viernes, 11 de septiembre de 2009

El invento perfecto


Manuscrito del siglo XIV, conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid. Códice miniatura, de 176 páginas, que contiene la vida de Petrarca y su última obra: Los Triunfos.



El libro fue en su momento un fabuloso invento que significó un inestimable anticipo de la tecnología relacionada con la conservación del conocimiento. A diferencia de las frágiles colecciones de rollos, los libros mantenían unidas las hojas tenaces que se resguardaban extendidas y protegidas por unas gruesas y resistentes tapas.
Este magnífico portento creado por la inteligencia humana podía costar lo mismo que un caballo, una armadura o un medallón de oro.
El milenio que acaba de concluir vio nacer y expandirse este invento que, según el escritor y especialista en libros Alberto Manguel, nació perfecto. Con él, las lenguas modernas de Occidente y las literaturas que han explorado las posibilidades expresivas e imaginativas de esas lenguas, se propagaron.
Por eso, quizás, la mayor señal de que el milenio que acaba de terminar ha quedado efectivamente atrás, sea la insistencia con que nos interrogamos sobre la suerte del libro en la era tecnológica
Sin embargo, la fe en el futuro de nuestra cultura se ha sostenido y se sostendrá durante mucho tiempo más en la certeza de saber que hay cosas que sólo la palabra entintada, con sus medios específicos, puede dar.
Por medio de esa palabra, quien piensa, ha podido tender un puente de una soledad que es sólo suya, a otra que se completa en la compañía del lector.

jueves, 20 de agosto de 2009

HÁBITOS (relato)

“Huele a silencio de monjas”
José Joaquín Burgos.

Había que tener conciencia de los vestidos para saber que bajo sus aires se movía la tristeza. Acumuladas sobre un cerro de recuerdos o memorias rotas sorbían el vino arzobispal hasta dejar sólo una mancha en el fondo de las copas. ¿De dónde vinieron? Imposible saberlo. Además, nadie viene aquí a averiguarlo. La multitud agobia con el fragor de sus voces y los gritos concluyen en los oídos como fogonazos de infierno.

Aquella noche fue inevitable la somnolencia. Ella, apoyada por la cadencia sonora del agua, había acabado con mi paciencia, hizo estrépitos de sueños fracturados, y al decidirme a avanzar hacia la oscuridad, mi angustia zozobró en la credulidad de que al fin me despojaría de pudores y rictus ancestrales. Y nosotros dos asumiendo toda la desdicha. Nosotros dos, como quienes no sospechan, pero ni así, su suerte. Nosotros dos, achinando los ojos en un intento por perforar el sueño soñado la noche anterior.

Ya otras veces lo había ensayado. Después del mecer de los cerrojos atravesaba la plazoleta. La arena abundante y floja se desparramaba de los recintos que enmarcaban los cardos y los almendrones al cuadrado de los pasillos; más allá, algunos uveros y las ondas infinitas de mar hacia cualquier orilla llenando todo el contorno. Antes, pasaba frente a la iglesia –sin gente-. Por vergüenza y no en actitud reverencial bajaba la cabeza, apresuraba el paso y saltaba hacia la otra acera para ponerme a salvo de cualquier sanción religiosa. Pero jamás como hoy, había llegado tan lejos.

La atmósfera de la calle se había convertido en una especie de material duro y por ella parecía descender cierta substancia pegajosa que se prolongaba como un obstáculo hasta la entrada misma de la casa. Por su blanca estructura de muros añosos se diseminaban en una exaltación de misticismo, erizos, caracoles y esponjas. Los racimos de ostras, cuya timidez sólo era superada por la rápida contracción de las estrellas de mar al sentir pasos, se incrustaban en sus ventanas, en sus antepechos salientes y moldurados haciendo vibrar los gráciles tejadillos y desaparecían.
-“¡Dios mío!, ¿por qué vine aquí?”

Permanecí de pie, largo rato, en el vano de la puerta. Un zaguán blanquísimo y espacioso conducía hacia la entrada cubierta por dos mujeres sumidas en las sombras de una borrachera. Se besaban, no hice caso, entré. –“Buenas noches”. –Nadie contestó. Era como si me hubiese resistido a evolucionar. Siempre distante a cualquier señal de algarabía.

La Casa era blanca y fría. Desde el fondo provenía un aroma extraño, del que estaban impregnadas casi todas las cosas. Tal vez de alguna planta -pensé- que allí abundaban y, desde su lejano confinamiento, despedía aquel enigmático olor. Podría creerse que toda ella era un bosque cercado por paredes encaladas, aislado del paraje desolado y del silencio en el exterior. Al trasponer el umbral uno sentía la reverberación de la tierra provenir desde el solar como un eco. De los patios y entrepatios repletos de plantas, la humedad tendía su largo camino de reminiscencias. Los jazmines y los nardos en los maceteros; el romero y las rosas indicaban la existencia de una intensa vegetación, de un perenne rocío.

Antes que nada me dirigí al mingitorio. Allí lo tomé entre mis manos. Lo observé largamente y me di cuenta de que estaba perdiendo (o tal vez ya lo había hecho) eso que se ha dado en llamar inocencia o virginidad, pero estaba en desacuerdo considerar como pecado un acto que no creía repugnante.

Al regresar me coloqué en un sillón de terciopelo rojo ubicado en el pórtico principal. Me hundí en él, quedando virtualmente atrapado. Esperé, mirando de soslayo las habitaciones ordenadas alrededor del patio interior y a aquellas mujeres que entraban y salían con paso silencioso. Todas eran exactamente iguales, con el mismo sino en sus ropas. Vestían de gris, algunas más oscuro, pero todas con la referencia de un luto milenario. No tenían otros. Con botones cuidadosamente cerrados desde la parte inferior de las rodillas hasta el cuello blanco; en ocasiones, cautelosamente abierto para mostrar la insatisfacción de unos pechos.

¡Sí, mujeres! Acababa de comprenderlo. Unas viejas, con el duelo de la senilidad, pero otras, jóvenes; algunas delgadas, y las que más, feas, pero eran mujeres al fin y al cabo; seres a los que el amor había abandonado en la aurora de sus vidas, pero las que, hasta la muerte, esperaban en secreto la felicidad que pudiera interrumpir la vigilia de sus cuerpos. Yo seguí aguardando, pues la mía ya había tomado conciencia del suyo al someterse a impulsos de apetencia que para nada requirieron de la autorización del espíritu. Obedeciendo a estremecimientos internos, ocultos bajo una pretensión de santidad, había apaciguado mis formas desnudas repetidas veces, entre la hierba del monte. Y no pude dejar de amarla, ¿cómo?, si tendidos allí, a la luz quemada de la sangre, mientras mordíamos frutas, ella se despojaba de sus vestiduras quedando suspendida en el aire cual fanal ardiente.

Y fue maravilloso, desde entonces, descubrir que la vida se halla en todas partes. En los trocitos de vidrio pulidos de la playa que se adhirieron a nuestros formas en los intervalos de reposo de las olas, durante los cuales el rubor como un pez nadaba hasta su vientre habitado por temblores. En los muchos siglos de irse acumulando en las orillas con cada diferente batir las burbujas en ardor. En las piedras finísimas, como escamas ribeteando la arena, venidas desde el fondo mismo; pulidas, como dije, por ondas con oficio de joyero. Y maravilloso fue descubrir también la multiplicidad de formas en los entes abisales. Desde los palpitantes y aunque sedentarios, despiertos y acechantes, hasta los inertes, sin nombre, como ella, y, sin embargo, aventureros, bajo la apariencia de conchas con fingida actitud de indiferencia. Y tal vez fui movido por estas revelaciones, por esas energías ocultas, a emprender por otros acantilados el adivinamiento de una aproximación.

Por eso he venido, pensando que fuera lo que Dios quisiera. Como si el Señor, realmente, castigase estos pecados o algunos otros que ya se han convertido en actos naturales para los hombres.

-“Me acuso Padre mío de haber..., me acuso Padre mío de..., me acuso Padre mío...”

-“Ego te absolvo. Reza un Yo pecador, dos Padrenuestros y tres Ave Marías. In nomine patri, et filii, et espiritüs sancti…”

Alguien trajo una copa, de la que bebí apresuradamente cuando la vi aparecer. La mano, tan pálida como su cara, se estiró para indicarme algo.

-“Adelante”, me dijo.

Era una figura sin aparente energía, semejante a los enfermos.

-“Vengo muy cansado”, aclaré con voz queda.

Me tomó del brazo con una bondad extraordinaria y lentamente me condujo a través del silencio de aquel claustro, hasta la perdida soledad de una cama colocada en un rincón de la habitación como un dulce santuario. Al descender hasta el lecho me pareció caer desde la torre alta de la iglesia.

“Aquí es difícil”, le dije. Ella no contestó. Se movió flotando por aquel salón, con su luto milenario, preparándolo todo. Corrigiendo las cortinitas de los postigos, asegurando la privacía con trancas coloniales y extendiendo sábanas limpias sobre el aposento.

Al tiempo que su piel iluminó mi rostro, ascendí. Alcancé a divisar una lejanísima sonrisa en la recién abandonada melancolía de sus ojos. La cara pálida adquirió cierto rubor y sus apagados rasgos se encendieron.

El reducido cuarto era de otro tiempo, tan indefinible como el sueño, casi vacío. Una cama, una diminuta mesa de madera, un crucifijo, un candelabro y una silla. Sobre ella se confundieron nuestros hábitos.




Del Libro Todo el Tiempo en la Memoria,
de Rafael Simón Hurtado.

domingo, 9 de agosto de 2009

INVENTARIO

Foto de Robert Farnham
Frente a la ausencia que ahora somos, sólo te pido contraponer el mínimo inventario de lo que puedas rescatar de aquellos días; de cuando el amor era leche y miel debajo de la lengua de nuestros besos, y no camino de piedras convulsionadas y resecas por los declives del alma.
A ti, que has sentenciado que la sabiduría libera al hombre de las tinieblas y de la superstición, y que has revelado al mundo que de toda cosa emanan átomos que nos dicen acerca de la verdad de lo que aprecian nuestros sentidos.
Yo me admito vulnerable e imperfecto, por lo que no puedo ser insensible ante tu belleza. Ella me embriaga como la sangre de las uvas, y me impregna con el aroma de espliego y azahar que precede al torbellino de tus pasos. No hay forma de que el sol que fluye desde tu mirada se detenga antes de herir mi pecho; ¿cómo?, si príncipes y artistas ya han sucumbido a sus ardores.
Espíritus que hoy se meten en tu cuerpo y se atrinchera en tus pecados. Como ése, que te repite en los espejos; o aquél, cuyo lenguaje es el quejido de los hombres que te han poseído. O éste, que te convida a saborear, en bandejas de plata y copas de oro, manjares y licores. O aquél, que te adormece mientras el sol avanza. O el que te hace fingir, o el que te lleva a sentir el amargo espíritu de la frustración; o simplemente éste, el que hace aparecer tu gracia y tu belleza como máscara de actores en las tragedias de los poetas griegos.
Por eso te pido contraponer el mínimo inventario, que me encadena a ti por amor del alma, y te liga a mi por amor del cuerpo; en una pasión que no tolera división ni combate.

jueves, 16 de julio de 2009

UNIVERSIDAD


La ciencia como la cultura, no son fines en sí mismas. El ser humano concreto, es el objetivo último de toda creación cultural. Y la universidad, como producto histórico del hombre, debe estar a favor de ese mismo hombre, dentro de una convenida cultura y una específica sociedad.
De esta forma, la universidad como institución histórica, no puede estar sobrepuesta ni excluida de esa compañía. Su impulso lo alcanza, precisamente, mediante las condiciones de vida material que sus actores procrean. Desde este punto de vista la universidad es educadora, pero también es discípula. Es fabricante, pero también es producto.
Su papel, por consiguiente, no puede ser extraño al proceso social, cualquiera que sea su sino. Su servicio debe resonar en la sociedad misma, nutriendo ideologías y potenciando conductas que enaltezcan la condición humana. En la espesa selva de la sociedad, la universidad es un afluente, por cuya corriente se desplaza el hacer de un conglomerado cuyo trabajo es de una naturaleza muy especial.
Ese trabajo es el de la Educación, que sirve para hacer asequible lo que se vislumbra en el confín de nuestra capacidad.
Hoy, sin embargo, ese gran trabajo ocurre en medio de una sociedad en crisis, que afecta, incluso, los ámbitos más recónditos de la academia, y a quienes, diariamente, ayudan a llevar adelante las acciones más cotidianas dentro de la institución. La inserción de valores que justifican o desvirtúan una determinada posición política, afectan el funcionamiento más elemental de nuestras instituciones, que no sólo se debaten en la degradación económica, sino también en las crisis intelectuales y en los bajos renglones de convivencia humana, tal vez porque la sociedad que la contiene, quebranta, diariamente, sus propias reglas de sobrevivencia.
La Universidad venezolana no elude esta expresión de sociedad. Sus trabajadores, en todos los niveles, también están contagiados de un burocratismo incapaz, de una pertinaz desidia. Del maderamen institucional, pareciera no poder esperarse nada, salvo el esfuerzo agónico por preservar las cuotas de privilegio. Según Rigoberto Lanz, “las universidades del país no están hechas y pensadas para transformarse. Al contrario, ellas están hechas y pensadas para conservarse”.
Vistas así las cosas, parece que para replantearse el gran trabajo universitario, no basta con una simple expresión de voluntad. El reto está en poder reanimar creativamente la disposición dispersa en el conglomerado. Es opinión común, que la poderosa inercia sólo podrá ser combatida con la construcción de una fuerza intelectual, pero sobre todo ética, capaz de pensar la universidad que debe venir.
El recurso de las movilizaciones y los discursos asambleístico, como fórmulas de transformación, hicieron aguas en una comunidad silenciada por el peso de la burocratización y la pereza, y por la pugna constante de una dirigencia alentada por el protagonismo y el poder.
¿No se interpreta, acaso, de nuestra conducta, el efecto de no haber superado aún el individualismo anárquico del yo, que niega el nosotros?
Sólo en un mundo formado a la luz de ideas cuya resonancia supere al vulgar interés, se hará más fácil la escogencia de las normas que configuren la nueva conducta social. A eso ha de tender la Universidad. Su fin es juntar y modelar mujeres y hombres, más que producir profesionales. Su gran trabajo debe consistir en acercar a quienes acceden a ella a la comprensión de una auténtica dimensión de lo humano. Dar luces que orienten su derrotero en medio de la profunda oscuridad de un mundo arruinado por su propia inteligencia.

miércoles, 1 de julio de 2009

Los niños de la calle no existen

Foto de Kent Klich

La calle es una escuela, y cada año, las de nuestras ciudades, incrementan su matrícula y renuevan su pensum de estudios para recibir a los nuevos “estudiantes”. Las asignaturas más difíciles son droga, delincuencia y prostitución. Pero la aplicación de los alumnos y la indiferencia de nuestra sociedad, favorecen la aprobación del curso sin contratiempos.
En el mundo, el registro asciende a 100 millones, de acuerdo a cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Las facciones del rostro de cada uno de ellos cambian de acuerdo al país: Manila, Nueva York, Sao Paulo; Lima, Beijing, Marruecos. Pero el niño detrás de la mirada perdida siempre es el mismo.
No juegan nunca, y las razones que los conducen a la calle son diversas. Son desertores; han sido expulsados del sistema escolar o jamás han estado en él. No tienen documentos de identidad, por lo que para la sociedad formal, los niños de la calle no existen.
Un motivo fundamental de su deserción es la realidad socioeconómica en que viven sus familias, y, sobre todo, la desintegración de los lazos afectivos. La situación en los hogares conlleva, invariablemente, abuso físico y emocional por parte de los padres o padrastros. Es por lo que los niños escapan y toman las calles, donde viven eventualmente con otros niños con quienes forman –es el sino de sus vidas-, nuevos “núcleos familiares”.
Irse del hogar, en la mayoría de los casos, no es un hecho repentino. La decisión es tomada de forma gradual. El contacto diario en sus casas con la pobreza, el abuso sexual y el maltrato físico o psicológico, hacen que cada vez sea más difícil volver a ellas. En la calle encuentran, en medio de un mundo de aventuras, una aparente libertad. Pero es sólo la ilusión de vivir sin normas. En la calle son víctimas del mismo o peor maltrato.
Los más desafortunados caen en manos de gente inescrupulosa que los prostituye a cambio de estupefacientes o de unas pocas monedas, y deben enfrentarse a todo tipo de riesgos, incluso, el de ser agredidos por la policía cuando son protagonistas de algún delito.
“En nuestra sociedad encarcelamos a los niños hambrientos cuando roban algún alimento. Algún día existirá una sociedad en donde la policía detenga a todo niño hambriento para obligarlo a comer”, dijo alguna vez el escritor inglés Bernard Shaw, de los niños de la calle del Londres del siglo XIX, y seguramente del XX.
El único alimento que les sirve a los nuestros para sobrellevar la pesadilla, es un pote de pegamento para zapatos. Con él evaden el miedo, el hambre y el frío, a cambio de otros dolores más terribles.
La mayoría acaba adicta a cualquier droga, y al final su capacidad para sentir y su inteligencia se ven reducidas al mínimo, lo mismo que su voluntad.
Desean un hogar, pero le temen al encierro, por lo que se mudan permanentemente para evadir las agresiones de la gente que los mira como si fuesen un cargo de conciencia. El transeúnte, común y corriente, recela de su presencia, sin darse cuenta de que al fin y al cabo son niños. Simplemente seres humanos; desaventajados discípulos en una sociedad que imparte una enseñanza brutal.

El libro es un corazón que late


El libro es una ventana, un mirador desde donde se ve el mundo hecho de palabras; una emoción unánime, una indagación, un corazón que late. En algún momento todos buscan en los libros lo necesario para vivir. Desde cada una de sus válvulas, el flujo sanguíneo de sus personajes, salta desde el papel y se mete en las ilusiones, adhiriéndose a la piel como un olor. Desde la válvula mitral, la tinta, rica en oxígeno, proveniente del aire de sus páginas, transporta su sangre al resto del cuerpo, pues un libro es el músculo cardíaco que produce la contracción de la lectura, aquella que enciende el refugio de la mente, y convierte en latido los ecos de la imaginación.

viernes, 5 de junio de 2009

Eugenio Montejo, la palabra necesaria


Para Eugenio Montejo las palabras, en cuanto son partes de la conciencia y de la no conciencia del hombre y de la mujer, componen los cuerpos, su sensibilidad y su memoria. Foto de José Antonio Rosales.



A Eugenio Hernández Álvarez no le bastó un solo nombre para decirse a sí mismo. Blas Coll, Sergio Sandoval, Tomás Linden, Eduardo Polo y, sobre todo, Eugenio Montejo, lo ayudaron a penetrar en esa vastedad que a veces buscamos vanamente cuando nos nombramos. Quizá, porque al decir nuestro nombre, uno no dice quién es, sino apenas cómo se llama.

Sin embargo, Eugenio Montejo, a quien honramos a un año de su fallecimiento, consiguió con un nombre distinto al otorgado por notarios y actas de nacimiento, no sólo nombrarse, sino proclamar su propia identidad.
Conocí a Eugenio Montejo en la Universidad de Carabobo, primero a través de la lectura de sus libros, y luego, en el patio rectoral, personalmente.

De los encuentros personales, retengo las conversaciones, como acontecimientos reconfortantes y estimulantes, que se trasfiguraban, cada vez, en celebraciones de la emoción, de la percepción y de la inteligencia; pero además de la orientación, del consuelo y la compañía.

Como amigo, era alguien que tenía la rara virtud de hacernos mejores, pues Eugenio nos ayudaba a elevar el nivel de nuestra comprensión, mediante una singular generosidad. De algún modo con su forma de estar, de hablar, de aconsejar, cálida y lúcidamente, nos alzaba hasta su estatura.

Qué raro es que uno pueda recibir la oportunidad de un consejo, y que quien lo da, además, nos ayuda a recibirlo, con el tono preciso, en el momento exacto, y mediante la inequívoca vía de la amistad.

Tuve la oportunidad de encontrarme con él, como he dicho, en el patio rectoral. En más de una oportunidad recibí su visita en la Dirección de Medios y Publicaciones de la Universidad de Carabobo, para entregar un trabajo suyo para la página Muestras sin retoques; para sugerir o proponer alguna idea que enriqueciera la orientación de las ediciones especiales de Tiempo Universitario dedicadas a las ferias del libro, o a reconocer y testimoniar con un texto inédito, la calidad editorial de una revista como Laberinto de Papel.

En el año 2006, incorporado como asesor de la 7ma. Feria Internacional del Libro de la UC, en medio del trajín de la organización de la programación cultural, con esplendidez, compartió sus relaciones con poetas, escritores e instituciones culturales. Gracias a él, por ejemplo, se pudo hacer contacto con la Embajada de España, y con poetas de renombre latinoamericano como Elkin Restrepo, director de la revista de la Universidad de Antioquia, una de las más antiguas de Latinoamérica.

Pero además, en aquellos encuentros también hubo lugar para escuchar sus reflexiones y acercarnos a sus visiones personales, sobre lo que para él debían ser las ferias del libro organizadas por universidades, o sobre las motivaciones del acto de escribir, o sus percepciones sobre la poesía, o sobre la utilidad de los intelectuales.

Sobre este último aspecto escribió en Muestras sin retoques, ante una pregunta nuestra, lo siguiente: “Hoy sabemos que el intelectual, por valiosa que llegue a ser su contribución en otras áreas del pensamiento, no debe comportarse como un intelectual filotiránico, es decir, como aquél que obra a favor de algún poder totalitario. El apoyo del eminente Heidegger al nazismo, o el de Sartre al estalinismo, no se corresponden con la brillantez que en sus respectivos dominios filosóficos alcanzó cada uno de ellos. De esa experiencia negativa, sin embargo, podemos valernos a la hora de pronunciarnos sobre casos concretos de nuestra época, como la interminable dictadura castrista, para poner un ejemplo cercano. A estas alturas de la historia, un intelectual no puede cohonestar ninguna forma de tiranía. ¿Sirven para algo sus denuncias? Digamos que por lo menos sirven para defender los principios de la civilización”.

En la quietud de la oficina que ocupaba entonces, recuperábamos el sentido de la contemplación y de las palabras. Él construía misterios y trazaba estrategias para leer el alfabeto del mundo. De aquellas palabras, que me quedan como atmósferas, recobro la reconvención amable y preocupada por una sociedad que banalizaba el idioma; el énfasis que hacía en el rigor del uso del lenguaje, y el cuidado que se debía tener, incluso, con los errores en la página impresa.

Para él, las palabras, en cuanto son partes de la conciencia y de la no conciencia del hombre y de la mujer, componen los cuerpos, su sensibilidad y su memoria. Por eso intentaba, a través de sus textos, regresarle a las cosas que nombraba con las palabras la alta función que cumplen en el mundo. Se proponía un fin, una suerte de revelación de que todo podía y puede ser prodigioso si lo vemos y lo sentimos de un modo íntimo y perdurable.

“En todas las palabras de un poema ha de leerse siempre su necesidad, afirmaba, vale decir, que una a una deben convencernos de que son más necesarias que otras no empleadas; incluso, lo que todavía es más complicado, deben ser más válidas que el mismo silencio”.

Esto, según su parecer, de acuerdo a cada situación vital. Porque según él, lo que exige un arte verbal, cuando el lenguaje está puesto en sentido estético, es que las palabras sean indispensables, suficientes para transmitir el goce estético que se busca.

“No es fácil, decía, identificar cuándo una palabra es necesaria en el poema. Podemos saber cuándo un hombre está diciendo su verdad. Aunque cometa errores verbales, o incurra en errores ortográficos, si lo que pronuncia es su verdad, eso es inamovible”. Es lo que llamaba el poeta francés Antonin Artaud “hablar con la voz en el vientre”.

“En nuestra hora, advertía, tenemos que tener un gran cuidado, porque la palabra está siendo usada permanentemente dentro de una mentira, en la que pactamos todos colectivamente, como en la mentira publicitaria, por ejemplo. Y nada envejece más que la mentira. En el poema, las palabras deben responder al sentido de una necesidad, de la necesidad verbal, de lo indispensable para el poema”.

Su inicial vinculación con la Universidad de Carabobo se dio mediante la publicación de sus dos primeros libros Élegos, ocurrida en 1967, y Muerte y memoria, editado en 1972. En esta etapa integró los consejos de redacción de las publicaciones literarias Poesía y Zona Tórrida, de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo.

Ese nexo inicial con la institución universitaria, en la que obtuvo su título de abogado, y de la que fue, hasta el momento de su muerte, editor histórico, se proyectó después en una relación humanística con la institución y con la ciudad, para las que pedía el establecimiento de los estudios humanísticos.

“Al cabo de casi medio siglo de vida transcurrido desde su reapertura, -recordó en el otorgamiento del Doctorado Honoris Causa, en 2005-, la Universidad ha crecido hasta convertirse en el corazón de la ciudad. Su proyección ha sido determinante en la capacitación de los profesionales que hoy se desempeñan en todo el ámbito del país. Así y todo, con los mismos sueños del muchacho que asistió a los actos de su reapertura en 1958, quisiera decir que, si bien la inclinación científica y técnica de su diseño ha dado aportaciones notables al desarrollo de nuestro país, en nuestros días echamos en falta el crecimiento de un polo humanístico que acompañe y guíe su capacitación científica. Ojalá que en no lejana fecha podamos ver, además de los nobles estudios que se imparten en la Facultad de Ciencias de la Educación, otras Escuelas humanísticas como la de Filosofía, de Antropología, de Arte, de Estudios Musicales, etc, cuyo funcionamiento contribuya a reforzar el equilibrio de las metas de nuestra Alma Máter”.

Más que la Universidad misma, decía, esta es una iniciativa que necesita la ciudad de Valencia.

Su poesía se enriqueció, como es conocido, con la presencia de los heterónimos, alter egos con los que el poeta hizo exploraciones de sus otros lados del yo. El misterioso Blas Coll, autor de El cuaderno de Blas Coll, en 1981; Sergio Sandoval, quien publicó Guitarra del horizonte, en 1991; Tomás Linden, poeta sueco, autor del libro de sonetos El hacha de seda, en 1995, y Eduardo Polo, quien escribió un encantador poemario para niños titulado Chamario, en 2004, a cuyos textos, su ferviente amiga, la Dra. Alecia Castillo, puso música.

Fueron especies de vidas posibles, que se convirtieron en figuras replicantes de ese otro que fue Eugenio Montejo, cuya huella de tinta, al final, nos dejó, para nuestra fortuna, el aroma de Papiros amorosos. La grandeza del amor del poeta ocupa el mundo, porque, según nos sigue diciendo, “ningún amor cabe en un cuerpo solamente”.