jueves, 23 de octubre de 2014

Perecito: una nostalgia (reportaje)

Perecito. Foto de Janitis.

El año de 1950 marcó un hito importante en la historia de la ciudad de Valencia. Su conformación como urbe se dirigió, a partir de entonces, a un cambio estructural de su fisonomía; de la ruralidad transitó hacia la industrialización, dejando atrás esa apariencia aldeana de casas semicoloniales con corredores anchos y múltiples ventanas.

Ese año nació Perecito; y hoy, cuando la ciudad se enrumba hacia nuevos derroteros, la vieja Fuente de Soda cedió sus espacios, según dice Douglas Morales Pulido, “a lo que muchos llaman la ciudad moldeada por el automóvil”.

Con la desaparición de Perecito no sólo se extinguió un lugar, un espacio físico, se evaporó también el ejercicio de esa antigua y olvidada costumbre de reunirse, de juntarse ante una mesa -en un bar o en un café-, de los valencianos, para sentirse más próximos, más prójimos, a través del diálogo.

Partida de nacimiento

En 1950 Valencia llegaba hasta la plaza Bolívar. Era una ciudad reducida en su circunscripción, con alrededores casi rurales y habitada por unas cien mil personas entre familias de abolengo o del centro, que eran los comerciantes poderosos; y una clase media conformada por artesanos, dependientes y obreros. Los estratos sociales en la Valencia de mediados del siglo XX, estaban delimitados por prejuicios de clase, por la indumentaria y las costumbres. Algunas fotografías retratan la época: pocos transeúntes caminaban por calles solitarias, un grupo se aglomeraba en las afueras del viejo Dancing Stadium Bar; otros frecuentaban barberías, en la que los barberos, a un tiempo, eran médicos y periodistas, que comentaban las frivolidades de la ciudad.

El recuerdo de aquel poblado tiene hoy el tono absoluto de la nostalgia; sin embargo, ese relato también sabe a documento, a prueba o a declaración de hechos y contextos, porque el pasado de la ciudad además de ser una celebración, es una lamentación y una utopía.

En esta ciudad, imaginada, entrevista, comparada, o sencillamente nostalgizada, un diciembre de 1950, Pedro José Pérez, instaló el Bar Restaurant Perecito, en la avenida Bolívar Norte de Valencia.

Pedro José Pérez Valera nació en la ciudad de Trujillo, el 19 de de junio de 1908, del hogar formado por Justo Pérez y Ángela Valera de Pérez. En el año de 1936, cuando tenía 28 años, asumió las riendas del antiguo Dancing Stadium Bar, (en los mismos terrenos en donde hoy está ubicada la sede del Banco Venezuela). En aquel diminuto establecimiento dio sus primeros pasos, en una zona de la ciudad en la que no había edificaciones importantes. Luego, en 1944, se trasladó a Caracas, en donde inauguró, en la Séptima Avenida El Atlántico, de la popular parroquia de Catia, el Bar Restaurant Perecito, génesis del que luego se edificó aquí.

Después de su regreso de Caracas en 1950 estableció definitivamente la Fuente de Soda y Restaurant Perecito. Este fue su nombre comercial; un establecimiento mercantil aposentado en una pequeña construcción, en el número No. 151-72, en la avenida Bolívar norte de la ciudad. Allí, con sus siete hijos -Francisco José (Paco), Ángel, Aura, Luis, Pedro, Juan, y Oscar-, nacidos en la confluencia con Josefina de Pérez Sánchez, Don Pedro Pérez Valera, antes de su fallecimiento a los 60 años un 24 de noviembre de 1968, logró mantenerse al frente de un clan que siguió por largos años la tradición de la sencillez aunada al disfrute de la comida al resguardo del buen gusto.

Perecito: una nostalgia

Cuando uno entraba a Perecito era como si atravesara hacia un espacio congelado en una edad anterior. Es como si las cuatro paredes que lo encubrían, atesoraban un tiempo detenido. Era como si ese tiempo hubiese sido absorbido por los objetos comunes que los dueños del lugar habían guardado y expuesto en las paredes de una edificación simple, de bloque frisado y techo de zinc. En aquella construcción no había alarde que la potenciara como una estructura de valor arquitectónico. Sin embargo, esos objetos perdidos y encontrados en nuestra memoria, fraguaron un valor patrimonial al cabo de los años. “Ése cachivachero, como los llamaba Paco, también eran una Universidad”.

Se trataba de viejas fotografías, cuadros donados por artistas plásticos, arcaicas lámparas de kerosén, tazas y pocillos, lámparas sin luz, bacinillas sin dueño, viejos carteles de eventos culturales, cornamentas de toros, botas y botellas de vino vacías, cuyos recipientes contenían, no obstante, como un poso, la picardía del licor. Las esquinas y los bordes romos de las sillas y muebles revelaban el desgaste por el uso; sus espaldares desiguales, lisos y suaves, conversaban de las espaldas recostadas durante muchas tardes, mientras oían el sonido de un tango de Gardel salido de las primitivas rockolas; que según el poeta Burgos, no eran más que confesionarios para las almas inutilizadas por el pecado de un despecho.

Un atractivo especial lo componía el muestrario de botellas coleccionadas en despensas y alacenas. De refrescos, de ron, de cervezas, de anís, de malta y de vinos americanos y europeos. Nacionales había muchas, y entre las botellas más llamativas, algunas se perdían en el recuerdo de una vida inexistente: pululaban en una penumbra de polvo marcas como la Nicholcola, la Orange Crush, la Green Spot, la Bidú Cola, la Cola Dumbo, la Grapett, la Orange hit, la Chicha A1, y aquella que se hacía con tamarindo, sin aditivos químicos; además de las primeras presentaciones comerciales de la Pepsi y la Coca Cola. También las había, por su puesto, de cerveza, como la mítica botella de color verde esmeralda que la Polar expendió en envases de un tercio de litro.

El único líquido que las contiene hoy es el de la añoranza. Era un museo de lo cotidiano, que nos trasladaba a la década de los ´50, ´60 y ´70, para presentarnos artículos de uso común que, hoy resultan obsoletos a los ojos de todos.

Parte de esa nostalgia, la componía también la carta de su cocina, que dejaba constancia de una época y del servicio de comida que ofrecía. Muchos de los platos que se consumían, provenían de viejas recetas familiares que se fueron adaptando y perfeccionando, y a las cuales se les añadió, con los años, nuevos ingredientes. En un viejo menú, guardado como un documento de identidad, se presentaban a los comensales la lista de platos encabezada por las tostadas de queso, a Bs. 1,00, y las tostadas de marrano y de jamón, a Bs. 1,50. De hecho, al final de la carta, el negocio se enorgullecía de advertir a la clientela que la especialidad de la casa eran precisamente estas arepas cocinadas en manteca de marrano.

La lista de licores contribuyó, por su lado, a la creación de las tertulias; su consumo ayudó a multiplicar, en la timidez de aquella villa, las relaciones entre sus visitantes. Cuando el mesonero se aparecía con las bebidas en la bandeja oscilante, se relajaban los rostros y los corazones. La lista era surtida y políglota: Whisky, a Bs. 5,00; Vino Blanco para la mesa, a Bs. 2,50 y Brandy, a Bs. 3,00; un Tercio Polar costaba Bs. 1,50; y un Tercio Zulia, a Bs, 1,50. La Cerveza de Sifón Polar podía ser adquirida a Bs. 1,00.

Las calurosas tardes de aquella ciudad podían volverse las más frescas tardes, bajo las sombras de los pequeños mangales y de los incipientes almendrones.

A Valencia por un plato

“Las tostadas son invento de mi padre”, afirma Paco. Dice que viene de la arepa andina, trujillana, “que es delgadita, pero frita en manteca de marrano”. A esta arepa Pedro Pérez Valera le agregó el chencho o pernil horneado, la cuajada y el tomate. “Es un plato que no ha variado en más de 50 años”, remata Luis, “es la misma tostada que consumían los valencianos que atendía mi padre”.

El punto de partida de la tostada es una arepa hecha con harina de maíz freída que se cocina en manteca de marrano, hasta endurecerse. Se fríen en este aceite hasta que están doradas; se sacan, se escurren dejándolas encima de papel absorbente, luego se abren y se untan de cuajada por dentro, se les añade el chencho, y se les pone tomate.
Para Paco y Luis el secreto del sabor está, precisamente, en la manteca de marrano.

Ellos piensan que este ingrediente es el que le da el gusto particular a esta exquisitez gastronómica. “Son unas tostadas tan buenas, afirma el poeta José Joaquín Burgos, que mientras Perecito las hacía, los ángeles, con tal de degustarlas, bajaban a rascarle la cabeza a su cocinero, mientras éste mantenía las dos manos ocupadas en hacerlas. Gran homenaje de los ángeles, por cierto, afirma el poeta, quienes tienen el sentir de que en este mundo no todos cocinan bien”. Al parecer, a los 60 años cuando Perecito murió, en seguida Dios lo acaparó, según hace siempre con lo mejor de la cocina tradicional.

Una anécdota viene a reforzar esta convicción. Cuenta Paco que en una ocasión, hace ya muchos años, llegó a la barra de Perecito el señor Ben Ami Fihman, el reconocido editor de la revista Exceso, redactor de Los cuadernos de la gula, en Feriado, del diario El Nacional y presidente de la Academia Venezolana de Gastronomía.

Al acercarse a la barra el señor Fihman, de forma amable, se dirigió a Paco para decirle que él quería probar “una de esas tostaditas”. Revela Paco que el señor Fihman se comió tres, y pidió seis más para llevarlas a Caracas de forma de enseñarles a algunos amigos caraqueños lo que era una verdadera tostada. Pero una tranca impidió que las crujientes arepas llegaran al destino previsto por Fihman, quien luego reveló en su columna Los cuadernos de la gula que había venido “a Valencia por un plato”.

Leonardo Padrón: La crónica es la conquista de la literatura sobre la realidad (crónica)

Texto compartido en la presentación del libro Kilómetro Cero, de Leonardo Padrón, en FILUC 2013, por Rafael Simón Hurtado.



I

Por razones que en este momento para mí son inexplicables, cuando pensaba en la manera de hacer la presentación de este encuentro, llegó a mi memoria el recuerdo de la célebre frase de Andy Warhol sobre los 15 minutos de fama a la que todos tenemos derecho.

La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo me ha brindado muchas oportunidades, y una de ellas ha sido la de acompañar en la presentación de varios de sus libros a Leonardo Padrón, un escritor a quien admiro y respeto mucho.

Estas oportunidades han añadido a mi vida, -contando todos los encuentros en los que lo he acompañado-, como 1 hora y 45 minutos de la gloria de la que hablaba Warhol.

Pero más que eso, lo que más me ha dado esta compañía, es la gloria por tener la ocasión de leer sus libros, y la gloria por poder expresar alguna palabra que sirva, no para aumentar mi fama ni la de él, sino para pronunciar la constatación de lo que su poesía, sus entrevistas, y ahora mismo, sus crónicas, han sido capaces de hacer en mi entendimiento.


II

Leonardo Padrón no necesita presentación. Sin embargo, como no vamos a contrariar el protocolo establecido por los organizadores de la feria, diremos en rigor, que el poeta Leonardo Padrón suma a su travesía de vida creativa el encuentro con la poesía, el teatro, la literatura infantil, el cine, la televisión, el ensayo y la crónica literaria.

Esta producción está recogida en unos 16 libros, y en más de veinte guiones en donde han encontrado vida personajes de telenovelas, de unitarios de televisión, de documentales y de proyecciones cinematográficas.

Como puede verse, es una vida signada por la palabra; por una palabra que le arranca metáforas a la cotidianidad, y que hoy expande, por cierto, sus territorios de influencia a través de Internet, en mensajes de 140 caracteres.

(Los twitter de Leonardo son trazos que obran como susurros chasqueantes, incansables, polisémicos, por el que es objetivo de una guerrilla comunicacional que dispara con errores ortográficos en el alma).


III

Ya nos había advertido en una ocasión anterior que para él, la poesía es el penthouse del arte. En los propios guiones de sus telenovelas es posible constatar la infiltración subversiva de la poesía como un Caballo de Troya, que, al trasponer los muros de las truculencias características del género, convierten los diálogos de la cotidianidad de los personajes creados por él, en asombro y novedad.

En esta nueva experiencia literaria que emprende con Kilómetro Cero, -acompañado del respaldo de Editorial Planeta-, la crónica literaria, como protagonista, convoca las mejores cualidades del Leonardo Padrón poeta, ensayista, comunicador social, guionista de cine y televisión, para dar aliento a lo que el escritor mexicano Juan Villoro ha llamado El ornitorrinco de la prosa.

Esta denominación de Villoro, con la que intenta “delimitar” a un animal literario que tiene patas y pico de pato, cola de castor y cuerpo de nutria, es un género que podría ser útil en el desciframiento de los acertijos del país, según el propio Leonardo.

El género descrito por el autor mexicano calza justo en las 21 crónicas contenidas en el libro que presentamos, pues, en correspondencia con la definición de Villoro de crónica- el autor de “Cosita Rica”, ciertamente extrae para sus crónicas, de la novela… la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes, creando una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos. Del reportaje, los datos inmodificables. Del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica. De la entrevista, los diálogos. Del teatro moderno, la forma de montarlos. Del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; y de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.

¿Y de la poesía?

De la poesía extrae el aliento vital de la palabra poética, la metáfora, con su carga de resonancias, para ver belleza en lo sórdido y sentir piedad aun en la traición.

Como puede verse, es un género que se parece a nosotros, porque como nosotros, es mestizo.

Leonardo lo usa, valiéndose del catálogo de influencias de los otros géneros, literarios y periodísticos, pero eso sí, con prudencia y equilibrio, pues como dice el propio Villoro “la crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”.

El entrecruce de géneros desemboca en las crónicas de un viajero que se comporta como un “espectador del mundo con alma de periodista”, como dijera el mismísimo García Márquez, el cronista por antonomasia.

En un esfuerzo por revelar a sus lectores, -como en las crónicas de los viajeros de Indias-, las nuevas, -buenas o malas-, las cosas asombrosas de las ciudades descubiertas, y las hazañas, propias o ajenas, del país que sufre y ama.

En la tradición de cronistas latinoamericanos como José Martí, Carlos Monsiváis, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos o el propio Juan Villoro; o en el oficio de registrar lo urbano de escritores venezolanos como José Ignacio Cabrujas, Elisa Lerner, Milagros Socorro, Ibsen Martínez, Alberto Barrera Tyszka, Rafael Osío Cabrices; o en una época anterior, Arístides Bastidas, quien desde la ciencia y el periodismo, supo rendir un doble tributo a la poesía y al saber.


IV

Las crónicas de Kilómetro Cero comienzan a formar parte del imaginario nacional.

Crónicas como Navidad en Weston, ilustra el contraste de la algarabía de nuestras ciudades con la ciudad en donde “inventaron el silencio”.

Su propia versión de viaje por la Ruta 66, -carretera inmortalizada en la literatura, la música pop y la televisión-, adquiere en su trabajo Ruta 66: la cárcel, los atributos de la leyenda.

Este texto recoge la vivencia del vértigo de un recorrido que conduce a su autor a una experiencia insospechada. “En una misma noche, -dice Leonardo-, había pasado del glamour de un espumante californiano frente a la exótica marina de Santa Bárbara, a la ruindad de un amasijo de presidiarios mal encarados dando vueltas en un círculo siniestro”.

Había hecho la ruta, inmortalizada por Jack Kerouac en la novela En el camino, (con quien, por cierto, se mimetiza, en lenguaje y existencia, en otra crónica vívida), pero mirando de reojo por el retrovisor, la historia, “como una neblina borrosa”.


V

Todo esto, en un trayecto de doble vía. No invento nada si digo que la lectura del libro recrea un viaje hacia fuera y un viaje hacia dentro del autor, pero también del lector.

Cuando nos cuenta su territorio, sus vivencias, nos cuenta también el país que somos, los seres humanos que somos, con verdad y literatura.

Cuando descubre para nosotros la soledad, como un estado emocional; la noche, como una atmósfera; y los apegos y las querencias, en el desarraigo de un país que nos acaricia el hombro en otras geografías, lo hace en un tono personal y también colectivo, con el que se explica a sí mismo, pero sabiendo que en el esfuerzo, nosotros, sus lectores, tendremos la oportunidad de reencontrarnos, y, quizás, redescubrirnos a través del alfabeto de nuestro idioma.

“Al fondo, aparece un motorizado… y una perla de malicia ilumina su mirada”, dice en Epidemia, la crónica que abre el libro.

Este detalle es suficiente para ponerle rostro a la violencia que nos embarga.

Siguiendo los usos de la ficción, narra lo que no cuentan las noticias, verdades como si fueran mentiras: las oportunidades perdidas, las conjeturas, los sueños y las ilusiones. Y valiéndose de los recursos de la fotografía, mediante breves descripciones, escoge con tino “el documento de la ciudad” que desea compartir, en narraciones redondas, eficaces.

Se arriesga, a veces, con sarcasmo, ironía y humor, por los territorios de la política. En una época en la que el debate ha perdido profundidad en los medios, las crónicas de Leonardo resultan más reveladoras que las noticias:

“Sí, lo sé, soy un millonario extraño, con la despensa vacía, con perpetuas fallas de luz y con el dólar convertido en pecado”. (Diario de un país, pág. 31 y 32).

Leonardo Padrón nos ofrece esa posibilidad, entregándonos una foto llena de matices, de pliegues, de los intersticios de la realidad. Luego de juntar las vivencias, las recrea encaramado en el andamio de su escritura, poniendo de relieve nuestras propias contradicciones.

“¿Cómo voy a estar pensando en una campaña de valores ciudadanos si el país siempre termina agarrándome el culo?”, dice uno de los personajes.


VI

Hay una crónica en este libro que no puedo dejar de mencionar, pues nos concierne como feria del libro: El bosque las palabras.

Leonardo, como he dicho al principio, es un visitante entusiasmado de nuestra Feria. Desde el año 2002, cuando presentamos su libro Boulevard, nos ha dejado, con cada visita, el redescubrimiento de la realidad con el estallido de su escritura.

En FILUC 2010 fue el lector-escritor encargado de ponerle megáfono al elogio de la lectura.

El pregón, como lo llamó el poeta Eugenio Montejo, autor de la idea, en 2006, anuncia en voz alta el inicio de la celebración de una festividad que, después de 14 años, la tradición ha bautizado como la fiesta de la tinta sobre el papel.

El regalo de entonces, hoy ocupa las páginas de este libro, para inmortalizar con un texto colmado de sus propias reverberaciones literarias, nuestra celebración.

“Leer –dice en esa crónica-, es tener un pasaporte sin pausa. Leer es viajar sin equipaje. Sólo al regreso, se evidenciarán en nosotros las valijas, los trofeos, los recuerdos de la ruta”. (El bosque las palabras, pág.137).


VII

Hay una distancia de más de veinte años entre las primeras crónicas escritas y publicadas por Leonardo Padrón en el libro Crónicas de la Vigilia, (Ediciones de la Academia Nacional de la Historia. 1990), y las crónicas recién publicadas con gran éxito de lectores por Editorial Planeta, que ya reedita su tercera edición.

Entre aquéllas y éstas hay un largo camino de aprendizaje, de lecturas y relecturas, de escritura propia, de lúcida contemplación de la vida.

Para Leonardo Padrón la crónica se ha impuesto como la conquista de la literatura sobre la realidad.






domingo, 1 de septiembre de 2013

Todo el tiempo en la memoria (relato)

Foto de Víctor Hernández


a Beatriz


El edificio se quedó callado, sólo el silencio mismo, recostado de las paredes, trasudaba. Vagando por entre corredores semi oscuros o espacios iluminados parecidos a la soledad. Digiriendo todo el temor y todo lo profano. Huyendo del barullo y de los empellones de la multitud. Con los ojos de ella como granos rojos y los dedos resbalando entre las manos. Olvidando la espera y el silencio guardado durante días, y mi sospecha de que aquel acuerdo era un vínculo entre ella y mi temor. Situados frente a la iglesia o frente al infierno. Dejando discurrir sobre el apretado aire un aliento irreverente y ensalivado. Sintiéndonos dueños de cierta algarabía, integrándonos a las sombras para ser iguales a las sombras y a las imágenes fermentadas por el reposo silente. Ahora seríamos diluidos en el conjunto compacto de un escenario barroco.

Antes, la construcción blancuzca nos había parecido impenetrable o por lo menos impropia. Una especie de murallón surgido de las entrañas del musgo apilonado a sus plantas. De eso habíamos hablado muchas veces, y muchas otras pensamos echarnos atrás. Pero mi austeridad claustral y su aspecto celeste ya habían transgredido el plano de lo sagrado.

Aquel envoltorio sencillo brillaba, sin embargo, en la foliación abigarrada de portillos y frontales. Sus luces y sombras habían perdido todo el secreto de sus mármoles. Las ajustadas cúpulas reflejaban en sus lienzos otros rostros y otros actos.

Un molde mundano de asuntos bíblicos. Ahuecado por los ruidos de las hendiduras resecas y recortadas sus formas de acústica conventual por la música atronadora, como amasijo lejano, que brotaba de las bandas.

“Mal sitio para vernos”, dijo ella. Pero su voz desacoplada declinó tras el auge de las risas y de las palmadas en la plaza. Desde aquí podían oírse los gritos ahogados y las carcajadas estridentes y al coro de voces repetir las coplas consagradas esa noche. En fila danzante, uno detrás de otro, prolongaban la fiesta hacia las concavidades nocturnas.
Entramos de una vez y en realidad nos pareció algo así como un teatro. Teníamos otra visión, y a lo largo de unos segundos las manos se apretaron y luego se abandonaron bochornosamente. Allí era casi imposible cualquier comentario, lo que nos situaba en posición de ser precisos con nuestros movimientos y nuestros gestos.

Varias lámparas de metal colgaban en el techo; apenas la sugerencia de luces rojizas. Olores y colores tibios agudizaban la opacidad de la nave. Un armario gigantesco repleto de libros caoba ocupaba uno de los muros laterales; cortinas sepias, desteñidas, adornaban los pies de las efigies, un revoltijo de flores amarillentas permanecía atrincherado en una mesa palidente. La fragancia permanente de una habitación sólo dedicada a la oración: confundido el olor de la esperma, el óxido de las charnelas y el moho de las pilas bautismales, con la reverberación externa, que penetraba a manera de ondas entrecortadas, de los racimos de clavellinas, pinos y violetas, en las oquedades de los blancos quemados.

Instantes después, con su rebozo gris quiso liar mis pasos. Percibí entonces una porción de aire y sus piernas trepar los peldaños finales hacia el altar. Fingió un poco de inocencia, rio otro poco de malicia y brevemente, pero no tan brevemente, mostró intercaladas, dos porciones alborozadas detrás del escote, las que en un momento posterior, fueron pasadas por vino; largamente bañadas en unos copones áureos, labrados de finísimas alegorías, los mismos que en el sagrario, contenían, es la verdad, pues me está prohibido mentir, al Santísimo Sacramento.

Una vez en el altar, impregnados del frufrú abultado de la falda, fuimos descubiertos por el resplandor de luces filtradas-filtradas seguramente desde los largos vitrales. Un temblor de manos enfebrecidas destiló de nuestras formas. Entonces nos besamos en un eclipsamiento apacible y secreto, sobre los encajes del altar, acariciándonos seriamente, desnudos hasta la saciedad, con una ternura entendida y una felicidad recóndita bastante parecida al amor, sin fijarnos en las dimensiones desconcertadas de los rostros contemplativos.

Sucedió que la multitud nos despertó con el primer bostezo de la mañana. La bulla que se armó en los patios sólo fue la prolongación en eco de los gritos producidos en el interior. Cada cual habló, chilló, atronó o vociferó, algunos hasta desgañitarse. Todos quisieron ser testigos de nuestro descuido y, por tanto, se infiltraron entre los bancos y entre las imágenes. No sé en qué momento real sentí toda la afectación necesaria para darme por totalmente despierto. Ella, a mi lado, reposaba aún del cansancio que deja el amor; era para mí la porción viva del mundo en paz. Después, la sorpresa y sus ojos asustados y crecidos en un tiempo confuso y desvinculado a toda escena pasada.

En verdad ninguno de los dos se dio cuenta, debilitados por el arrobamiento, cuando las puertas fueron abiertas. Su cuerpo debió retirarse muy lentamente del mío, entonces sentí la desnudez y una sensación de vergüenza como una misma cosa. Intenté dirigir alguna palabra como quien oficia una ceremonia, simulando una calma y una seguridad que acabaron por parecer descaro. Ella rompió a llorar.

Todos los sonidos presentes llenaron mi memoria de un lugar común y presintiendo para mí un gran espacio, la incluí: Éramos la infantil insinuación de un trozo bíblico. Una serpiente corpulenta descendiendo y desempolvando la impúdica aceptación de un fruto, ¿podrido?

Por todo aquel recinto proliferaron mil Dios míos y otra cantidad igual de “¡Ave María Purísima!” “¡Haber vivido para ver esta monstruosidad!”. “¡Vístete rápido, niña desvergonzada!”. Y en un tremebundo impulso, sacando del alma material de insultos, y cuanto pudiese resonar en la nave de manera que hasta el cielo fuese estremecido, con el infernal virtuosismo de quien está libre-libre de pecado, todos, señalándome con el dedo, vibraron en un incisivo “¡Cura hipócrita!”.

LO PRIMERO FUE MI RESPIRACIÓN opacando los cristales, el espejo, allí, mil imágenes, todo el tiempo en la memoria. En mi interior un desfile interminable de velorios y entierros. Tú acumulada, niña-mujer, siempre igual, desnuda, reflejada, boca, brazos colgando, vientre, ojos. Los sueños haciendo suyo el hilo tenue del equilibrio, una culpa, un acuerdo, un cilicio por penitencia, mil músculos contraídos, una confesión; el pecho, ahí, la boca húmeda, la piel de mi vientre y mi espalda; un color rojizo y salpicada de pústulas horrendas. Despierto y las sombras, una tarde, muchas tardes haciéndose noches, dos círculos borrosos, una profanación, “ven, toca mi vientre, aquí dentro tengo a tu hijo”. Salve Regina, mater misericordiae, “No olvides nunca que te quiero”. Descalzo, colgando, ya lo dije, sin importarme nada.

El domingo la misa no pudo celebrarse como siempre. Sin embargo, allí estaba yo, entre cien bancos quemados y figuras de santos muertos en los costados; sudando frío bajo la forma negra y acampanada. Más allá, estaba ella, quieta, callada, distendida por la tensión del rito. Allí estábamos los dos, como antes, juntos, bajo las bóvedas adornadas de pasajes bíblicos, colgados de unas tiras gruesas de cuero.


Fuente: Todo el Tiempo en la Memoria, de Rafael Simón Hurtado. Fondo Editorial Predios, Ediciones Huella de Tinta.

jueves, 28 de junio de 2012

Laberinto de Papel eleva el nivel de la conversación pública (crónica)



Portada y contraportada de Laberinto de Papel, Año 5, No. 5, 2012. Diseño y diagramación, Coralia López Gómez; fotografía de José Antonio Rosales; asesor editorial, José Joaquín Burgos.



Dirección digital: issuu.com/laberintodepapeldigital

Uno de los signos más evidentes del desarrollo intelectual de una nación lo constituyen las revistas culturales que produce. Enunciar, por consiguiente, una revista, de igual modo que una novela, un libro de cuentos o un poemario, es también explicar y comprender el contexto social y cultural como parte de la producción intelectual de una sociedad.

Una revista de índole cultural -ya lo hemos dicho muchas veces-, es un auténtico género literario, en cuanto otorga un protagonismo indiscutible al lector en el proceso de construcción de sentidos; en ella –en la revista-, el funcionamiento del texto se explica tomando en cuenta el fenómeno de la generación textual, el papel del lector que actualiza los códigos de la escritura y cómo el texto mismo prevé esa participación, ocupando un lugar que antecede al libro y profundizando en la materia tratada en la cotidianidad del periódico. Los trabajos publicados en una revista cultural pueden convertirse en una labor que, sobreponiéndose a la improvisación o a la subitaneidad, dan lugar a verdaderos ensayos que predicen un libro.

Como revista editorial, bibliográfica y cultural Laberinto de Papel nació en el año 2002, y registró y trasmitió, en lo que podríamos considerar como su primera etapa de cuatro revistas, lo que había sido producido y divulgado, en fuentes bibliográficas, documentales, académicas, dentro y fuera de la Universidad de Carabobo.

Valiéndose del trabajo realizado por escritores, periodistas y diversos autores, nacionales e internacionales, el lector pudo encontrar, además del placentero y significativo lazo con el texto, aquello que lo vinculaba con un entorno en constante cambio, que lo conectaba con el mundo que precede al objeto libro, en su condición de vehículo cultural.

Han transcurrido seis años desde la última edición de Laberinto de Papel, el número 4, dedicado al exilio, y a la visita del escritor chileno Antonio Skármeta a la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. Y por razones difíciles de explicar, a pesar de las muchas gestiones realizadas para ver la luz, su impresión no había sido posible, hasta ahora, en 2012, cuando el número 5, dedicado al erotismo, pone de nuevo pie en la página, “para andar el mundo de la cultura, el arte y la comunicación, con vocación de instrumento de diálogo entre lectores, de distintos países y otros continentes”.

Sabemos que las leyes del mercado no son rigurosamente aplicables a la literatura, al pensamiento y al arte, y que las obras culturales han sido casi siempre obras marginales o subversivas, dirigidas a una minoría, obras que encontraron indiferencia y aun oposición cuando aparecieron. Aun así resulta penoso intentar comprender cómo una experiencia editorial exitosa no ha podido encontrar en predios universitarios, el empuje suficiente para emerger del ensimismamiento.

Las revistas culturales, -eso se sabe-, no han sido, ni son un buen negocio. Sus editores no se orientan precisamente por la lógica del máximo beneficio económico. En realidad, el bien alcanzado reside en el campo de lo intangible, pues su razón última es la vocación de crear, de discutir y reflexionar sobre las preguntas que el mundo de la cultura se hace o debe hacerse.

Imagen que da cuerpo

En este aspecto Laberinto de Papel se sostuvo y se sostiene en una línea editorial que analiza, propone y entrevé la participación del lector en la situación comunicativa planteada por el texto, a través de un lenguaje visual que sintetiza, pero que sirve como herramienta para elaborar conjuntos.

La concepción editorial y gráfica parte, precisamente, del empleo de un lenguaje que describe y comunica, y otro -la imagen- que da cuerpo. Sus elementos gráficos, además de apoyar el valor informativo y el tono literario del trabajo publicado, construyen un cuerpo vivo e independiente, a través del diseño y de las imágenes.

El lenguaje de la forma, aunque no tiene palabras, habla directamente con la emoción humana. Se vale del contexto para la comprensión, y mediante la imagen hace una interpretación de ese contexto. Así, cuando miramos el conjunto editorial de Laberinto de Papel, nos introducimos en una experiencia que no necesita conocer una gramática; su fuerza es su coherencia y concreción.

Es uno de los valores agregados de una publicación que sabe que requiere de recursos económicos especiales para su subsistencia.

A la experiencia editorial, bibliográfica y cultural, se añade el abordaje del tema científico, en una gran síntesis, con la que se desea poner “el acento en los acuerdos evidentes entre el arte y la ciencia, en una relación que si bien ha devenido a través de la historia, en altibajos inexplicables, hoy las muestra iguales, equivalentes y complementarias”.

Revista: Universidad

El mayor elogio que le ha sido hecho a la revista, lo pronunció el artista plástico Freddy Ordaz: “A Laberinto de Papel ahora hay que inventarle una Universidad”. Lo dijo para referirse al hecho de que una publicación como ésta, no se parecía a la institución que la creaba. La revista se oponía (y se opone) a la penosa impresión de ver su existencia invadida por el caos y la ausencia de reflexión. Un poco de claridad, otro poco de orden, suficiente jerarquía en la información y belleza en el trato de la imagen, revelan pronto el plano de la arquitectura de la que deseamos estar construidos. De alguna forma lo expresado por Ordaz es uno de los objetivos de la revista: ser propuesta para un tipo de Universidad.

El poeta mexicano Octavio Paz, que fue motor de varias revistas importantes, escribió que una publicación cultural, más que de coincidencias, debe ser de confluencias. Más que una voz única, más que un discurso monocorde, lo que la distingue es un mismo talante y unos criterios éticos y estéticos básicamente compartidos por sus colaboradores. Aglutinan, -decía-, en cada momento las distintas sensibilidades que conviven en una misma generación, en una misma ciudad, en una misma institución. En ellas confluyen escritores y lectores que tienen en común una forma de ver las cosas, y, en definitiva, una misma identidad.

Se constituyen, -pensamos nosotros-, a través de sus aciertos, en una dimensión pública, como la trama que soporta el tejido cultural de una comunidad; y en una dimensión privada, en razón de que son el filtro que cada lector elige voluntariamente para que le cuenten la realidad de una determinada manera, cuando el lector le otorga a la publicación su confianza, creando unas complicidades en las que está en juego no sólo la vida de la revista, sino el crecimiento personal de los lectores.

Entonces, ¿qué nos hace falta para la materialización de estos ideales? ¿Todavía tendremos que convencernos, de que si bien es cierto que la verdadera vida literaria y artística sucede en los textos maravillosamente escritos y en las asombrosas obras de creación, hay que dar noticia de ellos, divulgándolos vívidamente con trabajos de prosa admirable en publicaciones que demuestren el respeto también por el lector?

El recipiente de rasgos formales que la definen, y la línea editorial de Laberinto de Papel, ya han probado su capacidad para alcanzar el grado de afectación suficiente de las emociones y sensibilidades intelectuales y estéticas de los lectores.

Este número 5 de Laberinto de Papel, -dice su editorial-, penetra en algunos elementos que nos aproximan al tema del erotismo, sin agotarlo; a través de la experiencia plástica del doctor José Moreno, profesor de la Universidad de Carabobo, en el reportaje sobre su obra “Yo hago la pintura y la pintura me hace”; en el repaso histórico del escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, en La necesidad estética del amor; en la historia que retrata el cuerpo humano desnudo por más de un siglo de determinismo óptico, a través del análisis del periodista peruano Giancarlo Huapaya Cárdenas, en Historias de desnudeces; mediante las relaciones descubiertas entre erotismo y literatura, por el escritor colombiano Harold Alvarado Tenorio, y el escritor peruano Mario Vargas Llosa; en el contrapunto entre eros y razón, del profesor de la Universidad de Carabobo, Ángel Orcajo; en la selección de poetas fundamentales que exploran la noche del cuerpo, mediante textos que revelan al español como la lengua erótica por excelencia; y en el portafolio de fotografía erótica actual, que penetra el laberinto de las anatomías femeninas y masculinas para ir tras el hallazgo visual de las luces y sombras que moldean y otorgan volúmenes a la geografía del cuerpo, en trabajos sugerente e inspiradores de artistas procedentes de México, Chile, Estados Unidos, España, Francia y Venezuela. También, un reportaje dedicado a los 40 años de la Galería Universitaria “Braulio Salazar”, y ensayo del crítico de arte Gabino Matos sobre el 38 Salón Nacional de las Artes del Fuego.

Le corresponde ahora a la Universidad de Carabobo entender la necesidad de otra lógica financiera para respaldar estas iniciativas, menos dispuesta a aceptar la degradación de la sociedad, el rebajamiento del lenguaje y la sindéresis; que encuentre fórmulas para que lo masivo subsidie la calidad, mediante una obligación económica que tenga como destino elevar el nivel de la conversación pública como interés social.


Rafael Simón Hurtado
Director-Editor

martes, 27 de marzo de 2012

Cosas que Dios aborrece


"Seis cosas aborrece Dios y aun siete abomina su alma. Los ojos altivos, la lengua mentirosa. Las manos derramadoras de sangre inocente. El corazón que maquina pensamientos inicuos. Los pies presurosos para correr hacia el mal. El testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordia entre hermanos". (Proverbios 6: 16-19)

jueves, 9 de febrero de 2012

Leer para comprender el mundo


Foto de Ever González


Leer es un verbo que contiene todos los verbos del mundo. Un gesto, un ademán, un continuo guiño a la vida. Es aceptar como posible la incertidumbre. Quien lee, ejercita su capacidad lectora del mundo, y quien es un lector del mundo, es un lector de sí mismo.

La lectura es un arte que activa la razón y las emociones; un arte que requiere que rescribamos nuestros sentidos mientras desciframos la palabra.

Y también es placer, porque con ella se renuevan las fibras de la razón, desde aquellos imaginarios que parten del laberinto de los recuerdos. Leer es permitir que la vida se inserte íntimamente en nosotros y nos haga coautores de su latir. Y en esa intimidad, nos conectamos, mediante otras voces, con nuestra esencia y con la Creación.

Aprendemos de las diferencia, y de las semejanzas. Nos confrontamos con las distintas vidas que nos interpelan desde los libros, y nos cuestionamos en nuestras creencias.

Y aunque a veces reducimos el significado de leer, a leer textos escritos, la lectura primera, es aquella que el ser humano hace desde que nace y que no deja de hacer hasta que muere.

Entendidos el libro y la lectura como los medios que incentivan la curiosidad incansable para comprender el mundo, el lector abre su mente para el encuentro creador con el texto, para satisfacer el apetito indomable de amar, la avidez de soñar y construir y la serenidad para vivir.

domingo, 8 de enero de 2012

Finisterre


Foto de Rafael Simón Hurtado

La profecía de la proximidad del fin del mundo, conforme al llamado calendario de la cuenta larga mesoamericano, anuncia que el mundo, tal y como lo conocemos, termine de forma catastrófica al final del año que acaba de comenzar.

Como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, los temores sobre el fin del planeta tierra se reproducen ancestralmente, pero esta vez, a diferencia de otras épocas, los medios de comunicación multiplican hasta la desmesura las nuevas olas de inquietud.

La predicción ha servido para todo.

Programas de televisión proclaman la catástrofe en canales tan reputados como Discovery, History o National Geographic. Las pantallas se llenan de profecías religiosas, bíblicas, profanas, de iluminados anónimos o de ilustres personajes, para poner de relieve cómo la escasez de recursos, el calentamiento global, la desaparición de especies, los maremotos, los tsunamis, las enfermedades, la crisis económica, las guerras, son las señales que justifican el fervor apocalíptico.

Sitios en Internet desmienten o confirman, según los intereses y creencias de quienes las fundan, las predicciones sobre el final.

Agendas y guías ofrecen orientaciones y recomendaciones para la “supervivencia del último ser humano”; en el Ártico se ha creado la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, para preservar varias toneladas de semillas de todo el mundo; y países enteros han creado desde rutas turísticas para compartir el origen del mito, hasta búnkeres destinados a salvaguardar la vida de quien sobreviva…

Durante siglos han sido muchos los vaticinios que han hecho la advertencia. Cristianos, musulmanes y judíos coinciden en sus libros sagrados en que un día, tras multitud de penalidades, vendrá Dios –cada Dios-, a dar por finalizada la existencia de una manera u otra.

Como tema común de otras mitologías, nombres de varios conceptos y topónimos se han referido al acontecimiento como una letra pendiente en la historia de la Humanidad: Land´s End, Finisterre o Madagascar.

El trabajo de ilustres artistas y pensadores, se ha detenido en el estudio de esta inquietud humana en diferentes períodos históricos: Leonardo Da Vinci, Michel De Nostradamus, Isaac Newton.

Y grandes civilizaciones se han preocupado por controlar su destino prediciendo su futuro: la Gran Pirámide de Giza, en Egipto; el Oráculo de Delfos, en Grecia; o las mismísimas profecías mayas, en México y Guatemala

Mientras para algunos lo señalado representa la extinción entera de todo ser humano sobre la tierra, para otros, el significado hay que buscarlo en la posibilidad de ascensión a un nivel superior o a un cambio radical en la manera de vivir.

Ahora bien, ¿a qué cuenta de calendario se refiere esa predicción que ha ocupado todos los medios de comunicación y ha generado en el entorno global más que una expectativa, una inquietud? ¿De acuerdo a cuál almanaque debemos suponer la tragedia o la gloria del 21 de diciembre de 2012 que plasma el llamado calendario de la cuenta larga de Katun?

Para los chinos el 2012 es el año 4710; para los musulmanes, el 1434; para los hebreos, el 5773; para los persas, el 1392…, etc.

El fin del mundo ya ha ocurrido otras veces: acabando con más de la mayoría de las especies vivas del planeta, y poniendo un fin repentino a grandes y gloriosas civilizaciones, por lo que si volviese a ocurrir, conforme a esas documentadas experiencias, no podría estar "bajo el control de nadie".

Lo que sí queda absolutamente claro es la posibilidad de controlar el exceso y la desproporción que se ha convertido en un signo de nuestros tiempos, y que transmitido por los medios de comunicación, han dado lugar a una suerte de profecía autocumplida, pero en las pantallas de televisión.

Si hay algún riesgo de que la Humanidad desaparezca, es por ser víctima de sí misma, de su propia mano, de sus propias desmesuras y sus malos augurios.