Uslar Pietri:"Muchas veces, tratando de justificar lo injustificable, han dicho algunos hombres del presente régimen, que la inflación que padece Venezuela no es sino el inevitable reflejo y repercusión de un fenómeno universal".
"Los bolívares de hielo" fue escrito por Arturo Uslar Pietri, desde el exilio, en 1948. En este material describía los malos manejos económicos por parte del gobierno de entonces que generaban inflación. Hace medio siglo cuando Venezuela alcanzó por primera vez casi 7% de inflación al año, él habló de los bolívares de hielo.
Una de las formas más visibles y graves de esa otra erosión del petróleo que está deformando y destruyendo la vida toda de Venezuela, es la inflación monetaria.
La impericia del Gobierno ha hecho que el incremento de la producción petrolera se convierta en esa enfermedad mortal de la inflación monetaria.
Ha habido prisa por convertir el petróleo en dinero y ha habido más prisa aún para lanzar ese dinero a manos llenas, sin plan, ni concierto. Cada día es más el dinero que corre, que suena, que corrompe, que distrae, que embriaga. Y cada día, fatalmente, el dinero vale menos. Sirve para adquirir menos cosas.
Es como si el bolívar se fuera poniendo más pequeño cada día, como si se estuviera derritiendo continuamente en las manos, como si fuera de hielo y no de otra cosa, y un buen día no fuera a quedar de él sino un poco de agua sucia.
Este bolívar fugaz, que se evapora y desintegra es el mejor símbolo de la absurda política económica del régimen de Octubre. Allí está reflejada con la más atroz de las evidencias toda su irresponsabilidad. Es un régimen que no sólo ha sabido evitar los males previsibles, sino que los ha desatado y provocado con la más inconcebible ligereza.
No pocos se deben dar cuenta de que se va por un camino de catástrofe. Pero pareciera que lo que importa no es que la base económica de la vida venezolana haya llegado a un extremo de fragilidad suicida, sino que haya cada vez más bolívares fáciles, más petróleo que cambiar por bolívares, más bolívares que cambiar por barajitas. Mantener un ambiente de feria, de aturdimiento, de sueño de Juan Bobo.
La magnitud del mal la acaba de revelar de una manera que llamaremos candorosa el Presidente Gallegos en su Mensaje. Dice allí esta tremenda cosa: que mil quinientos millones de bolívares de la revolución, equivalen a novecientos cincuenta millones de bolívares de la época de López Contreras. O en otras palabras: que para el momento en que él hablaba su gobierno había llegado a convertir el bolívar en una moneda que había perdido el cuarenta por ciento de su poder adquisitivo. O, lo que es lo mismo, que para aquel momento cada bolívar había perdido ocho centavos. Y los sigue perdiendo. Se siguen evaporando, derritiendo, hora por hora como hielo.
Esta tremenda revelación de Gallegos, anunciada a secas, sin que aparezca ningún propósito de enmienda ni de remedio, hubiera sido suficiente en cualquier otro país para desatar un pánico, o un movimiento nacional de repulsa al Gobierno que de manera tan flagrante está destruyendo su salud económica. Pero la mayoría de las gentes parecen darse tan poca cuenta de ello como el mismo Gobierno.
Lo que ha dicho Gallegos significa sencillamente que la situación económica de Venezuela se está agravando continuamente. Que la descontrolada inflación monetaria va inundando todas las formas de la vida nacional. Que todos los valores y las relaciones de cambio han entrado en un sistema ficticio. Que las posibilidades para que Venezuela organice su vida económica sobre bases sólidas y estables, no sólo no se realizan, sino que cada día se hacen más remotas y difíciles.
Ese anuncio significa para la empresa que tiene un millón de bolívares de capital, que en realidad sólo tiene seiscientos mil. Para el que recibe rentas, que de cada cien bolívares, cuarenta se le han desaparecido. Para el obrero a quien le pagan diez bolívares de jornal, que no está ganando más que el que ganaba seis en 1938. Y para el que metió un fuerte en 1938 en su caja de ahorros, es como si se le hubiera convertido en tres bolívares.
Esta pavorizante realidad es el fruto de la política de gastos del Gobierno.
Muchas veces, tratando de justificar lo injustificable, han dicho algunos hombres del presente régimen, que la inflación que padece Venezuela no es sino el inevitable reflejo y repercusión de un fenómeno universal. El país sufre los efectos del desajuste ocasionado por la guerra en la economía mundial.
Por eso importa mucho demostrar que una afirmación tan repetida no es exacta.
La responsabilidad fundamental y directa de la inflación venezolana que está creciendo cada día, la tiene la política financiera del Gobierno. Ella es la causa principal y el agente motor de ese espantoso mal.
No es Venezuela una pasiva víctima de una situación internacional. Es el Gobierno de Venezuela el activo autor de la inflación, el fabricante de los bolívares de hielo.
Demostrarlo es muy sencillo. Y quiero hacerlo del modo más simple posible, para que todos puedan entenderlo, y para que todos comprendan la magnitud del daño que se está causando.
El aumento desconsiderado de los gastos fiscales es el aspecto más notable del régimen revolucionario. Esos gastos han crecido y se han multiplicado de una manera inverosímil. Y se han destinado preferentemente a sueldos y salarios, dádivas y préstamos. Es decir se ha convertido rápidamente en dinero de compras. En dinero inflacionario.
El reflejo del aumento de los gastos en el alza de los precios ha sido instantáneo.
Junto con los presupuestos han ido subiendo los precios ficticios de todas las cosas. O, lo que es lo mismo dicho en otros términos, a medida que han crecido los presupuestos el poder adquisitivo del bolívar ha ido disminuyendo. Ahora se está acercando a ser no más que un “realito”.
La prueba más evidente de que son los gastos públicos en la forma desatinada en que se vienen haciendo, la causa inmediata y principal de la inflación, la suministra el simple hecho que paso a describir.
Quien consulte los Índices Generales de Precios que elabora y publica el Banco Central de Venezuela, ha de advertir lo siguiente: de 1941 a 1945 los precios que más subieron fueron los de los artículos de importación. Los de los productos nacionales subieron proporcionalmente menos de la mitad que los importados.
Esto quiere decir, que durante esos años, que fueron precisamente los del Gobierno de Medina, las causas predominantes del alza de los precios provenían del exterior, eran ajenas a Venezuela y su Gobierno, eran un reflejo de la situación mundial.
Desde 1946 la situación cambia. El gobierno se embarca en una política inflacionaria de gastos crecientes. Y desde entonces ocurre, y así lo revela el Índice de Precios, que el alza de los precios de los productos nacionales sobrepasa proporcionalmente la de los productos importados. Es decir que desde la Revolución de octubre la causa del alza es nacional, está dentro del país, y obedece exclusivamente a la política financiera del gobierno venezolano.
Este simple hecho me parece suficiente para poner las cosas en su punto. El Gobierno de Venezuela desde 1946 es el autor de la inflación monetaria, el causante de la desvalorización de la moneda y el consciente o inconsciente fabricante de los bolívares de hielo.
Pero lo peor de todo esto es que cuando la magnitud aterradora que alcanza ese mal se le revela a la nación en el propio Mensaje del Presidente, no sólo no se enuncia ningún remedio, no sólo parece pasarse sobre ello como sobre ascuas, sino que con las más estupendas de las insensateces se proclama que el gobierno está decidido agravar el mal, a llevar a peores extremos todavía el quebrantamiento de la salud económica de la nación, a desatar aún más las destructoras fuerzas de la inflación.
En ese mensaje Gallegos anuncia que la creciente inflacionaria desatada, lejos de disminuir va a aumentar su fuerza arrasadora en un tercio. Porque, pura y simplemente, en un tercio aumenta el presupuesto nacional (de mil doscientos a mil seiscientos millones) el gobierno cuya primera misión debería ser contener la racha inflacionaria.
Cuando en cualquier país normal todos se estarían preguntando con angustia: ¿Qué va a hacer el gobierno para salvarnos de este mal que nos está matando?.
En Venezuela, no sólo nadie lo pregunta, sino que el gobierno con la más indiferente ligereza abre más anchas las fuentes del mal y aumenta en un tercio la leña que está alimentado el incendio
domingo, 19 de abril de 2015
Los bolívares de hielo / Arturo Uslar Pietri
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
domingo, 5 de abril de 2015
Unidad de Trasplante de Médula Ósea: El arte de transfundir vida
Banesco Banco Universal y Artesano Group presentaron la tercera edición de la colección "Gente que hace escuela: Un país de instituciones". Bajo la coordinación de Antonio López Ortega, la edición hace un recorrido por Venezuela a través de 45 instituciones que nos dan una lección de verdadero esfuerzo colectivo. Publicamos el reportaje escrito por Rafael Simón Hurtado sobre la Unidad de Trasplante de Médula Ósea de Valencia.
Centro de salud público que realiza, desde su fundación, en 1987, trasplantes de médula ósea en pacientes adultos y pediátricos. Tiene el mérito de haber concluido con éxito el primer de trasplante hace 27 años. Sobresale como una institución que auspicia una intensa labor social en beneficio de la atención de pacientes de escasos recursos económicos a nivel nacional.
Junto al Dr. Marcos Hernández, jefe de la Unidad, el grupo de médicos residentes y estudiantes de Postgrado de la UTMO.
La donación y trasplante de órganos, tejidos y células en el ser humano supone, en el fondo, dos cosas extraordinarias: la maravilla del acto médico, con su acervo de saberes, que conforman un tributo al deseo humano por prolongar la vida, y la confianza de todos en una sociedad, que gracias a estos avances, puede sentirse mucho más protegida, sensible y respetuosa.
Ocurre un verdadero milagro, cuando, con porciones del organismo de otras personas, o, incluso, del propio cuerpo, al transfundir células y estructuras que sólo pueden ser observadas por el ojo del microscopio, no sólo se trasvasa vida, sino también, solidaridad y altruismo, en gestos de noble generosidad.
Estas son las dos nociones esenciales –la médica y la humana- que sustenta y promueve la Unidad de Trasplante de Médula Ósea, “Dr. Abraham Sumoza” (UTMO). Se trata de un centro que proporciona salud a un alto nivel médico y científico. Y también de un espacio con una gran vocación de servicio, con un alto grado de eficiencia organizativa, que son las razones de su éxito de la actividad trasplantadora.
Doctor Marcos Hernández Jiménez.
El doctor Marcos Hernández Jiménez, Jefe de la Consulta de Hematología, hace un recuento: “La Unidad tiene el mérito de haber realizado la intervención pionera de este tipo de trasplante en Venezuela. Fue en octubre del año 1987 y estuvo a cargo del Dr. Abraham Sumoza, fundador del Centro. A este primer logro médico, se han ido agregando nuevos avances. Al cabo de 27 años de servicio, podemos exhibir como cifras positivas 421 trasplantes en 412 pacientes. De éstos, 318 han sido adultos y 94 niños. Tenemos un indicador de sobrevida global del 77.7%, en enfermedades como leucemias, mielomas múltiples, linfomas, aplasias medulares, mielodisplasia”.
De unas habitaciones acondicionadas al inicio, con muchas limitaciones, en el Servicio de Medicina del Hospital de Valencia, la naciente UTMO pasó a ocupar sus propias instalaciones, que fueron inauguradas en 1991. Hoy la Unidad lleva el nombre del Dr. Abraham Sumoza, en reconocimiento de una obra que se ha convertido “en un compromiso de vida” para quienes allí laboran.
“El Dr. Abraham Sumoza fue un hombre de ciencia. Había egresado de la Universidad de Carabobo como Médico Cirujano en 1967. Una innegable vocación de servicio lo llevó a elevar su nivel de especialización, mediante cursos de posgrado en la Universidad Central de Venezuela y en el Banco Municipal de Sangre, con cuyas pasantías obtuvo el título de Médico Hematólogo en 1970”.
En 1988, con el fin de vincular los fenómenos que eran objeto de su estudio, desarrolló la tesis “Tratamiento de la anemia de células falciformes con hydroxyúrea”, con la que obtuvo el título de Doctor en Ciencias Médicas por la Universidad del Zulia. A partir de allí, adelantó investigaciones en hematología oncológica, trasplante de médula ósea, linfomas y enfermedades infecciosas, principalmente en la Clínica Mayo de Rochester, en el Anderson Hospital de Houston, y en el Anderson Cancer Center.
Se respiraba el aire de los nuevos tiempos. Eran décadas en la que estaba vivo el trabajo pionero de trasplante de médula hecho por el Dr. Edward Donnall Thomas, quien en 1969 había conseguido demostrar con éxito que la inyección intravenosa de células de médula ósea podía repoblar y producir una nueva.
La preparación del primer trasplante de médula en Venezuela, ocurrida en 1987, coincidía con la realización de las primeras jornadas de trasplante del Servicio de Hematología del Hospital de La Princesa, de Madrid, adonde había sido invitado el Dr. Sumoza. Allí pudo observar de cerca los requerimientos necesarios para el tratamiento de enfermedades hemato-oncológicas. Esa visita al centro español, con una experiencia y práctica rutinaria desde 1982, sembró la visión fundadora que luego dio pie a la creación de la Unidad de Trasplante de Valencia.
Un reconocimiento significativo a la Unidad, fue la visita del Dr. Edward Thomas, quien ya había recibido el Premio Nobel de Medicina por su aporte al diseño de procedimientos que permitieran la aplicación rutinaria del trasplante de médula ósea en los servicios de hematología de los hospitales del mundo.
Médicos y enfermeras se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos..
SALVAR OBSTÁCULOS
En la Unidad se respira un ambiente de resguardo y privacidad. Médicos y enfermeras parecen flotar con sus vestimentas quirúrgicas, se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, que están cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos. Esa indumentaria representa una doble protección, pues al mismo tiempo que controlan el entorno más inmediato del paciente, previniéndolo contra bacterias y agentes infecciosos, también resguardan a médicos y enfermeras de los residuos nucleares dejados por los fármacos. Se trata de la esterilización puesta al servicio de la adecuación del medio, que en mucho asegura la efectividad del tratamiento. Es necesario que las nuevas células se aniden y proliferen con bondad en el organismo que ha sido trasplantado.
Los diagnósticos adquieren las denominaciones de acuerdo a sus síntomas, a su naturaleza, o al nombre de quienes describieron el padecimiento por primera vez: leucemia aguda, leucemia crónica, linfoma de Hodgkin, linfoma No-Hodgkin, mieloma múltiple, aplasia medular, mielodisplasia. Leucemia, por ejemplo, proviene del griego leucos, (blanco) y de emia, (sangre); esto es, sangre blanca. Se trata de un cáncer hematológico que provoca un aumento incontrolado de los leucocitos o glóbulos blancos. La enfermedad de Hodgkin, por su parte, es un tipo de linfoma maligno que fue reconocido por primera vez en 1832 por el médico británico Thomas Hodgkin. Estas enfermedades cubren más del 90% de los trasplantes realizados en la UTMO.
En la Unidad se realizan varios tipos de trasplante: el autólogo (con células estimuladas del mismo paciente), el alogénico (con células estimuladas de un familiar donante), y el que se realiza a partir de la recolección y conservación de las células madre de la sangre del cordón umbilical.
El equipo médico profesional está integrado por diez médicos especialistas, dos bioanalistas y treinta enfermeras. Cuentan también con el apoyo de administradores, secretarias y personal de mantenimiento. El área de trasplantes cuenta con diez camas (cuatro de aislamiento y seis de semi aislamiento), dispuestas en habitaciones pulcras y separadas. También dispone de unidades especializadas de aféresis, procedimiento con el que se extraen los componentes sanguíneos destinados a la transfusión, y de criopreservación, procedimiento con el que se congela la médula hasta que es trasfundida.
El Dr. Marcos Hernández aclara: “Por ser la única en Venezuela que ofrece trasplantes de médula ósea de forma gratuita, la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”. El orden que se respira en la Unidad contrasta con el bullicio del área de consulta del Servicio de Hematología, en donde se atienden, detectan y evalúan desde una simple anemia hasta una potente leucemia, con procesos que pueden ir desde un examen de laboratorio hasta sesiones de quimioterapia. El servicio recibe un promedio de cincuenta pacientes diarios, 250 consultas semanales.
La UTMO está enclavada en la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera y buena parte de sus recursos están gestionados por la Fundación Carabobeña para la Atención de Enfermedades Hematológicas (Funcanhem). Como unidad de investigación, está adscrita a la Universidad de Carabobo, por cuyo intermedio se procura el mantenimiento de personal contratado en servicios y el respaldo institucional para auspicios de congresos, cursos y foros necesarios para la preparación de personal.
La UTMO también busca apoyos de fundaciones públicas y privadas, sobre todo para cubrir necesidades de infraestructura. Organizaciones carabobeñas se han sensibilizado con la importante labor, como la Fundación Magallanes, que ha hecho aportes económicos, y la Fundación Avanica, que ha asumido la reestructuración del área de consulta.
Una organización sin fines de lucro llamada Juegaterapia Venezuela, ha visitado la Unidad para apaciguar los temores y las angustias de los niños pacientes con cáncer a través del juego y la imaginación.
Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera.
SALVAR VIDAS
El Dr. Hernández ofrece una breve descripción del protocolo del trasplante: “La médula ósea es un tejido indispensable para la vida ya que en ella se producen las células de la sangre y del sistema inmunitario. Allí se anidan las células progenitoras, capaces de producir todas las células de la sangre: los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno; las plaquetas, responsables de la coagulación, y los glóbulos blancos, comprometidos con la defensa del organismo. Una persona con una médula ósea disfuncional, que pierde la capacidad de protegerse contra las infecciones, va a desarrollar rápidamente anemia y falta de plaquetas”.
“Dependiendo del grado de benignidad del padecimiento, una primera etapa puede consistir en el suministro de tratamiento farmacológico, previa realización de múltiples exámenes que le permitirán al médico determinar la patología exacta. Si, por el contrario, la enfermedad tiene características de malignidad, con reducidos porcentajes de responder positivamente a los tratamientos, entonces se recurre al trasplante de médula ósea”.
Los nuevos y cada vez más efectivos fármacos disponibles para la prevención y tratamiento de cada una de estas enfermedades, como los inhibidores que se prescriben para la leucemia mieloide crónica, permiten alcanzar resultados satisfactorios, lo cual ha reducido el uso del trasplante de células genéricas. Antes, previamente a la aparición de estas drogas, la mayoría de estos pacientes eran sometidos a trasplante.
Imaginemos lo que significa “limpiar” un organismo del líquido que, convertido en sangre, es capaz de penetrar cada escondite de su cuerpo, como un enemigo latente.
“El procedimiento de trasplante autólogo consiste en la inyección, vía intravenosa, de las células madre del mismo paciente o de otra persona que sea compatible. Una vez que las células han sido trasplantadas, empiezan a transformarse en glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas sanas. Durante esta fase, el paciente permanecerá hospitalizado en nuestra Unidad bajo unas condiciones especiales de cuidado, aislamiento y monitoreo, pues su estado es sensible a infecciones provenientes del exterior. El período de hospitalización de los pacientes puede variar entre cuatro y seis semanas. Y al salir, el paciente debe regresar a reconocimientos periódicos por seis meses, por un año o por el resto de la vida, dependiendo de las dificultades del caso”.
Hoy en día las fuentes para la obtención de las células genéricas se han diversificado. Con el avance del conocimiento sobre los diversos tipos de células madre, el campo terapéutico ha crecido. Además de la médula ósea, que se extrae del esternón, las vértebras, la pelvis y la cadera, también pueden obtenerse células del cordón umbilical o de la sangre periférica.
“En este momento, estamos en condiciones de realizar trasplantes con células provenientes del cordón umbilical. La sangre del cordón umbilical, recolectada cuando el niño nace, puede ofrecer una poderosa y única oportunidad de recuperar su salud si se le presenta alguna enfermedad en el futuro. Con un proceso relativamente sencillo, las células precursoras pueden recogerse justo en el nacimiento del bebé, ya sea por parto natural o cesárea. La sangre de cordón umbilical debe procesarse y congelarse dentro de las 48 horas luego del nacimiento”.
Esto conduce a platearse como una importante política de Estado la creación de un Banco Nacional de Cordón Umbilical, pues las células obtenidas a través de este procedimiento tienen compatibilidad total para que el trasplante se realice con éxito. Las células se obtienen sin ningún riesgo para la madre y el recién nacido, y además tienen la menor posibilidad de transmitir enfermedades infecciosas. Preservar o resguardar la sangre del cordón mediante este mecanismo se convierte en una póliza de vida.
Relatos de vida
Entrar en la UTMO es también entrar en un campo de sentimientos, esperanzas y alientos que conmueve. El encuentro con los pacientes, al mismo tiempo que aflige, ilumina. En sus rostros se puede adivinar a seres que pesan sobre un pedazo de mundo, que reflejan una luz titubeante o sumisa, que miran con sus cuerpos. La historia de los casos tiende puentes entre la biografía médica y humana, dejando huellas capaces de despertar afectos y cambios espirituales en el otro. Uno en particular, sirve para ponderar los niveles de relación establecidos entre los pacientes y la Unidad.
Aspirado de médula ósea.
Sarón Noemí Díaz Ríos rememora su experiencia: “Cada 29 abril llega a mi mente el recuerdo de aquella mañana del año 1997, cuando Dios me envío a esta casa. Fui diagnostica con un Linfoma No Hodgkin, una especie de tumor en el mediastino, que me estaba comprimiendo el corazón y el pulmón izquierdo. Me costaba respirar, y hasta hablar. Esa mañana llegué al Servicio de Hematología. Fui atendida por el Dr. Marcos Hernández”.
El tumor de dieciocho centímetros había puesto un obstáculo en su vocación de cantante, que ya asomaba desde niña. Con la paciencia y ponderación necesarias, el Dr. Hernández explicó a los padres de Sarón cuán grave era la afección, cuáles serían los procedimientos que vendrían. Una frase dicha por el médico aún retumba en la mente de la joven que hoy tiene 24 años: “Dios tiene la última palabra”.
Luego del protocolo de exámenes, comenzó el procedimiento. Sarón fue intervenida quirúrgicamente para practicarle una biopsia al tumor. Sufrió un paro respiratorio y tuvo que ser trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Su cuerpo de niña opuso resistencia a la enfermedad. Examinada con los métodos, en un diálogo humano y profesional, despertó siete días después. Confiesa que los primeros rostros que vio fueron el de su padre y el del Dr. Marcos Hernández.
“Mi vida había cambiado, había dado un giro de 180 grados. Yo despertaba en una posición de dependencia de la misericordia de Dios. Luego del suministro de la quimio y la radio, el tumor disminuyó. Y para la Gloria de Dios entré en remisión completa, clínica y hematológica. Al año ya era notoria mi recuperación, que se ha mantenido hasta hoy. Y para sorpresa de todos, sin ningún efecto adverso en mi estado general. Después de estar a punto de perder la vida, ahora les digo a mis pacientes que si Dios lo hizo conmigo, con ellos también lo hará”.
Hoy en día, la joven Sarón Díaz es enfermera especialista en Trasplante de Médula Ósea. Se desempeña en la Unidad como Técnico en aféresis y criopreservación celular. Además, es coordinadora de Registro Nacional e Internacional en Trasplantes de Médula. Se siente recompensada en conocimientos, experiencia y formación humana, que ha recibido de profesionales como el propio Dr. Marcos Hernández. “Cuando Dios te hace pasar por situaciones tan difíciles y te deja viva, no es posible quedarse callada, con los brazos cruzados. Es necesario retribuir con fortaleza y optimismo a los pacientes que ingresan a la Unidad”.
Sarón Noemí Díaz Ríos.
EXTENSIÓN SOCIAL
Así como se alude a la tradición del maestro como representación guía, asimismo las instituciones se sostienen por voluntades humanas, sobre todo cuando la labor se ha desarrollado con honestidad científica, dejando un legado de conocimientos a la sociedad.
La UTMO se concentra no sólo en trasplantes de médula ósea sino que también ha auspiciado una intensa labor social en beneficio de los pacientes de escasos recursos. Adicionalmente, todos sus hallazgos y prácticas se convierten en líneas formativas, científicas y humanísticas, de cuyas fuentes beben todos los profesionales e instituciones médicas del país.
“...la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”.
La Unidad ha aportado admirables soluciones de índole médica, descubrimientos en materia de trasplantes, estímulos en el campo de la investigación. Estos legados pueden comprobarse en ediciones médicas, acreditaciones científicas y reconocimientos académicos.
El trabajo de la UTMO, desde el punto de vista asistencial y científico, es comparable con cualquier centro de trasplante del mundo. Esta merecida jerarquía le ha permitido relacionarse con instituciones especializadas como el Hospital St. Jude, de Menphis, EE.UU., cuya política institucional respalda la formación de centros médicos afiliados. Igualmente ha tenido médicos en entrenamiento de trece países: Brasil, Chile, China, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Jordania, Líbano, México, Marruecos y Filipinas.
Especialistas de la UTMO han impartido formación básica en trasplantes a personal médico y paramédico de la Universidad Central de Venezuela, Universidad de Los Andes, Universidad del Zulia y Universidad “Lisandro Alvarado”. También ha dictado conferencias a escala nacional en congresos de hematología y sociedades médicas. Conjuntamente con la Unidad de Trasplante del Hospital de Clínicas Caracas, la UTMO organiza cada dos años las Jornadas de Trasplante de Médula Ósea, con la asistencia de invitados internacionales de alto nivel académico.
El modelo médico, como referencia académica, trasciende los límites del estado Carabobo para recibir residentes de tercer año del postgrado de Hematología de la Universidad de Los Andes. Un buen ejemplo sería la doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA. Una vez culminada la residencia en el Ambulatorio de Capacho y en la Emergencia del Hospital Central de San Cristóbal, inició su formación de posgrado de Hematología en la ULA. Estos estudios le ofrecieron la oportunidad de realizar pasantías en la Unidad de Trasplante, donde no sólo se impregna de conocimientos profesionales: “Aquí he aprendido calidad humana, sentido de pertenencia, solidaridad, trabajo armónico y saludable, el don de gente para tratar con los pacientes”.
Doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA.
El legado profesional o la memoria científica del doctor Abraham Sumoza están a buen resguardo. Ya son 27 años de continuidad, profesionalismo y perseverancia. A la experiencia diaria de los trasplantes se suman las publicaciones nacionales e internacionales, la presentación en eventos científicos, la práctica viva de los quirófanos, los productos o prácticas médicas, los diseños de programas de trasplante, la elaboración de protocolos diversos, el intercambio científico con instituciones internacionales, la residencia de doctores e investigadores, las pasantías de estudiantes de postgrado, los premios y reconocimientos, los programas para ayudar a los más desvalidos y, sobre todo, la conciencia de ser los primeros en innovar y también los primeros en mantenerse con los más altos estándares de calidad.
El Dr. Marcos Hernández es médico cirujano egresado de la Universidad de Carabobo en 1986. Tiene Post Grado de la Gobernación del Distrito Federal, por residencia Programada de Pediatría, en 1990, y de la Universidad Central de Venezuela, como Médico Hematólogo, en 1992. Es profesor de Medicina en la Universidad de Carabobo desde 1993. Su vocación de asistencia médica lo ha colocado en los servicios de hematología, no sólo de la Unidad de Trasplante de Médula Ósea “Dr. Abraham Sumoza”, de la Ciudad Hospitalaria “Dr. Enrique Tejera de Valencia. Prestó servicio como Hematólogo en el Hospital Dr. Molina Sierra, en Puerto Cabello, desde 1995 hasta 2005. Y en la actualidad asiste a sus consultas en el Hospital Metropolitano del Norte y en el Centro Policlínico Valencia. Es miembro de la Sociedad Venezolana de Hematología, de la Sociedad Americana de Hematología, de la Sociedad Europea de Hematología y del Colegio de Médicos del estado Carabobo.
Reportaje de Rafael Simón Hurtado
Fotografías de José Antonio Rosales: (Chirgua, 1968) Diplomado en fotografía. Fotoperiodista de la Universidad de Carabobo. Miembro del Círculo de Reporteros Gráficos. Premio Bienal Nacional de Fotografía.
Centro de salud público que realiza, desde su fundación, en 1987, trasplantes de médula ósea en pacientes adultos y pediátricos. Tiene el mérito de haber concluido con éxito el primer de trasplante hace 27 años. Sobresale como una institución que auspicia una intensa labor social en beneficio de la atención de pacientes de escasos recursos económicos a nivel nacional.
Junto al Dr. Marcos Hernández, jefe de la Unidad, el grupo de médicos residentes y estudiantes de Postgrado de la UTMO.
La donación y trasplante de órganos, tejidos y células en el ser humano supone, en el fondo, dos cosas extraordinarias: la maravilla del acto médico, con su acervo de saberes, que conforman un tributo al deseo humano por prolongar la vida, y la confianza de todos en una sociedad, que gracias a estos avances, puede sentirse mucho más protegida, sensible y respetuosa.
Ocurre un verdadero milagro, cuando, con porciones del organismo de otras personas, o, incluso, del propio cuerpo, al transfundir células y estructuras que sólo pueden ser observadas por el ojo del microscopio, no sólo se trasvasa vida, sino también, solidaridad y altruismo, en gestos de noble generosidad.
Estas son las dos nociones esenciales –la médica y la humana- que sustenta y promueve la Unidad de Trasplante de Médula Ósea, “Dr. Abraham Sumoza” (UTMO). Se trata de un centro que proporciona salud a un alto nivel médico y científico. Y también de un espacio con una gran vocación de servicio, con un alto grado de eficiencia organizativa, que son las razones de su éxito de la actividad trasplantadora.
Doctor Marcos Hernández Jiménez.
El doctor Marcos Hernández Jiménez, Jefe de la Consulta de Hematología, hace un recuento: “La Unidad tiene el mérito de haber realizado la intervención pionera de este tipo de trasplante en Venezuela. Fue en octubre del año 1987 y estuvo a cargo del Dr. Abraham Sumoza, fundador del Centro. A este primer logro médico, se han ido agregando nuevos avances. Al cabo de 27 años de servicio, podemos exhibir como cifras positivas 421 trasplantes en 412 pacientes. De éstos, 318 han sido adultos y 94 niños. Tenemos un indicador de sobrevida global del 77.7%, en enfermedades como leucemias, mielomas múltiples, linfomas, aplasias medulares, mielodisplasia”.
De unas habitaciones acondicionadas al inicio, con muchas limitaciones, en el Servicio de Medicina del Hospital de Valencia, la naciente UTMO pasó a ocupar sus propias instalaciones, que fueron inauguradas en 1991. Hoy la Unidad lleva el nombre del Dr. Abraham Sumoza, en reconocimiento de una obra que se ha convertido “en un compromiso de vida” para quienes allí laboran.
“El Dr. Abraham Sumoza fue un hombre de ciencia. Había egresado de la Universidad de Carabobo como Médico Cirujano en 1967. Una innegable vocación de servicio lo llevó a elevar su nivel de especialización, mediante cursos de posgrado en la Universidad Central de Venezuela y en el Banco Municipal de Sangre, con cuyas pasantías obtuvo el título de Médico Hematólogo en 1970”.
En 1988, con el fin de vincular los fenómenos que eran objeto de su estudio, desarrolló la tesis “Tratamiento de la anemia de células falciformes con hydroxyúrea”, con la que obtuvo el título de Doctor en Ciencias Médicas por la Universidad del Zulia. A partir de allí, adelantó investigaciones en hematología oncológica, trasplante de médula ósea, linfomas y enfermedades infecciosas, principalmente en la Clínica Mayo de Rochester, en el Anderson Hospital de Houston, y en el Anderson Cancer Center.
Se respiraba el aire de los nuevos tiempos. Eran décadas en la que estaba vivo el trabajo pionero de trasplante de médula hecho por el Dr. Edward Donnall Thomas, quien en 1969 había conseguido demostrar con éxito que la inyección intravenosa de células de médula ósea podía repoblar y producir una nueva.
La preparación del primer trasplante de médula en Venezuela, ocurrida en 1987, coincidía con la realización de las primeras jornadas de trasplante del Servicio de Hematología del Hospital de La Princesa, de Madrid, adonde había sido invitado el Dr. Sumoza. Allí pudo observar de cerca los requerimientos necesarios para el tratamiento de enfermedades hemato-oncológicas. Esa visita al centro español, con una experiencia y práctica rutinaria desde 1982, sembró la visión fundadora que luego dio pie a la creación de la Unidad de Trasplante de Valencia.
Un reconocimiento significativo a la Unidad, fue la visita del Dr. Edward Thomas, quien ya había recibido el Premio Nobel de Medicina por su aporte al diseño de procedimientos que permitieran la aplicación rutinaria del trasplante de médula ósea en los servicios de hematología de los hospitales del mundo.
Médicos y enfermeras se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos..
SALVAR OBSTÁCULOS
En la Unidad se respira un ambiente de resguardo y privacidad. Médicos y enfermeras parecen flotar con sus vestimentas quirúrgicas, se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, que están cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos. Esa indumentaria representa una doble protección, pues al mismo tiempo que controlan el entorno más inmediato del paciente, previniéndolo contra bacterias y agentes infecciosos, también resguardan a médicos y enfermeras de los residuos nucleares dejados por los fármacos. Se trata de la esterilización puesta al servicio de la adecuación del medio, que en mucho asegura la efectividad del tratamiento. Es necesario que las nuevas células se aniden y proliferen con bondad en el organismo que ha sido trasplantado.
Los diagnósticos adquieren las denominaciones de acuerdo a sus síntomas, a su naturaleza, o al nombre de quienes describieron el padecimiento por primera vez: leucemia aguda, leucemia crónica, linfoma de Hodgkin, linfoma No-Hodgkin, mieloma múltiple, aplasia medular, mielodisplasia. Leucemia, por ejemplo, proviene del griego leucos, (blanco) y de emia, (sangre); esto es, sangre blanca. Se trata de un cáncer hematológico que provoca un aumento incontrolado de los leucocitos o glóbulos blancos. La enfermedad de Hodgkin, por su parte, es un tipo de linfoma maligno que fue reconocido por primera vez en 1832 por el médico británico Thomas Hodgkin. Estas enfermedades cubren más del 90% de los trasplantes realizados en la UTMO.
En la Unidad se realizan varios tipos de trasplante: el autólogo (con células estimuladas del mismo paciente), el alogénico (con células estimuladas de un familiar donante), y el que se realiza a partir de la recolección y conservación de las células madre de la sangre del cordón umbilical.
El equipo médico profesional está integrado por diez médicos especialistas, dos bioanalistas y treinta enfermeras. Cuentan también con el apoyo de administradores, secretarias y personal de mantenimiento. El área de trasplantes cuenta con diez camas (cuatro de aislamiento y seis de semi aislamiento), dispuestas en habitaciones pulcras y separadas. También dispone de unidades especializadas de aféresis, procedimiento con el que se extraen los componentes sanguíneos destinados a la transfusión, y de criopreservación, procedimiento con el que se congela la médula hasta que es trasfundida.
El Dr. Marcos Hernández aclara: “Por ser la única en Venezuela que ofrece trasplantes de médula ósea de forma gratuita, la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”. El orden que se respira en la Unidad contrasta con el bullicio del área de consulta del Servicio de Hematología, en donde se atienden, detectan y evalúan desde una simple anemia hasta una potente leucemia, con procesos que pueden ir desde un examen de laboratorio hasta sesiones de quimioterapia. El servicio recibe un promedio de cincuenta pacientes diarios, 250 consultas semanales.
La UTMO está enclavada en la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera y buena parte de sus recursos están gestionados por la Fundación Carabobeña para la Atención de Enfermedades Hematológicas (Funcanhem). Como unidad de investigación, está adscrita a la Universidad de Carabobo, por cuyo intermedio se procura el mantenimiento de personal contratado en servicios y el respaldo institucional para auspicios de congresos, cursos y foros necesarios para la preparación de personal.
La UTMO también busca apoyos de fundaciones públicas y privadas, sobre todo para cubrir necesidades de infraestructura. Organizaciones carabobeñas se han sensibilizado con la importante labor, como la Fundación Magallanes, que ha hecho aportes económicos, y la Fundación Avanica, que ha asumido la reestructuración del área de consulta.
Una organización sin fines de lucro llamada Juegaterapia Venezuela, ha visitado la Unidad para apaciguar los temores y las angustias de los niños pacientes con cáncer a través del juego y la imaginación.
Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera.
SALVAR VIDAS
El Dr. Hernández ofrece una breve descripción del protocolo del trasplante: “La médula ósea es un tejido indispensable para la vida ya que en ella se producen las células de la sangre y del sistema inmunitario. Allí se anidan las células progenitoras, capaces de producir todas las células de la sangre: los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno; las plaquetas, responsables de la coagulación, y los glóbulos blancos, comprometidos con la defensa del organismo. Una persona con una médula ósea disfuncional, que pierde la capacidad de protegerse contra las infecciones, va a desarrollar rápidamente anemia y falta de plaquetas”.
“Dependiendo del grado de benignidad del padecimiento, una primera etapa puede consistir en el suministro de tratamiento farmacológico, previa realización de múltiples exámenes que le permitirán al médico determinar la patología exacta. Si, por el contrario, la enfermedad tiene características de malignidad, con reducidos porcentajes de responder positivamente a los tratamientos, entonces se recurre al trasplante de médula ósea”.
Los nuevos y cada vez más efectivos fármacos disponibles para la prevención y tratamiento de cada una de estas enfermedades, como los inhibidores que se prescriben para la leucemia mieloide crónica, permiten alcanzar resultados satisfactorios, lo cual ha reducido el uso del trasplante de células genéricas. Antes, previamente a la aparición de estas drogas, la mayoría de estos pacientes eran sometidos a trasplante.
Imaginemos lo que significa “limpiar” un organismo del líquido que, convertido en sangre, es capaz de penetrar cada escondite de su cuerpo, como un enemigo latente.
“El procedimiento de trasplante autólogo consiste en la inyección, vía intravenosa, de las células madre del mismo paciente o de otra persona que sea compatible. Una vez que las células han sido trasplantadas, empiezan a transformarse en glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas sanas. Durante esta fase, el paciente permanecerá hospitalizado en nuestra Unidad bajo unas condiciones especiales de cuidado, aislamiento y monitoreo, pues su estado es sensible a infecciones provenientes del exterior. El período de hospitalización de los pacientes puede variar entre cuatro y seis semanas. Y al salir, el paciente debe regresar a reconocimientos periódicos por seis meses, por un año o por el resto de la vida, dependiendo de las dificultades del caso”.
Hoy en día las fuentes para la obtención de las células genéricas se han diversificado. Con el avance del conocimiento sobre los diversos tipos de células madre, el campo terapéutico ha crecido. Además de la médula ósea, que se extrae del esternón, las vértebras, la pelvis y la cadera, también pueden obtenerse células del cordón umbilical o de la sangre periférica.
“En este momento, estamos en condiciones de realizar trasplantes con células provenientes del cordón umbilical. La sangre del cordón umbilical, recolectada cuando el niño nace, puede ofrecer una poderosa y única oportunidad de recuperar su salud si se le presenta alguna enfermedad en el futuro. Con un proceso relativamente sencillo, las células precursoras pueden recogerse justo en el nacimiento del bebé, ya sea por parto natural o cesárea. La sangre de cordón umbilical debe procesarse y congelarse dentro de las 48 horas luego del nacimiento”.
Esto conduce a platearse como una importante política de Estado la creación de un Banco Nacional de Cordón Umbilical, pues las células obtenidas a través de este procedimiento tienen compatibilidad total para que el trasplante se realice con éxito. Las células se obtienen sin ningún riesgo para la madre y el recién nacido, y además tienen la menor posibilidad de transmitir enfermedades infecciosas. Preservar o resguardar la sangre del cordón mediante este mecanismo se convierte en una póliza de vida.
Relatos de vida
Entrar en la UTMO es también entrar en un campo de sentimientos, esperanzas y alientos que conmueve. El encuentro con los pacientes, al mismo tiempo que aflige, ilumina. En sus rostros se puede adivinar a seres que pesan sobre un pedazo de mundo, que reflejan una luz titubeante o sumisa, que miran con sus cuerpos. La historia de los casos tiende puentes entre la biografía médica y humana, dejando huellas capaces de despertar afectos y cambios espirituales en el otro. Uno en particular, sirve para ponderar los niveles de relación establecidos entre los pacientes y la Unidad.
Aspirado de médula ósea.
Sarón Noemí Díaz Ríos rememora su experiencia: “Cada 29 abril llega a mi mente el recuerdo de aquella mañana del año 1997, cuando Dios me envío a esta casa. Fui diagnostica con un Linfoma No Hodgkin, una especie de tumor en el mediastino, que me estaba comprimiendo el corazón y el pulmón izquierdo. Me costaba respirar, y hasta hablar. Esa mañana llegué al Servicio de Hematología. Fui atendida por el Dr. Marcos Hernández”.
El tumor de dieciocho centímetros había puesto un obstáculo en su vocación de cantante, que ya asomaba desde niña. Con la paciencia y ponderación necesarias, el Dr. Hernández explicó a los padres de Sarón cuán grave era la afección, cuáles serían los procedimientos que vendrían. Una frase dicha por el médico aún retumba en la mente de la joven que hoy tiene 24 años: “Dios tiene la última palabra”.
Luego del protocolo de exámenes, comenzó el procedimiento. Sarón fue intervenida quirúrgicamente para practicarle una biopsia al tumor. Sufrió un paro respiratorio y tuvo que ser trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Su cuerpo de niña opuso resistencia a la enfermedad. Examinada con los métodos, en un diálogo humano y profesional, despertó siete días después. Confiesa que los primeros rostros que vio fueron el de su padre y el del Dr. Marcos Hernández.
“Mi vida había cambiado, había dado un giro de 180 grados. Yo despertaba en una posición de dependencia de la misericordia de Dios. Luego del suministro de la quimio y la radio, el tumor disminuyó. Y para la Gloria de Dios entré en remisión completa, clínica y hematológica. Al año ya era notoria mi recuperación, que se ha mantenido hasta hoy. Y para sorpresa de todos, sin ningún efecto adverso en mi estado general. Después de estar a punto de perder la vida, ahora les digo a mis pacientes que si Dios lo hizo conmigo, con ellos también lo hará”.
Hoy en día, la joven Sarón Díaz es enfermera especialista en Trasplante de Médula Ósea. Se desempeña en la Unidad como Técnico en aféresis y criopreservación celular. Además, es coordinadora de Registro Nacional e Internacional en Trasplantes de Médula. Se siente recompensada en conocimientos, experiencia y formación humana, que ha recibido de profesionales como el propio Dr. Marcos Hernández. “Cuando Dios te hace pasar por situaciones tan difíciles y te deja viva, no es posible quedarse callada, con los brazos cruzados. Es necesario retribuir con fortaleza y optimismo a los pacientes que ingresan a la Unidad”.
Sarón Noemí Díaz Ríos.
EXTENSIÓN SOCIAL
Así como se alude a la tradición del maestro como representación guía, asimismo las instituciones se sostienen por voluntades humanas, sobre todo cuando la labor se ha desarrollado con honestidad científica, dejando un legado de conocimientos a la sociedad.
La UTMO se concentra no sólo en trasplantes de médula ósea sino que también ha auspiciado una intensa labor social en beneficio de los pacientes de escasos recursos. Adicionalmente, todos sus hallazgos y prácticas se convierten en líneas formativas, científicas y humanísticas, de cuyas fuentes beben todos los profesionales e instituciones médicas del país.
“...la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”.
La Unidad ha aportado admirables soluciones de índole médica, descubrimientos en materia de trasplantes, estímulos en el campo de la investigación. Estos legados pueden comprobarse en ediciones médicas, acreditaciones científicas y reconocimientos académicos.
El trabajo de la UTMO, desde el punto de vista asistencial y científico, es comparable con cualquier centro de trasplante del mundo. Esta merecida jerarquía le ha permitido relacionarse con instituciones especializadas como el Hospital St. Jude, de Menphis, EE.UU., cuya política institucional respalda la formación de centros médicos afiliados. Igualmente ha tenido médicos en entrenamiento de trece países: Brasil, Chile, China, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Jordania, Líbano, México, Marruecos y Filipinas.
Especialistas de la UTMO han impartido formación básica en trasplantes a personal médico y paramédico de la Universidad Central de Venezuela, Universidad de Los Andes, Universidad del Zulia y Universidad “Lisandro Alvarado”. También ha dictado conferencias a escala nacional en congresos de hematología y sociedades médicas. Conjuntamente con la Unidad de Trasplante del Hospital de Clínicas Caracas, la UTMO organiza cada dos años las Jornadas de Trasplante de Médula Ósea, con la asistencia de invitados internacionales de alto nivel académico.
El modelo médico, como referencia académica, trasciende los límites del estado Carabobo para recibir residentes de tercer año del postgrado de Hematología de la Universidad de Los Andes. Un buen ejemplo sería la doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA. Una vez culminada la residencia en el Ambulatorio de Capacho y en la Emergencia del Hospital Central de San Cristóbal, inició su formación de posgrado de Hematología en la ULA. Estos estudios le ofrecieron la oportunidad de realizar pasantías en la Unidad de Trasplante, donde no sólo se impregna de conocimientos profesionales: “Aquí he aprendido calidad humana, sentido de pertenencia, solidaridad, trabajo armónico y saludable, el don de gente para tratar con los pacientes”.
Doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA.
El legado profesional o la memoria científica del doctor Abraham Sumoza están a buen resguardo. Ya son 27 años de continuidad, profesionalismo y perseverancia. A la experiencia diaria de los trasplantes se suman las publicaciones nacionales e internacionales, la presentación en eventos científicos, la práctica viva de los quirófanos, los productos o prácticas médicas, los diseños de programas de trasplante, la elaboración de protocolos diversos, el intercambio científico con instituciones internacionales, la residencia de doctores e investigadores, las pasantías de estudiantes de postgrado, los premios y reconocimientos, los programas para ayudar a los más desvalidos y, sobre todo, la conciencia de ser los primeros en innovar y también los primeros en mantenerse con los más altos estándares de calidad.
El Dr. Marcos Hernández es médico cirujano egresado de la Universidad de Carabobo en 1986. Tiene Post Grado de la Gobernación del Distrito Federal, por residencia Programada de Pediatría, en 1990, y de la Universidad Central de Venezuela, como Médico Hematólogo, en 1992. Es profesor de Medicina en la Universidad de Carabobo desde 1993. Su vocación de asistencia médica lo ha colocado en los servicios de hematología, no sólo de la Unidad de Trasplante de Médula Ósea “Dr. Abraham Sumoza”, de la Ciudad Hospitalaria “Dr. Enrique Tejera de Valencia. Prestó servicio como Hematólogo en el Hospital Dr. Molina Sierra, en Puerto Cabello, desde 1995 hasta 2005. Y en la actualidad asiste a sus consultas en el Hospital Metropolitano del Norte y en el Centro Policlínico Valencia. Es miembro de la Sociedad Venezolana de Hematología, de la Sociedad Americana de Hematología, de la Sociedad Europea de Hematología y del Colegio de Médicos del estado Carabobo.
Reportaje de Rafael Simón Hurtado
Fotografías de José Antonio Rosales: (Chirgua, 1968) Diplomado en fotografía. Fotoperiodista de la Universidad de Carabobo. Miembro del Círculo de Reporteros Gráficos. Premio Bienal Nacional de Fotografía.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
martes, 9 de diciembre de 2014
Pájaro Rojo (relato)
“¡Tu sarcófago acabará por servir de abrevadero a las vacas!”.
"Verdaderamente, no podemos servir a Dios y a Mammon al mismo tiempo; no podemos estar con un pie en el Cielo y otro en la• Tierra".Giovanni de 'Mussi Crónica de Piacenza, h. 1350.
Bajo los hilos de la lluvia, los vericuetos del mercado aparecían surcados por las huellas que en el barro dejaban las carretas. Las telas de los abrigos comenzaban a empaparse y a deshilacharse en hebras de agua; destilaban, destilaban y olían a establo. El humo de lo sahumado dentro de las casas se filtraba por las rendijas de las ventanas y llegaba hasta mí como asordinado murmullo; y ante el inesperado suceso, no sólo fueron las calles anegadas o el cieno en mazo, salpicado sobre portones, ventanas y muros por el andar de carruajes y animales lo que perturbó el paso de mi cadáver desenterrado. Mi desasosiego se produjo al verme retornar del sepulcro a bordo de una balsa propicia para las charcas. Sobre sus hombros, en ataúd, cuatro soldados me llevaban. Sus cuatro cascos, ataviados con plumas, flotaban presuntuosamente por entre el pregón de los verduleros ambulantes, y aquellos que, al igual que los soldados, transportaban cadáveres, pero de pollos y cerdos.
Los cielos de agua habían pintado el camino de regreso al palacio, y entre los difuminos de acuarelas muy limpias se desdibujaba el contorno de iglesias y castillos. La humedad desfiguraba en tonos de plata las escalinatas y el empedrado de algunas calles; y desde el embaldosado de las plazas, los reflejos del moho en la sombra saltaban ante la vista como brumosas manchas de animales marítimos.
“Chas-chas”, hacía el calzado. –“¡Abran paso!, ¡abran paso!”, vociferaban los soldados. Y yo, entre murmullos, hollejo en la caja, acusaba recibo de las transacciones que, en monedas de oro, enmarcaban los comentarios.
–“¡Este muerto debe ser personaje importante -tomándome en cuenta, murmuraba el común-, cristiano y además mártir, porque lo regresan del cementerio!”. –“Pero no es acción digna de creyentes, aunque guerreros”. Y, a pesar de que ningún problema moral solía distraer el vocingleo en los ventorrillos, los susurros apurados por el asombro dejaban entrever que, aun en contra del criterio vulgarmente aceptado, los muertos pueden ser peligrosos.
La brisa se iba y retornaba, y con cada vuelta se renovaba de nuevos matices: de los olores vegetales de las verduras en los tinglados; de los perejiles, de las coles y los cebollines; de los ajos, que daban a las salsas de las fritangas el mérito de sabores poco sagrados; aromas que se confundían con el canto de los gallos, que, espueludos y afeitados, desde los redondeles de lidia, acrecentaban con su alboroto el clamor del mercado.
Despertaba a la misma escena durante siglos repetida. Los mismos signos de miseria. Roma golpeando sus formas; azotes para dejarse desangrar. Crucificándose en augurios, en desechos. Con su topografía concluida en estricto orden imperial. Fluyendo ambiciosa desde las cejas divinas de Marte, Júpiter o el mismísimo Dios. Se explicaban entonces ciertos calificativos, como aquel de ¡hijos de malamadre!, que arrostraban a los soldados los que aherrojados en picota aguardaban, en plena plaza pública, al verdugo. Efebos de casas clandestinas que, por su amor contranatura con magistrados absueltos, se verían expuestos, esta vez, a un falo de hierro, el que se ensañaría sobre sus piernas, brazos y espaldas, para conjurar, ¡quién sabe!, un cargo de conciencia. Más allá, andamios repletos de cestas a medio tejer; allí también, hacinados, elíxires, yerbas y toda clase de menjunjes utilizados para devolver la pasión a los ancianos. Mi funeral procesión, como puede observarse, regresaba de la tumba sin responso, ofrendas ni réquiem, sólo entre las voces que, desde las casas y los tenduchos, con sorpresa, anunciaban su mercancía.
Y tras la agudeza dialéctica y el chismorreo común de los pregoneros, las mujeres procaces endilgaban una mirada lasciva al redundante chasquido de las sandalias imperiales. Calzados aquellos conscientes de la mezcla primaveral en los tenderetes y del olor adolescente de las vírgenes que, en los cubículos trashumantes, se convertían en mujeres mercenarias. Porque ellos eran soldados, soldados de la Iglesia. Hombres fuertes, duros para el sufrimiento, y aunque disciplinados, hombres, dije. Así también capaces de abdicar a sus obligaciones cuando, por tentaciones mundanas, aquellas se hacen una carga difícil de llevar.
La ciudad pontificia, con mi muerte, había quedado acéfala. Un vasto testimonio de regocijo, demostrado con el júbilo de una salva de carcajadas, había llenado el rostro de Máximo Condotti, exteriorizado, además, con palabras que, por mi condición eclesial, no me permito repetir. Y fue por ello que, en una exaltación mental bastante parecida a la embriaguez, después de varios intentos fallidos, realizados con el ánimo de encubrir, primero en vida, mi leyenda, con actos de marcada blasfemia, utilizando el magnetismo que irradiaba su presencia, el cardenal Máximo Condotti había ideado un último plan, el más codicioso, quizás; el que le permitiría, a través de la imitación ridícula de un proceso legal post-mortem, colocarse sobre las sienes la tiara pontifical. Y es verdad, coraje no le faltó. Desde el momento de planearlo, se lo estuvo relamiendo de gusto. –“¡Ay, Máximo, cómo no ibas a ser tu!”.
Cuando su madre decidió concebirlo, los burdeles perdieron la entusiasta alegría de otros tiempos, el esplendor venéreo, ya que no obstante lo firme de las creencias de Abidonia, -¡tu madre!-, su ancho y bajo trasero había servido para mantener limpios los pisos de la mancebía. Su padre, gladiador retirado, columbró por ciertos auspicios que en esta confluencia sería engendrado el Salvador de Roma, aquél que habría de invocar la grandeza y la integridad del imperio. ¡Mal augurio! Por poco lo acaba. Es por ello que no podía ser otro el que ahora pretendía juzgar lo que en aquella tumba encontraron de mis restos.
Tenía que ser él, precisamente él. El mismo que se ufanaba de poseer ¡tanta fe cristiana! (la misma fe cristiana de tu madre), que luego la olvidaba en los vestidores de las termas, y quien, además, debía sus pronunciados labios leporinos a las tetas hechiceras que lo amamantaron.
Y fue así, con una sonrisa vulgar modelada para siempre en su rostro, como se perfiló en la penumbra de la historia con epítetos tan feroces que ni siquiera los siglos han logrado borrar. En su opinión, solía expresar con sarcasmo, era imposible, por definición práctica o teórica, diferenciar la Iglesia del Papa: ambos eran la misma cosa. Y por eso, desde el día de mi muerte, acezando, había avanzado, sin detenerse, alumbrado por una lámpara mortecina, a demostrar a sus enemigos, vivos o muertos, la fuerza sobrenatural de sus acciones. Ahora ascendía, acudido por alegatos de sangre y bandadas de frailes juramentados en aquelarres de ermita, por rígido escalafón de injurias y homicidios, hacia el trono pontificio. Pero le había surgido un obstáculo, la facción del Papa que lo había precedido, es decir, la mía, y tenía que degradarla, desprenderla de poder.
Los cuatro soldados ocuparon la mesa más escondida de la taberna. Sobre una cercana colocaron el sarcófago con mis restos indignados. El lugar era de un hereje, promiscuo navegante, quien sobrevivió al naufragio de sus principios, y que al ver el ataúd sobre el mueble de madera, insistió en que debía permanecer fuera.
–“¡Así sean las cenizas de un Papa!”, dijo.
Los cuatro soldados asintieron, y yo, desde mi remoto recinto, sólo alcance a susurrar un ora pronobis.
Enseguida fui desalojado del expendio de vinos y viandas por los mismos que, en sus manos, llevaban las jarras y los platones con la sangre y el cuerpo de Cristo.
Los cuatro soldados comieron pulpo pasado en vinagre y jarrones de vino piche; dudaron de su fe y de sus votos de obediencia, hablaron incoherencias por las emanaciones del licor y sufrieron de la represalia divina con un hipo fastidioso y la pedorrera insinuante de un eunuco sodomita, quien al ver un uniforme atiplaba la voz con invitaciones que no siempre eran tomadas con indiferencia. Una vez que terminaron por ceder ante la excitación del vino, y espoleados por el júbilo tabernario, se abandonaron a perseguir con la mirada, primero, a las jóvenes que con movimientos ondulantes se deslizaban entre las mesas. Momentos después, los cuatro soldados, a las puertas de la taberna, tomaron el féretro y, colocándolo sobre sus ebrias espaldas, atravesaron el patio y allí, entre el heno del establo, me dejaron, mientras ellos, ahora que podían, introducían sus escudos, cascos, lanzas, petos, rodillas, cabezas, codos y señales de la cruz en los agujeros que les habían ofrecido el eunuco y un trío de pendangas.
El juicio no constituyó un simple trámite, como bien pudiera creerse. Las bisagras del palacio de Letrán chirriaron atraídas por las sombras a la llegada de los cuatro soldados embriagados, pero satisfechos. Sus largos corredores, entibiados por el calor proveniente de las vasijas donde ardía incienso, resonaron como martillazos en la costra dura de las bóvedas. “¡Crucifixión!", pensé. –“Ecce agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi”, murmuraron desde sus nidos todos los cardenales. –“Domine non sum dignus ut intres sub tectum meum”, completaron en un gran cántico que terminó por perderse tras el chas-chas salmodiado y repetido de los soldados. –“Requiescat in pace, misereatur tui omnipotens Deus, et dimissis peccatis tuis, perducat te ad vitam aeternam”. Y un cardenal ebrio, en lo que fue casi un lamento, bostezó un amén sin destino, abandonando su eco al sarcasmo de los otros cardenales.
Las velas y las lámparas iban estirando los reflejos. Las nociones de mi viaje se fueron perdiendo en aquellas penumbras especiales, en aquellas formas hechas con mármoles y destellos divinos. Sobre las cornisas de arquitecturas imprecisas, los ángeles habían propuesto altares con los desechos del último sínodo. Las cúpulas conducían las voces como altavoces, por lo que el menor ruido o murmullo redundaba en aquel ámbito. Estábamos, ya, en la Madre; subiendo escaleras, bajando escaleras, recorriendo galerías, corredores y pasillos, siendo observados por el ojo ciego de la fe, en una tentativa de institucionalizar los juicios a los papas, cuyas almas ya poseían su propia mortaja.
El juicio no constituyó un simple trámite, eso dije. Me extrajeron de la urna, me vistieron de nuevo con unas raídas y sucias ropas sacerdotales y una vez en la cámara del concilio, me colocaron en el trono que había ocupado en vida. De este modo lo hicieron, al abrigo de la inquietud de conciencia religiosa que ocasionaban los ingresos suntuosos. Irresistible atracción para cualquier pandilla de salteadores. Tan frágil era el himen que separaba al espíritu del dominio temporal, que a la menor tentación se desgraciaba la virtud. Y allí mismo, en el palacio de Letrán, se cubrió con mugrientos harapos lo que había acontecido el día de mi Sacra Possessio. El tañer de badajos en las campanas marcó el recuerdo.
Todas las casas de la ruta fueron adornadas con ramos y coronas de arrayán y laurel; colgaduras y gallardetes de terciopelo y oro. Sobre el pavimento se había extendido una capa tan gruesa de boje y mirto, que la inacabable procesión pasó en un curioso silencio, levantando una nube de perfume. Lanceros a caballo encabezaban la columna. Les seguían las familias de los cardenales. Detrás, las banderas de Roma, luego los pendones de la Santa Sede. Una recua de mulas blancas de los establos papales era conducida por jóvenes caballerizos de la corte, vestidos con túnicas de sedas rojas bordadas de armiño. Después, el tránsito seglar y el militar dieron paso, entre vítores admirativos de la voceadora multitud, al clero, el que llegó como un río sagrado de aguas negras, violetas y escarlata. Pisándoles los talones venían los escribientes y abogados, entre los que se hallaba ése, quien ahora justificaba la hipócrita equidad del Sacro Colegio. Las sotanas arrugadas, al contacto de unas y otras, sonaban como un viento suave y delicado, en un esplendor de palios dorados, que uniformaban en una sola corriente, ya lo dije, la justificación de la Iglesia. Después los cardenales, cabalgaban sobre aquella tarde desgranando las cuentas del rosario. Algún día un desfile superior sería por ellos, pensaban todos. Y por último yo, montado en un semental árabe; una gigantesca criatura blanca adornada con bozales persas y arropada con un ancho manto de tisú. Con riendas de topacio y estribos de oro y plata... y a mi paso los súbditos del imperio caían de rodillas en adoración desenfrenada, para besar, golosamente, los pliegues de mi vestido talar. Ahora enjuiciaban a quien en otro tiempo adularon y aclamaron.
Máximo Condotti, sin dejarse conmover por la sustancia melancólica de mis taladrados ojos, presidía con su calvicie aquel insensato tribunal. Los demás cardenales, en silencio, prestaron atención a Máximo, quien acrecido en figura por la adusta tensión de ánimos, justificó, con prodigalidad de gestos, la razón de mi presencia, su odio por mí. Generosidad aquella muy estudiada para resaltar sus arremetidas que habrían de desconcertar a mi propio cadáver.
–“¡Defiéndete!”, me dijo; y al no encontrar respuesta, alzando su brazo como una espada, y sin vanas invocaciones, comenzó su ataque.
-“¡Tu sarcófago acabará por servir de abrevadero a las vacas!”. Esto fue lo último que dijo, luego de una sarta de insultos y amenazas.
Y nadie hubiese esperado que yo respondiera, era un hecho aceptado mi condición de muerto. Las plomadas de los latigazos descendieron sobre mi cuerpo, ahora desnudo, después de que el concilio decidió condenarlo, obedientemente. Mis nalgas y espalda comenzaron a sangrar por entre los flecos de la piel. La fragancia de la muerte con su bruma de frío piadoso, se hizo presente de nuevo. De mi mano derecha, los tres dedos usados para dar la bendición me fueron arrancados. El último secreto del féretro voló sobre mis vértebras. Mis brazos atados, juntos, al nivel de las muñecas, mantuvieron mi cuerpo en actitud de súplica. Fue, en ese instante, cuando mi rostro comenzó a jadear (hecho que pasó, por cierto, totalmente inadvertido). Las curtidas ligaduras continuaron atravesando mi espalda; el temple de las correas impulsaba mi humanidad.
De súbito, el aleteo de las togas cardenalicias estremeció al centenar de curiosos y familiares llorosos que había en la sala. Soeces comentarios rodaron por el piso. Los rostros, al sentirse salpicados por el rocío de sangre, como si expiasen muchas culpas, recurrieron a la inquisitiva necesidad de santiguarse repetidas veces. A mi abogado, el que, hasta ese momento, se había mantenido en conveniente silencio, haciendo mutis, al ver el desencadenado sobresalto que provocó en los parroquianos mi reacción, le oí pronunciar algunas obscenidades.
¡Es que Máximo quiso llegar demasiado lejos! Por considerar una afrenta que mi cuerpo se desangrara, y además salpicara sus vestidos, ordenó a sus verdugos, sólo como anticipo, que, allí mismo, bajo la bóveda del pórtico, colgado por los pies, fuese torturado con el cauterio de un tizón. Ahí sí que ya no aguanté más. Y detrás del grito enloquecido de mi voz, para detener este último atropello, se oyeron también las exclamaciones aterradas de la muchedumbre, e, incluso, las del mismo Máximo Condotti quien, asustado, comenzó a abjurar de sus creencias.
-“¡Máximo Condotti, maldito Máximo Condotti!, ¡mal rayo te parta, y que... Dios me perdone!”, le grité, melodramático y zurrado.
-“No contento con haber manchado mi memoria y mis acciones; no contento con vejar mi cuerpo, ya muerto, hasta el límite de la tortura, ahora quieres también deslustrar mi dignidad episcopal y el respeto que por esas partes tuve en vida, y las que estoy dispuesto a defender aun después de muerto. ¡Y aquí no seré yo quien ponga la otra mejilla! Este que veis aquí no permitirá tal cosa. Porque entre signos de la cruz y putrefactas aguas benditas, mis nalgas no saldrán chamuscadas”.
A estas palabras tan elocuentes, como enardecidas, siguieron empellones, gritos y ayes atosigados; sillas, mesas y todo aquello que había en la sala, objetos y hombres, chocaban entre sí. Formaban distintas figuras por aquel espacio. El vino desparramado (in vino veritas), menos denso que la sangre, acentuaba las manchas rojas, haciéndolas aparecer en los pisos y las paredes, como signos del final de los tiempos. Algunos aprovecharon el tumulto para adueñarse de todo lo precioso que había; vírgenes inconscientes aguardaban la posibilidad de un ultraje milagroso. Otros, como en pena, entre llantos, terminaron aferrándose a las columnas con los ojos cerrados a la espera del castigo divino: -“¡Summun jus, summa injuria!". "¡Pax vobis!, ¡pax vobis!".
Con la estrepitosa desbandada quedó el escenario lleno de cadáveres y mal heridos. Todos los cardenales volaron, algunos desplumados, a juzgar por las togas regadas en el piso. Yo enjugaba, para entonces, mis primeras lágrimas. El cielo, mientras tanto, se fue despejando en brevedades grises, y del horizonte, como erizadas torres, brotaban, al borde de la niebla, montañas puntiagudas cual catedrales enterradas.
Sentí al instante que mi cuerpo empezaba a dormírseme, para siempre. Volvía a refugiarme en las grietas de las colinas romanas, a seguir gimiendo mi llanto, pero esta vez un llanto heroico, sin embargo; un llanto producto de la doble muerte. Volvía a deambular con los perfiles espectrales, a buscar entre las cenizas que el viento de la noche le arranca a la vida, a aullar en acecho de los despojos del mundo. ¡Volvía otra vez!, ¡sí, volvía!, pero no sin antes recordarle la madre a Máximo Condotti, a ese hijo de puta, quien huyó como un cobarde, dejando sobre el piso, entre cagarrutas menores, el hedor vejatorio de las heces gigantes de un gran Pájaro Rojo.
Fuente: Todo el Tiempo en La memoria. Rafael Simón Hurtado. 1996. Premio Municipal de Literatura “Ciudad de Valencia”, Venezuela.
"Verdaderamente, no podemos servir a Dios y a Mammon al mismo tiempo; no podemos estar con un pie en el Cielo y otro en la• Tierra".Giovanni de 'Mussi Crónica de Piacenza, h. 1350.
Bajo los hilos de la lluvia, los vericuetos del mercado aparecían surcados por las huellas que en el barro dejaban las carretas. Las telas de los abrigos comenzaban a empaparse y a deshilacharse en hebras de agua; destilaban, destilaban y olían a establo. El humo de lo sahumado dentro de las casas se filtraba por las rendijas de las ventanas y llegaba hasta mí como asordinado murmullo; y ante el inesperado suceso, no sólo fueron las calles anegadas o el cieno en mazo, salpicado sobre portones, ventanas y muros por el andar de carruajes y animales lo que perturbó el paso de mi cadáver desenterrado. Mi desasosiego se produjo al verme retornar del sepulcro a bordo de una balsa propicia para las charcas. Sobre sus hombros, en ataúd, cuatro soldados me llevaban. Sus cuatro cascos, ataviados con plumas, flotaban presuntuosamente por entre el pregón de los verduleros ambulantes, y aquellos que, al igual que los soldados, transportaban cadáveres, pero de pollos y cerdos.
Los cielos de agua habían pintado el camino de regreso al palacio, y entre los difuminos de acuarelas muy limpias se desdibujaba el contorno de iglesias y castillos. La humedad desfiguraba en tonos de plata las escalinatas y el empedrado de algunas calles; y desde el embaldosado de las plazas, los reflejos del moho en la sombra saltaban ante la vista como brumosas manchas de animales marítimos.
“Chas-chas”, hacía el calzado. –“¡Abran paso!, ¡abran paso!”, vociferaban los soldados. Y yo, entre murmullos, hollejo en la caja, acusaba recibo de las transacciones que, en monedas de oro, enmarcaban los comentarios.
–“¡Este muerto debe ser personaje importante -tomándome en cuenta, murmuraba el común-, cristiano y además mártir, porque lo regresan del cementerio!”. –“Pero no es acción digna de creyentes, aunque guerreros”. Y, a pesar de que ningún problema moral solía distraer el vocingleo en los ventorrillos, los susurros apurados por el asombro dejaban entrever que, aun en contra del criterio vulgarmente aceptado, los muertos pueden ser peligrosos.
La brisa se iba y retornaba, y con cada vuelta se renovaba de nuevos matices: de los olores vegetales de las verduras en los tinglados; de los perejiles, de las coles y los cebollines; de los ajos, que daban a las salsas de las fritangas el mérito de sabores poco sagrados; aromas que se confundían con el canto de los gallos, que, espueludos y afeitados, desde los redondeles de lidia, acrecentaban con su alboroto el clamor del mercado.
Despertaba a la misma escena durante siglos repetida. Los mismos signos de miseria. Roma golpeando sus formas; azotes para dejarse desangrar. Crucificándose en augurios, en desechos. Con su topografía concluida en estricto orden imperial. Fluyendo ambiciosa desde las cejas divinas de Marte, Júpiter o el mismísimo Dios. Se explicaban entonces ciertos calificativos, como aquel de ¡hijos de malamadre!, que arrostraban a los soldados los que aherrojados en picota aguardaban, en plena plaza pública, al verdugo. Efebos de casas clandestinas que, por su amor contranatura con magistrados absueltos, se verían expuestos, esta vez, a un falo de hierro, el que se ensañaría sobre sus piernas, brazos y espaldas, para conjurar, ¡quién sabe!, un cargo de conciencia. Más allá, andamios repletos de cestas a medio tejer; allí también, hacinados, elíxires, yerbas y toda clase de menjunjes utilizados para devolver la pasión a los ancianos. Mi funeral procesión, como puede observarse, regresaba de la tumba sin responso, ofrendas ni réquiem, sólo entre las voces que, desde las casas y los tenduchos, con sorpresa, anunciaban su mercancía.
Y tras la agudeza dialéctica y el chismorreo común de los pregoneros, las mujeres procaces endilgaban una mirada lasciva al redundante chasquido de las sandalias imperiales. Calzados aquellos conscientes de la mezcla primaveral en los tenderetes y del olor adolescente de las vírgenes que, en los cubículos trashumantes, se convertían en mujeres mercenarias. Porque ellos eran soldados, soldados de la Iglesia. Hombres fuertes, duros para el sufrimiento, y aunque disciplinados, hombres, dije. Así también capaces de abdicar a sus obligaciones cuando, por tentaciones mundanas, aquellas se hacen una carga difícil de llevar.
La ciudad pontificia, con mi muerte, había quedado acéfala. Un vasto testimonio de regocijo, demostrado con el júbilo de una salva de carcajadas, había llenado el rostro de Máximo Condotti, exteriorizado, además, con palabras que, por mi condición eclesial, no me permito repetir. Y fue por ello que, en una exaltación mental bastante parecida a la embriaguez, después de varios intentos fallidos, realizados con el ánimo de encubrir, primero en vida, mi leyenda, con actos de marcada blasfemia, utilizando el magnetismo que irradiaba su presencia, el cardenal Máximo Condotti había ideado un último plan, el más codicioso, quizás; el que le permitiría, a través de la imitación ridícula de un proceso legal post-mortem, colocarse sobre las sienes la tiara pontifical. Y es verdad, coraje no le faltó. Desde el momento de planearlo, se lo estuvo relamiendo de gusto. –“¡Ay, Máximo, cómo no ibas a ser tu!”.
Cuando su madre decidió concebirlo, los burdeles perdieron la entusiasta alegría de otros tiempos, el esplendor venéreo, ya que no obstante lo firme de las creencias de Abidonia, -¡tu madre!-, su ancho y bajo trasero había servido para mantener limpios los pisos de la mancebía. Su padre, gladiador retirado, columbró por ciertos auspicios que en esta confluencia sería engendrado el Salvador de Roma, aquél que habría de invocar la grandeza y la integridad del imperio. ¡Mal augurio! Por poco lo acaba. Es por ello que no podía ser otro el que ahora pretendía juzgar lo que en aquella tumba encontraron de mis restos.
Tenía que ser él, precisamente él. El mismo que se ufanaba de poseer ¡tanta fe cristiana! (la misma fe cristiana de tu madre), que luego la olvidaba en los vestidores de las termas, y quien, además, debía sus pronunciados labios leporinos a las tetas hechiceras que lo amamantaron.
Y fue así, con una sonrisa vulgar modelada para siempre en su rostro, como se perfiló en la penumbra de la historia con epítetos tan feroces que ni siquiera los siglos han logrado borrar. En su opinión, solía expresar con sarcasmo, era imposible, por definición práctica o teórica, diferenciar la Iglesia del Papa: ambos eran la misma cosa. Y por eso, desde el día de mi muerte, acezando, había avanzado, sin detenerse, alumbrado por una lámpara mortecina, a demostrar a sus enemigos, vivos o muertos, la fuerza sobrenatural de sus acciones. Ahora ascendía, acudido por alegatos de sangre y bandadas de frailes juramentados en aquelarres de ermita, por rígido escalafón de injurias y homicidios, hacia el trono pontificio. Pero le había surgido un obstáculo, la facción del Papa que lo había precedido, es decir, la mía, y tenía que degradarla, desprenderla de poder.
Los cuatro soldados ocuparon la mesa más escondida de la taberna. Sobre una cercana colocaron el sarcófago con mis restos indignados. El lugar era de un hereje, promiscuo navegante, quien sobrevivió al naufragio de sus principios, y que al ver el ataúd sobre el mueble de madera, insistió en que debía permanecer fuera.
–“¡Así sean las cenizas de un Papa!”, dijo.
Los cuatro soldados asintieron, y yo, desde mi remoto recinto, sólo alcance a susurrar un ora pronobis.
Enseguida fui desalojado del expendio de vinos y viandas por los mismos que, en sus manos, llevaban las jarras y los platones con la sangre y el cuerpo de Cristo.
Los cuatro soldados comieron pulpo pasado en vinagre y jarrones de vino piche; dudaron de su fe y de sus votos de obediencia, hablaron incoherencias por las emanaciones del licor y sufrieron de la represalia divina con un hipo fastidioso y la pedorrera insinuante de un eunuco sodomita, quien al ver un uniforme atiplaba la voz con invitaciones que no siempre eran tomadas con indiferencia. Una vez que terminaron por ceder ante la excitación del vino, y espoleados por el júbilo tabernario, se abandonaron a perseguir con la mirada, primero, a las jóvenes que con movimientos ondulantes se deslizaban entre las mesas. Momentos después, los cuatro soldados, a las puertas de la taberna, tomaron el féretro y, colocándolo sobre sus ebrias espaldas, atravesaron el patio y allí, entre el heno del establo, me dejaron, mientras ellos, ahora que podían, introducían sus escudos, cascos, lanzas, petos, rodillas, cabezas, codos y señales de la cruz en los agujeros que les habían ofrecido el eunuco y un trío de pendangas.
El juicio no constituyó un simple trámite, como bien pudiera creerse. Las bisagras del palacio de Letrán chirriaron atraídas por las sombras a la llegada de los cuatro soldados embriagados, pero satisfechos. Sus largos corredores, entibiados por el calor proveniente de las vasijas donde ardía incienso, resonaron como martillazos en la costra dura de las bóvedas. “¡Crucifixión!", pensé. –“Ecce agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi”, murmuraron desde sus nidos todos los cardenales. –“Domine non sum dignus ut intres sub tectum meum”, completaron en un gran cántico que terminó por perderse tras el chas-chas salmodiado y repetido de los soldados. –“Requiescat in pace, misereatur tui omnipotens Deus, et dimissis peccatis tuis, perducat te ad vitam aeternam”. Y un cardenal ebrio, en lo que fue casi un lamento, bostezó un amén sin destino, abandonando su eco al sarcasmo de los otros cardenales.
Las velas y las lámparas iban estirando los reflejos. Las nociones de mi viaje se fueron perdiendo en aquellas penumbras especiales, en aquellas formas hechas con mármoles y destellos divinos. Sobre las cornisas de arquitecturas imprecisas, los ángeles habían propuesto altares con los desechos del último sínodo. Las cúpulas conducían las voces como altavoces, por lo que el menor ruido o murmullo redundaba en aquel ámbito. Estábamos, ya, en la Madre; subiendo escaleras, bajando escaleras, recorriendo galerías, corredores y pasillos, siendo observados por el ojo ciego de la fe, en una tentativa de institucionalizar los juicios a los papas, cuyas almas ya poseían su propia mortaja.
El juicio no constituyó un simple trámite, eso dije. Me extrajeron de la urna, me vistieron de nuevo con unas raídas y sucias ropas sacerdotales y una vez en la cámara del concilio, me colocaron en el trono que había ocupado en vida. De este modo lo hicieron, al abrigo de la inquietud de conciencia religiosa que ocasionaban los ingresos suntuosos. Irresistible atracción para cualquier pandilla de salteadores. Tan frágil era el himen que separaba al espíritu del dominio temporal, que a la menor tentación se desgraciaba la virtud. Y allí mismo, en el palacio de Letrán, se cubrió con mugrientos harapos lo que había acontecido el día de mi Sacra Possessio. El tañer de badajos en las campanas marcó el recuerdo.
Todas las casas de la ruta fueron adornadas con ramos y coronas de arrayán y laurel; colgaduras y gallardetes de terciopelo y oro. Sobre el pavimento se había extendido una capa tan gruesa de boje y mirto, que la inacabable procesión pasó en un curioso silencio, levantando una nube de perfume. Lanceros a caballo encabezaban la columna. Les seguían las familias de los cardenales. Detrás, las banderas de Roma, luego los pendones de la Santa Sede. Una recua de mulas blancas de los establos papales era conducida por jóvenes caballerizos de la corte, vestidos con túnicas de sedas rojas bordadas de armiño. Después, el tránsito seglar y el militar dieron paso, entre vítores admirativos de la voceadora multitud, al clero, el que llegó como un río sagrado de aguas negras, violetas y escarlata. Pisándoles los talones venían los escribientes y abogados, entre los que se hallaba ése, quien ahora justificaba la hipócrita equidad del Sacro Colegio. Las sotanas arrugadas, al contacto de unas y otras, sonaban como un viento suave y delicado, en un esplendor de palios dorados, que uniformaban en una sola corriente, ya lo dije, la justificación de la Iglesia. Después los cardenales, cabalgaban sobre aquella tarde desgranando las cuentas del rosario. Algún día un desfile superior sería por ellos, pensaban todos. Y por último yo, montado en un semental árabe; una gigantesca criatura blanca adornada con bozales persas y arropada con un ancho manto de tisú. Con riendas de topacio y estribos de oro y plata... y a mi paso los súbditos del imperio caían de rodillas en adoración desenfrenada, para besar, golosamente, los pliegues de mi vestido talar. Ahora enjuiciaban a quien en otro tiempo adularon y aclamaron.
Máximo Condotti, sin dejarse conmover por la sustancia melancólica de mis taladrados ojos, presidía con su calvicie aquel insensato tribunal. Los demás cardenales, en silencio, prestaron atención a Máximo, quien acrecido en figura por la adusta tensión de ánimos, justificó, con prodigalidad de gestos, la razón de mi presencia, su odio por mí. Generosidad aquella muy estudiada para resaltar sus arremetidas que habrían de desconcertar a mi propio cadáver.
–“¡Defiéndete!”, me dijo; y al no encontrar respuesta, alzando su brazo como una espada, y sin vanas invocaciones, comenzó su ataque.
-“¡Tu sarcófago acabará por servir de abrevadero a las vacas!”. Esto fue lo último que dijo, luego de una sarta de insultos y amenazas.
Y nadie hubiese esperado que yo respondiera, era un hecho aceptado mi condición de muerto. Las plomadas de los latigazos descendieron sobre mi cuerpo, ahora desnudo, después de que el concilio decidió condenarlo, obedientemente. Mis nalgas y espalda comenzaron a sangrar por entre los flecos de la piel. La fragancia de la muerte con su bruma de frío piadoso, se hizo presente de nuevo. De mi mano derecha, los tres dedos usados para dar la bendición me fueron arrancados. El último secreto del féretro voló sobre mis vértebras. Mis brazos atados, juntos, al nivel de las muñecas, mantuvieron mi cuerpo en actitud de súplica. Fue, en ese instante, cuando mi rostro comenzó a jadear (hecho que pasó, por cierto, totalmente inadvertido). Las curtidas ligaduras continuaron atravesando mi espalda; el temple de las correas impulsaba mi humanidad.
De súbito, el aleteo de las togas cardenalicias estremeció al centenar de curiosos y familiares llorosos que había en la sala. Soeces comentarios rodaron por el piso. Los rostros, al sentirse salpicados por el rocío de sangre, como si expiasen muchas culpas, recurrieron a la inquisitiva necesidad de santiguarse repetidas veces. A mi abogado, el que, hasta ese momento, se había mantenido en conveniente silencio, haciendo mutis, al ver el desencadenado sobresalto que provocó en los parroquianos mi reacción, le oí pronunciar algunas obscenidades.
¡Es que Máximo quiso llegar demasiado lejos! Por considerar una afrenta que mi cuerpo se desangrara, y además salpicara sus vestidos, ordenó a sus verdugos, sólo como anticipo, que, allí mismo, bajo la bóveda del pórtico, colgado por los pies, fuese torturado con el cauterio de un tizón. Ahí sí que ya no aguanté más. Y detrás del grito enloquecido de mi voz, para detener este último atropello, se oyeron también las exclamaciones aterradas de la muchedumbre, e, incluso, las del mismo Máximo Condotti quien, asustado, comenzó a abjurar de sus creencias.
-“¡Máximo Condotti, maldito Máximo Condotti!, ¡mal rayo te parta, y que... Dios me perdone!”, le grité, melodramático y zurrado.
-“No contento con haber manchado mi memoria y mis acciones; no contento con vejar mi cuerpo, ya muerto, hasta el límite de la tortura, ahora quieres también deslustrar mi dignidad episcopal y el respeto que por esas partes tuve en vida, y las que estoy dispuesto a defender aun después de muerto. ¡Y aquí no seré yo quien ponga la otra mejilla! Este que veis aquí no permitirá tal cosa. Porque entre signos de la cruz y putrefactas aguas benditas, mis nalgas no saldrán chamuscadas”.
A estas palabras tan elocuentes, como enardecidas, siguieron empellones, gritos y ayes atosigados; sillas, mesas y todo aquello que había en la sala, objetos y hombres, chocaban entre sí. Formaban distintas figuras por aquel espacio. El vino desparramado (in vino veritas), menos denso que la sangre, acentuaba las manchas rojas, haciéndolas aparecer en los pisos y las paredes, como signos del final de los tiempos. Algunos aprovecharon el tumulto para adueñarse de todo lo precioso que había; vírgenes inconscientes aguardaban la posibilidad de un ultraje milagroso. Otros, como en pena, entre llantos, terminaron aferrándose a las columnas con los ojos cerrados a la espera del castigo divino: -“¡Summun jus, summa injuria!". "¡Pax vobis!, ¡pax vobis!".
Con la estrepitosa desbandada quedó el escenario lleno de cadáveres y mal heridos. Todos los cardenales volaron, algunos desplumados, a juzgar por las togas regadas en el piso. Yo enjugaba, para entonces, mis primeras lágrimas. El cielo, mientras tanto, se fue despejando en brevedades grises, y del horizonte, como erizadas torres, brotaban, al borde de la niebla, montañas puntiagudas cual catedrales enterradas.
Sentí al instante que mi cuerpo empezaba a dormírseme, para siempre. Volvía a refugiarme en las grietas de las colinas romanas, a seguir gimiendo mi llanto, pero esta vez un llanto heroico, sin embargo; un llanto producto de la doble muerte. Volvía a deambular con los perfiles espectrales, a buscar entre las cenizas que el viento de la noche le arranca a la vida, a aullar en acecho de los despojos del mundo. ¡Volvía otra vez!, ¡sí, volvía!, pero no sin antes recordarle la madre a Máximo Condotti, a ese hijo de puta, quien huyó como un cobarde, dejando sobre el piso, entre cagarrutas menores, el hedor vejatorio de las heces gigantes de un gran Pájaro Rojo.
Fuente: Todo el Tiempo en La memoria. Rafael Simón Hurtado. 1996. Premio Municipal de Literatura “Ciudad de Valencia”, Venezuela.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
Crucifixión (relato)
"Noli me tangere" ("No me toques"). Tiziano,1512.
“El único de los discípulos que no huyó después del prendimiento de Jesús fue María Magdalena, la mujer que ahora llora y besa sus pies recostada al madero de la Cruz”.
Miguel Otero Silva
Culminado el aniquilamiento, abandonado, solo; lacerado y repudiado, volvió la cara para encontrarse con el sueño. Por la señal de la Santa Cruz, y el cabello y las barbas caen sobre el rostro y el pecho. El hombre se tumba de bruces. Los guardias se acercan, atándole las manos a la espalda, y alrededor de los tobillos, una soga desatada. En la cabeza, una corona le hiere las sienes. La túnica, púrpura y ornada con encajes, desciende en orlas hasta sus pies. Los soldados halan hacia sí, retirándole ampliamente las piernas... Los cuerpos, enemigos, habitados por el espíritu, iluminados, ¡Dios nuestro!, revelados, sorprendidos. ¡Líbranos Señor! El verdugo coloca el poste, afilado, en la entrepierna. Las miradas se exaltan por el entusiasmo, las mejillas se encienden por el amor, las pupilas se dilatan por la beatitud. El verdugo se arrodilla junto al hombre, y en nombre de Dios, hace un tasajo por donde atravesará el poste al cuerpo. La mujer toma su rostro fulminado por el asombro hecho goce y traspasado por el goce hecho asombro, transfigurados los dos por la admiración y rejuvenecidos por el placer, entreabiertos los labios por el éxtasis. El verdugo martilla. A cada golpe el hombre se estremece, irguiéndose a medias, para volver a caer. La mujer le besa el pecho y lo ve tendido con los ojos cerrados. El cuerpo se convulsiona, instintivamente. El verdugo, a cada dos mazazos, examina el poste, y al hombre. Ningún órgano vital debe ser tocado. Después le besa en la boca y siente un inevitable aroma de suavidad que exhala a través de aquellos labios. Al cabo de un tiempo, la piel de la espalda se levanta, levemente. Una incisión, en forma de cruz, le es hecha en ese lugar. La sangre empieza a fluir. El madero alcanza la altura de la oreja derecha. El rostro se hincha, los ojos se asombran, los párpados se aquietan, la boca se contrae, los dientes... Imposible controlar aquella máscara. Sin embargo, el corazón late. La mujer se lleva la mano derecha, los dedos índice y pulgar en cruz, hasta la frente. Lo observa, envuelto en sábanas y luego posa su mejilla contra la mejilla de Él y acerca su mano y lo aprieta contra ella. Cristo reconoce la caricia con una sonrisa, y despierta.
Fuente: Todo el Tiempo en la Memoria.. Rafael Simón Hurtado. 1996.
“El único de los discípulos que no huyó después del prendimiento de Jesús fue María Magdalena, la mujer que ahora llora y besa sus pies recostada al madero de la Cruz”.
Miguel Otero Silva
Culminado el aniquilamiento, abandonado, solo; lacerado y repudiado, volvió la cara para encontrarse con el sueño. Por la señal de la Santa Cruz, y el cabello y las barbas caen sobre el rostro y el pecho. El hombre se tumba de bruces. Los guardias se acercan, atándole las manos a la espalda, y alrededor de los tobillos, una soga desatada. En la cabeza, una corona le hiere las sienes. La túnica, púrpura y ornada con encajes, desciende en orlas hasta sus pies. Los soldados halan hacia sí, retirándole ampliamente las piernas... Los cuerpos, enemigos, habitados por el espíritu, iluminados, ¡Dios nuestro!, revelados, sorprendidos. ¡Líbranos Señor! El verdugo coloca el poste, afilado, en la entrepierna. Las miradas se exaltan por el entusiasmo, las mejillas se encienden por el amor, las pupilas se dilatan por la beatitud. El verdugo se arrodilla junto al hombre, y en nombre de Dios, hace un tasajo por donde atravesará el poste al cuerpo. La mujer toma su rostro fulminado por el asombro hecho goce y traspasado por el goce hecho asombro, transfigurados los dos por la admiración y rejuvenecidos por el placer, entreabiertos los labios por el éxtasis. El verdugo martilla. A cada golpe el hombre se estremece, irguiéndose a medias, para volver a caer. La mujer le besa el pecho y lo ve tendido con los ojos cerrados. El cuerpo se convulsiona, instintivamente. El verdugo, a cada dos mazazos, examina el poste, y al hombre. Ningún órgano vital debe ser tocado. Después le besa en la boca y siente un inevitable aroma de suavidad que exhala a través de aquellos labios. Al cabo de un tiempo, la piel de la espalda se levanta, levemente. Una incisión, en forma de cruz, le es hecha en ese lugar. La sangre empieza a fluir. El madero alcanza la altura de la oreja derecha. El rostro se hincha, los ojos se asombran, los párpados se aquietan, la boca se contrae, los dientes... Imposible controlar aquella máscara. Sin embargo, el corazón late. La mujer se lleva la mano derecha, los dedos índice y pulgar en cruz, hasta la frente. Lo observa, envuelto en sábanas y luego posa su mejilla contra la mejilla de Él y acerca su mano y lo aprieta contra ella. Cristo reconoce la caricia con una sonrisa, y despierta.
Fuente: Todo el Tiempo en la Memoria.. Rafael Simón Hurtado. 1996.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Alexander Tsiaras: El arte de la proyección de imagen (reportaje)
Figura aborigen, pintada en la piedra, como si fuese una radiografía. 6000 a. de C. Parque Nacional de Kakadu, Australia.ca.
El interior del cuerpo humano es intrincado y complejo. Las leyes naturales que rigen las diversas funciones del cuerpo, en muchos casos, son un enigma, aún para la tecnología y la medicina más avanzada. ¿Qué sucede debajo de la piel de un ser humano?, es un secreto fascinante.
En el pasado distante la estructura interna del cuerpo era cuestión de especulaciones y fantasías, pero sobre todo, de muy escasa investigación. Había solamente insuficientes tentativas de representarlo en bocetos y dibujos. El desarrollo de la investigación anatómica, junto con la invención de la tecnología de la impresión en el siglo XV, ayudó a dar un mayor impulso a la inspiración de artistas en su percepción del cuerpo. La anatomía imaginaria progresó, llenándose de detalles, a veces extraños y surrealistas, que expusieron al mundo exterior las entrañas de un universo aún desconocido.
Al principio de la era moderna, entre los 1450 y 1750, la frontera entre el arte y la ciencia no estaban muy bien definidas todavía. Los artistas, y aun los expertos en anatomía, utilizaban formas familiares, cercanas a la naturaleza, a la religión y al arte, para hacer sus descripciones y representaciones.
Jacques Fabien Gautier D’Agoty (1717-1785). Lo grotesco de sus temas, lo rigidez de sus figuras y la excentricidad de la disposición de las partes del cuerpo, conforman algunas de las características con las que este artista se anticipó al modernismo del siglo XX.
Fue entre los años 1680 y 1800 cuando los especialistas en el cuerpo comenzaron a eliminar de sus dibujos científicos, los componentes imaginarios. La confiabilidad de la anatomía demandaba que toda recreación estuviese desprovista de metáforas visuales y paisajes imaginarios. Cada elaboración exigía la reproducción con técnicas de impresión que reflejaran autenticidad, talento artístico, pero sofisticación del conocimiento actualizado en los estudios de la anatomía humana.
De alguna forma, las representaciones del cuerpo hechas en cada época, reflejaban las creencias y convicciones de cada sociedad. Por ejemplo, en la Edad Media los astros influían sobre el cuerpo; en la medicina china la acupuntura puede regular la energía a través de unos puntos que recorren unos canales corporales; las teorías de Vitrubio ayudaron a explicar cómo las proporciones del cuerpo humano sirvieron para construir el ideal de la belleza; las lecciones de anatomía de Vesalio cambiaron la forma de ver el cuerpo humano en el siglo XVI dentro de la medicina científica; y a principios del siglo XX, Fritz Kahn produjo una sucesión de libros en los que reproducía el funcionamiento interno del cuerpo humano, mediante el dibujo de las metáforas visuales propias de la nueva sociedad industrial -plantas de fabricación, motores de combustión interna, refinerías, dinamos, teléfonos, etc.
La visualización de Fritz Kahn (1888-1968) del cuerpo como planta química fue concebida en un período en que la industria química alemana era el mundo más avanzado. 1926.
En la actualidad los científicos y los nuevos artistas ofrecen unos panoramas ignorados de nuestro cuerpo interior. Valiéndose de simuladores avanzados, ecografías de alta tecnología y reconstrucciones computarizadas, han permitido el seguimiento de un ser humano a través de la pantalla del computador, por lo que ahora podemos recibir una imagen más auténtica, acabada y hermosa de nuestra estructura interna.
Alexander Tsiaras: Corponauta
Es el caso del artista, científico, y periodista norteamericano, de origen griego, Alexander Tsiaras, quien crea, con los exploradores del cuerpo y los hologramas del láser, las imágenes del cuerpo humano que combinan la descripción científica exacta, con el tacto de la reproducción artística. Las imágenes virtuales no son fotografías, sino visualizaciones obtenidas con cámaras diseñadas por el Tsiaras, que permiten aislar e iluminar diferentes partes del cuerpo, desde órganos hasta células.
Tsiaras es el actual presidente de la Sociedad Anatomical Travelogue, en los Estados Unidos. Trabaja desde hace veinte años en los ámbitos de la medicina, la investigación y el arte, en los que ha adquirido una reputación mundial como periodista, fotógrafo, artista y escritor.
Las imágenes virtuales no son fotografías, según lo expresado por el propio Tsiaras, sino visualizaciones obtenidas con cámaras diseñadas por él, que posibilitan el aislamiento e iluminación de diferentes partes del cuerpo, mostrando con gran nitidez por las altas resoluciones de los equipos, desde el más complejo órgano hasta la célula más diminuta, como las publicadas en su libro La arquitectura y diseño del hombre y la mujer: la maravilla del cuerpo humano revelado.
Junto a un equipo de especialistas formados en el área -50 programadores, biólogos, investigadores y expertos en visualización médica-, Tsiaras ha desarrollado técnicas para crear visualizaciones informáticas del cuerpo humano. Usando tecnología sofisticada e innovadora de proyección de imagen, la complejidad de los datos del cuerpo, se transforma en información accesible y bella, con la cual se alcanza la transmisión de un conocimiento a través de una sofisticada narrativa visual.
El proceso de la proyección de la imagen comienza con exploraciones humanas reales de MRIs, de CTs y de ultrasonidos. Son fotos planas, de dos dimensiones, que luego se convierten a digital y se vuelven a montar para producir imágenes tridimensionales. En una combinación de arte y ciencia, las exploraciones, los microscopios de gran alcance, las herramientas que modelan moléculas, una cámara fotográfica especial y el volumen que se obtiene a través del software, se pueden “pintar” las imágenes que ofrecen a los espectadores una mirada al interior del cuerpo humano.
Más de 99 por ciento de los vasos sanguíneos en el cuerpo son tubos capilares, no obstante transportan menos del cinco por ciento de la sangre.
El viaje es inigualable. “La muestra de imágenes, dice Tsiaras, puede narrar la historia sobre el corazón, la salud cardiovascular y las estrategias para alcanzar una vida sana. Acompañar al cuerpo humano, en un viaje que va desde la concepción hasta el nacimiento y la edad adulta, sirve para aprender cómo factores genéticos, de comportamiento y ambientales, afectan el sistema cardiovascular durante el curso de la vida”, dice.
Sus trabajos han sido objeto de numerosos programas de televisión, y han recibido cobertura periodística en revistas como Life, Nueva York Times Revista, Smithsonian, Discover, Geo, y el London Times Revista. Asimismo, importantes instituciones científicas de los Estados Unidos, como el Instituto Nacional para la Salud, el Museo Nacional de la Salud y la Medicina, el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas y la Escuela Superior de Medicina de Nueva York, han dado el respaldo para la realización de su trabajo. Tsiaras, además, dicta regularmente conferencias en convenios médicos en todo el mundo.
La imagen del hombre
De procedencia griega, Alexander Tsiaras fue educado en la fe ortodoxa de su país natal, y seguramente estas condiciones hayan influido en el producto de su labor. En cuanto a su origen, es indudable que el privilegio de la imagen de la cultura griega ha dejado una impronta difícil de evadir.
No hay que olvidar que el humanismo griego ha exaltado al hombre como “medida de todas las cosas”. El hombre griego se concebía como la máxima de las creaciones y su capacidad para razonar como la mejor de sus cualidades. El filósofo Anaxágoras pensaba que el universo era regido por una mente suprema que impuso el orden al caos de la naturaleza, y que el hombre, a través del pensamiento, de manera semejante, podría imponer el orden en los asuntos humanos. “El mundo está lleno de maravillas -cantaba Sófocles-, pero nada es tan maravilloso como el propio hombre”. Así, los griegos construían monumentos para honrar a sus dioses, para conmemorar victorias, para registrar ritos religiosos, pero lo que siempre representaban era al hombre.
Tsiaras considera sus trabajos verdaderas pinturas de la anatomía humana generadas mediante imágenes en 3 dimensiones.
La segunda condición para Tsiaras, está referida a su formación religiosa. En ella, la iconografía se convierte en un instrumento fundamental en la argumentación de la existencia, pieza clave para entender el desarrollo del proceso del morir entre los griegos, de un modo en ocasiones libre de las barreras mentales que erige el lenguaje escrito. La inmediatez de la comprensión del lenguaje pictórico es, por tanto, una de las cartas que llevan a que podamos entender el privilegio de la documentación, los análisis y las argumentaciones que Tsiaras desarrolla en su trabajo.
El interior del cuerpo humano es intrincado y complejo. Las leyes naturales que rigen las diversas funciones del cuerpo, en muchos casos, son un enigma, aún para la tecnología y la medicina más avanzada. ¿Qué sucede debajo de la piel de un ser humano?, es un secreto fascinante.
En el pasado distante la estructura interna del cuerpo era cuestión de especulaciones y fantasías, pero sobre todo, de muy escasa investigación. Había solamente insuficientes tentativas de representarlo en bocetos y dibujos. El desarrollo de la investigación anatómica, junto con la invención de la tecnología de la impresión en el siglo XV, ayudó a dar un mayor impulso a la inspiración de artistas en su percepción del cuerpo. La anatomía imaginaria progresó, llenándose de detalles, a veces extraños y surrealistas, que expusieron al mundo exterior las entrañas de un universo aún desconocido.
Al principio de la era moderna, entre los 1450 y 1750, la frontera entre el arte y la ciencia no estaban muy bien definidas todavía. Los artistas, y aun los expertos en anatomía, utilizaban formas familiares, cercanas a la naturaleza, a la religión y al arte, para hacer sus descripciones y representaciones.
Jacques Fabien Gautier D’Agoty (1717-1785). Lo grotesco de sus temas, lo rigidez de sus figuras y la excentricidad de la disposición de las partes del cuerpo, conforman algunas de las características con las que este artista se anticipó al modernismo del siglo XX.
Fue entre los años 1680 y 1800 cuando los especialistas en el cuerpo comenzaron a eliminar de sus dibujos científicos, los componentes imaginarios. La confiabilidad de la anatomía demandaba que toda recreación estuviese desprovista de metáforas visuales y paisajes imaginarios. Cada elaboración exigía la reproducción con técnicas de impresión que reflejaran autenticidad, talento artístico, pero sofisticación del conocimiento actualizado en los estudios de la anatomía humana.
De alguna forma, las representaciones del cuerpo hechas en cada época, reflejaban las creencias y convicciones de cada sociedad. Por ejemplo, en la Edad Media los astros influían sobre el cuerpo; en la medicina china la acupuntura puede regular la energía a través de unos puntos que recorren unos canales corporales; las teorías de Vitrubio ayudaron a explicar cómo las proporciones del cuerpo humano sirvieron para construir el ideal de la belleza; las lecciones de anatomía de Vesalio cambiaron la forma de ver el cuerpo humano en el siglo XVI dentro de la medicina científica; y a principios del siglo XX, Fritz Kahn produjo una sucesión de libros en los que reproducía el funcionamiento interno del cuerpo humano, mediante el dibujo de las metáforas visuales propias de la nueva sociedad industrial -plantas de fabricación, motores de combustión interna, refinerías, dinamos, teléfonos, etc.
La visualización de Fritz Kahn (1888-1968) del cuerpo como planta química fue concebida en un período en que la industria química alemana era el mundo más avanzado. 1926.
En la actualidad los científicos y los nuevos artistas ofrecen unos panoramas ignorados de nuestro cuerpo interior. Valiéndose de simuladores avanzados, ecografías de alta tecnología y reconstrucciones computarizadas, han permitido el seguimiento de un ser humano a través de la pantalla del computador, por lo que ahora podemos recibir una imagen más auténtica, acabada y hermosa de nuestra estructura interna.
Alexander Tsiaras: Corponauta
Es el caso del artista, científico, y periodista norteamericano, de origen griego, Alexander Tsiaras, quien crea, con los exploradores del cuerpo y los hologramas del láser, las imágenes del cuerpo humano que combinan la descripción científica exacta, con el tacto de la reproducción artística. Las imágenes virtuales no son fotografías, sino visualizaciones obtenidas con cámaras diseñadas por el Tsiaras, que permiten aislar e iluminar diferentes partes del cuerpo, desde órganos hasta células.
Tsiaras es el actual presidente de la Sociedad Anatomical Travelogue, en los Estados Unidos. Trabaja desde hace veinte años en los ámbitos de la medicina, la investigación y el arte, en los que ha adquirido una reputación mundial como periodista, fotógrafo, artista y escritor.
Las imágenes virtuales no son fotografías, según lo expresado por el propio Tsiaras, sino visualizaciones obtenidas con cámaras diseñadas por él, que posibilitan el aislamiento e iluminación de diferentes partes del cuerpo, mostrando con gran nitidez por las altas resoluciones de los equipos, desde el más complejo órgano hasta la célula más diminuta, como las publicadas en su libro La arquitectura y diseño del hombre y la mujer: la maravilla del cuerpo humano revelado.
Junto a un equipo de especialistas formados en el área -50 programadores, biólogos, investigadores y expertos en visualización médica-, Tsiaras ha desarrollado técnicas para crear visualizaciones informáticas del cuerpo humano. Usando tecnología sofisticada e innovadora de proyección de imagen, la complejidad de los datos del cuerpo, se transforma en información accesible y bella, con la cual se alcanza la transmisión de un conocimiento a través de una sofisticada narrativa visual.
El proceso de la proyección de la imagen comienza con exploraciones humanas reales de MRIs, de CTs y de ultrasonidos. Son fotos planas, de dos dimensiones, que luego se convierten a digital y se vuelven a montar para producir imágenes tridimensionales. En una combinación de arte y ciencia, las exploraciones, los microscopios de gran alcance, las herramientas que modelan moléculas, una cámara fotográfica especial y el volumen que se obtiene a través del software, se pueden “pintar” las imágenes que ofrecen a los espectadores una mirada al interior del cuerpo humano.
Más de 99 por ciento de los vasos sanguíneos en el cuerpo son tubos capilares, no obstante transportan menos del cinco por ciento de la sangre.
El viaje es inigualable. “La muestra de imágenes, dice Tsiaras, puede narrar la historia sobre el corazón, la salud cardiovascular y las estrategias para alcanzar una vida sana. Acompañar al cuerpo humano, en un viaje que va desde la concepción hasta el nacimiento y la edad adulta, sirve para aprender cómo factores genéticos, de comportamiento y ambientales, afectan el sistema cardiovascular durante el curso de la vida”, dice.
Sus trabajos han sido objeto de numerosos programas de televisión, y han recibido cobertura periodística en revistas como Life, Nueva York Times Revista, Smithsonian, Discover, Geo, y el London Times Revista. Asimismo, importantes instituciones científicas de los Estados Unidos, como el Instituto Nacional para la Salud, el Museo Nacional de la Salud y la Medicina, el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas y la Escuela Superior de Medicina de Nueva York, han dado el respaldo para la realización de su trabajo. Tsiaras, además, dicta regularmente conferencias en convenios médicos en todo el mundo.
La imagen del hombre
De procedencia griega, Alexander Tsiaras fue educado en la fe ortodoxa de su país natal, y seguramente estas condiciones hayan influido en el producto de su labor. En cuanto a su origen, es indudable que el privilegio de la imagen de la cultura griega ha dejado una impronta difícil de evadir.
No hay que olvidar que el humanismo griego ha exaltado al hombre como “medida de todas las cosas”. El hombre griego se concebía como la máxima de las creaciones y su capacidad para razonar como la mejor de sus cualidades. El filósofo Anaxágoras pensaba que el universo era regido por una mente suprema que impuso el orden al caos de la naturaleza, y que el hombre, a través del pensamiento, de manera semejante, podría imponer el orden en los asuntos humanos. “El mundo está lleno de maravillas -cantaba Sófocles-, pero nada es tan maravilloso como el propio hombre”. Así, los griegos construían monumentos para honrar a sus dioses, para conmemorar victorias, para registrar ritos religiosos, pero lo que siempre representaban era al hombre.
Tsiaras considera sus trabajos verdaderas pinturas de la anatomía humana generadas mediante imágenes en 3 dimensiones.
La segunda condición para Tsiaras, está referida a su formación religiosa. En ella, la iconografía se convierte en un instrumento fundamental en la argumentación de la existencia, pieza clave para entender el desarrollo del proceso del morir entre los griegos, de un modo en ocasiones libre de las barreras mentales que erige el lenguaje escrito. La inmediatez de la comprensión del lenguaje pictórico es, por tanto, una de las cartas que llevan a que podamos entender el privilegio de la documentación, los análisis y las argumentaciones que Tsiaras desarrolla en su trabajo.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
sábado, 8 de noviembre de 2014
La imagen nómada de las dunas. Muestra fotográfica de José Antonio Rosales (reseña)
Cuando un fotógrafo de arte hace un clic con la cámara toda su sensibilidad se hace visible: pesa, toca, acaricia, sosteniendo el mundo con los ojos. Su material expresivo es la imagen cargada de significado y corporeidad.
El fotógrafo, en un alarde de técnica y sentimiento, da nueva consistencia a las cosas del mundo real. En el gozo de capturarlas pone en medio, entre la realidad y la percepción, la metáfora, ese camaleón de la imagen que se mimetiza en un arco iris semántico.
Las metáforas viajan al núcleo del ojo, dan lustre a las formas desgastadas por el uso, arrojan sus redes de asociaciones y unen lo semejante y lo diverso. En el fotógrafo se produce un relámpago de intuiciones que es la llave que abrirá nuestro espíritu a la contemplación de la verdad y belleza que habitan en cada uno de los rincones de lo aparente y lo oculto.
Cuando la imagen da en el blanco, los objetos más comunes, las situaciones más triviales se muestran en toda su complejidad: por el ojo de la aguja del artefacto cotidiano pasan, no sólo el dromedario bíblico, sino árboles erguidos, casas como catedrales y expediciones al mundo invisible.
Esto es lo que se observa en las fotografías de José Antonio Rosales, quien vio en la urbe histórica de Coro, en el estado Falcón, la mirada que no olvida la esbeltez de los campanarios blancos, las paredes azules y rosadas de los conventos y la suavidad de las arenas desplazadas por los vientos.
La mirada de José Antonio Rosales retrató las iglesias, la vegetación en las cúpulas, y las fachadas petrificadas de jardines. Las iglesias le brindaron sus secretos, aunque sin los ritos y misterios de la religión. A la visión de su cámara se le ofreció la comunión de una particular soledad. “Era como estar a la entrada de un túnel con el que se perfora el tiempo”, dice.
En arawaco -lengua indígena- Coro significa “viento”. El mismo viento ancestral que a cualquier hora estalla en los muros rojos, respirando un sol de piedra. Santa Ana de Coro, que es su nombre oficial, fue declarada Monumento Nacional y Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO en 1993, por la belleza de su arquitectura colonial que, impecable y escultórica- rezuma las virtudes del pasado.
Coro, o Santa Ana de Coro, fue la primera capital de la Provincia de Venezuela, y fue la segunda ciudad fundada por los españoles en el año de 1527. Las casas en esta ciudad parecen templos y los templos, santuarios que levitan por encima del adormecimiento. Son escenarios para la remembranza espaciosa, aun en medio de sus columnas, arcos y corredores. “Esta visita, dice Rosales, me renovó la piel, por ese viento circular que hurga por encontrar las razones de las continuas agitaciones de nuestro pasado”.
Silencioso y perseverante, anduvo con su cámara por interminables galerías y pasillos, absorbiendo el eco de las paredes restauradas, en una ciudad antigua de piedras. En esta capital los colores se esfuerzan en la memoria y sus encarnaciones, mientras el mediodía estalla en pedazos, en badajos de bronce desde los campanarios, que la cámara de José Antonio junta, para luego verterlos intactos.
Allí están la Casa de las Ventanas de Hierro, el Museo Diocesano, con su arte religioso, y el Museo de Arte de Coro. El Balcón de los Arcaya, edificio de dos pisos que sirve como sede al Museo de Cerámica Histórica y Loza Popular. La Casa de los Soto, que descuella por la fuerza de sus tonos. Desde todos los ángulos, la cruz que corona el campanario de la Catedral, vuela en la mirada. En la iglesia de San Clemente, la Cruz recuerda la madera del cují bajo el cual se celebró la primera misa de la Provincia de Venezuela.
Las reliquias inventan, en la soledumbre, charcos irreales de una luz que se abre en un espacio diáfano. Entre el hacer y el ver, José Antonio Rosales, eligió imágenes para ser habitadas por el lenguaje de los ojos. “Me propongo explorar territorios transitados desde mi propia intimidad, paseándome por parajes públicos, que he visto antes, viéndolos de nuevo”.
En José Antonio Rosales la imagen se acumula en su mirada como las arenas nómadas de las dunas. En él la fotografía es como la acción constante del viento sobre las rocas. El soplo se desplaza constantemente y por un período largo sobre las piedras; hasta partirlas en pedazos muy pequeños para convertirlas en imágenes.
El fotógrafo, en un alarde de técnica y sentimiento, da nueva consistencia a las cosas del mundo real. En el gozo de capturarlas pone en medio, entre la realidad y la percepción, la metáfora, ese camaleón de la imagen que se mimetiza en un arco iris semántico.
Las metáforas viajan al núcleo del ojo, dan lustre a las formas desgastadas por el uso, arrojan sus redes de asociaciones y unen lo semejante y lo diverso. En el fotógrafo se produce un relámpago de intuiciones que es la llave que abrirá nuestro espíritu a la contemplación de la verdad y belleza que habitan en cada uno de los rincones de lo aparente y lo oculto.
Cuando la imagen da en el blanco, los objetos más comunes, las situaciones más triviales se muestran en toda su complejidad: por el ojo de la aguja del artefacto cotidiano pasan, no sólo el dromedario bíblico, sino árboles erguidos, casas como catedrales y expediciones al mundo invisible.
Esto es lo que se observa en las fotografías de José Antonio Rosales, quien vio en la urbe histórica de Coro, en el estado Falcón, la mirada que no olvida la esbeltez de los campanarios blancos, las paredes azules y rosadas de los conventos y la suavidad de las arenas desplazadas por los vientos.
La mirada de José Antonio Rosales retrató las iglesias, la vegetación en las cúpulas, y las fachadas petrificadas de jardines. Las iglesias le brindaron sus secretos, aunque sin los ritos y misterios de la religión. A la visión de su cámara se le ofreció la comunión de una particular soledad. “Era como estar a la entrada de un túnel con el que se perfora el tiempo”, dice.
En arawaco -lengua indígena- Coro significa “viento”. El mismo viento ancestral que a cualquier hora estalla en los muros rojos, respirando un sol de piedra. Santa Ana de Coro, que es su nombre oficial, fue declarada Monumento Nacional y Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO en 1993, por la belleza de su arquitectura colonial que, impecable y escultórica- rezuma las virtudes del pasado.
Coro, o Santa Ana de Coro, fue la primera capital de la Provincia de Venezuela, y fue la segunda ciudad fundada por los españoles en el año de 1527. Las casas en esta ciudad parecen templos y los templos, santuarios que levitan por encima del adormecimiento. Son escenarios para la remembranza espaciosa, aun en medio de sus columnas, arcos y corredores. “Esta visita, dice Rosales, me renovó la piel, por ese viento circular que hurga por encontrar las razones de las continuas agitaciones de nuestro pasado”.
Silencioso y perseverante, anduvo con su cámara por interminables galerías y pasillos, absorbiendo el eco de las paredes restauradas, en una ciudad antigua de piedras. En esta capital los colores se esfuerzan en la memoria y sus encarnaciones, mientras el mediodía estalla en pedazos, en badajos de bronce desde los campanarios, que la cámara de José Antonio junta, para luego verterlos intactos.
Allí están la Casa de las Ventanas de Hierro, el Museo Diocesano, con su arte religioso, y el Museo de Arte de Coro. El Balcón de los Arcaya, edificio de dos pisos que sirve como sede al Museo de Cerámica Histórica y Loza Popular. La Casa de los Soto, que descuella por la fuerza de sus tonos. Desde todos los ángulos, la cruz que corona el campanario de la Catedral, vuela en la mirada. En la iglesia de San Clemente, la Cruz recuerda la madera del cují bajo el cual se celebró la primera misa de la Provincia de Venezuela.
Las reliquias inventan, en la soledumbre, charcos irreales de una luz que se abre en un espacio diáfano. Entre el hacer y el ver, José Antonio Rosales, eligió imágenes para ser habitadas por el lenguaje de los ojos. “Me propongo explorar territorios transitados desde mi propia intimidad, paseándome por parajes públicos, que he visto antes, viéndolos de nuevo”.
En José Antonio Rosales la imagen se acumula en su mirada como las arenas nómadas de las dunas. En él la fotografía es como la acción constante del viento sobre las rocas. El soplo se desplaza constantemente y por un período largo sobre las piedras; hasta partirlas en pedazos muy pequeños para convertirlas en imágenes.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Carlos Granés: Las vanguardias del siglo XX ampliaron las esferas de libertad (reseña)
El escritor colombiano Carlos Granés, Psicólogo y Doctor en Antropología, galardonado con el Premio de Ensayo “Isabel Polanco” por su libro El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales, que concede la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ha sido reconocido por Vargas Llosa como un investigador que ha logrado armar “un fresco completo, animado y lúcido sobre todas las vanguardias artísticas del siglo XX”.
El libro, editado por Editorial Taurus, es el resultado de la experiencia de trabajo obtenida por el autor en la Facultad de Arte de la Universidad “Jorge Tadeo Lozano”, en Bogotá, Colombia, y de su paso académico por la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Berkeley, California.
La inquietud original tuvo su raíz en lo que califica Granés como una razón muy antropológica: “la insatisfacción humana que lleva a hombres y mujeres a buscar la utopía, a dejarse guiar más por fantasías que por realidades, a no conformarse con la imperfección del mundo y a buscar una nueva sociedad, un hombre nuevo. Quería entender ese rasgo humano; quería ver cómo se había manifestado en la política, la religión y el arte”.
El puño invisible profundiza en la historia pormenorizada de las vanguardias artísticas y culturales del Siglo XX, desde principios de siglo hasta las más recientes, argumentando en función de la necesidad de conocer sobre el nacimiento, desarrollo y finalización o mutación de las ideas y las obras que produjeron estos grupos.
Además de El puño invisible, Granés es autor de La revancha de la imaginación. Antropología de los procesos de creación: Mario Vargas Llosa y José Alejandro Restrepo. Es prologuista y seleccionador de los textos que contiene el libro Sables y Utopías. Visiones de América Latina (Aguilar, 2009), de Mario Vargas Llosa. Sus ensayos han sido traducidos al portugués y al francés, y publicados en las recopilaciones Horizontes estéticos (Anthropos, 2010) y Pensar la realidad (Fondo de Cultura Económica, 2011).
“Las vanguardias del siglo XX, con su espíritu anarquista e iconoclasta, ampliaron las esferas de libertad. Todos los vanguardistas enarbolaron el yo, la visión personal, el poder del individuo, la ruptura con la tradición, con las academias, con las instituciones y, en últimas, con cualquier entidad que estuviera más allá de ellos: belleza, humanidad, Dios, ley, arte, historia”.
Influyendo, según dice, en la vida común de la gente, conmoviendo las mentes, las costumbres, los valores y la forma de vivir de las personas. En esta influencia tuvieron un papel fundamental verdaderos pensadores, poetas y artistas, como André Breton o George Grosz, pero también abundaron los agitadores y los bufones.
“Artistas muy malos, dice, que han sabido explotar ciertos vicios del mundo contemporáneo para triunfar en el campo del arte”.
Ejemplo de ello se puede hallar en “la fascinación contemporánea por el escándalo que ha convertido a Damien Hirst en una megaestrella. El embeleso de los curadores con la teoría ha permitido que Michael Creed camufle la estupidez tras un falso barniz de conceptualismo. La intrusión de la mercadotecnia en el mundo del arte ha servido para que Jeff Koons busque asesores de imagen para que moldeen su perfil público”.
La lectura del libro de Granés es útil para comprender mejor cómo, a cien años de vanguardia, “una voluntad de ruptura y negación que movilizó a tantos espíritus generosos desde los comienzos del siglo XX, fue insensiblemente deshaciéndose de todo lo que había en ella de creativo y tornándose puro gesto y embeleco”, según afirma el Premio Nóbel de Literatura Mario Vargas Llosa.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
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