice Labarca, era aprovechar los conocimientos en los que se distinguían cada uno de los miembros que integraban la peña, para compartirlos con el grupo”.
La primera charla la dictó el doctor Héctor Nieves, reconocido abogado egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo. Después vinieron nombres como el de J.M. Villarroel París, Eugenio Montejo, José Solanes, Juan Gustavo Cobo Borda, y la presentación de libros y conferencias.
“Perecito estuvo considerado desde un principio como un área para la distracción, para el intercambio del hecho cultural, es decir, como un auditorio, porque Valencia es una ciudad que siempre ha estado huérfana de auditorios”, revela Labarca.
Luego el escenario se fue ampliando, y la conversación cotidiana –cada viernes-, trascendió a la comunidad con el ánimo de producir reflexión y pensamiento sobre el hecho cultural. Labarca recuerda dos actividades que se extendieron y convirtieron en una tradición de la ciudad: la Quema de Judas, y los Martes Selectos, en el Cine La Viña.
Esta presencia semanal dio lugar a una heterogénea vida artística, en que tuvieron cabida también los proletarios de la pluma, así como gustos o tendencias de todo tipo. La barra, atendida por Juan Pérez, uno de los hijos del creador de "Perecito" fue mueble en el que se acodaron los más diversos personajes. Por allí pasaron los nombres de muchos escritores, poetas, artistas plásticos, directores y actores de teatro, políticos, profesores universitarios, médicos y cantantes de música popular.
Luego vino su disgregación, en la que influyó, según Labarca, la partidización de las reuniones, que atentó, sobre todo, contra un estado de ánimo propicio a la reunión cordial y desinteresada. Y para su resurgimiento faltó un contexto urbano incitador, ya que nuestra ciudad, como todas las ciudades del mundo, se ha ido despersonalizando a despecho de su progreso.
Cada día hay menos establecimientos públicos aptos para la tertulia, y los valencianos, requeridos por otras urgencias y preocupaciones, han perdido el hábito de reunirse, al menos con la morosidad, despreocupación, y alegría con que lo hicieron nuestros padres y abuelos.
Sólo habría que agregar que la Peña Literaria “Braulio Salazar” inspiró revoluciones, polémicas, amistades, enamoramientos y separaciones. Era una ciudad con tiempo para arreglar el mundo desde una de las mesas de la famosa Fuente de Soda, en las que un vaso de cerveza se alargaba interminablemente, tanto como la nostalgia impregnada por el humo de un cigarrillo.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
jueves, 23 de octubre de 2014
Perecito: una nostalgia (reportaje)
Perecito. Foto de Janitis.
El año de 1950 marcó un hito importante en la historia de la ciudad de Valencia. Su conformación como urbe se dirigió, a partir de entonces, a un cambio estructural de su fisonomía; de la ruralidad transitó hacia la industrialización, dejando atrás esa apariencia aldeana de casas semicoloniales con corredores anchos y múltiples ventanas.
Ese año nació Perecito; y hoy, cuando la ciudad se enrumba hacia nuevos derroteros, la vieja Fuente de Soda cedió sus espacios, según dice Douglas Morales Pulido, “a lo que muchos llaman la ciudad moldeada por el automóvil”.
Con la desaparición de Perecito no sólo se extinguió un lugar, un espacio físico, se evaporó también el ejercicio de esa antigua y olvidada costumbre de reunirse, de juntarse ante una mesa -en un bar o en un café-, de los valencianos, para sentirse más próximos, más prójimos, a través del diálogo.
Partida de nacimiento
En 1950 Valencia llegaba hasta la plaza Bolívar. Era una ciudad reducida en su circunscripción, con alrededores casi rurales y habitada por unas cien mil personas entre familias de abolengo o del centro, que eran los comerciantes poderosos; y una clase media conformada por artesanos, dependientes y obreros. Los estratos sociales en la Valencia de mediados del siglo XX, estaban delimitados por prejuicios de clase, por la indumentaria y las costumbres. Algunas fotografías retratan la época: pocos transeúntes caminaban por calles solitarias, un grupo se aglomeraba en las afueras del viejo Dancing Stadium Bar; otros frecuentaban barberías, en la que los barberos, a un tiempo, eran médicos y periodistas, que comentaban las frivolidades de la ciudad.
El recuerdo de aquel poblado tiene hoy el tono absoluto de la nostalgia; sin embargo, ese relato también sabe a documento, a prueba o a declaración de hechos y contextos, porque el pasado de la ciudad además de ser una celebración, es una lamentación y una utopía.
En esta ciudad, imaginada, entrevista, comparada, o sencillamente nostalgizada, un diciembre de 1950, Pedro José Pérez, instaló el Bar Restaurant Perecito, en la avenida Bolívar Norte de Valencia.
Pedro José Pérez Valera nació en la ciudad de Trujillo, el 19 de de junio de 1908, del hogar formado por Justo Pérez y Ángela Valera de Pérez. En el año de 1936, cuando tenía 28 años, asumió las riendas del antiguo Dancing Stadium Bar, (en los mismos terrenos en donde hoy está ubicada la sede del Banco Venezuela). En aquel diminuto establecimiento dio sus primeros pasos, en una zona de la ciudad en la que no había edificaciones importantes. Luego, en 1944, se trasladó a Caracas, en donde inauguró, en la Séptima Avenida El Atlántico, de la popular parroquia de Catia, el Bar Restaurant Perecito, génesis del que luego se edificó aquí.
Después de su regreso de Caracas en 1950 estableció definitivamente la Fuente de Soda y Restaurant Perecito. Este fue su nombre comercial; un establecimiento mercantil aposentado en una pequeña construcción, en el número No. 151-72, en la avenida Bolívar norte de la ciudad. Allí, con sus siete hijos -Francisco José (Paco), Ángel, Aura, Luis, Pedro, Juan, y Oscar-, nacidos en la confluencia con Josefina de Pérez Sánchez, Don Pedro Pérez Valera, antes de su fallecimiento a los 60 años un 24 de noviembre de 1968, logró mantenerse al frente de un clan que siguió por largos años la tradición de la sencillez aunada al disfrute de la comida al resguardo del buen gusto.
Perecito: una nostalgia
Cuando uno entraba a Perecito era como si atravesara hacia un espacio congelado en una edad anterior. Es como si las cuatro paredes que lo encubrían, atesoraban un tiempo detenido. Era como si ese tiempo hubiese sido absorbido por los objetos comunes que los dueños del lugar habían guardado y expuesto en las paredes de una edificación simple, de bloque frisado y techo de zinc. En aquella construcción no había alarde que la potenciara como una estructura de valor arquitectónico. Sin embargo, esos objetos perdidos y encontrados en nuestra memoria, fraguaron un valor patrimonial al cabo de los años. “Ése cachivachero, como los llamaba Paco, también eran una Universidad”.
Se trataba de viejas fotografías, cuadros donados por artistas plásticos, arcaicas lámparas de kerosén, tazas y pocillos, lámparas sin luz, bacinillas sin dueño, viejos carteles de eventos culturales, cornamentas de toros, botas y botellas de vino vacías, cuyos recipientes contenían, no obstante, como un poso, la picardía del licor. Las esquinas y los bordes romos de las sillas y muebles revelaban el desgaste por el uso; sus espaldares desiguales, lisos y suaves, conversaban de las espaldas recostadas durante muchas tardes, mientras oían el sonido de un tango de Gardel salido de las primitivas rockolas; que según el poeta Burgos, no eran más que confesionarios para las almas inutilizadas por el pecado de un despecho.
Un atractivo especial lo componía el muestrario de botellas coleccionadas en despensas y alacenas. De refrescos, de ron, de cervezas, de anís, de malta y de vinos americanos y europeos. Nacionales había muchas, y entre las botellas más llamativas, algunas se perdían en el recuerdo de una vida inexistente: pululaban en una penumbra de polvo marcas como la Nicholcola, la Orange Crush, la Green Spot, la Bidú Cola, la Cola Dumbo, la Grapett, la Orange hit, la Chicha A1, y aquella que se hacía con tamarindo, sin aditivos químicos; además de las primeras presentaciones comerciales de la Pepsi y la Coca Cola. También las había, por su puesto, de cerveza, como la mítica botella de color verde esmeralda que la Polar expendió en envases de un tercio de litro.
El único líquido que las contiene hoy es el de la añoranza. Era un museo de lo cotidiano, que nos trasladaba a la década de los ´50, ´60 y ´70, para presentarnos artículos de uso común que, hoy resultan obsoletos a los ojos de todos.
Parte de esa nostalgia, la componía también la carta de su cocina, que dejaba constancia de una época y del servicio de comida que ofrecía. Muchos de los platos que se consumían, provenían de viejas recetas familiares que se fueron adaptando y perfeccionando, y a las cuales se les añadió, con los años, nuevos ingredientes. En un viejo menú, guardado como un documento de identidad, se presentaban a los comensales la lista de platos encabezada por las tostadas de queso, a Bs. 1,00, y las tostadas de marrano y de jamón, a Bs. 1,50. De hecho, al final de la carta, el negocio se enorgullecía de advertir a la clientela que la especialidad de la casa eran precisamente estas arepas cocinadas en manteca de marrano.
La lista de licores contribuyó, por su lado, a la creación de las tertulias; su consumo ayudó a multiplicar, en la timidez de aquella villa, las relaciones entre sus visitantes. Cuando el mesonero se aparecía con las bebidas en la bandeja oscilante, se relajaban los rostros y los corazones. La lista era surtida y políglota: Whisky, a Bs. 5,00; Vino Blanco para la mesa, a Bs. 2,50 y Brandy, a Bs. 3,00; un Tercio Polar costaba Bs. 1,50; y un Tercio Zulia, a Bs, 1,50. La Cerveza de Sifón Polar podía ser adquirida a Bs. 1,00.
Las calurosas tardes de aquella ciudad podían volverse las más frescas tardes, bajo las sombras de los pequeños mangales y de los incipientes almendrones.
A Valencia por un plato
“Las tostadas son invento de mi padre”, afirma Paco. Dice que viene de la arepa andina, trujillana, “que es delgadita, pero frita en manteca de marrano”. A esta arepa Pedro Pérez Valera le agregó el chencho o pernil horneado, la cuajada y el tomate. “Es un plato que no ha variado en más de 50 años”, remata Luis, “es la misma tostada que consumían los valencianos que atendía mi padre”.
El punto de partida de la tostada es una arepa hecha con harina de maíz freída que se cocina en manteca de marrano, hasta endurecerse. Se fríen en este aceite hasta que están doradas; se sacan, se escurren dejándolas encima de papel absorbente, luego se abren y se untan de cuajada por dentro, se les añade el chencho, y se les pone tomate.
Para Paco y Luis el secreto del sabor está, precisamente, en la manteca de marrano.
Ellos piensan que este ingrediente es el que le da el gusto particular a esta exquisitez gastronómica. “Son unas tostadas tan buenas, afirma el poeta José Joaquín Burgos, que mientras Perecito las hacía, los ángeles, con tal de degustarlas, bajaban a rascarle la cabeza a su cocinero, mientras éste mantenía las dos manos ocupadas en hacerlas. Gran homenaje de los ángeles, por cierto, afirma el poeta, quienes tienen el sentir de que en este mundo no todos cocinan bien”. Al parecer, a los 60 años cuando Perecito murió, en seguida Dios lo acaparó, según hace siempre con lo mejor de la cocina tradicional.
Una anécdota viene a reforzar esta convicción. Cuenta Paco que en una ocasión, hace ya muchos años, llegó a la barra de Perecito el señor Ben Ami Fihman, el reconocido editor de la revista Exceso, redactor de Los cuadernos de la gula, en Feriado, del diario El Nacional y presidente de la Academia Venezolana de Gastronomía.
Al acercarse a la barra el señor Fihman, de forma amable, se dirigió a Paco para decirle que él quería probar “una de esas tostaditas”. Revela Paco que el señor Fihman se comió tres, y pidió seis más para llevarlas a Caracas de forma de enseñarles a algunos amigos caraqueños lo que era una verdadera tostada. Pero una tranca impidió que las crujientes arepas llegaran al destino previsto por Fihman, quien luego reveló en su columna Los cuadernos de la gula que había venido “a Valencia por un plato”.
El año de 1950 marcó un hito importante en la historia de la ciudad de Valencia. Su conformación como urbe se dirigió, a partir de entonces, a un cambio estructural de su fisonomía; de la ruralidad transitó hacia la industrialización, dejando atrás esa apariencia aldeana de casas semicoloniales con corredores anchos y múltiples ventanas.
Ese año nació Perecito; y hoy, cuando la ciudad se enrumba hacia nuevos derroteros, la vieja Fuente de Soda cedió sus espacios, según dice Douglas Morales Pulido, “a lo que muchos llaman la ciudad moldeada por el automóvil”.
Con la desaparición de Perecito no sólo se extinguió un lugar, un espacio físico, se evaporó también el ejercicio de esa antigua y olvidada costumbre de reunirse, de juntarse ante una mesa -en un bar o en un café-, de los valencianos, para sentirse más próximos, más prójimos, a través del diálogo.
Partida de nacimiento
En 1950 Valencia llegaba hasta la plaza Bolívar. Era una ciudad reducida en su circunscripción, con alrededores casi rurales y habitada por unas cien mil personas entre familias de abolengo o del centro, que eran los comerciantes poderosos; y una clase media conformada por artesanos, dependientes y obreros. Los estratos sociales en la Valencia de mediados del siglo XX, estaban delimitados por prejuicios de clase, por la indumentaria y las costumbres. Algunas fotografías retratan la época: pocos transeúntes caminaban por calles solitarias, un grupo se aglomeraba en las afueras del viejo Dancing Stadium Bar; otros frecuentaban barberías, en la que los barberos, a un tiempo, eran médicos y periodistas, que comentaban las frivolidades de la ciudad.
El recuerdo de aquel poblado tiene hoy el tono absoluto de la nostalgia; sin embargo, ese relato también sabe a documento, a prueba o a declaración de hechos y contextos, porque el pasado de la ciudad además de ser una celebración, es una lamentación y una utopía.
En esta ciudad, imaginada, entrevista, comparada, o sencillamente nostalgizada, un diciembre de 1950, Pedro José Pérez, instaló el Bar Restaurant Perecito, en la avenida Bolívar Norte de Valencia.
Pedro José Pérez Valera nació en la ciudad de Trujillo, el 19 de de junio de 1908, del hogar formado por Justo Pérez y Ángela Valera de Pérez. En el año de 1936, cuando tenía 28 años, asumió las riendas del antiguo Dancing Stadium Bar, (en los mismos terrenos en donde hoy está ubicada la sede del Banco Venezuela). En aquel diminuto establecimiento dio sus primeros pasos, en una zona de la ciudad en la que no había edificaciones importantes. Luego, en 1944, se trasladó a Caracas, en donde inauguró, en la Séptima Avenida El Atlántico, de la popular parroquia de Catia, el Bar Restaurant Perecito, génesis del que luego se edificó aquí.
Después de su regreso de Caracas en 1950 estableció definitivamente la Fuente de Soda y Restaurant Perecito. Este fue su nombre comercial; un establecimiento mercantil aposentado en una pequeña construcción, en el número No. 151-72, en la avenida Bolívar norte de la ciudad. Allí, con sus siete hijos -Francisco José (Paco), Ángel, Aura, Luis, Pedro, Juan, y Oscar-, nacidos en la confluencia con Josefina de Pérez Sánchez, Don Pedro Pérez Valera, antes de su fallecimiento a los 60 años un 24 de noviembre de 1968, logró mantenerse al frente de un clan que siguió por largos años la tradición de la sencillez aunada al disfrute de la comida al resguardo del buen gusto.
Perecito: una nostalgia
Cuando uno entraba a Perecito era como si atravesara hacia un espacio congelado en una edad anterior. Es como si las cuatro paredes que lo encubrían, atesoraban un tiempo detenido. Era como si ese tiempo hubiese sido absorbido por los objetos comunes que los dueños del lugar habían guardado y expuesto en las paredes de una edificación simple, de bloque frisado y techo de zinc. En aquella construcción no había alarde que la potenciara como una estructura de valor arquitectónico. Sin embargo, esos objetos perdidos y encontrados en nuestra memoria, fraguaron un valor patrimonial al cabo de los años. “Ése cachivachero, como los llamaba Paco, también eran una Universidad”.
Se trataba de viejas fotografías, cuadros donados por artistas plásticos, arcaicas lámparas de kerosén, tazas y pocillos, lámparas sin luz, bacinillas sin dueño, viejos carteles de eventos culturales, cornamentas de toros, botas y botellas de vino vacías, cuyos recipientes contenían, no obstante, como un poso, la picardía del licor. Las esquinas y los bordes romos de las sillas y muebles revelaban el desgaste por el uso; sus espaldares desiguales, lisos y suaves, conversaban de las espaldas recostadas durante muchas tardes, mientras oían el sonido de un tango de Gardel salido de las primitivas rockolas; que según el poeta Burgos, no eran más que confesionarios para las almas inutilizadas por el pecado de un despecho.
Un atractivo especial lo componía el muestrario de botellas coleccionadas en despensas y alacenas. De refrescos, de ron, de cervezas, de anís, de malta y de vinos americanos y europeos. Nacionales había muchas, y entre las botellas más llamativas, algunas se perdían en el recuerdo de una vida inexistente: pululaban en una penumbra de polvo marcas como la Nicholcola, la Orange Crush, la Green Spot, la Bidú Cola, la Cola Dumbo, la Grapett, la Orange hit, la Chicha A1, y aquella que se hacía con tamarindo, sin aditivos químicos; además de las primeras presentaciones comerciales de la Pepsi y la Coca Cola. También las había, por su puesto, de cerveza, como la mítica botella de color verde esmeralda que la Polar expendió en envases de un tercio de litro.
El único líquido que las contiene hoy es el de la añoranza. Era un museo de lo cotidiano, que nos trasladaba a la década de los ´50, ´60 y ´70, para presentarnos artículos de uso común que, hoy resultan obsoletos a los ojos de todos.
Parte de esa nostalgia, la componía también la carta de su cocina, que dejaba constancia de una época y del servicio de comida que ofrecía. Muchos de los platos que se consumían, provenían de viejas recetas familiares que se fueron adaptando y perfeccionando, y a las cuales se les añadió, con los años, nuevos ingredientes. En un viejo menú, guardado como un documento de identidad, se presentaban a los comensales la lista de platos encabezada por las tostadas de queso, a Bs. 1,00, y las tostadas de marrano y de jamón, a Bs. 1,50. De hecho, al final de la carta, el negocio se enorgullecía de advertir a la clientela que la especialidad de la casa eran precisamente estas arepas cocinadas en manteca de marrano.
La lista de licores contribuyó, por su lado, a la creación de las tertulias; su consumo ayudó a multiplicar, en la timidez de aquella villa, las relaciones entre sus visitantes. Cuando el mesonero se aparecía con las bebidas en la bandeja oscilante, se relajaban los rostros y los corazones. La lista era surtida y políglota: Whisky, a Bs. 5,00; Vino Blanco para la mesa, a Bs. 2,50 y Brandy, a Bs. 3,00; un Tercio Polar costaba Bs. 1,50; y un Tercio Zulia, a Bs, 1,50. La Cerveza de Sifón Polar podía ser adquirida a Bs. 1,00.
Las calurosas tardes de aquella ciudad podían volverse las más frescas tardes, bajo las sombras de los pequeños mangales y de los incipientes almendrones.
A Valencia por un plato
“Las tostadas son invento de mi padre”, afirma Paco. Dice que viene de la arepa andina, trujillana, “que es delgadita, pero frita en manteca de marrano”. A esta arepa Pedro Pérez Valera le agregó el chencho o pernil horneado, la cuajada y el tomate. “Es un plato que no ha variado en más de 50 años”, remata Luis, “es la misma tostada que consumían los valencianos que atendía mi padre”.
El punto de partida de la tostada es una arepa hecha con harina de maíz freída que se cocina en manteca de marrano, hasta endurecerse. Se fríen en este aceite hasta que están doradas; se sacan, se escurren dejándolas encima de papel absorbente, luego se abren y se untan de cuajada por dentro, se les añade el chencho, y se les pone tomate.
Para Paco y Luis el secreto del sabor está, precisamente, en la manteca de marrano.
Ellos piensan que este ingrediente es el que le da el gusto particular a esta exquisitez gastronómica. “Son unas tostadas tan buenas, afirma el poeta José Joaquín Burgos, que mientras Perecito las hacía, los ángeles, con tal de degustarlas, bajaban a rascarle la cabeza a su cocinero, mientras éste mantenía las dos manos ocupadas en hacerlas. Gran homenaje de los ángeles, por cierto, afirma el poeta, quienes tienen el sentir de que en este mundo no todos cocinan bien”. Al parecer, a los 60 años cuando Perecito murió, en seguida Dios lo acaparó, según hace siempre con lo mejor de la cocina tradicional.
Una anécdota viene a reforzar esta convicción. Cuenta Paco que en una ocasión, hace ya muchos años, llegó a la barra de Perecito el señor Ben Ami Fihman, el reconocido editor de la revista Exceso, redactor de Los cuadernos de la gula, en Feriado, del diario El Nacional y presidente de la Academia Venezolana de Gastronomía.
Al acercarse a la barra el señor Fihman, de forma amable, se dirigió a Paco para decirle que él quería probar “una de esas tostaditas”. Revela Paco que el señor Fihman se comió tres, y pidió seis más para llevarlas a Caracas de forma de enseñarles a algunos amigos caraqueños lo que era una verdadera tostada. Pero una tranca impidió que las crujientes arepas llegaran al destino previsto por Fihman, quien luego reveló en su columna Los cuadernos de la gula que había venido “a Valencia por un plato”.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
Leonardo Padrón: La crónica es la conquista de la literatura sobre la realidad (crónica)
Texto compartido en la presentación del libro Kilómetro Cero, de Leonardo Padrón, en FILUC 2013, por Rafael Simón Hurtado.
I
Por razones que en este momento para mí son inexplicables, cuando pensaba en la manera de hacer la presentación de este encuentro, llegó a mi memoria el recuerdo de la célebre frase de Andy Warhol sobre los 15 minutos de fama a la que todos tenemos derecho.
La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo me ha brindado muchas oportunidades, y una de ellas ha sido la de acompañar en la presentación de varios de sus libros a Leonardo Padrón, un escritor a quien admiro y respeto mucho.
Estas oportunidades han añadido a mi vida, -contando todos los encuentros en los que lo he acompañado-, como 1 hora y 45 minutos de la gloria de la que hablaba Warhol.
Pero más que eso, lo que más me ha dado esta compañía, es la gloria por tener la ocasión de leer sus libros, y la gloria por poder expresar alguna palabra que sirva, no para aumentar mi fama ni la de él, sino para pronunciar la constatación de lo que su poesía, sus entrevistas, y ahora mismo, sus crónicas, han sido capaces de hacer en mi entendimiento.
II
Leonardo Padrón no necesita presentación. Sin embargo, como no vamos a contrariar el protocolo establecido por los organizadores de la feria, diremos en rigor, que el poeta Leonardo Padrón suma a su travesía de vida creativa el encuentro con la poesía, el teatro, la literatura infantil, el cine, la televisión, el ensayo y la crónica literaria.
Esta producción está recogida en unos 16 libros, y en más de veinte guiones en donde han encontrado vida personajes de telenovelas, de unitarios de televisión, de documentales y de proyecciones cinematográficas.
Como puede verse, es una vida signada por la palabra; por una palabra que le arranca metáforas a la cotidianidad, y que hoy expande, por cierto, sus territorios de influencia a través de Internet, en mensajes de 140 caracteres.
(Los twitter de Leonardo son trazos que obran como susurros chasqueantes, incansables, polisémicos, por el que es objetivo de una guerrilla comunicacional que dispara con errores ortográficos en el alma).
III
Ya nos había advertido en una ocasión anterior que para él, la poesía es el penthouse del arte. En los propios guiones de sus telenovelas es posible constatar la infiltración subversiva de la poesía como un Caballo de Troya, que, al trasponer los muros de las truculencias características del género, convierten los diálogos de la cotidianidad de los personajes creados por él, en asombro y novedad.
En esta nueva experiencia literaria que emprende con Kilómetro Cero, -acompañado del respaldo de Editorial Planeta-, la crónica literaria, como protagonista, convoca las mejores cualidades del Leonardo Padrón poeta, ensayista, comunicador social, guionista de cine y televisión, para dar aliento a lo que el escritor mexicano Juan Villoro ha llamado El ornitorrinco de la prosa.
Esta denominación de Villoro, con la que intenta “delimitar” a un animal literario que tiene patas y pico de pato, cola de castor y cuerpo de nutria, es un género que podría ser útil en el desciframiento de los acertijos del país, según el propio Leonardo.
El género descrito por el autor mexicano calza justo en las 21 crónicas contenidas en el libro que presentamos, pues, en correspondencia con la definición de Villoro de crónica- el autor de “Cosita Rica”, ciertamente extrae para sus crónicas, de la novela… la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes, creando una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos. Del reportaje, los datos inmodificables. Del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica. De la entrevista, los diálogos. Del teatro moderno, la forma de montarlos. Del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; y de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.
¿Y de la poesía?
De la poesía extrae el aliento vital de la palabra poética, la metáfora, con su carga de resonancias, para ver belleza en lo sórdido y sentir piedad aun en la traición.
Como puede verse, es un género que se parece a nosotros, porque como nosotros, es mestizo.
Leonardo lo usa, valiéndose del catálogo de influencias de los otros géneros, literarios y periodísticos, pero eso sí, con prudencia y equilibrio, pues como dice el propio Villoro “la crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”.
El entrecruce de géneros desemboca en las crónicas de un viajero que se comporta como un “espectador del mundo con alma de periodista”, como dijera el mismísimo García Márquez, el cronista por antonomasia.
En un esfuerzo por revelar a sus lectores, -como en las crónicas de los viajeros de Indias-, las nuevas, -buenas o malas-, las cosas asombrosas de las ciudades descubiertas, y las hazañas, propias o ajenas, del país que sufre y ama.
En la tradición de cronistas latinoamericanos como José Martí, Carlos Monsiváis, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos o el propio Juan Villoro; o en el oficio de registrar lo urbano de escritores venezolanos como José Ignacio Cabrujas, Elisa Lerner, Milagros Socorro, Ibsen Martínez, Alberto Barrera Tyszka, Rafael Osío Cabrices; o en una época anterior, Arístides Bastidas, quien desde la ciencia y el periodismo, supo rendir un doble tributo a la poesía y al saber.
IV
Las crónicas de Kilómetro Cero comienzan a formar parte del imaginario nacional.
Crónicas como Navidad en Weston, ilustra el contraste de la algarabía de nuestras ciudades con la ciudad en donde “inventaron el silencio”.
Su propia versión de viaje por la Ruta 66, -carretera inmortalizada en la literatura, la música pop y la televisión-, adquiere en su trabajo Ruta 66: la cárcel, los atributos de la leyenda.
Este texto recoge la vivencia del vértigo de un recorrido que conduce a su autor a una experiencia insospechada. “En una misma noche, -dice Leonardo-, había pasado del glamour de un espumante californiano frente a la exótica marina de Santa Bárbara, a la ruindad de un amasijo de presidiarios mal encarados dando vueltas en un círculo siniestro”.
Había hecho la ruta, inmortalizada por Jack Kerouac en la novela En el camino, (con quien, por cierto, se mimetiza, en lenguaje y existencia, en otra crónica vívida), pero mirando de reojo por el retrovisor, la historia, “como una neblina borrosa”.
V
Todo esto, en un trayecto de doble vía. No invento nada si digo que la lectura del libro recrea un viaje hacia fuera y un viaje hacia dentro del autor, pero también del lector.
Cuando nos cuenta su territorio, sus vivencias, nos cuenta también el país que somos, los seres humanos que somos, con verdad y literatura.
Cuando descubre para nosotros la soledad, como un estado emocional; la noche, como una atmósfera; y los apegos y las querencias, en el desarraigo de un país que nos acaricia el hombro en otras geografías, lo hace en un tono personal y también colectivo, con el que se explica a sí mismo, pero sabiendo que en el esfuerzo, nosotros, sus lectores, tendremos la oportunidad de reencontrarnos, y, quizás, redescubrirnos a través del alfabeto de nuestro idioma.
“Al fondo, aparece un motorizado… y una perla de malicia ilumina su mirada”, dice en Epidemia, la crónica que abre el libro.
Este detalle es suficiente para ponerle rostro a la violencia que nos embarga.
Siguiendo los usos de la ficción, narra lo que no cuentan las noticias, verdades como si fueran mentiras: las oportunidades perdidas, las conjeturas, los sueños y las ilusiones. Y valiéndose de los recursos de la fotografía, mediante breves descripciones, escoge con tino “el documento de la ciudad” que desea compartir, en narraciones redondas, eficaces.
Se arriesga, a veces, con sarcasmo, ironía y humor, por los territorios de la política. En una época en la que el debate ha perdido profundidad en los medios, las crónicas de Leonardo resultan más reveladoras que las noticias:
“Sí, lo sé, soy un millonario extraño, con la despensa vacía, con perpetuas fallas de luz y con el dólar convertido en pecado”. (Diario de un país, pág. 31 y 32).
Leonardo Padrón nos ofrece esa posibilidad, entregándonos una foto llena de matices, de pliegues, de los intersticios de la realidad. Luego de juntar las vivencias, las recrea encaramado en el andamio de su escritura, poniendo de relieve nuestras propias contradicciones.
“¿Cómo voy a estar pensando en una campaña de valores ciudadanos si el país siempre termina agarrándome el culo?”, dice uno de los personajes.
VI
Hay una crónica en este libro que no puedo dejar de mencionar, pues nos concierne como feria del libro: El bosque las palabras.
Leonardo, como he dicho al principio, es un visitante entusiasmado de nuestra Feria. Desde el año 2002, cuando presentamos su libro Boulevard, nos ha dejado, con cada visita, el redescubrimiento de la realidad con el estallido de su escritura.
En FILUC 2010 fue el lector-escritor encargado de ponerle megáfono al elogio de la lectura.
El pregón, como lo llamó el poeta Eugenio Montejo, autor de la idea, en 2006, anuncia en voz alta el inicio de la celebración de una festividad que, después de 14 años, la tradición ha bautizado como la fiesta de la tinta sobre el papel.
El regalo de entonces, hoy ocupa las páginas de este libro, para inmortalizar con un texto colmado de sus propias reverberaciones literarias, nuestra celebración.
“Leer –dice en esa crónica-, es tener un pasaporte sin pausa. Leer es viajar sin equipaje. Sólo al regreso, se evidenciarán en nosotros las valijas, los trofeos, los recuerdos de la ruta”. (El bosque las palabras, pág.137).
VII
Hay una distancia de más de veinte años entre las primeras crónicas escritas y publicadas por Leonardo Padrón en el libro Crónicas de la Vigilia, (Ediciones de la Academia Nacional de la Historia. 1990), y las crónicas recién publicadas con gran éxito de lectores por Editorial Planeta, que ya reedita su tercera edición.
Entre aquéllas y éstas hay un largo camino de aprendizaje, de lecturas y relecturas, de escritura propia, de lúcida contemplación de la vida.
Para Leonardo Padrón la crónica se ha impuesto como la conquista de la literatura sobre la realidad.
I
Por razones que en este momento para mí son inexplicables, cuando pensaba en la manera de hacer la presentación de este encuentro, llegó a mi memoria el recuerdo de la célebre frase de Andy Warhol sobre los 15 minutos de fama a la que todos tenemos derecho.
La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo me ha brindado muchas oportunidades, y una de ellas ha sido la de acompañar en la presentación de varios de sus libros a Leonardo Padrón, un escritor a quien admiro y respeto mucho.
Estas oportunidades han añadido a mi vida, -contando todos los encuentros en los que lo he acompañado-, como 1 hora y 45 minutos de la gloria de la que hablaba Warhol.
Pero más que eso, lo que más me ha dado esta compañía, es la gloria por tener la ocasión de leer sus libros, y la gloria por poder expresar alguna palabra que sirva, no para aumentar mi fama ni la de él, sino para pronunciar la constatación de lo que su poesía, sus entrevistas, y ahora mismo, sus crónicas, han sido capaces de hacer en mi entendimiento.
II
Leonardo Padrón no necesita presentación. Sin embargo, como no vamos a contrariar el protocolo establecido por los organizadores de la feria, diremos en rigor, que el poeta Leonardo Padrón suma a su travesía de vida creativa el encuentro con la poesía, el teatro, la literatura infantil, el cine, la televisión, el ensayo y la crónica literaria.
Esta producción está recogida en unos 16 libros, y en más de veinte guiones en donde han encontrado vida personajes de telenovelas, de unitarios de televisión, de documentales y de proyecciones cinematográficas.
Como puede verse, es una vida signada por la palabra; por una palabra que le arranca metáforas a la cotidianidad, y que hoy expande, por cierto, sus territorios de influencia a través de Internet, en mensajes de 140 caracteres.
(Los twitter de Leonardo son trazos que obran como susurros chasqueantes, incansables, polisémicos, por el que es objetivo de una guerrilla comunicacional que dispara con errores ortográficos en el alma).
III
Ya nos había advertido en una ocasión anterior que para él, la poesía es el penthouse del arte. En los propios guiones de sus telenovelas es posible constatar la infiltración subversiva de la poesía como un Caballo de Troya, que, al trasponer los muros de las truculencias características del género, convierten los diálogos de la cotidianidad de los personajes creados por él, en asombro y novedad.
En esta nueva experiencia literaria que emprende con Kilómetro Cero, -acompañado del respaldo de Editorial Planeta-, la crónica literaria, como protagonista, convoca las mejores cualidades del Leonardo Padrón poeta, ensayista, comunicador social, guionista de cine y televisión, para dar aliento a lo que el escritor mexicano Juan Villoro ha llamado El ornitorrinco de la prosa.
Esta denominación de Villoro, con la que intenta “delimitar” a un animal literario que tiene patas y pico de pato, cola de castor y cuerpo de nutria, es un género que podría ser útil en el desciframiento de los acertijos del país, según el propio Leonardo.
El género descrito por el autor mexicano calza justo en las 21 crónicas contenidas en el libro que presentamos, pues, en correspondencia con la definición de Villoro de crónica- el autor de “Cosita Rica”, ciertamente extrae para sus crónicas, de la novela… la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes, creando una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos. Del reportaje, los datos inmodificables. Del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica. De la entrevista, los diálogos. Del teatro moderno, la forma de montarlos. Del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; y de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.
¿Y de la poesía?
De la poesía extrae el aliento vital de la palabra poética, la metáfora, con su carga de resonancias, para ver belleza en lo sórdido y sentir piedad aun en la traición.
Como puede verse, es un género que se parece a nosotros, porque como nosotros, es mestizo.
Leonardo lo usa, valiéndose del catálogo de influencias de los otros géneros, literarios y periodísticos, pero eso sí, con prudencia y equilibrio, pues como dice el propio Villoro “la crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”.
El entrecruce de géneros desemboca en las crónicas de un viajero que se comporta como un “espectador del mundo con alma de periodista”, como dijera el mismísimo García Márquez, el cronista por antonomasia.
En un esfuerzo por revelar a sus lectores, -como en las crónicas de los viajeros de Indias-, las nuevas, -buenas o malas-, las cosas asombrosas de las ciudades descubiertas, y las hazañas, propias o ajenas, del país que sufre y ama.
En la tradición de cronistas latinoamericanos como José Martí, Carlos Monsiváis, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos o el propio Juan Villoro; o en el oficio de registrar lo urbano de escritores venezolanos como José Ignacio Cabrujas, Elisa Lerner, Milagros Socorro, Ibsen Martínez, Alberto Barrera Tyszka, Rafael Osío Cabrices; o en una época anterior, Arístides Bastidas, quien desde la ciencia y el periodismo, supo rendir un doble tributo a la poesía y al saber.
IV
Las crónicas de Kilómetro Cero comienzan a formar parte del imaginario nacional.
Crónicas como Navidad en Weston, ilustra el contraste de la algarabía de nuestras ciudades con la ciudad en donde “inventaron el silencio”.
Su propia versión de viaje por la Ruta 66, -carretera inmortalizada en la literatura, la música pop y la televisión-, adquiere en su trabajo Ruta 66: la cárcel, los atributos de la leyenda.
Este texto recoge la vivencia del vértigo de un recorrido que conduce a su autor a una experiencia insospechada. “En una misma noche, -dice Leonardo-, había pasado del glamour de un espumante californiano frente a la exótica marina de Santa Bárbara, a la ruindad de un amasijo de presidiarios mal encarados dando vueltas en un círculo siniestro”.
Había hecho la ruta, inmortalizada por Jack Kerouac en la novela En el camino, (con quien, por cierto, se mimetiza, en lenguaje y existencia, en otra crónica vívida), pero mirando de reojo por el retrovisor, la historia, “como una neblina borrosa”.
V
Todo esto, en un trayecto de doble vía. No invento nada si digo que la lectura del libro recrea un viaje hacia fuera y un viaje hacia dentro del autor, pero también del lector.
Cuando nos cuenta su territorio, sus vivencias, nos cuenta también el país que somos, los seres humanos que somos, con verdad y literatura.
Cuando descubre para nosotros la soledad, como un estado emocional; la noche, como una atmósfera; y los apegos y las querencias, en el desarraigo de un país que nos acaricia el hombro en otras geografías, lo hace en un tono personal y también colectivo, con el que se explica a sí mismo, pero sabiendo que en el esfuerzo, nosotros, sus lectores, tendremos la oportunidad de reencontrarnos, y, quizás, redescubrirnos a través del alfabeto de nuestro idioma.
“Al fondo, aparece un motorizado… y una perla de malicia ilumina su mirada”, dice en Epidemia, la crónica que abre el libro.
Este detalle es suficiente para ponerle rostro a la violencia que nos embarga.
Siguiendo los usos de la ficción, narra lo que no cuentan las noticias, verdades como si fueran mentiras: las oportunidades perdidas, las conjeturas, los sueños y las ilusiones. Y valiéndose de los recursos de la fotografía, mediante breves descripciones, escoge con tino “el documento de la ciudad” que desea compartir, en narraciones redondas, eficaces.
Se arriesga, a veces, con sarcasmo, ironía y humor, por los territorios de la política. En una época en la que el debate ha perdido profundidad en los medios, las crónicas de Leonardo resultan más reveladoras que las noticias:
“Sí, lo sé, soy un millonario extraño, con la despensa vacía, con perpetuas fallas de luz y con el dólar convertido en pecado”. (Diario de un país, pág. 31 y 32).
Leonardo Padrón nos ofrece esa posibilidad, entregándonos una foto llena de matices, de pliegues, de los intersticios de la realidad. Luego de juntar las vivencias, las recrea encaramado en el andamio de su escritura, poniendo de relieve nuestras propias contradicciones.
“¿Cómo voy a estar pensando en una campaña de valores ciudadanos si el país siempre termina agarrándome el culo?”, dice uno de los personajes.
VI
Hay una crónica en este libro que no puedo dejar de mencionar, pues nos concierne como feria del libro: El bosque las palabras.
Leonardo, como he dicho al principio, es un visitante entusiasmado de nuestra Feria. Desde el año 2002, cuando presentamos su libro Boulevard, nos ha dejado, con cada visita, el redescubrimiento de la realidad con el estallido de su escritura.
En FILUC 2010 fue el lector-escritor encargado de ponerle megáfono al elogio de la lectura.
El pregón, como lo llamó el poeta Eugenio Montejo, autor de la idea, en 2006, anuncia en voz alta el inicio de la celebración de una festividad que, después de 14 años, la tradición ha bautizado como la fiesta de la tinta sobre el papel.
El regalo de entonces, hoy ocupa las páginas de este libro, para inmortalizar con un texto colmado de sus propias reverberaciones literarias, nuestra celebración.
“Leer –dice en esa crónica-, es tener un pasaporte sin pausa. Leer es viajar sin equipaje. Sólo al regreso, se evidenciarán en nosotros las valijas, los trofeos, los recuerdos de la ruta”. (El bosque las palabras, pág.137).
VII
Hay una distancia de más de veinte años entre las primeras crónicas escritas y publicadas por Leonardo Padrón en el libro Crónicas de la Vigilia, (Ediciones de la Academia Nacional de la Historia. 1990), y las crónicas recién publicadas con gran éxito de lectores por Editorial Planeta, que ya reedita su tercera edición.
Entre aquéllas y éstas hay un largo camino de aprendizaje, de lecturas y relecturas, de escritura propia, de lúcida contemplación de la vida.
Para Leonardo Padrón la crónica se ha impuesto como la conquista de la literatura sobre la realidad.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
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