lunes, 22 de mayo de 2023

Leonardo Lozano Escalante: “La música puede convertir tu pecho en una catedral"

Leonardo Lozano Escalante es un extraordinario músico venezolano, que forma parte de la vanguardia musical del país. Con su propuesta musical, en la que tiene un papel protagónico el cuatro venezolano, ha contribuido a enriquecer su legado, su repertorio musical como instrumento emblema, continuando una conocida tradición, pero también creando obra. Por Rafael Simón Hurtado / Fotografías de José Antonio Rosales
Los dedos de Leonardo Lozano Escalante se entrelazan con las cuerdas del cuatro o de la guitarra, en el gesto aéreo de las ramas de los árboles tocadas por el viento. En esas manos, en esos dedos y uñas, es posible distinguir una vocación, un amor por el instrumento y por la vida.
Leonardo Lozano nació en Caracas, el 1ero. de septiembre de 1965. Hijo de la artista plástica y poeta, Ana Lucía Escalante de Lozano y del doctor Luis Felipe Lozano Gómez, es el menor de cuatro hermanos. En el seno una familia muy musical, en la que se interpretaban a los clásicos de la música venezolana, acompañados de la guitarra y el piano, germinaron las primeras inquietudes, de quien se convertiría en un virtuoso de la guitarra y el cuatro, en un concertista, compositor, arreglista y docente, reconocido en el mundo.

Tiene 57 años de vida, de los cuales, 48, ha dedicado a la música y 23 a la docencia. El primer concierto lo dio en el año 1984. Ha tocado en 17 países, entre Europa y América, y en Japón vendió, con inusitado éxito, su disco de música renacentista.

Cuando se refieren a él como Maestro, se percibe una cierta incomodidad pues no se siente merecedor de ese título. Se lo atribuye al cariño que le profesan sus alumnos y seguidores. Lo que sí es cierto, es que es reconocido por su inteligencia, generosidad, autenticidad, talento musical, y una cierta ingenuidad que se dibuja en una sonrisa sonora e infantil.

Su maestro y amigo, Alirio Díaz, quien apadrinó su matrimonio con la artista plástica, Carolina Zanelly, llegó a decir que Leonardo “era un genio iluminado por la música”.

La riqueza más grande en mi niñez fue la presencia en mi casa de los músicos populares. Fueron los que realmente pusieron el sabor, el condimento. Ellos iban no para ganarse la vida, sino para darle vida a la casa. Ese tipo de música, realizada con intenciones tan puras, fue lo que me atrajo. El repertorio, era el de música venezolana, pero además, a través de una amiga de mi hermana, Laura Casasola, también se interpretaba un repertorio de música clásica y romántica”.

El cuatro o la guitarra exigen ciertas cualidades físicas de las manos que le demandan”, dice Leonardo. Sus dedos son largos y flexibles, delgados y afilados, que, junto a sus uñas, son una fuente de cuidado y preocupación para el instrumentista de cuerda pulsada. Pero eso sí, son estructuras físicas fraguadas en un un ejercicio disciplinado, en el que está comprometido todo el cuerpo, una determinada sensibilidad y un conocimiento profundo de la historia de la música.

La enseñanza de la guitarra o el cuatro es una materia multidisciplinaria engañosa, porque en una primera instancia pareciera que estás enseñándole a usar sólo las manos. A cómo sacar sonidos con tus manos. Cuando la persona se destaca, se dice ¡qué rápida esas manos! Las palabras que yo oigo más frecuentemente después de un concierto son ¡Dios les bendiga esas manos! Pero es el cerebro el que mueve las manos. El cerebro clasifica a tus dedos por preferencias, en un reconocimiento de las cualidades que tiene cada dedo para decir ciertas cosas. Hay dedos que son más fuertes, hay dedos que son más sutiles. Utilizar al más poderoso para cosas sutiles puede llegar a ser un error. Hay unos dedos que son más ágiles que otros. En fin, cada dedo es una herramienta que se debe conocer. A veces necesitas fortalecer al más débil, y a veces requieres sensibilizar al más fuerte para que haya un equilibrio entre ellos. Y cuando el alumno ha aprendido a conocer a sus manos y a su cerebro, se da cuenta de que las emociones también forman parte del asunto. Con lo cual aprendes a que también tienes que educar al cuerpo emocional. Además, se debe tener un dominio de la historia universal, de la historia nacional, de la historia local, para que se afile tu criterio.

Las manos, el cuerpo todo, deben disponerse para extraer del instrumento un sonido que tiene que poseer fuerza, al tiempo que ternura. Pero además del cuerpo y del instrumento, hay una mediación que se realiza mediante el estudio de la historia.

Hay aspectos que son paramusicales, es decir, su explicación está más allá de la música. Hay composiciones que tienen su porqué en un ámbito religioso, hay otras que tienen su razón de ser en un contexto social. Se debe conocer el contexto en el que la música nace, en donde se produce y evoluciona, para dar una interpretación genuina, creíble, coherente con la historia de la música que interpretas.

La música aporta muchas cosas. Cosas del pasado, emociones del presente, historias de amor, de responsabilidad, de entrega, de todos esos músicos que dedicaron su vida a la composición y a la interpretación. El músico es un comunicador social de ideas abstractas. En ese mundo abstracto en el que la palabra concreta no participa, hay una cantidad de mensajes intrínsecos que vuelan invisiblemente a través del sonido, y que cuando la persona los recibe y los decodifica, aquello que escuchó, suena, interactúa, a veces peleando, creando tensiones. Toda esa información la absorbe quien la oye, de ese escenario musical, donde los sonidos actúan como personajes, en contradicción o en armonía; se enamoran, imitan, se prestan el protagonismo, mediante el plan establecido por el compositor que luego se entrega a través de la interpretación a las personas, cumpliendo su doble naturaleza, pues al tiempo que se dirige a un público espectador, el compositor-intérprete, también es su propio espectador.

Tú le entregas a la gente historias, transportándola a otros períodos. La música trae consigo ese universo sonoro que se produjo en un contexto determinado, con lo cual el oyente reproduce dentro de sí, ese mundo, contenido en la partitura, con su donaire palaciego, con su elegancia, con su majestad, con su ambiente sacro, con la solemnidad de Giovanni Pierluigi da Palestrina o Josquin des Prés, por ejemplo, con quienes penetras a un mundo de admiración y arrobamiento, que te hace pensar cuán pequeños se sintieron estos hombres ante Dios, que convirtieron con su música, su pecho en una catedral.

Es infinito el mundo de manifestaciones que la música puede llevar a la gente. Y, dársela a través de algo invisible como el sonido, es lo más admirable.

Repertorio de vida: el cuatro
Leonardo Lozano es egresado de la Universidad Central de Venezuela como Licenciado en Artes, mención Música. En una forma de reconocimiento de quienes lo antecedieron en su amor por el cuatro, junto a su amigo y músico Andrés Trujillo, primer violín de la orquesta Simón Bolívar, rastrearon los pasos de intérpretes del cuatro como Fredy Reina, para elaborar la tesis “Aparición y desarrollo de las posibilidades técnicas y expresivas del cuatro venezolano. Trabajo de grado para optar a la licenciatura en Artes de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1994.”, con la que se graduaron con honores.

Esta experiencia académica, con la que vino a completar el clico iniciado en la niñez con su maestro Abundio López, sólo fue el inició de lo que después se abrió como una opción de vida.

Siguiendo el camino de músicos como Cheo Hurtado, Hernán Gamboa, Rafael "Pollo" Brito, Jorge Polanco y el propio Fredy Reina, que han procurado adaptar el cuatro a diferentes argumentos musicales, Leonardo, siguiendo su instinto, dio un paso más allá, llevando el instrumento de acompañante, a solista académico, presentando a la comunidad musical un abordaje innovador en su ejecución.

Si bien es cierto, que su primer contacto con la música renacentista no fue con el cuatro, sino con la guitarra, encontró en el cuatro un productor de sonidos con un rango muy amplio, -percutidos, armónicos, melódicos- que le permitieron expresar la elegancia, los detalles, la ornamentación, la pureza del sonido, de la música renacentista.

Fue todo un reto indagar con un instrumento popular en la composición académica, creando e imaginando expresiones, sonidos y emociones, por medio de la percusión, del leguaje tonal, de un instrumento asociado con otras melodías, que lo han llevado a crear durante este período de su vida grabaciones de cuatro solista; a escribir y transcribir para cuatro y orquesta de cámara, para cuatro y orquesta sinfónica, para cuatro y guitarra, para cuatro y piano, siendo el primer venezolano en escribir y componer obras para este particular binomio. Y aunque Fredy Reyna ya había incursionado en la música renacentista con el cuatro, es Leonardo Lozano Escalante quien, no sólo produjo para la sociedad material discográfica renacentista una relación con el repertorio del siglo XV, sino también, quien funda para orgullo del país, del instrumento declarado en el año 2013, Bien de Interés Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura, y de las nuevas generaciones, la primera cátedra académica de cuatro solista, tanto en el Conservatorio Nacional de Música “Juan José Landaeta”, como en la Escuela de Música “Manuel Alberto López”.

En este recorrido alcanza mencionar, entre otras composiciones, “Un Cuatro Peregrino”, obra fonológica, de 1995, con la que muestra la versatilidad del instrumento, abarcando la música renacentista, infantil, venezolana y latinoamericana. Passacaglia, de 2000, para cuatro y orquesta, primer concierto para este instrumento salido de las manos de un cuatrista. En el año 2002 graba en Caracas un disco de música renacentista italiana, francesa y española, interpretada en cuatro venezolano, que se vendió, con excepcional éxito, en Japón, y que sería la primera producción monográfica a nivel mundial de música renacentista para guitarra de cuatro órdenes de compositores del siglo XVI, compuesto, por cierto, a partir de las tablaturas originales.

... En mayo del 2005 estrena su “Antología Venezolana con Chipola” para cuatro venezolano y orquesta, con “Virtuosi de Caracas” bajo la dirección del maestro Jaime Martínez; y en Junio del 2015 presenta con el mismo director y la misma agrupación su "Suite Venezolana para Cuatro y Orquesta de Cuerdas".

Es extenso el currículum de Leonardo Lozano Escalante. Dirige cátedras de Cuatro Solista y Guitarra Clásica en el Conservatorio Nacional de Música Juan José Landaeta, en Caracas, Funge de asesor de las cátedras de cuatro solista y guitarra clásica en la Escuela de Música Manuel Alberto López. Es profesor de Guitarra Clásica de la Escuela de Música Sebastián Echeverría Lozano, en Valencia, y es profesor fundador y asesor académico de la Licenciatura en Artes Mención Música de la Universidad Arturo Michelena.

Ese repertorio de vida contempla composiciones para cuatro solista, arreglos y transcripciones de música infantil, arreglos de música venezolana, de música de otros países, transcripciones para cuatro, guitarra y piano, música incidental, canciones, música de cámara y orquesta, junto a conciertos, presentaciones en 17 países de América y Europa, en compañía de reconocidos intérpretes y compositores, y jurado en importantes concursos guitarrísticos.

El libro "La Guitarra en Venezuela", lo resume de esta manera:

(Leonardo) “Sigue una tradición que parte del maestro Fredy Reyna, tratando la melodía con urgencia, alcanzando la belleza de un sonido vigente y actual, sin remordimientos arcaizantes, gracias quizá a su experiencia como guitarrista clásico, sin abandonar las búsquedas propias del rasgueo popular, procurando una polirritmia que se descifra en combinaciones de colores y timbres, de emoción y calidad estéticas, revelando una personalidad artística de profunda autenticidad, cualidad tan escurridiza en estos tiempos de fulgores efímeros, de circo y tecnología.

Compromiso social
Como ser sensible, Leonardo asume su compromiso social, pues le resulta imposible mantenerse al margen de lo que pasa a su alrededor, llámese ciudad, país o mundo. Cree que el músico debe responder a un ideal social que no sea distinto a los que el propio arte propone. Desde su perspectiva, el músico tiene que ser consciente de su misión, que, para él, va más allá de un escenario de concierto. También puede ser una sala de hospital o de un sanatorio de salud mental, en donde la música se ofrece como un regalo. Puede ser la expresión de un consuelo, del reclamo de una época, un bálsamo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, -dice Leonardo-, se hizo música extraordinaria, y, en medio del drama humano de ese período, en los momentos de su mayor deterioro, el ser humano fue capaz de producir cosas maravillosas y consoladoras que ayudaron a restaurar la fe en la humanidad.

La música no es un lujo. Ella aflora cuando tiene que aflorar, y a veces, lo hace en los momentos más críticos. Porque justamente, ella tiene que dar una respuesta. La música es un alimento que hace falta, como hace falta la oración.

Esta responsabilidad social de la música la asume Leonardo a plenitud. Fiel a su forma de pensar, refiere que ha compuesto un concierto para cuatro y orquesta sinfónica, a raíz de la situación de violencia vivida en Venezuela en años recientes.

No lo he estrenado todavía, porque estrenarlo en Venezuela sería condenar a una orquesta a que le quiten el subsidio o a meterlos en problemas. La hice para cuatro, no porque yo sea cuatrista, sino porque el cuatro es un instrumento emblemático. Es una arenga que alienta a la gente. Hay un discurso bobo que hace el cuatro, repitiendo, repitiendo y repitiendo. El segundo movimiento es una danza terrorífica, la danza que nos han hecho bailar a todos, que muestra las voces de la miseria del ser humano, de lo sordo, del fanatismo, de la ambición. El tercer movimiento es una visión futurista, un festejo, en el que hay una fuga que entona el cuatro. El cuatro saca las tres primeras voces de la fuga, acompañado por un redoble. Ese redoble, que de alguna manera marca lo que nadie va a detener, rinde homenaje a los jóvenes escuderos que murieron enfrentando a un enemigo mucho más fuerte, mejor armado, sin ideas, y sin motivaciones para la libertad…

En Leonardo confluyen el ánimo por la música popular, —fuente de belleza y verdad—, al tiempo que reclama la música clásica, que exalta la estética de una época. Busca, por ejemplo, en compositores como Johann Sebastian Bach, las señas de identidad útiles para contrarrestar el culto al antivalor, al gusto prosaico y tosco, proyectado gracias al poder negativo actual de las redes sociales.

Es admirable cómo la música del renacimiento, por ejemplo, ha sido capaz de permanecer viva hasta ahora, pasando de las monarquías a las repúblicas. Si la música de Johann Sebastian Bach ha sido capaz de sobreponerse a tantas circunstancias, yo ya no tengo miedo de que el culto a la mediocridad actual sea capaz de borrarla. Las composiciones del llamado 'quinto evangelista', fervoroso creyente y músico docto, -dice Leonardo-, navegan, desde 1977, como embajadora musical en busca de nuevas fronteras”; refiriéndose a que las composiciones del maestro alemán viajan en los Voyager, en un viaje sin retorno, con la esperanza de que un día puedan ser interceptadas y escuchadas por otros seres inteligentes en las profundidades del universo.

Y si bien es cierto que reconoce cómo Internet y las redes sociales se traducen en una democratización cultural, cuestiona también la importancia del medio para contrarrestar el dominio de una particular vulgaridad.

Las redes sociales han sido muy útiles para compartir mis inquietudes, y mis composiciones más recientes, en el cuatro o en la guitarra. También han sido un medio de comunicación con los amigos y colegas que están Caracas, en Maracay, en Barquisimeto, o fuera de Venezuela. Es una forma de ver qué está haciendo cada uno. No usarlas sería una gran desventaja. Con la advertencia de que en las redes sociales escribe todo el mundo: el que sabe y el que no sabe, el que ha leído mucho, el que nunca ha leído. Hay algunas opiniones que vale pena escucharlas, y hay otras que no. Creo que es una democracia un poco injusta, a veces.
La ambición de Pinocho
En la Escuela de Música Sebastián Echeverría Lozano, en Valencia, estado Carabobo, en una institución con 86 años de existencias, -que sobrevive en medio de la imposibilidad actual de contar con una sede digna y propia-, dicta clases en la cátedra de guitarra clásica Leonardo Lozano Escalante. Allí comparte con sus alumnos, que lo escuchan con atención y respeto cuando les habla de sus maestros, que develaron en él, el alimento para el corazón de músico que latía en su pecho. Reconoce a intérpretes y compositores como Abundio López, Alirio Díaz, Antonio Lauro, Fredy Reina, Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Inocente Carreño, José Antonio Calcaño, Evencio Castellanos, Gonzalo Castellanos, Aldemaro Romero, Armando Cisneros, quienes constituyen, según dice, no sólo paradigmas, sino miembros de su familia musical.

Lo escuchan con interés sus discípulos, cuando les refiere que lo que pasa por la mente de un músico, lo que pasa por el ámbito de su pensamiento y de sus emociones, son campos de creatividad. Que los recuerdos que tocaron su corazón, las vivencias que los marcaron, las lecturas que los conmovieron, al tiempo que ayudaron a enriquecer su vida, forman parte también del mundo de un creador.

Lo escuchan con admiración cuando les dice que para tocar cuatro y guitarra como él lo hace, deben no sólo dedicar años de estudio en un conservatorio sobre contrapunto, armonía, composición, historia y estética. Les dice que es necesario también conocer el repertorio de la guitarra, la música contemporánea, la música del barroco, la música del renacimiento; comprender cómo se afronta la música del clasicismo; y a la hora de escribir, si van a orquestar, conocer los logaritmos de los instrumentos musicales. Ilustrándolos también en la belleza y la verdad de la música folclórica, la que camina, -según dice-, hacia otro tipo de profundidades. Una profundidad que tiene que ver más con lo sociológico, con lo psicológico, y no tanto en el ámbito del manejo del sonido.

Les enseña, en sus conversaciones sencillas y tiernas, la ambición de Pinocho, cuando les cuenta a sus alumnos que cada uno de los instrumentos que viven en su casa, tienen nombre: Carlitos, el piano blanco de pared; Jacinto, el cuatro que lleva el nombre de Jacinto Pérez, en recuerdo del rey del cuatro; las guitarras, Carolina, como su esposa, Polita, como su hija y Ana Lucía, como su mamá; y Rupertino, su alter ego, a quien sus admiradores reconocen, y en quien Leonardo reencarna la ambición de Pinocho, el compañero de madera que sueña con ser niño a través de la música.

“Me gusta la analogía porque me sirve para expresar mi parecer de que los instrumentos tienen aspiraciones humanas. Uno le da alma al instrumento, y con las varitas mágicas de los dedos, los hacemos hablar.

También lo observan detenidamente sus alumnos cuando les dice que un mal entendimiento del éxito lleva al fracaso. Por eso se esmera en ser sincero con ellos, a quienes adiestra en lo físico, en lo emocional, en lo intelectual, y en todo el espectro que la música integra. Advirtiéndoles que el aprendizaje de la música es un proceso para el que hay que tener paciencia, porque la música es una disciplina que requiere de una vida de entrega, separada por un mar de paciencia que hay que atravesar, trabajando.

Pero, sobre todo, lo escuchan con embeleso cuando interpreta, cuando sus dedos se entrelazan con las cuerdas del cuatro o de la guitarra, en el gesto aéreo de las ramas de los árboles tocadas por el viento. En esas manos, en esos dedos y uñas, en donde es posible distinguir una vocación y un amor por el instrumento y por la vida.

domingo, 30 de abril de 2023

Los peligrosos no son los libros si no los lectores

El tema propuesto para esta hora, de ir tras la pista de los hechos que nos permitan comprender un poco más el fenómeno cultural de la lectura, me conduce a una breve exploración, histórica y personal, sobre los elementos que constituyen el acto de leer y la condición de lector. En primer lugar, me gustaría decir que, aunque hay muchas investigaciones que dan cuenta de la complejidad del tema, la historia del lector y la lectura, también es la historia de cada una de las experiencias personales de cada lector. Como punto de partida, comienzo con una cita del libro Historia de la lectura, de Alberto Manguel, que retrata muy bien una primera característica del acto de leer: Dice Manguel: “Ignoro qué palabra fue la que leí en aquel cartel de hace tantos años (vagamente me parece recordar que tenía varias Aes), pero la sensación repentina de entender lo que antes sólo era capaz de contemplar, es aún tan intensa como debió serlo entonces. Fue como adquirir un sentido nuevo, de manera que ciertas cosas ya no eran únicamente lo que mis ojos veían, mis oídos oían, mi lengua saboreaba, mis nariz olía y mis dedos tocaban, sino que eran además, lo que mi cuerpo entero descifraba, traducía, expresaba, leía”.
Aquí se nos presenta la lectura como un acto de revelación que se ofrece a través de un nuevo sentido, que se agrega a los sentidos conocidos. Es como si a través de la lectura, -esa habilidad para decodificar los signos escritos-, pudiésemos activar una nueva facultad con la cual percibir las impresiones del mundo exterior. Es como con si con la lectura, al mismo tiempo fuésemos capaces de tener acceso a un conocimiento superior, y dispusiésemos también de un paso, de una ventana, a través de la cual se nos revelara de manera especial la cotidianidad. Es como si, de pronto, al colocarnos los lentes de esta habilidad, se abriera, milagrosamente, un escenario, diverso, plural, para descubrir el saber contenido en los libros y en el mundo entero a nuestro alrededor. Dice el propio Manguel, “Una vez que aprendí a leer las letras, lo leía todo: libros, pero también carteles, anuncios, la letra pequeña en los billetes del tranvía, cartas tiradas en la basura, periódicos deteriorados por la intemperie que encontraba debajo de los bancos del parque, pintadas, contracubiertas de revistas que otros viajeros leían en el autobús”.
Cuando leemos no sólo decodificamos signos escritos. Entendemos la lección de los insectos, leyendo las señas minúsculas en la hojarasca, o en la piel de los árboles; escuchamos y aprendemos del lenguaje de las bestias y de la naturaleza, y en las calles de la ciudad, leemos el grito del tránsito alocado y febril de los automóviles, o sentimos, impotentes, el chasquido de un disparo, pues cada cosa es un signo, y cada signo posee un peso semántico para ser decodificado. He aquí una primera aproximación. Otra que propongo es aquella que tiene que ver con la lectura como un acto social, colectivo, pero inevitablemente individual, personal. No hay una sola lectura. Los métodos, las formas y las interpretaciones de los textos dependen de quien se aventure en la experiencia. Por ello, podríamos atestiguar que la historia de la lectura es la historia de cada una de las personas que leen. Me remito nuevamente a Manguel: “Los lectores siempre nos creemos solos en cada descubrimiento y cada experiencia”. Pongo aquí un ejemplo con el que todos podríamos estar de acuerdo: La novela de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, publicada en 1719, ha sido leída desde entonces, muchas veces y en muchos idiomas.
Los lectores, alrededor del mundo, han compartido las mismas palabras escritas por el escritor inglés en las múltiples ediciones. Pero estoy seguro de que la isla descrita en aquellas páginas nunca ha sido la misma en la cabeza de cada lector. El lector, interpretando el significado y reconociendo los atributos de los objetos, lugares, acontecimientos, plantas, animales, seres humanos, descritos en la novela, los ha reconocido, sin embargo, conforme a sus propias referencias, a sus propias experiencias. La palmera a la orilla de la playa, será la que el lector vio en las costas marinas de su ciudad. Cada comunidad lectora, aunque comparte, en su relación con lo escrito, un mismo conjunto de competencias, usos, códigos e intereses, también contribuye, como lector, a elaborar nuevos textos y nuevos significados cuando aporta a la lectura su propia interpretación De alguna manera cuando leemos, -sea un paisaje de nuestra cotidianidad o un lugar del planeta remoto a nuestras circunstancias-, no hacemos otra cosa que leernos a nosotros mismos, en un proceso de reconstrucción desconcertante, laberíntico, personal. La complejidad de la relación entre el texto y el lector, puede ser tan grande como el acto mismo de pensar, pues depende no sólo de lo que aporta la escritura, sino de nuestra habilidad para descifrar y hacer uso del lenguaje, del tejido de palabras que forman el texto y sus ideas.
Esto me lleva a un tercer punto, que contiene en su esencia dos elementos que se relacionan y convergen: uno es el diálogo y el otro es la libertad. Hoy en día la lectura silenciosa, tan natural en nuestros quehaceres como lectores, no siempre tuvo las mismas características ni respondió a las mismas necesidades. En la antigüedad, cuando la escritura alfabética entró en la cultura griega, arribó a un mundo que desde hacía mucho tiempo era el de la tradición oral. En la Grecia de los comienzos, -de donde provienen muchas de nuestras instituciones culturales actuales-, la palabra hablada reinaba de manera indiscutible y la valoración de lo sonoro respondía a una forma de pensar. Para los griegos de la época antigua, la palabra hablada constituía un valor primordial, una auténtica obsesión. Recordemos las clases griegas, institución académica cuyo objetivo era la convocatoria de estudiantes a memorizar las lecciones dictadas por un maestro. El conocimiento se impartía de forma oral, pues para los griegos decodificar un sentido tenía que ver con la lectura en alta voz, debido a las dificultades que entrañaba la lectura de la escritura griega. Dado que los libros se leían en voz alta, no se necesitaba, por ejemplo, separar las letras que las componían en unidades fonéticas. Al no haber separaciones entre las palabras, ni signos de puntuación, la lectura cobraba sentido cuando se efectuaba en voz alta. Para poder determinar la comprensión del texto, era necesario pronunciar las letras.
Si esto estaba tan arraigado en aquella manera de ser como sociedad, ¿para qué sería útil la “escritura muda”, la lectura silenciosa, en una cultura en la que la costumbre oral se pretendía apta para asegurar su propia subsistencia sin más soporte que la memoria. Esta práctica condicionaba la adquisición del conocimiento en varios sentidos: La lectura en voz alta le suministraba a quien las escuchaba, además del sonido de la voz de quien leía, también un tono, un acento, una pronunciación, una intención. Aquellas lecturas, -que podrían suponer un intercambio, un diálogo-, también comprometían con su carga de explicaciones, los significados, pues generaban la subordinación de quien escuchaba, a las interpretaciones del que leía. Era lo leído, mediante el recuerdo de las experiencias de quien impartía la clase. Esto podría hacernos suponer que aquellas primitivas lecturas comportaban unos elementos que la caracterizaron: la cualidad instrumental del lector o de la voz lectora, según la cual la voz es mero instrumento para que la escritura se realice; el carácter incompleto de la lectura, es decir, la necesidad de sonorizar la palabra para descifrarla, y la condición de que quien es destinatario de lo escrito no es un verdadero lector. Mucho tiempo después de la lectura oral, llegó la lectura en silencio, que de acuerdo a algunos estudiosos es una creación de los claustros de la edad media. Esto me conduce al otro punto, el de la libertad. Efectivamente se ha afirmado que la lectura silenciosa es un invento de la edad media.
Recuerda Alberto Manguel en el libro que he venido citando, Una historia de la lectura, que fue San Agustín, -considerado uno de los cuatro más importantes padres de la Iglesia Latina-, el primero en practicar la lectura silente. Antes de él, la lectura era un ejercicio sonoro y plural que los monjes realizaban diaria y disciplinadamente en los monasterios. Allí, un sacerdote letrado leía en voz alta la Biblia y dictaba a la vez la glosa, una explicación, un comentario al texto escrito en latín. Lo hacía ante un auditorio de discípulos que copiaban literalmente la interpretación vertical que el sacerdote transmitía de los Evangelios. Es a esa práctica que se opuso la lectura silenciosa, lo que nos puede hacer suponer, muy lógicamente, que ella nació con el estigma del pecado. Pues, si con la lectura silente los monjes tenían la posibilidad de eludir la interpretación vertical de los Evangelios, leer e interpretar en silencio lo que cada uno quería interpretar, no podía ser visto con agrado por una iglesia que obedecía a un dogma de fe. A algunos dogmáticos les inquietó la nueva tendencia, para ellos la lectura creaba un “nuevo pecado”, el de la libertad de pensar. Pues la lectura en silencio, que permite la comunicación sin testigos entre el libro y el lector, se convierte en un singular alimento para el espíritu, según la afortunada frase de San Agustín. En lugar de obedecer la imposición emanada en el dictado de los evangelios, en la edad media, el silencio permitió la introspección, la interpretación interior de los monjes.
Hasta nuestros días esta es la lectura que practicamos, y ha sido un hito en la historia de la libertad, en donde no hay intermediarios entre el lector y la obra. Es una lectura sin restricciones con el libro y las palabras, que ocupan un espacio interior, en donde el lector puede inspeccionarlas con total libertad, extrayendo nuevas ideas, permitiendo comparaciones gracias a la memoria, apreciando sus sonidos, protegido de la mirada de los intrusos, dueño absoluto de su intimidad. Haciendo abstracción de los formatos usados desde la antigüedad para leer, -el papiro, las tablillas, el libro de papel, la computadora, o aquel en donde hace millones de años se escribió el ADN-, se podría agregar que, si bien es cierto que la lectura comienza en los ojos, -el más agudo de los sentidos según Cicerón-, no es sino en el formato del cuerpo humano en donde es posible hacer la gran lectura, esa alquimia con la cual la tinta negra se convierte en oro. Allí, en donde el texto percibido en nuestra mente, lucha, con todos nuestros sentidos, en un deseo de procurar la cohabitación. Por todo lo anterior, y ante la pregunta con la cual se desea saber qué libros son peligrosos, habría que afirmar que los peligrosos no son los libros, si no los lectores. Fotos de André Kertész

jueves, 27 de enero de 2022

La arrogancia fantasma del escritor invisible (ficción)

El cuento La arrogancia fantasma del escritor invisible, de Rafael Simón Hurtado, narra episodios de la vida de Sylvio Marchandet, un “escritor invisible”, que, bajo el nombre de otra persona, y con su consentimiento -en este caso del presidente de un país de ficción-, escribe sus discursos. El personaje es dueño de una timidez patológica, que sólo consigue superar a través de la escritura. La historia sirve para darle visibilidad a fantasmas presentes en la vida de todo creador literario: el deseo de reconocimiento y la arrogancia, con su reverso, el anonimato y la falsa modestia. Corren por la narración muchos guiños a los lectores sobre autores de historias conocidas; los correlatos sobre la ética, o su ausencia, y el espectro del plagio, ese antiguo pecado humano en su modalidad conocida, y en otras que el propio personaje se inventa, como la del “plagio invertido” que consiste en usar nombres de autores inexistentes fabricados también por su imaginación.
Detrás; allí en donde literalmente lo arropaba la sombra del hombre más poderoso del país, -entre bastidores, invisible, mudo, confundido con el tinglado de tarimas y escenarios, entre la inflamada vanidad de ministros y la corpulencia de escoltas-, se ocultaba quien escribía los discursos al presidente constitucional.

Era un hombre delgado, de altura singular; podría decirse que, a causa de su estatura, parecía que la parte superior de su cuerpo entorpecía los movimientos de su cabeza en relación con sus pies. De ojos pardos, casi amarillos, tenía una mirada de luciérnagas sobre un rostro enmarcado por un cabello encrespado, y en su expresión se mezclaban y confundían la timidez y el apocamiento con la repugnancia y el fastidio por la ignorancia de los otros.

Siempre iba vestido con unos pantalones lánguidos, de tonos grises, y camisas blancas de mangas largas, abotonadas hasta el cuello, que eran cubiertas por un saco de vestir, pero a pesar de su tamaño, lograba mantenerse convenientemente imperceptible de la altivez injustificada en las fotografías de grupos. Era un ser sin adornos ni artificios, a quien no le hacía falta poner en una vitrina sus posesiones y cualidades para sentirse alguien. Ser interlocutor de sus conversaciones era una experiencia un tanto singular, a veces desesperante, pues uno sufría al verlo buscar las palabras sin que pudiera ordenarlas en un discurso coherente. Se llenaba de suspiros ansiosos y fatigosos, por su impotencia de no poder transmitir, con claridad, sus pensamientos. Aun así, hablaba con una extremada ternura, aunque la modestia de sus comentarios, parecía esconder a un hombre avergonzado. Por eso había decido utilizar la escritura para expresarse, pues a través de los signos escritos tenía el tiempo necesario para medir cada palabra, buscar con extrema precisión cada una de ellas y enlazar las ideas.

Luego de varios años de cesantía alguien que conocía su profunda cultura lo recomendó para el puesto de redactor presidencial. Como contumaz lector el único trabajo que había desempeñado hasta entonces había sido el de corrector en una editorial. La convicción que apuntalaba su trabajo era creer que detectar tanto aciertos como fallos en los libros leídos, formaba parte del goce de descubrir las intimidades de escritura que iban en natural proporción a la importancia del autor.

Mediante un acuerdo escrito se había comprometido a escribir las alocuciones del hombre más poderoso del país, sus proclamas, sus disertaciones, y para ello, como parte del contrato, se había obligado a ser la sombra del presidente de la república. Los asesores le habrían dicho al presidente: “Es el hombre indicado no sólo por su cultura, sino también por su incuestionable discreción, -o cobardía-, no sabemos bien”.

Había convenido en no divulgar nada acerca de su trabajo, a morderse los labios hasta sangrar, si fuese necesario, constriñéndose a guardar un silencio parecido a la muerte. - “Su invisibilidad, -le fue indicado-, debe ser completa, excepto en el contrato, en el documento que guardaremos bajo llave”. Una de las cláusulas del acuerdo rezaba: “…para todo efecto de su labor, debe pensar, escribir, y luego callar para siempre”.

Él estaba consciente de que su cargo era una responsabilidad necesaria, pues mandar no dejaba tiempo para escribir. Era señor de esta convicción, aunque sabía que había gente que pensaba que el oficio de escribidor no era sino un trabajo de mercenarios, de pobres desgraciados a los que se explotaban; o, peor aún, putos literarios, seres señalados por la sociedad como inspiradores de la degradación; sin detenerse a pensar, por lo menos un instante, que, para ejercer este oficio, en verdad se necesitaba ser dueño de una especial elocuencia que no todo escritor es capaz de rendir y entregar. Debía observarlo todo, analizarlo todo, y usarlo luego como materia prima de las palabras como si fuesen salidas de la cabeza del presidente. En constante reflexión interior debía ser capaz de intuir cada uno de los pensamientos del líder de la nación, para enfocarlos, con precisión milimétrica, en el análisis de todo hecho que concerniese a los intereses del país. Para ello acompañaba al presidente a todos lados. A los actos oficiales, a las presentaciones públicas, a los mítines políticos, a las ruedas de prensa, y en ellos observaba con detenimiento cada gesto, cada palabra pronunciada, incluso las que habían salido de su propia cabeza y se habían convertido, en acto de birlibirloque, en las palabras del otro. Cada movimiento del rostro o de las manos del presidente, era registrado por su memoria, para recrearlos luego en la página escrita con el tono, el acento, el ánimo, las buenas intenciones del caudillo. A veces aceptaba alguna sugerencia, pero siempre considerando el carácter y su elaboración estética, más que la verdad de los argumentos.

Para hacer su trabajo, conjuntamente con su buen juicio y el don de la escritura, había sido dotado por los servicios de inteligencia del país de censores y aplicaciones de última tecnología, que le servían para cuantificar la rutina de sus obligaciones. El disfraz, harto conveniente, lo hacía parecer un guardaespaldas y no un secretario de redacción, camuflado con el resto del personal de seguridad. Usaba unas gafas oscuras, que además de encubrir el ámbar penetrante de su mirada, disimulaban múltiples dispositivos de visualización con los que tomaba y enviaba fotos desde sus lentes oscuros. Estos adminículos le permitían, con un leve gesto, activar comandos de voz con los que podía comunicar y recibir mensajes a teléfonos celulares y computadoras, conectados a un micrófono auricular inalámbrico. Y con una discreta pizarra portátil, sensible al tacto, registraba notas breves, mandaba recomendaciones a los asesores y consultaba documentos en la red, todo en prudente secreto. Eran las extensiones de sus sentidos con las que podía ver, oír y transmitir más allá de su propio cuerpo; herramientas tecnológicas con las que los servicios de seguridad garantizaban la “inexistencia” de su Phantomschreiber. Esto último no era una metáfora. El artefacto lo convertía también en un ser invisible, por lo que no podía ser captado ni siquiera por los ojos de las cámaras fotográficas.

La investigación de los organismos de inteligencia le había revelado al presidente que su hombre provenía de una familia adinerada, de apellido Marchandet, cuyo origen se perdía en la mezcla de culturas bretonas y francesas. Una niñez rota paulatinamente por la muerte repentina y trágica de su hermano mayor, el abandono inexplicable de su madre, el trato autoritario y extremadamente controlador de su padre, y la ausencia de tíos y abuelos, hicieron parte de una misma neurosis que configuraron su estado de ánimo. Un profundo sentimiento de inferioridad lo obligaba a depositar en los demás la posesión de la verdad y la sabiduría, que era incapaz de reconocer en sí mismo. Parecía mimetizarse con el entorno, sacrificando hasta sus propias necesidades para no herir a los demás. Se mostraba debilitado en la autoestima, estigmatizado por el abandono, reservado, inseguro, aislado afectivamente, extremadamente nostálgico y sin ningún sentimiento de autonomía. Fue así como encontró en la sumisión al poder la satisfacción de sus necesidades y la calma para sus angustias.

Bajo esta herencia familiar, Sylvio Marchandet había crecido, recibiendo, -eso sí-, una singular educación en la que encontró refugio. Se licenció en Comunicación Social y en Idiomas, profesión con la que aprendió a comunicarse en los que para él eran cinco lenguas esenciales. Su alemán era puro, francamente aséptico; su francés poseía una delicadeza exquisita; la técnica del inglés era precisa, exacta; el italiano, rezumaba dulzura y melodía, y el castellano, su idioma natal, lo escribía con naturalidad, elegancia y lirismo.

En un discurso sobre el día del idioma puso en boca del presidente: “Las palabras determinan los latidos del corazón, y los latidos del corazón fijan el ritmo y el espíritu del lenguaje”.

Desde pequeño desarrolló un amplio gusto por las artes y un fino y agudo oído para la música, y sus múltiples lecturas lo hicieron poseedor de una instrucción y conocimientos que pudieron haberlo convertido, por sí mismo, en un estadista, un filósofo o un sabio. Su biblioteca personal superaba los 5 mil volúmenes; más de 5 mil libros que, incrustados en unas estanterías de madera, contenían una diversidad bibliográfica sólo equiparable a una biblioteca pública. Pródiga, es verdad, en muchos ejemplares de cortesía, y otros sustraídos con sigiloso romanticismo de las librerías, convencido como estaba de que robar libros era el delito más hermoso del mundo. Aquellos anaqueles también abarcaban documentos, cartas, diarios, mapamundis, planos de batallas, memorias, biografías, ensayos, monografías, guiones, tesis, materiales académicos de distintas disciplinas, propósitos de leyes, constituciones e, incluso, misivas de amor, -de amores propios-, que nunca llegaron a conocer la mirada de sus destinatarias por su vocación tímida y una afición escrupulosa a la constante corrección de sus manuscritos. Durante toda su vida se sumergió en esos volúmenes para descubrir las interioridades de un saber con el que podía solazarse en la interpretación libre de la política, la ciencia y la religión.

Leyó con apasionada voracidad, en edad temprana, a Montesquieu, a quien admiró en la lectura y relectura del pensador rebelde que él mismo quería ser, capaz de huir de la rigidez y resuelto a responder con naturalidad a sus pasiones y deseos de libertad. Se encontró en la escritura de Jean-Jacques Rousseau y François Marie Arouet. A Rousseau le arrebató la concepción de la escritura como una técnica vicaria del habla, y de Voltaire tomó aquello de que “la escritura es como la pintura de la voz”. También se aproximó a Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, del que aprendió muy bien cómo la buena escritura puede lograr con un sólo trazo ser fiel al objeto que evoca; y de John Locke, el antidogmático científico inglés, se instruyó en que lo que se escribe no es recipiente vacío en donde se vierte el contenido del pensamiento. A Alexander von Humboldt le ofrendaba una gran devoción; sobre todo al aventurero ilustrado que enfrentó con valor la geografía desconocida de un continente. De él absorbió su pensamiento nómada, la escritura errabunda en el movimiento perpetuo en la geografía de sus manos.

De los pensadores antiguos lo deslumbró el concepto de virtud expresado por Sócrates, y gracias a ese deslumbramiento, valoró a profundidad, -no coincidiendo siempre con él-, a Marx, a quien de todas maneras reprochó la calificación que hizo de Dios como un ente quimérico. Se introdujo en la filosofía griega y en la teología medieval, y detestó horrorizado aquella rudimentaria cosmología del Medioevo que Dante Alighieri describió en las imágenes de La Divina Comedia. Lo conmovió el pesimismo luterano, cuestionado por la física de Galileo; y gozó con misticismo la revolución creada por Copérnico, que colocaba al hombre que él era, -una piedra minúscula y angustiosa-, en el torbellino de una idea que cada día lo agobiaba.

En su peregrinar por los libros, a los 21 años de edad, sufrió una revelación: quería ser autor. Un poeta capaz de construir los versos más sublimes y estéticos, o escribir historias de ficción con las cuales explicar el vicio y la violencia de la humanidad. Quería ser guionista de cine o de teatro, para convertirse en un demiurgo de las tablas o la pantalla; o dedicarse a la escritura de ensayos, para ofrecer a los hombres la posibilidad de hacerles germinar el poder de pensar. Para ello se introdujo en las páginas de Mijaíl Bajtín. En su escritura se topó con el autor hecho voz enmascarada y oído polifónico en diálogo cronotopizado. Examinó a Michel Eyquem, señor de Montaigne y a su arte de escribir ensayos tomando ideas en préstamo. - “Con tantas cosas que tomar prestadas, -leyó en uno de los libros- me siento feliz si puedo robar algo, modificarlo y disfrazarlo para un nuevo fin”.

Gracias a Roland Barthes analizó “la muerte del autor”, y con él declaró que la palabra es la única forma en que la vida nunca muere. Y, por supuesto, leyó a Michel Foucault, sobre todo a Foucault, a quien contrarió en la idea de que el autor es “el lugar originario de la escritura”.

Pero Sylvio Marchandet adolecía de un inexplicable temor: decir mal lo que otros ya habían dicho mejor.

Esta aprehensión se ramificó en miedos viscerales. Se obsesionó con la pedantería que significaba remitir, a través de citas o paráfrasis, a autores en los que había inspirado su pensamiento; comenzó a sentir disgusto por los escritores que sólo perseguían la celebridad y la gloria por un trabajo que no debía tener otra recompensa que el placer, y empezó a dudar de su memoria y de su capacidad para ahondar lenta y profundamente en los asuntos que lo implicaban emocionalmente. Se sentía harto del endiosamiento de los autores consagrados. Si fuese por él, patrocinaría la publicación de libros anónimos, que fuesen capaces de sostener su fama sólo por su contenido. - “Menos nombres y más obra; eso me gustaría”, pensó.

El desapego y la falta de deseo por interiorizar en su sobre poblado mundo interior, le nublaron el intelecto. Sufrió y se afligió mucho. Y a pesar de su increíble lucidez, en un extraño caso de conciencia, comenzó a padecer de manías, trastornos y excentricidades. Después de un largo período de zozobra emocional, -que lo hizo rehuir de la idea de convertirse en autor por sí mismo-, decidió reconsiderar su decisión y abandonar su deseo de juzgarse un creador, trasfigurando su propósito original en un acto de plagio invertido. Luego de meditarlo detenidamente, comprendió que su talento sólo era posible si se lo adjudicaba a otro.

Este período de reflexión le permitió descubrir, conmoverse y consolarse por la sospecha de que William Shakespeare, en verdad no era William Shakespeare, sino otro poeta y dramaturgo inglés, -un noble, quizá-, que se vio obligado a reprimir su amor por la literatura por temor a que la realeza le cancelara su renta anual por dedicarse a un trabajo considerado como indigno para un lord.

En todo caso, a él no le interesaban el dinero ni el reconocimiento ajeno, sino la creación. En ese mismo tiempo también leyó a Rafael Bolívar Coronado, un escritor venezolano cuya audacia lo había llevado a fingir escritos propios como si fuesen de escritores latinoamericanos reconocidos.

Animado por todas estas coincidencias y simultaneidades históricas, Marchandet comenzó a escribir artículos periodísticos, crónicas literarias, poesías, guiones de teatro, libros de cuentos y novelas enteras, pero a diferencia de Bolívar Coronado, usó nombres de autores inexistentes que su imaginación manufacturaba, manteniendo en un gran acto de autoficción sus obras inéditas.

Un pensamiento lo mortificaba: “¿Hasta qué punto es legítimo presentar el trabajo de uno mismo como si lo hubiera escrito otra persona, aunque esa persona no exista? ¿No es eso un timo al lector, y, sobre todo, a sí mismo? ¿Puede haber verdad en un escritor apócrifo que hace célebres a autores incorpóreos a costa de la negación de su propio talento?”. No era ni modestia extrema, ni vergüenza. Para poder sobrevivir a la herida de una inseguridad absoluta, Marchandet debió recurrir a una disociación. Necesitaba la mirada y la aprobación de alguien más, sin importar que el reconocimiento –o la crítica- le llegasen por persona interpuesta. Él solamente precisaba ser leído, para sentirse visible. Era el anonimato como una forma de expresión que lo protegía de sus inseguridades, permitiéndole escribir en confianza y con absoluta franqueza y libertad. Era como una fotografía, que, para alcanzar la imagen plena, debía invertir los claros y los oscuros del negativo. Por eso, cuando fue contratado para escribir los discursos del presidente, sintió haber alcanzado su mayor logro, el clímax de sus aspiraciones, la cumbre más alta de quien escribe oculto tras el rostro de otro. Escalaba la cima propuesta como un desafío.

Como Ghostwriter debía ser más que un simple conocedor del lenguaje que colocaba en palabras escritas las ideas del personaje de vida pública más importante del país. Además de ser muy buen escritor, el oficio le exigía pensar, sentir y prever lo que el líder quería decir; entender su tono interior. Debía evitar que las palabras desbordasen las intenciones del orador. Debía ser comedido en su cultura, atento en su memoria y prudente en el conocimiento, cualquiera que fuese el tema. Había algo esencial en su condición de escribidor: “Un público que escucha un discurso y uno que lo lee son dos instancias distintas de un objetivo afín”. De allí que debía convertirse no sólo en la voz, -con sus mismos dejos y expresiones idiomáticas, el mismo acento particular con el que hablaba-, sino también, en el mismo cerebro del otro, hasta llegar a pensar las veinticuatro horas del día en lo que el otro probablemente haría; y sin caer nunca-nunca, eso sí, en la tentación de reclamar autorías.

Todos los créditos y los honores debían llevárselos el líder. Si por algún impulso o error dejaba de ser anónimo, fracasaba el ardid, pues la estratagema consistía en que el presidente quedara como único autor de las palabras escritas, apropiándose, incluso, de la fama. Para Marchandet, su vanidad personal estaba absolutamente relegada. Sabía que los Kundenspezifische autoren, como los buenos amantes, nunca debían hablar de los discursos que habían creado. Para él esto no significaba ningún esfuerzo. Por el contrario, era su mayor momento de expresión y triunfo, su mayor minuto de excitación, de placer intenso, su orgasmo. Así podía contemplar a la humanidad al trasluz, deteniéndose en los pequeños fuegos de las historias humanas, pero como un simple espectador. Ya lo había hecho antes, muchas veces, escribiendo novelas de suspenso, ficciones históricas, cuentos de misterio o de terror, siendo el fantasma literario de otros escritores fantasmas, que, saturados de trabajo, le habían rogado su ayuda. También había sido hacedor de frases o interpolador de pensamientos de grandes personajes de la historia en las palabras de fin de curso de sus profesores en la universidad. En una pequeña agencia de publicidad había redactado eslóganes publicitarios, y como cronista a destajo compuso cartas de amor para amantes iletrados que eran incapaces de expresar por escrito la autenticidad de sus sentimientos.


En ocasiones Marchandet recordaba con nostalgia la relación de escritura y amor que había mantenido con aquella dama con la que descubrió los secretos del Kama Sutra. Audaz y voluntariosa, luego de un viaje por tierras de la India, la dama deseaba contar sus aventuras en un libro autobiográfico. Alquiló la pluma de Sylvio, y quiso compartir con él, además de sus experiencias de vida, su devoción por el sexo. La timidez de su escritura se sobrepuso por única vez, con valor suficiente, para saber lo que era el arte de amar sin sentirse un pecador.

En un momento de confidencia personal se preguntó a sí mismo: “¿Firmarías alguno de los libros que escribiste como escritor fantasma?”. - “No”, se respondió. “Es como si necesitara de un programa de protección de testigos para operar resguardando mi seguridad
Escribir para el presidente en las condiciones que se le habían impuesto, le ofrecían dos o tres ventajas a su condición, además de la libertad, y quizás la irresponsabilidad del anonimato. Una era la posibilidad de influir con su pensamiento en decisiones trascendentales para los habitantes de su nación y del mundo; la otra, la de extenderse, incansablemente, en los largos textos que se derramaban, bien atados por puntos y comas, a través de los seres que habitaban en su memoria de lector. Y en lo más hondo de su existencia, en lo más recóndito de su condición humana, como una reprimida y hasta renegada dosis de inmodestia, había un pensamiento recurrente que le alentaba la mueca sardónica de quien se relame de gusto al imaginar la duda y el recelo de quienes sospechaban que el presidente recurría a los servicios de un escritor sombra, pero sin poder confirmarlo.


Desarrolló un estilo presidencial propio, inventando una voz a partir de la decodificación de la voz del otro, imitándola a la perfección. Escribía en un castellano puro, con técnica precisa, y una delicadeza exquisita que aportaba lirismo al mensaje político. Y cuando lo consideraba necesario, se valía del recurso de alardear con expresiones escritas en otros idiomas. Elegía cada palabra, ordenándolas en un discurso coherente y proporcionado que pudiera ser pronunciado con ternura, verdad, sabiduría y modestia. Sin excederse, en los puntos y seguido, colocaba en boca del mandatario el suspiro ansioso de quien comunicaba las angustias de un ciudadano como un elector más.

Escribía trece discursos en una semana común; dos diarios, con agendas que empezaban a las 5 de la mañana y terminaban pasadas la medianoche. No discutía el contenido y la forma de un texto con nadie, con lo que evitaba el engorroso trabajo de interpretar el pensamiento de los asesores: cancerberos con veleidades de escribas; y para su fortuna, el hombre para quien escribía, no se interesaba en cuestiones de estilo ni tenía interés en figurar, publicar o hacerse conocido como un escritor.

Marchandet se hizo experto en temas tan opuestos como economía y religión. Escribió con profundidad y sapiencia sobre educación, salud y seguridad. Trató con reflexión y juicio la diplomacia y las relaciones internacionales, llegando a interpelar con magnanimidad a los países destinatarios de los discursos pronunciados en los podios de organismos internacionales; y si lo invadía la duda sobre alguna palabra, escarbaba en su tablet el significado mediante una aplicación que lo remitía, a través del laberinto de la red, hasta la sede misma de la Real Academia de la Lengua Española, en el número 4 de la calle Felipe IV.

Un suceso curioso e inusual vino a sublimar, aún más, el celebrante delirio cotidiano de su oficio de escribir. La firma de un tratado de intercambio comercial debía producir el encuentro de los dos presidentes más importantes de la región. La reunión tendría repercusiones continentales, por lo que se preparó para el compromiso como buena sombra tutelar. Él sabía muy bien que la palabra –la buena palabra-, era definitiva a la hora de gobernar. Para lo que no estaba preparado era para la solicitud –la orden más bien- que le fue impuesta por el propio presidente para que redactara las ponencias de ¡ambos mandatarios! El acuerdo tenía que ver con la necesidad de que los dos mensajes, aunque escritos con estilos y contenidos diferentes, confluyeran en el mismo delta de las propuestas. Una cuestión de interés político.

Advertido de la agenda que los dos hombres debían cumplir, -visitas oficiales a grupos de empresarios, y a institutos de comercio exterior, comité de negocios, reuniones con banqueros, intercambio de trabajo diplomático y conversaciones sobre políticas culturales y la repercusión de todos estos temas en beneficio de otras actividades-, el pronunciamiento de los discursos oficiales se convirtió en una tarea agobiante. Supuso un rango de responsabilidad que lo hizo padecer de severos dolores intestinales, y aunque escribir se convertía para él en un acto de meditación y oración, había momentos en que el corazón le latía tan fuerte que debía poner su mano sobre el pecho para apaciguarlo. - “La íntima emoción del pensamiento convertido en escritura”, pensó.

Pero esto no lo detuvo. Escribió día y noche, mientras duraron las reuniones. Como un copista medieval, sentado ante su atril de escritura electrónica, procesó datos para convertirlos en información conveniente y útil; transcribió línea por línea, con vocación amanuense, hasta que se le cansó la vista, le dolió la espalda y se le comprimió el pecho y el estómago, en un auténtico suplicio del cuerpo. Con paciencia, luchó con las palabras y las frases. Emborronaba, tachaba y corregía las cuartillas iluminadas en la pantalla de la computadora y entintadas en el papel, usando sus infinitos recursos no sólo para huir de la monotonía y pobreza de vocabulario, sino para alcanzar dos discursos distintos en estilo y contenido, pero iguales en precisión, elegancia, claridad y armonía.

Se levantaba de la silla únicamente para ir al baño, luego de pasar largas horas reelaborando cinco o seis veces una simple página. A veces se sentía cansado, pero escribir era mucho más poderoso. Bastaba un instante, una hendija, para que todo se iluminara y retornara la bendición. Sentía que con su trabajo elogiaba a Dios, procuraba placer a los ángeles y convertía a pecadores en hombres justos. Escribía con representaciones gráficas sin sonido, pero de donde surgían pensamientos ruidosos e ideas dotadas de estruendo, que engrandecían con cada aseveración y autoridad de escritura, los textos presidenciales. Aquellos escritos pretendían confirmar la verdad revelada, fundirse en realidades trascendentes. Asumía la reflexión que le había sido encomendada en el espacio donde el pensador que era, indagaba hasta descubrir la posibilidad de nuevos escenarios. Escribía sobre lo que había vivido, atravesando las fronteras en las que sentir y pensar se fundían en una misma sensación. Como si la escritura fuese una mezcla de devoción sagrada y mentalidad de esclavo, de monaco certosino y de nègre littéraire.

Después de dos semanas, logró salir con vida de aquel laberinto. Si hubiese estado en un monasterio de la Edad Media, copiando manuscritos como escriba monástico, hubiese escapado con la espalda deformada, la vista degradada y el estómago estragado por los incontables tragos de café. Pero, se sentía orgulloso; más bien, erguido de estimación propia, con la arrogancia de quien se sabe capaz de modificar la realidad con las palabras. ¡Y de qué manera!

Los discursos elaborados fueron relámpagos de lucidez que invitaron a la reflexión de los presentes en los encuentros y de los medios de comunicación.

Fue capaz de armar dos relatos en equilibrio. Ambos mandatarios leyeron sus discursos con complicidad tal, que se diría que además los ensayaron. No hubo sentido competitivo en aquellas palabras, ni disputas, ni rivalidades, sino el acomodo necesario para completar los significados del otro. Como si ellos fuesen en verdad los autores, se mantuvieron comedidos y considerados al ritmo, a las cadencias, a los virajes, a las gradaciones. En una armoniosa sucesión semántica, fueron y vinieron desde los lugares más esperados hasta los más sorprendentes, plenos de tensiones, de balances, de comedimientos y de libertades.

Para Sylvio esto supuso poner de relieve su genialidad de escritor, su capacidad para la observación detenida y el conocimiento de la vida de ambos países… y de ambos personajes. También la inteligencia suficiente para ver más allá de la escena de la actualidad, penetrando la rutina de lo cotidiano y reflejando los destellos del universo entero. Eso sí, el esfuerzo de escritura no constituyó un entretenimiento banal, sino un ejercicio de creación doloroso, aunque liberador. La experiencia, -sublime para él-, no lo preparó para lo que vendría después.
El presidente había sido invitado para hablar sobre la guerra ante un foro de líderes mundiales. Debía escribir una intervención que no podría exceder los treinta minutos, y su contenido tenía que ser lo suficientemente contundente para no defraudar las expectativas. Al momento que le fueron impartidas las instrucciones, Sylvio Marchandet tuvo un extraño pensamiento: “Todos quieren ser yo, incluso el presidente. Todos desean el don, políticamente sagrado, de convertir los pensamientos en palabras inteligentes”.

Sentado ante la computadora experimentó esta vez nuevos niveles de presión, poder y encanto. Al contacto con las teclas, la sensación táctil y la respuesta auditiva del leve tableteo, lo hizo pensar en la cuota de confianza que se le otorgaba y que implicaba darle una autoridad sustancial a todo lo que salía de su cabeza. Recordó el secreto de aquella técnica que había ideado para proyectar en sí mismo la confianza suficiente de la efectividad de sus palabras ante el auditorio, aunque él mismo nunca hubiese pisado uno, al menos como orador. Solía imaginar a los asistentes, sentados, diminutos y vulnerables, literalmente desnudos por la fuerza de sus argumentos.

¡Entonces sus ojos amarillos relampaguearon, por primera vez de vanidad, y por su cabeza desfilaron las imágenes de la intervención presidencial! Imaginó al presidente, montado en el podio del mundo. Con airosa cabeza, y enérgica nariz, blandiendo los brazos largos desde el cuerpo esbelto, como quien dirige con sus manos la extravagante jactancia de lo escrito en el papel. Fantaseó sobre los elogios que recibiría la intervención presidencial. La repercusión en los medios de comunicación que se referirían a aquel acto como un trabajo de la agudeza, la viva percepción de una mente brillante, que haciendo frente a la violencia de la guerra, hizo un análisis sincero y sin tretas. Escuchó con claridad el ruido ensordecedor en las redes sociales.

La renegada dosis de inmodestia que hasta ahora había ocultado, dio paso al libre ejercicio de sus disimuladas obsesiones. El exceso anónimo de pasado comenzó a brotar detrás de lo que hasta ahora había sido una impostura. Mientras escribía, de tanto en tanto, hacía una pausa en la escritura para calcular las aprobaciones y los aplausos. Este pensamiento lo hizo sentir conciencia de sí mismo. Nunca como ahora se había detenido a pensar en el uso de sus capacidades propias, en los beneficios que podrían otorgarle la ejecución de sus propios méritos.

Ahora, cuando por un segundo había alcanzado el discernimiento para reconocerse detrás de los discursos que habían sido admirados hasta por el mismísimo Papa, comprendía el poder de sus palabras. En ese justo instante sufrió una transmutación. La mente lúcida, que se había ofrecido en sacrificio para iluminar el vacío de otras mentes, -por un minuto, como en un espejo-, se miró reflejada en la soledad del podio, alterando su cuerpo y sus gestos. Abandonaba al escritor invisible, dejaba de sentirse anónimo, sufría la transformación de la exhibición impúdica, mediante el gesto egocéntrico, megalómano, de quien rompe el pacto con la humildad, para sentirse alzado por los aires del líder en el poder. No sin asombro propio, por cierto, pues desprenderse de la piel de “Sylvio Marchandet” representaba arrancarse la penumbra espesa de una obstinada silueta. Dejar atrás, de golpe, el mundo que había cruzado a hurtadillas, el que le había reprochado la osadía de existir en vano, para fascinarse libremente de la nueva conciencia que lo elevaba por encima del podio.

Sylvio Marchandet pasó, en un rapto tan intenso que lo privó de sus sentidos, de emociones tan extremas como la ambición y la vanidad, la sed de poder absoluto y el optimismo, el cálculo y la frialdad, el exhibicionismo y la mordacidad, la frivolidad y el control; a la disimulación, el fingimiento, la inseguridad, la impostura, la distancia, la superficialidad, la falacia, la trampa, la mentira, ¡la traición! Allí mismo comprendió su fugacidad, la arrogancia fantasma del escritor invisible.

Durante esas noches de preparación de los discursos, en las pocas horas de sueño, fue invadido, mientras dormía, por fantasías que se repetían, a veces como pesadillas, a veces como imágenes apacibles. Una noche soñó su metamorfosis en una página en blanco, en cuyo rectángulo se aposentaban el rastro de insectos, como hileras de manchas, puntos y garabatos. Un entomólogo que leía los apuntes, actuando como un sicario, aplastaba sobre la página, las manchas sin significados, como si buscara en la escritura el rastro criminal que se había escapado del laboratorio del folio de la pantalla. Marchandet no podía vislumbrar el motivo de este sueño, pues era incapaz de penetrar la huella de aquellos bichos que poblaban la selva en miniatura de las anotaciones. Las sinuosidades de las larvas, como lengua árabe, contrastaban con el centenar de contornos estilizados de las mantis religiosas que colgaban entre las ramas de un árbol de escritura china.

Otra noche se soñó flotando en el agua, en un infinito océano de agua, sobre cuya lámina azul escribía, nadando incansablemente sin dejar huella. Otra noche tuvo un sueño nuevo. Soñó con el beso de una de sus amantes secretas. Un esbozo de beso, cercano a un polvo de sombra. Con una promesa en los labios y una pregunta suya en la boca, pero sin tocarse de verdad, él le preguntó: “¿No me vas a dar las llaves? — “¿Para qué?, -dijo ella-los exspiravit pueden traspasar las puertas”.

Cuando despertó tuvo la sensación de haber perdido todas las facultades de movimiento y habla, y se limitaba a fijar la mirada en el titilar del cursor en la pantalla de la computadora. Se vio a sí mismo como una forma nebulosa, inmaterial, que flotaba en los contornos indefinidos de un cuerpo. Sintió el dolor fantasma de los miembros amputados. Primero había desaparecido la mano derecha, y el resto de ese brazo, que pudo disimular durante un tiempo con las mangas largas del saco de vestir. Luego se desvaneció su pierna izquierda. La luz de la pantalla de la computadora pasaba a través de su cuerpo, y la distorsión que se reflejaba en los objetos del otro lado, lo encontraba con la mirada fija en una ventana, como quien espera una idea genial.
Del miedo pasó a la tristeza, y de la tristeza al temor de la muerte. Después de las piernas y las manos, se esfumaron la boca y los oídos. Aunque seguía recibiendo mensajes de los miembros perdidos, no podía ver ni siquiera los ojos con los que miraba. Pero podía mover objetos con la visión de sus manos, oír sonidos con los oídos desaparecidos, oler aromas con una nariz evaporada, y en una especie de nebulosa, ver cómo los objetos a su alrededor también se convertían en espectros.

Disminuyó la temperatura de su cuerpo, adoptando los olores de los espacios cerrados, y aunque se desplazaba con precaución para no alertar su presencia con ruidos, se ponía en evidencia por las torpezas en la redacción. Su tono se volvió áspero, cavernoso, fundido con una escritura imperfecta, anárquica, irreconocible. Se había trastocado de ángel de la guarda, en su propio demonio. Ponía una letra, dos más, y una gota de sudor corría por el rostro de vidrio del cancel del computador. En ese estado que no es el de la intimidad de ningún secreto, sino la inequívoca sensación de la clausura, del destierro, había comenzado a desesperarse por volver a encarnar un ser real, respirando con fatiga su invisibilidad.

- “Nada puedo argüir. Me he hecho igual al que intenté. Sé que nada me justifica, ni el murmullo en el que merodeo, ni la conspiración ciega que ahora soy. Otro mira por mis ojos, porque mi alma, finalmente como un fantasma, tiene a quien firma mis escritos como dueño. Pero ahora él fracasa en el enervamiento del oficio diario, pues no sabe qué hacer con tantos estilos de escritura”.

Los servicios de inteligencia, por orden presidencial, detuvieron al escritor fantasma, al Doppelgänger, bajo la acusación de violación de contrato. El centellazo de reconocimiento público había hecho visible su culpabilidad.
Fotografías: 1 Wael Tawil. Estambul. www.pexels.com 2 André Felipe. Sao Pablo, Brasil. www.pexels.com 3 www.pexels.com 4 Yasin Gündogdu. Lauda-Königshofen, Alemania. www.pexels.com 5 Especialización en fotografía de autor 6 Cottonbro. San Petersburgo, Rusia. www.pexels.com 7 Stacey Gabrielle Koenitz Rozells. Singapur. www.pexels.com 8 Ena Marinkovic. Belgrado. www.pexels.com 9 Rodol Clix. Sao Paulo, Brasil. www.pexels.com 10 Zack Jarosz. Pensilvania. www.pexels.com 11 Rodol Clix. Sao Paulo, Brasil. www.pexels.com 12 Kate Graur. www.pexels.com 13 Adrien Olichon. Lyon, Francia. www.pexels.com 14 Maria Orlova, Portland, EE.UU. www.pexels.com 15 www.pexels.com 16 Mister P. Gent, Belgica. www.pexels.com 17 Pedro Figueras. www.pexels.com 18 Amine M'Siouri. Mouzaïa, Algeria. www.pexels.com 19 Yan Krukov. www.pexels.com 20 Pedro Figueras. www.pexels.com

viernes, 29 de junio de 2018

Barricada

Barricada, el cuento de Rafael Simón Hurtado, retrata una ciudad de ficción en la que sus habitantes asisten a su deterioro paulatino, sistemático y continuado. A tal extremo sufren la pesadumbre del menoscabo que hasta los maniquíes y las estatuas salen a protestar.




Imagen Jean-Luc Courcoult.


Las barricadas puestas a estorbar el paso de la gente, exigían la renuncia del presidente. A contraluz, la enorme mole irregular silueteaba la orgullosa deformidad de una turba levantisca. Desde aquí se podía ver cómo la armaron, cómo trazaron aquella geometría contrahecha al compás de las notas poderosas de un himno revolucionario. Los manifestantes, a juzgar por los enseres con los que fueron proveyendo las barricadas, estaban al borde de la desesperación, pues, para armar los parapetos inutilizaron el mobiliario de sus hogares, de las plazas públicas y de los comercios.

De las entrañas de sus casas sacaron muebles, computadoras, colchones, cocinas, ollas, lavamanos, fregaderos; de las plazas, arrancaron adoquines, talaron árboles y rompieron los bancos de madera y cemento; y de los comercios, del interior de carnicerías y bodegas, sumaron al armatoste, neveras, vitrinas y mesones, coreando con la solemnidad de las supremas resoluciones populares, una protesta indignada. Bastaba con que alguna persona se asomara por encima de las barreras, a quejarse por lo que imaginaba una desconsideración ciudadana, para que el grito de catarsis se escuchara poderoso: ¡Fuera vividores!

Es que la ruina material de la vida cotidiana se había colado por debajo de las puertas de las casas, con tan impúdica ostentación y desvergüenza, que finalmente penetró y ocupó los rincones de todas las habitaciones hasta que sacó a los ciudadanos a las calles.




No dejó lugar en donde no se instaló la miseria. Primero fueron los bombillos fundidos por los constantes apagones, después las tuberías rotas y los manillares descompuestos de las puertas. En las habitaciones el friso de las paredes dibujaba mapas de humedad, y del techo, la pintura blanca caía en pequeños desprendimientos de desamparo.

Al principio yo no me había percatado de que había habido un cambio en la actitud de las gentes. Distraído, como era, había seguido el curso de los días de mis vecinos sin darme por enterado de que algo estaba pasando.

Parado como siempre en mi pequeño balcón, observaba con indiferencia el devenir diario de mi ciudad. Miraba sin inmutarme cómo mis vecinos entraban y salían de sus casas y oficinas, cumpliendo una orden habitual y común. Cómo recorrían los mercados mientras comían puntual o apresuradamente en los restaurantes o en las ventas ambulantes, o respondían, en medio del caos de vehículos que hacía tiempo se había saltado cualquier posibilidad de control, al mensaje fragoroso de los comerciantes en los tenderetes.

Domiciliado como estaba en mis vivencias íntimas, no advertía el flujo de comentarios y noticias que hablaban del descontento de la urbe.

Lo primero que cambió fue el lenguaje. Ya nadie ofrecía los buenos días o daba las gracias por obtener algún servicio. La gente decía “a su orden”, pero en verdad no había intención de cumplir con ningún mandato.

En lugar de las palabras se habían impuesto sonidos inarticulados y confusos. Los nuevos sonidos trajeron consigo una especie de fisión, por la que los propios vecinos, en las colas del mercado o en las filas de los bancos, comenzaron a mirarse con sospecha unos a otros. Siempre es igual. Al caos de las palabras lo precede el colapso humano. Si no, recuerden la Torre de Babel, la fábula bíblica que registró el testimonio de la comunicación imposible cuando las voces se confunden.


La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo.


Los que gobernaban inventaron una lengua que puso nombre extraño a las cosas que ya existían. Y hubo en este acto tanta vanidad y arrogancia que los hombres, las palabras y las cosas se distanciaron en un mar de confusión iracundo y vengativo. La ruina de la violencia se precipitó sobre la ciudad. Así empezó el trastorno.

Del desbarajuste del suministro eléctrico, la ciudad pasó a la ruina de los drenajes; después al desorden en la recolección de basura y el desconcierto de la vialidad. Comenzaron a escasear los alimentos y el agua potable. Los saqueos se hicieron frecuentes. A diario se veían grupos de personas armando atajos para detener y despojar camiones cargados de comidas. Con desilusión comencé a verlos salir por las puertas de los comercios con el gesto furtivo de quien, con un paquete en cada mano, toma el botín y huye.

Recuerdo la primera vez que vi cómo un grupo de personas penetró en las unidades habitacionales de un edificio de apartamentos vacío. Forzaron las puertas y como no había nadie, se quedaron a vivir allí para siempre.

Este episodio, que antecedió la mañana en que la ciudad amaneció envuelta en un espeso manto gris, vino a acentuar el dolor de las necesidades ajenas. Después cayó la lluvia de cenizas que tiñó el rostro de los transeúntes y se aposentó como un rastro de óxido, moho y herrumbre, en todo artefacto. Las casas envejecieron prematuramente. El agua putrefacta de las cañerías comenzó a salir por los grifos de las aguas blancas, inutilizando las llaves de fregaderos y duchas, y el chorro, perplejo y débil de las pocetas, colmó las tazas hasta mancharlas con el color de las sustancias corruptas.

La luz eléctrica, -enredo de cables que enmarañaba la ciudad invisible en el tejido de su sombra-, ataba comunidades completas al muñón del tendido que salía de los postes, alrededor de los cuales se trenzaba la incertidumbre de los apagones. Si bien el mecanismo se cumplía de acuerdo a una cierta maniobrabilidad que apoyaba las decisiones humanas para impedir que se quemaran los aparatos eléctricos, el fenómeno era de una ejecución tan azarosa que siempre se imponía el desperfecto.

Foto de Alejandro Cegarra.

Los enfermos en los hospitales comenzaron a palpar este deterioro. El alma de las ausencias puso a flotar los cuerpos en el líquido tibio de un aire viciado y a la deriva. Al llegar a las salas de espera uno encontraba una enorme fila de gente que, mientras aguardaba su turno, se entregaba a la redacción de una lista interminable de requisitos que en ocasiones llevaba años. No había piedad ni atenuante para la impaciencia de quienes padecían algún dolor.

Supongo que fue esta sucesiva acumulación de frustraciones la que produjo el cambio en el rostro de las gentes, y después la mudanza en las costumbres. Ya no soportaron más. Salieron a las calles en tropel convencido, dejando sobre el asfalto montículos de escombros. No gritaban, pues habían resuelto emplear la estrategia del silencio como reprobación. El sordo disgusto los llevó a organizarse en filas pétreas frente a los mercados, a empotrarse en las puertas de las farmacias y en las entradas de los bancos en eternas y mudas colas, en una asfixia existencial que los convertía en una congoja de péndulo, en un rumor de marea delirante.

Con sus acondicionadores de aire inservibles y sus neveras vacías y abiertas de par en par, montaron barricadas teatrales. Las bicicletas de los niños, ancladas en el último pedaleo sin suspiro de unos desinflados cauchos, se encadenaron al abandono de cocinas eléctricas, y sobre los derribos, ondeando como ventanas negras de ojos de ciego, las pantallas de TV simulaban un gran videowall.

Fue cuando vi que de las vitrinas de las tiendas de ropa cientos de maniquíes escaparon para espesar la manifestación humana. Las delgadas paredes de vidrio de los escaparates abrieron paso a los cuerpos reanimados, que al cruzar el umbral de los aparadores, abandonaron su condición de objetos y mercancía. De los depósitos emergían cientos de caras y ojos que parecían desafiar la vida. Se homologaron con los vivos, igualándose en privilegios. De meras exhibiciones públicas, se transformaron en briosos cuerpos del paisaje. Incluso, se movían con mucha más agilidad que las estatuas que también habían bajado de sus pedestales. Al ocupar los nuevos espacios, convirtiendo en carne y hueso viejos sueños de vida, algunos –los más osados-, reavivaron los recuerdos fugitivos de aquel mayo de 1968 en Francia; volcando vehículos, vengándose del tráfico, desmembrando la ciudad. Ajustando lo animado con lo inerte; lo dotado de alma, con lo extinto. Yo mismo decidí saltar a la calle, resuelto a vivir las cosas más que a contemplarlas…


Imagen Jean-Luc Courcoult.


DE PRONTO UN DISPARO SALIDO DE NO SE SABE DÓNDE provocó el caos. Aunque intentamos defendernos de los cuerpos antidisturbios, resguardándonos en los parapetos y barricadas, no pudimos escapar a la intemperie de las balas, por lo que debimos huir atropellándonos unos a otros por la irritación de los gases lacrimógenos y el impacto de los perdigones de goma. Luego de que los camiones hidrantes, como grandes ballenas, nos golpearon sin piedad con sus disparos de agua, tuvimos que escondernos con nuestros trajes empapados, dejando calles y avenidas en absoluta soledad. La persecución dejó un rastro de maniquíes como cadáveres de guerra. En sus cuerpos mutilados se esbozaba una mueca de agonía con sangre recubriéndonos la piel.

Después de algunas horas, de casas y apartamentos, un grupo que había observado a buen resguardo estos episodios, comenzó a salir, asomándose tímidamente a las puertas. Salieron a la vía pública con cautela, y tras asegurarse de que ya no había nadie en las esquinas, -ni manifestantes ni policías-, con el impulso de un deseo ingobernable, treparon hasta lo más alto de los montículos de artefactos abandonados para tomar posesión de los tesoros sin dueño.

Un hombre joven se llevó la nevera de dos puertas. Otro, de mediana edad, cargó sin ayuda con el acondicionador de aire. Una mujer morena, embutida en la represa de unos pantalones de lycra, protegió la licuadora con su cuerpo, y un niño en edad adolescente, llevado por sus propias fuerzas, pudo transportarse a sí mismo en el esqueleto reavivado de la bicicleta. Un obrero montado en un pay loader, mientras despejaba las calles partiendo en dos el cuerpo de las barricadas, examinaba el cristal líquido de las pantallas planas.


Imagen Jean-Luc Courcoult.


La ciudad regresó a sus límites. Nada cambió. Las aguas negras siguieron su curso. Los cortes de luz eléctrica administraron sus operaciones entre fallas y racionamientos; el presidente continuó en su cargo, y en los hospitales, el sentido común y la intuición, sucumbieron ante la bofetada de la realidad.

Una fotografía de la primera página del diario resumió lo acontecido: Un anciano, cuyo andar caduco era sostenido por un par de muletas, pudo ¡por fin!, con los huesos de las pelvis de un maniquí tirado en la calle, hacerse sus propias prótesis. Atónitos, mis ojos veían cómo el anciano, con energía inusitada, fracturaba las partes humanas de mi cuerpo, indiferente a mis súplicas, aquellas con las que le rogaba que me dejara aunque fuese un poco de vida.


Imagen Jean-Luc Courcoult.