jueves, 27 de enero de 2022
La arrogancia fantasma del escritor invisible (ficción)
El cuento La arrogancia fantasma del escritor invisible, de Rafael Simón Hurtado, narra episodios de la vida de Sylvio Marchandet, un “escritor invisible”, que, bajo el nombre de otra persona, y con su consentimiento -en este caso del presidente de un país de ficción-, escribe sus discursos. El personaje es dueño de una timidez patológica, que sólo consigue superar a través de la escritura. La historia sirve para darle visibilidad a fantasmas presentes en la vida de todo creador literario: el deseo de reconocimiento y la arrogancia, con su reverso, el anonimato y la falsa modestia. Corren por la narración muchos guiños a los lectores sobre autores de historias conocidas; los correlatos sobre la ética, o su ausencia, y el espectro del plagio, ese antiguo pecado humano en su modalidad conocida, y en otras que el propio personaje se inventa, como la del “plagio invertido” que consiste en usar nombres de autores inexistentes fabricados también por su imaginación.
Detrás; allí en donde literalmente lo arropaba la sombra del hombre más poderoso del país, -entre bastidores, invisible, mudo, confundido con el tinglado de tarimas y escenarios, entre la inflamada vanidad de ministros y la corpulencia de escoltas-, se ocultaba quien escribía los discursos al presidente constitucional.
Era un hombre delgado, de altura singular; podría decirse que, a causa de su estatura, parecía que la parte superior de su cuerpo entorpecía los movimientos de su cabeza en relación con sus pies. De ojos pardos, casi amarillos, tenía una mirada de luciérnagas sobre un rostro enmarcado por un cabello encrespado, y en su expresión se mezclaban y confundían la timidez y el apocamiento con la repugnancia y el fastidio por la ignorancia de los otros.
Siempre iba vestido con unos pantalones lánguidos, de tonos grises, y camisas blancas de mangas largas, abotonadas hasta el cuello, que eran cubiertas por un saco de vestir, pero a pesar de su tamaño, lograba mantenerse convenientemente imperceptible de la altivez injustificada en las fotografías de grupos. Era un ser sin adornos ni artificios, a quien no le hacía falta poner en una vitrina sus posesiones y cualidades para sentirse alguien. Ser interlocutor de sus conversaciones era una experiencia un tanto singular, a veces desesperante, pues uno sufría al verlo buscar las palabras sin que pudiera ordenarlas en un discurso coherente. Se llenaba de suspiros ansiosos y fatigosos, por su impotencia de no poder transmitir, con claridad, sus pensamientos. Aun así, hablaba con una extremada ternura, aunque la modestia de sus comentarios, parecía esconder a un hombre avergonzado. Por eso había decido utilizar la escritura para expresarse, pues a través de los signos escritos tenía el tiempo necesario para medir cada palabra, buscar con extrema precisión cada una de ellas y enlazar las ideas.
Luego de varios años de cesantía alguien que conocía su profunda cultura lo recomendó para el puesto de redactor presidencial. Como contumaz lector el único trabajo que había desempeñado hasta entonces había sido el de corrector en una editorial. La convicción que apuntalaba su trabajo era creer que detectar tanto aciertos como fallos en los libros leídos, formaba parte del goce de descubrir las intimidades de escritura que iban en natural proporción a la importancia del autor.
Mediante un acuerdo escrito se había comprometido a escribir las alocuciones del hombre más poderoso del país, sus proclamas, sus disertaciones, y para ello, como parte del contrato, se había obligado a ser la sombra del presidente de la república. Los asesores le habrían dicho al presidente: “Es el hombre indicado no sólo por su cultura, sino también por su incuestionable discreción, -o cobardía-, no sabemos bien”.
Había convenido en no divulgar nada acerca de su trabajo, a morderse los labios hasta sangrar, si fuese necesario, constriñéndose a guardar un silencio parecido a la muerte. - “Su invisibilidad, -le fue indicado-, debe ser completa, excepto en el contrato, en el documento que guardaremos bajo llave”. Una de las cláusulas del acuerdo rezaba: “…para todo efecto de su labor, debe pensar, escribir, y luego callar para siempre”.
Él estaba consciente de que su cargo era una responsabilidad necesaria, pues mandar no dejaba tiempo para escribir. Era señor de esta convicción, aunque sabía que había gente que pensaba que el oficio de escribidor no era sino un trabajo de mercenarios, de pobres desgraciados a los que se explotaban; o, peor aún, putos literarios, seres señalados por la sociedad como inspiradores de la degradación; sin detenerse a pensar, por lo menos un instante, que, para ejercer este oficio, en verdad se necesitaba ser dueño de una especial elocuencia que no todo escritor es capaz de rendir y entregar. Debía observarlo todo, analizarlo todo, y usarlo luego como materia prima de las palabras como si fuesen salidas de la cabeza del presidente. En constante reflexión interior debía ser capaz de intuir cada uno de los pensamientos del líder de la nación, para enfocarlos, con precisión milimétrica, en el análisis de todo hecho que concerniese a los intereses del país. Para ello acompañaba al presidente a todos lados. A los actos oficiales, a las presentaciones públicas, a los mítines políticos, a las ruedas de prensa, y en ellos observaba con detenimiento cada gesto, cada palabra pronunciada, incluso las que habían salido de su propia cabeza y se habían convertido, en acto de birlibirloque, en las palabras del otro. Cada movimiento del rostro o de las manos del presidente, era registrado por su memoria, para recrearlos luego en la página escrita con el tono, el acento, el ánimo, las buenas intenciones del caudillo. A veces aceptaba alguna sugerencia, pero siempre considerando el carácter y su elaboración estética, más que la verdad de los argumentos.
Para hacer su trabajo, conjuntamente con su buen juicio y el don de la escritura, había sido dotado por los servicios de inteligencia del país de censores y aplicaciones de última tecnología, que le servían para cuantificar la rutina de sus obligaciones. El disfraz, harto conveniente, lo hacía parecer un guardaespaldas y no un secretario de redacción, camuflado con el resto del personal de seguridad. Usaba unas gafas oscuras, que además de encubrir el ámbar penetrante de su mirada, disimulaban múltiples dispositivos de visualización con los que tomaba y enviaba fotos desde sus lentes oscuros. Estos adminículos le permitían, con un leve gesto, activar comandos de voz con los que podía comunicar y recibir mensajes a teléfonos celulares y computadoras, conectados a un micrófono auricular inalámbrico. Y con una discreta pizarra portátil, sensible al tacto, registraba notas breves, mandaba recomendaciones a los asesores y consultaba documentos en la red, todo en prudente secreto. Eran las extensiones de sus sentidos con las que podía ver, oír y transmitir más allá de su propio cuerpo; herramientas tecnológicas con las que los servicios de seguridad garantizaban la “inexistencia” de su Phantomschreiber. Esto último no era una metáfora. El artefacto lo convertía también en un ser invisible, por lo que no podía ser captado ni siquiera por los ojos de las cámaras fotográficas.
La investigación de los organismos de inteligencia le había revelado al presidente que su hombre provenía de una familia adinerada, de apellido Marchandet, cuyo origen se perdía en la mezcla de culturas bretonas y francesas. Una niñez rota paulatinamente por la muerte repentina y trágica de su hermano mayor, el abandono inexplicable de su madre, el trato autoritario y extremadamente controlador de su padre, y la ausencia de tíos y abuelos, hicieron parte de una misma neurosis que configuraron su estado de ánimo. Un profundo sentimiento de inferioridad lo obligaba a depositar en los demás la posesión de la verdad y la sabiduría, que era incapaz de reconocer en sí mismo. Parecía mimetizarse con el entorno, sacrificando hasta sus propias necesidades para no herir a los demás. Se mostraba debilitado en la autoestima, estigmatizado por el abandono, reservado, inseguro, aislado afectivamente, extremadamente nostálgico y sin ningún sentimiento de autonomía. Fue así como encontró en la sumisión al poder la satisfacción de sus necesidades y la calma para sus angustias.
Bajo esta herencia familiar, Sylvio Marchandet había crecido, recibiendo, -eso sí-, una singular educación en la que encontró refugio. Se licenció en Comunicación Social y en Idiomas, profesión con la que aprendió a comunicarse en los que para él eran cinco lenguas esenciales. Su alemán era puro, francamente aséptico; su francés poseía una delicadeza exquisita; la técnica del inglés era precisa, exacta; el italiano, rezumaba dulzura y melodía, y el castellano, su idioma natal, lo escribía con naturalidad, elegancia y lirismo.
En un discurso sobre el día del idioma puso en boca del presidente: “Las palabras determinan los latidos del corazón, y los latidos del corazón fijan el ritmo y el espíritu del lenguaje”.
Desde pequeño desarrolló un amplio gusto por las artes y un fino y agudo oído para la música, y sus múltiples lecturas lo hicieron poseedor de una instrucción y conocimientos que pudieron haberlo convertido, por sí mismo, en un estadista, un filósofo o un sabio. Su biblioteca personal superaba los 5 mil volúmenes; más de 5 mil libros que, incrustados en unas estanterías de madera, contenían una diversidad bibliográfica sólo equiparable a una biblioteca pública. Pródiga, es verdad, en muchos ejemplares de cortesía, y otros sustraídos con sigiloso romanticismo de las librerías, convencido como estaba de que robar libros era el delito más hermoso del mundo. Aquellos anaqueles también abarcaban documentos, cartas, diarios, mapamundis, planos de batallas, memorias, biografías, ensayos, monografías, guiones, tesis, materiales académicos de distintas disciplinas, propósitos de leyes, constituciones e, incluso, misivas de amor, -de amores propios-, que nunca llegaron a conocer la mirada de sus destinatarias por su vocación tímida y una afición escrupulosa a la constante corrección de sus manuscritos. Durante toda su vida se sumergió en esos volúmenes para descubrir las interioridades de un saber con el que podía solazarse en la interpretación libre de la política, la ciencia y la religión.
Leyó con apasionada voracidad, en edad temprana, a Montesquieu, a quien admiró en la lectura y relectura del pensador rebelde que él mismo quería ser, capaz de huir de la rigidez y resuelto a responder con naturalidad a sus pasiones y deseos de libertad. Se encontró en la escritura de Jean-Jacques Rousseau y François Marie Arouet. A Rousseau le arrebató la concepción de la escritura como una técnica vicaria del habla, y de Voltaire tomó aquello de que “la escritura es como la pintura de la voz”. También se aproximó a Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, del que aprendió muy bien cómo la buena escritura puede lograr con un sólo trazo ser fiel al objeto que evoca; y de John Locke, el antidogmático científico inglés, se instruyó en que lo que se escribe no es recipiente vacío en donde se vierte el contenido del pensamiento. A Alexander von Humboldt le ofrendaba una gran devoción; sobre todo al aventurero ilustrado que enfrentó con valor la geografía desconocida de un continente. De él absorbió su pensamiento nómada, la escritura errabunda en el movimiento perpetuo en la geografía de sus manos.
De los pensadores antiguos lo deslumbró el concepto de virtud expresado por Sócrates, y gracias a ese deslumbramiento, valoró a profundidad, -no coincidiendo siempre con él-, a Marx, a quien de todas maneras reprochó la calificación que hizo de Dios como un ente quimérico. Se introdujo en la filosofía griega y en la teología medieval, y detestó horrorizado aquella rudimentaria cosmología del Medioevo que Dante Alighieri describió en las imágenes de La Divina Comedia. Lo conmovió el pesimismo luterano, cuestionado por la física de Galileo; y gozó con misticismo la revolución creada por Copérnico, que colocaba al hombre que él era, -una piedra minúscula y angustiosa-, en el torbellino de una idea que cada día lo agobiaba.
En su peregrinar por los libros, a los 21 años de edad, sufrió una revelación: quería ser autor. Un poeta capaz de construir los versos más sublimes y estéticos, o escribir historias de ficción con las cuales explicar el vicio y la violencia de la humanidad. Quería ser guionista de cine o de teatro, para convertirse en un demiurgo de las tablas o la pantalla; o dedicarse a la escritura de ensayos, para ofrecer a los hombres la posibilidad de hacerles germinar el poder de pensar. Para ello se introdujo en las páginas de Mijaíl Bajtín. En su escritura se topó con el autor hecho voz enmascarada y oído polifónico en diálogo cronotopizado. Examinó a Michel Eyquem, señor de Montaigne y a su arte de escribir ensayos tomando ideas en préstamo. - “Con tantas cosas que tomar prestadas, -leyó en uno de los libros- me siento feliz si puedo robar algo, modificarlo y disfrazarlo para un nuevo fin”.
Gracias a Roland Barthes analizó “la muerte del autor”, y con él declaró que la palabra es la única forma en que la vida nunca muere. Y, por supuesto, leyó a Michel Foucault, sobre todo a Foucault, a quien contrarió en la idea de que el autor es “el lugar originario de la escritura”.
Pero Sylvio Marchandet adolecía de un inexplicable temor: decir mal lo que otros ya habían dicho mejor.
Esta aprehensión se ramificó en miedos viscerales. Se obsesionó con la pedantería que significaba remitir, a través de citas o paráfrasis, a autores en los que había inspirado su pensamiento; comenzó a sentir disgusto por los escritores que sólo perseguían la celebridad y la gloria por un trabajo que no debía tener otra recompensa que el placer, y empezó a dudar de su memoria y de su capacidad para ahondar lenta y profundamente en los asuntos que lo implicaban emocionalmente. Se sentía harto del endiosamiento de los autores consagrados. Si fuese por él, patrocinaría la publicación de libros anónimos, que fuesen capaces de sostener su fama sólo por su contenido. - “Menos nombres y más obra; eso me gustaría”, pensó.
El desapego y la falta de deseo por interiorizar en su sobre poblado mundo interior, le nublaron el intelecto. Sufrió y se afligió mucho. Y a pesar de su increíble lucidez, en un extraño caso de conciencia, comenzó a padecer de manías, trastornos y excentricidades. Después de un largo período de zozobra emocional, -que lo hizo rehuir de la idea de convertirse en autor por sí mismo-, decidió reconsiderar su decisión y abandonar su deseo de juzgarse un creador, trasfigurando su propósito original en un acto de plagio invertido. Luego de meditarlo detenidamente, comprendió que su talento sólo era posible si se lo adjudicaba a otro.
Este período de reflexión le permitió descubrir, conmoverse y consolarse por la sospecha de que William Shakespeare, en verdad no era William Shakespeare, sino otro poeta y dramaturgo inglés, -un noble, quizá-, que se vio obligado a reprimir su amor por la literatura por temor a que la realeza le cancelara su renta anual por dedicarse a un trabajo considerado como indigno para un lord.
En todo caso, a él no le interesaban el dinero ni el reconocimiento ajeno, sino la creación. En ese mismo tiempo también leyó a Rafael Bolívar Coronado, un escritor venezolano cuya audacia lo había llevado a fingir escritos propios como si fuesen de escritores latinoamericanos reconocidos.
Animado por todas estas coincidencias y simultaneidades históricas, Marchandet comenzó a escribir artículos periodísticos, crónicas literarias, poesías, guiones de teatro, libros de cuentos y novelas enteras, pero a diferencia de Bolívar Coronado, usó nombres de autores inexistentes que su imaginación manufacturaba, manteniendo en un gran acto de autoficción sus obras inéditas.
Un pensamiento lo mortificaba: “¿Hasta qué punto es legítimo presentar el trabajo de uno mismo como si lo hubiera escrito otra persona, aunque esa persona no exista? ¿No es eso un timo al lector, y, sobre todo, a sí mismo? ¿Puede haber verdad en un escritor apócrifo que hace célebres a autores incorpóreos a costa de la negación de su propio talento?”. No era ni modestia extrema, ni vergüenza. Para poder sobrevivir a la herida de una inseguridad absoluta, Marchandet debió recurrir a una disociación. Necesitaba la mirada y la aprobación de alguien más, sin importar que el reconocimiento –o la crítica- le llegasen por persona interpuesta. Él solamente precisaba ser leído, para sentirse visible. Era el anonimato como una forma de expresión que lo protegía de sus inseguridades, permitiéndole escribir en confianza y con absoluta franqueza y libertad. Era como una fotografía, que, para alcanzar la imagen plena, debía invertir los claros y los oscuros del negativo. Por eso, cuando fue contratado para escribir los discursos del presidente, sintió haber alcanzado su mayor logro, el clímax de sus aspiraciones, la cumbre más alta de quien escribe oculto tras el rostro de otro. Escalaba la cima propuesta como un desafío.
Como Ghostwriter debía ser más que un simple conocedor del lenguaje que colocaba en palabras escritas las ideas del personaje de vida pública más importante del país. Además de ser muy buen escritor, el oficio le exigía pensar, sentir y prever lo que el líder quería decir; entender su tono interior. Debía evitar que las palabras desbordasen las intenciones del orador. Debía ser comedido en su cultura, atento en su memoria y prudente en el conocimiento, cualquiera que fuese el tema. Había algo esencial en su condición de escribidor: “Un público que escucha un discurso y uno que lo lee son dos instancias distintas de un objetivo afín”. De allí que debía convertirse no sólo en la voz, -con sus mismos dejos y expresiones idiomáticas, el mismo acento particular con el que hablaba-, sino también, en el mismo cerebro del otro, hasta llegar a pensar las veinticuatro horas del día en lo que el otro probablemente haría; y sin caer nunca-nunca, eso sí, en la tentación de reclamar autorías.
Todos los créditos y los honores debían llevárselos el líder. Si por algún impulso o error dejaba de ser anónimo, fracasaba el ardid, pues la estratagema consistía en que el presidente quedara como único autor de las palabras escritas, apropiándose, incluso, de la fama. Para Marchandet, su vanidad personal estaba absolutamente relegada. Sabía que los Kundenspezifische autoren, como los buenos amantes, nunca debían hablar de los discursos que habían creado. Para él esto no significaba ningún esfuerzo. Por el contrario, era su mayor momento de expresión y triunfo, su mayor minuto de excitación, de placer intenso, su orgasmo. Así podía contemplar a la humanidad al trasluz, deteniéndose en los pequeños fuegos de las historias humanas, pero como un simple espectador. Ya lo había hecho antes, muchas veces, escribiendo novelas de suspenso, ficciones históricas, cuentos de misterio o de terror, siendo el fantasma literario de otros escritores fantasmas, que, saturados de trabajo, le habían rogado su ayuda. También había sido hacedor de frases o interpolador de pensamientos de grandes personajes de la historia en las palabras de fin de curso de sus profesores en la universidad. En una pequeña agencia de publicidad había redactado eslóganes publicitarios, y como cronista a destajo compuso cartas de amor para amantes iletrados que eran incapaces de expresar por escrito la autenticidad de sus sentimientos.
En ocasiones Marchandet recordaba con nostalgia la relación de escritura y amor que había mantenido con aquella dama con la que descubrió los secretos del Kama Sutra. Audaz y voluntariosa, luego de un viaje por tierras de la India, la dama deseaba contar sus aventuras en un libro autobiográfico. Alquiló la pluma de Sylvio, y quiso compartir con él, además de sus experiencias de vida, su devoción por el sexo. La timidez de su escritura se sobrepuso por única vez, con valor suficiente, para saber lo que era el arte de amar sin sentirse un pecador.
En un momento de confidencia personal se preguntó a sí mismo: “¿Firmarías alguno de los libros que escribiste como escritor fantasma?”. - “No”, se respondió. “Es como si necesitara de un programa de protección de testigos para operar resguardando mi seguridad”
Escribir para el presidente en las condiciones que se le habían impuesto, le ofrecían dos o tres ventajas a su condición, además de la libertad, y quizás la irresponsabilidad del anonimato. Una era la posibilidad de influir con su pensamiento en decisiones trascendentales para los habitantes de su nación y del mundo; la otra, la de extenderse, incansablemente, en los largos textos que se derramaban, bien atados por puntos y comas, a través de los seres que habitaban en su memoria de lector. Y en lo más hondo de su existencia, en lo más recóndito de su condición humana, como una reprimida y hasta renegada dosis de inmodestia, había un pensamiento recurrente que le alentaba la mueca sardónica de quien se relame de gusto al imaginar la duda y el recelo de quienes sospechaban que el presidente recurría a los servicios de un escritor sombra, pero sin poder confirmarlo.
Desarrolló un estilo presidencial propio, inventando una voz a partir de la decodificación de la voz del otro, imitándola a la perfección. Escribía en un castellano puro, con técnica precisa, y una delicadeza exquisita que aportaba lirismo al mensaje político. Y cuando lo consideraba necesario, se valía del recurso de alardear con expresiones escritas en otros idiomas. Elegía cada palabra, ordenándolas en un discurso coherente y proporcionado que pudiera ser pronunciado con ternura, verdad, sabiduría y modestia. Sin excederse, en los puntos y seguido, colocaba en boca del mandatario el suspiro ansioso de quien comunicaba las angustias de un ciudadano como un elector más.
Escribía trece discursos en una semana común; dos diarios, con agendas que empezaban a las 5 de la mañana y terminaban pasadas la medianoche. No discutía el contenido y la forma de un texto con nadie, con lo que evitaba el engorroso trabajo de interpretar el pensamiento de los asesores: cancerberos con veleidades de escribas; y para su fortuna, el hombre para quien escribía, no se interesaba en cuestiones de estilo ni tenía interés en figurar, publicar o hacerse conocido como un escritor.
Marchandet se hizo experto en temas tan opuestos como economía y religión. Escribió con profundidad y sapiencia sobre educación, salud y seguridad. Trató con reflexión y juicio la diplomacia y las relaciones internacionales, llegando a interpelar con magnanimidad a los países destinatarios de los discursos pronunciados en los podios de organismos internacionales; y si lo invadía la duda sobre alguna palabra, escarbaba en su tablet el significado mediante una aplicación que lo remitía, a través del laberinto de la red, hasta la sede misma de la Real Academia de la Lengua Española, en el número 4 de la calle Felipe IV.
Un suceso curioso e inusual vino a sublimar, aún más, el celebrante delirio cotidiano de su oficio de escribir. La firma de un tratado de intercambio comercial debía producir el encuentro de los dos presidentes más importantes de la región. La reunión tendría repercusiones continentales, por lo que se preparó para el compromiso como buena sombra tutelar. Él sabía muy bien que la palabra –la buena palabra-, era definitiva a la hora de gobernar. Para lo que no estaba preparado era para la solicitud –la orden más bien- que le fue impuesta por el propio presidente para que redactara las ponencias de ¡ambos mandatarios! El acuerdo tenía que ver con la necesidad de que los dos mensajes, aunque escritos con estilos y contenidos diferentes, confluyeran en el mismo delta de las propuestas. Una cuestión de interés político.
Advertido de la agenda que los dos hombres debían cumplir, -visitas oficiales a grupos de empresarios, y a institutos de comercio exterior, comité de negocios, reuniones con banqueros, intercambio de trabajo diplomático y conversaciones sobre políticas culturales y la repercusión de todos estos temas en beneficio de otras actividades-, el pronunciamiento de los discursos oficiales se convirtió en una tarea agobiante. Supuso un rango de responsabilidad que lo hizo padecer de severos dolores intestinales, y aunque escribir se convertía para él en un acto de meditación y oración, había momentos en que el corazón le latía tan fuerte que debía poner su mano sobre el pecho para apaciguarlo. - “La íntima emoción del pensamiento convertido en escritura”, pensó.
Pero esto no lo detuvo. Escribió día y noche, mientras duraron las reuniones. Como un copista medieval, sentado ante su atril de escritura electrónica, procesó datos para convertirlos en información conveniente y útil; transcribió línea por línea, con vocación amanuense, hasta que se le cansó la vista, le dolió la espalda y se le comprimió el pecho y el estómago, en un auténtico suplicio del cuerpo. Con paciencia, luchó con las palabras y las frases. Emborronaba, tachaba y corregía las cuartillas iluminadas en la pantalla de la computadora y entintadas en el papel, usando sus infinitos recursos no sólo para huir de la monotonía y pobreza de vocabulario, sino para alcanzar dos discursos distintos en estilo y contenido, pero iguales en precisión, elegancia, claridad y armonía.
Se levantaba de la silla únicamente para ir al baño, luego de pasar largas horas reelaborando cinco o seis veces una simple página. A veces se sentía cansado, pero escribir era mucho más poderoso. Bastaba un instante, una hendija, para que todo se iluminara y retornara la bendición. Sentía que con su trabajo elogiaba a Dios, procuraba placer a los ángeles y convertía a pecadores en hombres justos. Escribía con representaciones gráficas sin sonido, pero de donde surgían pensamientos ruidosos e ideas dotadas de estruendo, que engrandecían con cada aseveración y autoridad de escritura, los textos presidenciales. Aquellos escritos pretendían confirmar la verdad revelada, fundirse en realidades trascendentes. Asumía la reflexión que le había sido encomendada en el espacio donde el pensador que era, indagaba hasta descubrir la posibilidad de nuevos escenarios. Escribía sobre lo que había vivido, atravesando las fronteras en las que sentir y pensar se fundían en una misma sensación. Como si la escritura fuese una mezcla de devoción sagrada y mentalidad de esclavo, de monaco certosino y de nègre littéraire.
Después de dos semanas, logró salir con vida de aquel laberinto. Si hubiese estado en un monasterio de la Edad Media, copiando manuscritos como escriba monástico, hubiese escapado con la espalda deformada, la vista degradada y el estómago estragado por los incontables tragos de café. Pero, se sentía orgulloso; más bien, erguido de estimación propia, con la arrogancia de quien se sabe capaz de modificar la realidad con las palabras. ¡Y de qué manera!
Los discursos elaborados fueron relámpagos de lucidez que invitaron a la reflexión de los presentes en los encuentros y de los medios de comunicación.
Fue capaz de armar dos relatos en equilibrio. Ambos mandatarios leyeron sus discursos con complicidad tal, que se diría que además los ensayaron. No hubo sentido competitivo en aquellas palabras, ni disputas, ni rivalidades, sino el acomodo necesario para completar los significados del otro. Como si ellos fuesen en verdad los autores, se mantuvieron comedidos y considerados al ritmo, a las cadencias, a los virajes, a las gradaciones. En una armoniosa sucesión semántica, fueron y vinieron desde los lugares más esperados hasta los más sorprendentes, plenos de tensiones, de balances, de comedimientos y de libertades.
Para Sylvio esto supuso poner de relieve su genialidad de escritor, su capacidad para la observación detenida y el conocimiento de la vida de ambos países… y de ambos personajes. También la inteligencia suficiente para ver más allá de la escena de la actualidad, penetrando la rutina de lo cotidiano y reflejando los destellos del universo entero. Eso sí, el esfuerzo de escritura no constituyó un entretenimiento banal, sino un ejercicio de creación doloroso, aunque liberador. La experiencia, -sublime para él-, no lo preparó para lo que vendría después.
El presidente había sido invitado para hablar sobre la guerra ante un foro de líderes mundiales. Debía escribir una intervención que no podría exceder los treinta minutos, y su contenido tenía que ser lo suficientemente contundente para no defraudar las expectativas. Al momento que le fueron impartidas las instrucciones, Sylvio Marchandet tuvo un extraño pensamiento: “Todos quieren ser yo, incluso el presidente. Todos desean el don, políticamente sagrado, de convertir los pensamientos en palabras inteligentes”.
Sentado ante la computadora experimentó esta vez nuevos niveles de presión, poder y encanto. Al contacto con las teclas, la sensación táctil y la respuesta auditiva del leve tableteo, lo hizo pensar en la cuota de confianza que se le otorgaba y que implicaba darle una autoridad sustancial a todo lo que salía de su cabeza. Recordó el secreto de aquella técnica que había ideado para proyectar en sí mismo la confianza suficiente de la efectividad de sus palabras ante el auditorio, aunque él mismo nunca hubiese pisado uno, al menos como orador. Solía imaginar a los asistentes, sentados, diminutos y vulnerables, literalmente desnudos por la fuerza de sus argumentos.
¡Entonces sus ojos amarillos relampaguearon, por primera vez de vanidad, y por su cabeza desfilaron las imágenes de la intervención presidencial! Imaginó al presidente, montado en el podio del mundo. Con airosa cabeza, y enérgica nariz, blandiendo los brazos largos desde el cuerpo esbelto, como quien dirige con sus manos la extravagante jactancia de lo escrito en el papel. Fantaseó sobre los elogios que recibiría la intervención presidencial. La repercusión en los medios de comunicación que se referirían a aquel acto como un trabajo de la agudeza, la viva percepción de una mente brillante, que haciendo frente a la violencia de la guerra, hizo un análisis sincero y sin tretas. Escuchó con claridad el ruido ensordecedor en las redes sociales.
La renegada dosis de inmodestia que hasta ahora había ocultado, dio paso al libre ejercicio de sus disimuladas obsesiones. El exceso anónimo de pasado comenzó a brotar detrás de lo que hasta ahora había sido una impostura. Mientras escribía, de tanto en tanto, hacía una pausa en la escritura para calcular las aprobaciones y los aplausos. Este pensamiento lo hizo sentir conciencia de sí mismo. Nunca como ahora se había detenido a pensar en el uso de sus capacidades propias, en los beneficios que podrían otorgarle la ejecución de sus propios méritos.
Ahora, cuando por un segundo había alcanzado el discernimiento para reconocerse detrás de los discursos que habían sido admirados hasta por el mismísimo Papa, comprendía el poder de sus palabras. En ese justo instante sufrió una transmutación. La mente lúcida, que se había ofrecido en sacrificio para iluminar el vacío de otras mentes, -por un minuto, como en un espejo-, se miró reflejada en la soledad del podio, alterando su cuerpo y sus gestos. Abandonaba al escritor invisible, dejaba de sentirse anónimo, sufría la transformación de la exhibición impúdica, mediante el gesto egocéntrico, megalómano, de quien rompe el pacto con la humildad, para sentirse alzado por los aires del líder en el poder. No sin asombro propio, por cierto, pues desprenderse de la piel de “Sylvio Marchandet” representaba arrancarse la penumbra espesa de una obstinada silueta. Dejar atrás, de golpe, el mundo que había cruzado a hurtadillas, el que le había reprochado la osadía de existir en vano, para fascinarse libremente de la nueva conciencia que lo elevaba por encima del podio.
Sylvio Marchandet pasó, en un rapto tan intenso que lo privó de sus sentidos, de emociones tan extremas como la ambición y la vanidad, la sed de poder absoluto y el optimismo, el cálculo y la frialdad, el exhibicionismo y la mordacidad, la frivolidad y el control; a la disimulación, el fingimiento, la inseguridad, la impostura, la distancia, la superficialidad, la falacia, la trampa, la mentira, ¡la traición! Allí mismo comprendió su fugacidad, la arrogancia fantasma del escritor invisible.
Durante esas noches de preparación de los discursos, en las pocas horas de sueño, fue invadido, mientras dormía, por fantasías que se repetían, a veces como pesadillas, a veces como imágenes apacibles. Una noche soñó su metamorfosis en una página en blanco, en cuyo rectángulo se aposentaban el rastro de insectos, como hileras de manchas, puntos y garabatos. Un entomólogo que leía los apuntes, actuando como un sicario, aplastaba sobre la página, las manchas sin significados, como si buscara en la escritura el rastro criminal que se había escapado del laboratorio del folio de la pantalla. Marchandet no podía vislumbrar el motivo de este sueño, pues era incapaz de penetrar la huella de aquellos bichos que poblaban la selva en miniatura de las anotaciones. Las sinuosidades de las larvas, como lengua árabe, contrastaban con el centenar de contornos estilizados de las mantis religiosas que colgaban entre las ramas de un árbol de escritura china.
Otra noche se soñó flotando en el agua, en un infinito océano de agua, sobre cuya lámina azul escribía, nadando incansablemente sin dejar huella. Otra noche tuvo un sueño nuevo. Soñó con el beso de una de sus amantes secretas. Un esbozo de beso, cercano a un polvo de sombra. Con una promesa en los labios y una pregunta suya en la boca, pero sin tocarse de verdad, él le preguntó: “¿No me vas a dar las llaves? — “¿Para qué?, -dijo ella-los exspiravit pueden traspasar las puertas”.
Cuando despertó tuvo la sensación de haber perdido todas las facultades de movimiento y habla, y se limitaba a fijar la mirada en el titilar del cursor en la pantalla de la computadora. Se vio a sí mismo como una forma nebulosa, inmaterial, que flotaba en los contornos indefinidos de un cuerpo. Sintió el dolor fantasma de los miembros amputados. Primero había desaparecido la mano derecha, y el resto de ese brazo, que pudo disimular durante un tiempo con las mangas largas del saco de vestir. Luego se desvaneció su pierna izquierda. La luz de la pantalla de la computadora pasaba a través de su cuerpo, y la distorsión que se reflejaba en los objetos del otro lado, lo encontraba con la mirada fija en una ventana, como quien espera una idea genial.
Del miedo pasó a la tristeza, y de la tristeza al temor de la muerte. Después de las piernas y las manos, se esfumaron la boca y los oídos. Aunque seguía recibiendo mensajes de los miembros perdidos, no podía ver ni siquiera los ojos con los que miraba. Pero podía mover objetos con la visión de sus manos, oír sonidos con los oídos desaparecidos, oler aromas con una nariz evaporada, y en una especie de nebulosa, ver cómo los objetos a su alrededor también se convertían en espectros.
Disminuyó la temperatura de su cuerpo, adoptando los olores de los espacios cerrados, y aunque se desplazaba con precaución para no alertar su presencia con ruidos, se ponía en evidencia por las torpezas en la redacción. Su tono se volvió áspero, cavernoso, fundido con una escritura imperfecta, anárquica, irreconocible. Se había trastocado de ángel de la guarda, en su propio demonio. Ponía una letra, dos más, y una gota de sudor corría por el rostro de vidrio del cancel del computador. En ese estado que no es el de la intimidad de ningún secreto, sino la inequívoca sensación de la clausura, del destierro, había comenzado a desesperarse por volver a encarnar un ser real, respirando con fatiga su invisibilidad.
- “Nada puedo argüir. Me he hecho igual al que intenté. Sé que nada me justifica, ni el murmullo en el que merodeo, ni la conspiración ciega que ahora soy. Otro mira por mis ojos, porque mi alma, finalmente como un fantasma, tiene a quien firma mis escritos como dueño. Pero ahora él fracasa en el enervamiento del oficio diario, pues no sabe qué hacer con tantos estilos de escritura”.
Los servicios de inteligencia, por orden presidencial, detuvieron al escritor fantasma, al Doppelgänger, bajo la acusación de violación de contrato. El centellazo de reconocimiento público había hecho visible su culpabilidad.
Fotografías: 1 Wael Tawil. Estambul. www.pexels.com 2 André Felipe. Sao Pablo, Brasil. www.pexels.com 3 www.pexels.com 4 Yasin Gündogdu. Lauda-Königshofen, Alemania. www.pexels.com 5 Especialización en fotografía de autor 6 Cottonbro. San Petersburgo, Rusia. www.pexels.com 7 Stacey Gabrielle Koenitz Rozells. Singapur. www.pexels.com 8 Ena Marinkovic. Belgrado. www.pexels.com 9 Rodol Clix. Sao Paulo, Brasil. www.pexels.com 10 Zack Jarosz. Pensilvania. www.pexels.com 11 Rodol Clix. Sao Paulo, Brasil. www.pexels.com 12 Kate Graur. www.pexels.com 13 Adrien Olichon. Lyon, Francia. www.pexels.com 14 Maria Orlova, Portland, EE.UU. www.pexels.com 15 www.pexels.com 16 Mister P. Gent, Belgica. www.pexels.com 17 Pedro Figueras. www.pexels.com 18 Amine M'Siouri. Mouzaïa, Algeria. www.pexels.com 19 Yan Krukov. www.pexels.com 20 Pedro Figueras. www.pexels.com
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
viernes, 29 de junio de 2018
Barricada
Barricada, el cuento de Rafael Simón Hurtado, retrata una ciudad de ficción en la que sus habitantes asisten a su deterioro paulatino, sistemático y continuado. A tal extremo sufren la pesadumbre del menoscabo que hasta los maniquíes y las estatuas salen a protestar.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
Las barricadas puestas a estorbar el paso de la gente, exigían la renuncia del presidente. A contraluz, la enorme mole irregular silueteaba la orgullosa deformidad de una turba levantisca. Desde aquí se podía ver cómo la armaron, cómo trazaron aquella geometría contrahecha al compás de las notas poderosas de un himno revolucionario. Los manifestantes, a juzgar por los enseres con los que fueron proveyendo las barricadas, estaban al borde de la desesperación, pues, para armar los parapetos inutilizaron el mobiliario de sus hogares, de las plazas públicas y de los comercios.
De las entrañas de sus casas sacaron muebles, computadoras, colchones, cocinas, ollas, lavamanos, fregaderos; de las plazas, arrancaron adoquines, talaron árboles y rompieron los bancos de madera y cemento; y de los comercios, del interior de carnicerías y bodegas, sumaron al armatoste, neveras, vitrinas y mesones, coreando con la solemnidad de las supremas resoluciones populares, una protesta indignada. Bastaba con que alguna persona se asomara por encima de las barreras, a quejarse por lo que imaginaba una desconsideración ciudadana, para que el grito de catarsis se escuchara poderoso: ¡Fuera vividores!
Es que la ruina material de la vida cotidiana se había colado por debajo de las puertas de las casas, con tan impúdica ostentación y desvergüenza, que finalmente penetró y ocupó los rincones de todas las habitaciones hasta que sacó a los ciudadanos a las calles.
No dejó lugar en donde no se instaló la miseria. Primero fueron los bombillos fundidos por los constantes apagones, después las tuberías rotas y los manillares descompuestos de las puertas. En las habitaciones el friso de las paredes dibujaba mapas de humedad, y del techo, la pintura blanca caía en pequeños desprendimientos de desamparo.
Al principio yo no me había percatado de que había habido un cambio en la actitud de las gentes. Distraído, como era, había seguido el curso de los días de mis vecinos sin darme por enterado de que algo estaba pasando.
Parado como siempre en mi pequeño balcón, observaba con indiferencia el devenir diario de mi ciudad. Miraba sin inmutarme cómo mis vecinos entraban y salían de sus casas y oficinas, cumpliendo una orden habitual y común. Cómo recorrían los mercados mientras comían puntual o apresuradamente en los restaurantes o en las ventas ambulantes, o respondían, en medio del caos de vehículos que hacía tiempo se había saltado cualquier posibilidad de control, al mensaje fragoroso de los comerciantes en los tenderetes.
Domiciliado como estaba en mis vivencias íntimas, no advertía el flujo de comentarios y noticias que hablaban del descontento de la urbe.
Lo primero que cambió fue el lenguaje. Ya nadie ofrecía los buenos días o daba las gracias por obtener algún servicio. La gente decía “a su orden”, pero en verdad no había intención de cumplir con ningún mandato.
En lugar de las palabras se habían impuesto sonidos inarticulados y confusos. Los nuevos sonidos trajeron consigo una especie de fisión, por la que los propios vecinos, en las colas del mercado o en las filas de los bancos, comenzaron a mirarse con sospecha unos a otros. Siempre es igual. Al caos de las palabras lo precede el colapso humano. Si no, recuerden la Torre de Babel, la fábula bíblica que registró el testimonio de la comunicación imposible cuando las voces se confunden.
La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo.
Los que gobernaban inventaron una lengua que puso nombre extraño a las cosas que ya existían. Y hubo en este acto tanta vanidad y arrogancia que los hombres, las palabras y las cosas se distanciaron en un mar de confusión iracundo y vengativo. La ruina de la violencia se precipitó sobre la ciudad. Así empezó el trastorno.
Del desbarajuste del suministro eléctrico, la ciudad pasó a la ruina de los drenajes; después al desorden en la recolección de basura y el desconcierto de la vialidad. Comenzaron a escasear los alimentos y el agua potable. Los saqueos se hicieron frecuentes. A diario se veían grupos de personas armando atajos para detener y despojar camiones cargados de comidas. Con desilusión comencé a verlos salir por las puertas de los comercios con el gesto furtivo de quien, con un paquete en cada mano, toma el botín y huye.
Recuerdo la primera vez que vi cómo un grupo de personas penetró en las unidades habitacionales de un edificio de apartamentos vacío. Forzaron las puertas y como no había nadie, se quedaron a vivir allí para siempre.
Este episodio, que antecedió la mañana en que la ciudad amaneció envuelta en un espeso manto gris, vino a acentuar el dolor de las necesidades ajenas. Después cayó la lluvia de cenizas que tiñó el rostro de los transeúntes y se aposentó como un rastro de óxido, moho y herrumbre, en todo artefacto. Las casas envejecieron prematuramente. El agua putrefacta de las cañerías comenzó a salir por los grifos de las aguas blancas, inutilizando las llaves de fregaderos y duchas, y el chorro, perplejo y débil de las pocetas, colmó las tazas hasta mancharlas con el color de las sustancias corruptas.
La luz eléctrica, -enredo de cables que enmarañaba la ciudad invisible en el tejido de su sombra-, ataba comunidades completas al muñón del tendido que salía de los postes, alrededor de los cuales se trenzaba la incertidumbre de los apagones. Si bien el mecanismo se cumplía de acuerdo a una cierta maniobrabilidad que apoyaba las decisiones humanas para impedir que se quemaran los aparatos eléctricos, el fenómeno era de una ejecución tan azarosa que siempre se imponía el desperfecto.
Foto de Alejandro Cegarra.
Los enfermos en los hospitales comenzaron a palpar este deterioro. El alma de las ausencias puso a flotar los cuerpos en el líquido tibio de un aire viciado y a la deriva. Al llegar a las salas de espera uno encontraba una enorme fila de gente que, mientras aguardaba su turno, se entregaba a la redacción de una lista interminable de requisitos que en ocasiones llevaba años. No había piedad ni atenuante para la impaciencia de quienes padecían algún dolor.
Supongo que fue esta sucesiva acumulación de frustraciones la que produjo el cambio en el rostro de las gentes, y después la mudanza en las costumbres. Ya no soportaron más. Salieron a las calles en tropel convencido, dejando sobre el asfalto montículos de escombros. No gritaban, pues habían resuelto emplear la estrategia del silencio como reprobación. El sordo disgusto los llevó a organizarse en filas pétreas frente a los mercados, a empotrarse en las puertas de las farmacias y en las entradas de los bancos en eternas y mudas colas, en una asfixia existencial que los convertía en una congoja de péndulo, en un rumor de marea delirante.
Con sus acondicionadores de aire inservibles y sus neveras vacías y abiertas de par en par, montaron barricadas teatrales. Las bicicletas de los niños, ancladas en el último pedaleo sin suspiro de unos desinflados cauchos, se encadenaron al abandono de cocinas eléctricas, y sobre los derribos, ondeando como ventanas negras de ojos de ciego, las pantallas de TV simulaban un gran videowall.
Fue cuando vi que de las vitrinas de las tiendas de ropa cientos de maniquíes escaparon para espesar la manifestación humana. Las delgadas paredes de vidrio de los escaparates abrieron paso a los cuerpos reanimados, que al cruzar el umbral de los aparadores, abandonaron su condición de objetos y mercancía. De los depósitos emergían cientos de caras y ojos que parecían desafiar la vida. Se homologaron con los vivos, igualándose en privilegios. De meras exhibiciones públicas, se transformaron en briosos cuerpos del paisaje. Incluso, se movían con mucha más agilidad que las estatuas que también habían bajado de sus pedestales. Al ocupar los nuevos espacios, convirtiendo en carne y hueso viejos sueños de vida, algunos –los más osados-, reavivaron los recuerdos fugitivos de aquel mayo de 1968 en Francia; volcando vehículos, vengándose del tráfico, desmembrando la ciudad. Ajustando lo animado con lo inerte; lo dotado de alma, con lo extinto. Yo mismo decidí saltar a la calle, resuelto a vivir las cosas más que a contemplarlas…
Imagen Jean-Luc Courcoult.
DE PRONTO UN DISPARO SALIDO DE NO SE SABE DÓNDE provocó el caos. Aunque intentamos defendernos de los cuerpos antidisturbios, resguardándonos en los parapetos y barricadas, no pudimos escapar a la intemperie de las balas, por lo que debimos huir atropellándonos unos a otros por la irritación de los gases lacrimógenos y el impacto de los perdigones de goma. Luego de que los camiones hidrantes, como grandes ballenas, nos golpearon sin piedad con sus disparos de agua, tuvimos que escondernos con nuestros trajes empapados, dejando calles y avenidas en absoluta soledad. La persecución dejó un rastro de maniquíes como cadáveres de guerra. En sus cuerpos mutilados se esbozaba una mueca de agonía con sangre recubriéndonos la piel.
Después de algunas horas, de casas y apartamentos, un grupo que había observado a buen resguardo estos episodios, comenzó a salir, asomándose tímidamente a las puertas. Salieron a la vía pública con cautela, y tras asegurarse de que ya no había nadie en las esquinas, -ni manifestantes ni policías-, con el impulso de un deseo ingobernable, treparon hasta lo más alto de los montículos de artefactos abandonados para tomar posesión de los tesoros sin dueño.
Un hombre joven se llevó la nevera de dos puertas. Otro, de mediana edad, cargó sin ayuda con el acondicionador de aire. Una mujer morena, embutida en la represa de unos pantalones de lycra, protegió la licuadora con su cuerpo, y un niño en edad adolescente, llevado por sus propias fuerzas, pudo transportarse a sí mismo en el esqueleto reavivado de la bicicleta. Un obrero montado en un pay loader, mientras despejaba las calles partiendo en dos el cuerpo de las barricadas, examinaba el cristal líquido de las pantallas planas.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
La ciudad regresó a sus límites. Nada cambió. Las aguas negras siguieron su curso. Los cortes de luz eléctrica administraron sus operaciones entre fallas y racionamientos; el presidente continuó en su cargo, y en los hospitales, el sentido común y la intuición, sucumbieron ante la bofetada de la realidad.
Una fotografía de la primera página del diario resumió lo acontecido: Un anciano, cuyo andar caduco era sostenido por un par de muletas, pudo ¡por fin!, con los huesos de las pelvis de un maniquí tirado en la calle, hacerse sus propias prótesis. Atónitos, mis ojos veían cómo el anciano, con energía inusitada, fracturaba las partes humanas de mi cuerpo, indiferente a mis súplicas, aquellas con las que le rogaba que me dejara aunque fuese un poco de vida.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
Las barricadas puestas a estorbar el paso de la gente, exigían la renuncia del presidente. A contraluz, la enorme mole irregular silueteaba la orgullosa deformidad de una turba levantisca. Desde aquí se podía ver cómo la armaron, cómo trazaron aquella geometría contrahecha al compás de las notas poderosas de un himno revolucionario. Los manifestantes, a juzgar por los enseres con los que fueron proveyendo las barricadas, estaban al borde de la desesperación, pues, para armar los parapetos inutilizaron el mobiliario de sus hogares, de las plazas públicas y de los comercios.
De las entrañas de sus casas sacaron muebles, computadoras, colchones, cocinas, ollas, lavamanos, fregaderos; de las plazas, arrancaron adoquines, talaron árboles y rompieron los bancos de madera y cemento; y de los comercios, del interior de carnicerías y bodegas, sumaron al armatoste, neveras, vitrinas y mesones, coreando con la solemnidad de las supremas resoluciones populares, una protesta indignada. Bastaba con que alguna persona se asomara por encima de las barreras, a quejarse por lo que imaginaba una desconsideración ciudadana, para que el grito de catarsis se escuchara poderoso: ¡Fuera vividores!
Es que la ruina material de la vida cotidiana se había colado por debajo de las puertas de las casas, con tan impúdica ostentación y desvergüenza, que finalmente penetró y ocupó los rincones de todas las habitaciones hasta que sacó a los ciudadanos a las calles.
No dejó lugar en donde no se instaló la miseria. Primero fueron los bombillos fundidos por los constantes apagones, después las tuberías rotas y los manillares descompuestos de las puertas. En las habitaciones el friso de las paredes dibujaba mapas de humedad, y del techo, la pintura blanca caía en pequeños desprendimientos de desamparo.
Al principio yo no me había percatado de que había habido un cambio en la actitud de las gentes. Distraído, como era, había seguido el curso de los días de mis vecinos sin darme por enterado de que algo estaba pasando.
Parado como siempre en mi pequeño balcón, observaba con indiferencia el devenir diario de mi ciudad. Miraba sin inmutarme cómo mis vecinos entraban y salían de sus casas y oficinas, cumpliendo una orden habitual y común. Cómo recorrían los mercados mientras comían puntual o apresuradamente en los restaurantes o en las ventas ambulantes, o respondían, en medio del caos de vehículos que hacía tiempo se había saltado cualquier posibilidad de control, al mensaje fragoroso de los comerciantes en los tenderetes.
Domiciliado como estaba en mis vivencias íntimas, no advertía el flujo de comentarios y noticias que hablaban del descontento de la urbe.
Lo primero que cambió fue el lenguaje. Ya nadie ofrecía los buenos días o daba las gracias por obtener algún servicio. La gente decía “a su orden”, pero en verdad no había intención de cumplir con ningún mandato.
En lugar de las palabras se habían impuesto sonidos inarticulados y confusos. Los nuevos sonidos trajeron consigo una especie de fisión, por la que los propios vecinos, en las colas del mercado o en las filas de los bancos, comenzaron a mirarse con sospecha unos a otros. Siempre es igual. Al caos de las palabras lo precede el colapso humano. Si no, recuerden la Torre de Babel, la fábula bíblica que registró el testimonio de la comunicación imposible cuando las voces se confunden.
La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo.
Los que gobernaban inventaron una lengua que puso nombre extraño a las cosas que ya existían. Y hubo en este acto tanta vanidad y arrogancia que los hombres, las palabras y las cosas se distanciaron en un mar de confusión iracundo y vengativo. La ruina de la violencia se precipitó sobre la ciudad. Así empezó el trastorno.
Del desbarajuste del suministro eléctrico, la ciudad pasó a la ruina de los drenajes; después al desorden en la recolección de basura y el desconcierto de la vialidad. Comenzaron a escasear los alimentos y el agua potable. Los saqueos se hicieron frecuentes. A diario se veían grupos de personas armando atajos para detener y despojar camiones cargados de comidas. Con desilusión comencé a verlos salir por las puertas de los comercios con el gesto furtivo de quien, con un paquete en cada mano, toma el botín y huye.
Recuerdo la primera vez que vi cómo un grupo de personas penetró en las unidades habitacionales de un edificio de apartamentos vacío. Forzaron las puertas y como no había nadie, se quedaron a vivir allí para siempre.
Este episodio, que antecedió la mañana en que la ciudad amaneció envuelta en un espeso manto gris, vino a acentuar el dolor de las necesidades ajenas. Después cayó la lluvia de cenizas que tiñó el rostro de los transeúntes y se aposentó como un rastro de óxido, moho y herrumbre, en todo artefacto. Las casas envejecieron prematuramente. El agua putrefacta de las cañerías comenzó a salir por los grifos de las aguas blancas, inutilizando las llaves de fregaderos y duchas, y el chorro, perplejo y débil de las pocetas, colmó las tazas hasta mancharlas con el color de las sustancias corruptas.
La luz eléctrica, -enredo de cables que enmarañaba la ciudad invisible en el tejido de su sombra-, ataba comunidades completas al muñón del tendido que salía de los postes, alrededor de los cuales se trenzaba la incertidumbre de los apagones. Si bien el mecanismo se cumplía de acuerdo a una cierta maniobrabilidad que apoyaba las decisiones humanas para impedir que se quemaran los aparatos eléctricos, el fenómeno era de una ejecución tan azarosa que siempre se imponía el desperfecto.
Foto de Alejandro Cegarra.
Los enfermos en los hospitales comenzaron a palpar este deterioro. El alma de las ausencias puso a flotar los cuerpos en el líquido tibio de un aire viciado y a la deriva. Al llegar a las salas de espera uno encontraba una enorme fila de gente que, mientras aguardaba su turno, se entregaba a la redacción de una lista interminable de requisitos que en ocasiones llevaba años. No había piedad ni atenuante para la impaciencia de quienes padecían algún dolor.
Supongo que fue esta sucesiva acumulación de frustraciones la que produjo el cambio en el rostro de las gentes, y después la mudanza en las costumbres. Ya no soportaron más. Salieron a las calles en tropel convencido, dejando sobre el asfalto montículos de escombros. No gritaban, pues habían resuelto emplear la estrategia del silencio como reprobación. El sordo disgusto los llevó a organizarse en filas pétreas frente a los mercados, a empotrarse en las puertas de las farmacias y en las entradas de los bancos en eternas y mudas colas, en una asfixia existencial que los convertía en una congoja de péndulo, en un rumor de marea delirante.
Con sus acondicionadores de aire inservibles y sus neveras vacías y abiertas de par en par, montaron barricadas teatrales. Las bicicletas de los niños, ancladas en el último pedaleo sin suspiro de unos desinflados cauchos, se encadenaron al abandono de cocinas eléctricas, y sobre los derribos, ondeando como ventanas negras de ojos de ciego, las pantallas de TV simulaban un gran videowall.
Fue cuando vi que de las vitrinas de las tiendas de ropa cientos de maniquíes escaparon para espesar la manifestación humana. Las delgadas paredes de vidrio de los escaparates abrieron paso a los cuerpos reanimados, que al cruzar el umbral de los aparadores, abandonaron su condición de objetos y mercancía. De los depósitos emergían cientos de caras y ojos que parecían desafiar la vida. Se homologaron con los vivos, igualándose en privilegios. De meras exhibiciones públicas, se transformaron en briosos cuerpos del paisaje. Incluso, se movían con mucha más agilidad que las estatuas que también habían bajado de sus pedestales. Al ocupar los nuevos espacios, convirtiendo en carne y hueso viejos sueños de vida, algunos –los más osados-, reavivaron los recuerdos fugitivos de aquel mayo de 1968 en Francia; volcando vehículos, vengándose del tráfico, desmembrando la ciudad. Ajustando lo animado con lo inerte; lo dotado de alma, con lo extinto. Yo mismo decidí saltar a la calle, resuelto a vivir las cosas más que a contemplarlas…
Imagen Jean-Luc Courcoult.
DE PRONTO UN DISPARO SALIDO DE NO SE SABE DÓNDE provocó el caos. Aunque intentamos defendernos de los cuerpos antidisturbios, resguardándonos en los parapetos y barricadas, no pudimos escapar a la intemperie de las balas, por lo que debimos huir atropellándonos unos a otros por la irritación de los gases lacrimógenos y el impacto de los perdigones de goma. Luego de que los camiones hidrantes, como grandes ballenas, nos golpearon sin piedad con sus disparos de agua, tuvimos que escondernos con nuestros trajes empapados, dejando calles y avenidas en absoluta soledad. La persecución dejó un rastro de maniquíes como cadáveres de guerra. En sus cuerpos mutilados se esbozaba una mueca de agonía con sangre recubriéndonos la piel.
Después de algunas horas, de casas y apartamentos, un grupo que había observado a buen resguardo estos episodios, comenzó a salir, asomándose tímidamente a las puertas. Salieron a la vía pública con cautela, y tras asegurarse de que ya no había nadie en las esquinas, -ni manifestantes ni policías-, con el impulso de un deseo ingobernable, treparon hasta lo más alto de los montículos de artefactos abandonados para tomar posesión de los tesoros sin dueño.
Un hombre joven se llevó la nevera de dos puertas. Otro, de mediana edad, cargó sin ayuda con el acondicionador de aire. Una mujer morena, embutida en la represa de unos pantalones de lycra, protegió la licuadora con su cuerpo, y un niño en edad adolescente, llevado por sus propias fuerzas, pudo transportarse a sí mismo en el esqueleto reavivado de la bicicleta. Un obrero montado en un pay loader, mientras despejaba las calles partiendo en dos el cuerpo de las barricadas, examinaba el cristal líquido de las pantallas planas.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
La ciudad regresó a sus límites. Nada cambió. Las aguas negras siguieron su curso. Los cortes de luz eléctrica administraron sus operaciones entre fallas y racionamientos; el presidente continuó en su cargo, y en los hospitales, el sentido común y la intuición, sucumbieron ante la bofetada de la realidad.
Una fotografía de la primera página del diario resumió lo acontecido: Un anciano, cuyo andar caduco era sostenido por un par de muletas, pudo ¡por fin!, con los huesos de las pelvis de un maniquí tirado en la calle, hacerse sus propias prótesis. Atónitos, mis ojos veían cómo el anciano, con energía inusitada, fracturaba las partes humanas de mi cuerpo, indiferente a mis súplicas, aquellas con las que le rogaba que me dejara aunque fuese un poco de vida.
Imagen Jean-Luc Courcoult.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
jueves, 10 de mayo de 2018
Las calladas maneras de Dios (ficción)
El cuento “Las calladas maneras de Dios”, de Rafael Simón Hurtado, -reconocido con Mención Honorífica en la 2da. Edición del Premio Anual de Cuentos “Salvador Garmendia”. 2017-, pone el acento en el tema del abuso sexual y la violación de menores de edad por parte de miembros de la Iglesia Católica; pero sobre todo, hace énfasis en la cultura del silencio que ha dañado la autoridad moral de la mayor representación de Dios en la tierra. El personaje central de la historia es el mayordomo del Papa, quien narra, en cuanto testigo de excepción, cómo el Papa, suprema autoridad de la Iglesia, sucumbe ante el agobio de los pecados cometidos por la institución que representa..
“Además de la espada y el hambre,
existe una tragedia mayor:
el silencio de Dios,
que no se revela más y parece haberse recluido en su cielo,…”.
JUAN PABLO II
Gracias a mi trabajo tengo el privilegio de oler cada mañana la intimidad del Santo Padre, percibir el rumor de sus pensamientos aun cuando no me mire. Soy el administrador del calor de sus aposentos y mantengo abiertas las ventanas para que el aire ventile el tamo de las alfombras. Mi nombre es Ángelo Gabriele y soy el mayordomo del Papa. Súbdito por decisión propia de las necesidades del hombre más santo del mundo, en quien Dios destinó el cuidado de las almas.
Cuando despierta, lo oigo murmurar una oración matinal con la que compensa un sueño de sobresaltos, y con la que agradece a Dios por sacarlo intacto del infierno de sus pesadillas. Sentado en el borde de la cama ora, y cada vez que lo veo en este entrañable instante, no dejo de sorprenderme de cómo el impulso de sus palabras lo eleva cinco centímetros sobre su cama al encuentro de Dios, en un envión de reconocimiento y amor mutuo.
Lo ayudo a levantarse. Mediante cortos pasos afinca cada pie como si los posara sobre harina cernida. El polvo blanco de la luz que entra por la ventana lo alza sobre el piso, abandonando tras de sí la debilidad de unas sábanas de las que emana la fragancia tenue de su respiración nocturna. De rumbo al baño olvida pedazos de sí mismo: la dentadura en el vaso de agua, sus pantuflas de felpa roja que ocultan unos pies de sangre azul, y el cuerpo ahuecado del pijama, que deja al descubierto unos huesos duros como una armadura.
Cuando entra a la sala de baño, también olvida la puerta abierta. De su interior surge una fosforescencia celestial que ilumina el cuerpo desnudo sentado en la taza del inodoro, desde donde brota el inconveniente de olfatear hasta sus más recónditas secreciones. En virtud de estas visiones, sé de su preferencia por el papel toilette de seda, los jabones de baño chino y el aroma de los perfumes de factura francesa. Sé de la marca de la afeitadora con la que se rasura, y por el vapor que niebla los espejos, sé de su gusto por el agua caliente y la urdimbre y la trama de la toalla con la que seca su fe.
Cuando fui nombrado su mayordomo, elegido como depositario de su confianza de entre un número de mil aspirantes, ya dominaba el servicio de la hospitalidad, pues desde mi temprana juventud me gustó la idea de ayudar a los otros a sentirse bien, a apoyarlos en sus gestiones domésticas. Ello siempre me trajo problemas con mi padre, a quien nunca pude convencer de que mi vocación nada tenía que ver con los atributos de un alma caritativa, o con alguna disposición para la redención o la aprobación constante de los demás. Tampoco escondía una orientación desviada de mis preferencias sexuales. Sencillamente, adoraba el orden y la excelencia, y me complacía anticiparme a la voluntad de todos.
Por eso, cuando supe de la oportunidad de servir al Papa, no lo dudé ni un momento, pues era como alcanzar la plenitud del servicio, aunque eso supusiera abdicar a mi propia vida. Con lo que nunca soñé fue en convertirme en la sombra de aquel cuerpo repleto de tantas angustias, en el testigo principal de una duda esencial ante Dios.
Era frecuente ver su figura concentrada en la quietud y en el silencio de su despacho, que yo vigilaba para que no se vieran afectados sus morosos y sagrados momentos de escritura. Allí dejaba pasar el tiempo y la vida embutido en el sillón, a veces, con los ojos cerrados, como quien piensa mejor en una sombra absoluta; o leía, cavilando en su cama, hasta la hora de la siesta, abandonándose a la vida abstracta con la que gozaba de la ausencia de los relojes.
Fotograma de la película "Habemus Papam".
Cuando lo seguía por los corredores del Vaticano, me parecía caminar en el rastro de aire tenue que dejaba su cuerpo en movimiento, a través del túnel solitario, lento y silencioso de sus pasos. Un pasillo apropiado con el que se ponía a salvo de la angustia de una realidad que lo hacía fingir otra vida. Llegó al extremo de ordenarme el uso de zapatillas de lana sorda, para no oír mis pisadas.
-“La mayor felicidad es la quietud; el silencio”, me decía.
Esta condición la implantaba incluso en sus comidas, en las que la frugalidad hacía de árbitro del placer: Un pequeño, -muy pequeño-, trozo de carne, pescado o pollo, según el día, reposaba mudo en el centro de un único plato, depositado en medianas hojas de lechuga, tomates y frijolitos tiernos. El gusto de una salsa hecha de aceite de oliva y pesto de hierbas, trababa la guarnición. Y una rodaja de pan de almendras, venía a colmar los cuatro bocados que eran pasados con discretos sorbos de vino blanco o tinto, según el trozo de carne previsto en el menú. No había lugar para la sobremesa, pues, por decisión propia, se había negado el recurso de una grata conversación con otros comensales.
De esta manera fui testigo de cómo cada uno de los gestos del hombre a quien llegué a admirar con devoción, anunciaba la anulación de sus facultades perceptivas, poniendo el ego bajo sus pies. Pronto dejó de ver y admirar el paisaje, de oír las melodías sin más auxilio que su memoria, de olfatear los aromas de su propio cuerpo, o de sentir el contacto de un apretón de manos; mucho menos la confianza de un abrazo.
(Debo advertir aquí que la estampa que ahora registro, sólo desea dejar un dibujo rápido del asombro de haber estado tan cerca del misterio, y haberlo visto develado. De ninguna forma tiene la intención de traicionar confidencialidades ni delatar secretos. No pretendo ingresar a la lista infame que revela una historia de mayordomos desleales, de documentos filtrados y comisiones secretas, ni la de aquellos sirvientes que, amparados en la confianza concedida, denuncian la corrupción que crece bajo la túnica de San Pedro. Mi única intención es delinear el rostro de un ser atormentado, sobre cuyas espaldas pesaba el fardo de dos mil años de pecado).
Mi primera alarma se produjo una noche, cuando el pensamiento y los sueños del Papa se tocaron en el delirio de la madrugada. Ya se me había advertido del insomnio del Santo Padre, pero no pude evitar sorprenderme y preocuparme cuando lo vi caminando en círculos por toda la habitación, impaciente y tembloroso.
Fotograma de la película "Habemus Papam".
Según me decía, de la oscuridad de su cabeza brotaban las voces reales de la muchedumbre en la plaza de San Pedro. Católicos confirmados en la fe, herejes convertidos por la Iglesia, e infieles iluminados, de pronto, en la verdad divina, atenazados por la elipse de las columnas de Bernini, le reclamaban la absolución de sus propias vilezas y la reiteración de la promesa de la vida eterna. Podía oír con claridad no sólo las voces de la feligresía alrededor del obelisco, sino también la de cada uno de los miembros de todas las congregaciones del mundo. Las palabras le llegaban como murmullos claros e individuales a su cabeza.
Cada noche, cuando el insomnio lo vencía, arrastraba pesadamente las zapatillas de terciopelo, hasta llegar al balcón. Desde allí, se dirigía a una multitud espectral, con los ojos encendidos, los cabellos revueltos y el camisón del pijama empapado en sudor. De frente a la gran plaza vacía, con los tres dedos usados para la consagración papal, bendecía, aterrorizado, a una muchedumbre inexistente. Verlo así, me hacía recordar la fotografía oficial que lo retrató el día de su toma de posesión, cuando, de espaldas en el palco de la basílica, miró emocionado a la vociferante multitud en la plaza, como un coloso que abrazaba a la totalidad de la raza humana.
Durante esas mismas noches de desvelo me llamaba, con un grito ahogado, para buscar sosiego en las infusiones de un té de manzanilla que calmara los sonidos de su pecho.
-“Ángelo, -suplicaba-, no me dejes solo”.
Luego de apagar las luces de su habitación, lo asaltaba el temor a la oscuridad del poder.
La angustia se agudizó cuando abrió en twitter la cuenta: @santopadre, por recomendación de la curia, con la que se pretendía hacer accesible, en una ficción de cercanía, la comunicación del trono pontificio. Disponer de un destino como éste en la red, para él no era sino una indecencia, pues la verdad es que no podría atenderlo personalmente.
-“Hoy los mensajes no pueden ser simplemente transmitidos, deben ser compartidos personalmente, y cuando digo personalmente me refiero a que mi aliento debe empañar el cristal de las miradas”, se quejaba.
Y si a ver vamos, tenía razón, pues con sus múltiples ocupaciones, poco tiempo le quedaría para enviar sus respuestas a los millones de feligreses que le escribirían esperanzados de obtener una bendición o una recomendación, aunque fuesen en textos no más extensos que un versículo bíblico.
-“Además, -decía-, “el dichoso twitter es un trazo de palabras que si bien obra como un susurro mundial, incansable y polifónico, es absolutamente efímero”.
La cuenta casi estalla el día que decidió hacer pública la expulsión de más de cuatrocientos sacerdotes de su ministerio por comprobados casos de abuso sexual a menores de edad. Los mensajes, procedentes de todas partes del mundo, -en italiano, español, alemán, francés, inglés, portugués, polaco, árabe, coreano, chino, africano, ruso, y hasta en latín-, aunque reconocían el valor de su decisión, también exponían al Papa a las críticas más acerbas, denigrándolo en 140 caracteres. Algunos de los mensajes recibidos, en días sucesivos, segundos tras segundos, horadaban la tranquilidad del Sumo Pontífice, pues los trinos aparecían en la pantalla de su celular, escritos con las señas de identidad de los pecadores, con sus nombres y apellidos.
@santopadre El sacerdote Phil G., de Bristol, guarda en su computadora las fotografías de sus estudiantes desnudos.
@santopadre El párroco de Arbizu, Tomás J., desde hace 2 años, abusa de la hija pequeña de Asunción, la esposa del tendero del pueblo.
@santopadre El sacerdote Adão, de Cale, se fugó del país luego de que el padre de un niño de 12 años, lo enfrentó por abusar de su hijo.
@santopadre El cura Ramiro C. hace tocaciones a los pacientes inconscientes en la UCI del Hospital de F., mientras le suministra la unción de los enfermos.
Aquellas voces, globales, inagotables, simultáneas, para nada tuvieron la condición de lo fugaz, por el contrario, más allá de las redes sociales, comenzaron a reproducirse como un sonido ensordecedor en su cabeza. Durante los días, en las homilías y reuniones de trabajo, y durante las noches, en su habitación.
Hubo un caso que lo sacudió, particularmente. El sacerdote John G., de Boston, había abusado de cientos de niños en 30 años de sacerdocio. Además de que la Iglesia debió compensar con millones de dólares en indemnizaciones y terapias a las víctimas, el condenado a cadena perpetua, murió estrangulado por un joven recluso, que según se supo después, había sido uno de los niños violados.
Estos delitos en la Iglesia no eran nuevos. Todos lo sabían. Muchos se lo atribuían a una crisis del celibato sacerdotal, regla ancestral con la que alguna vez se quiso regular la relajación en los hábitos sexuales y la hipocresía de los sacerdotes. Él, en el fondo, -un ser de espíritu monacal, de soledad y oración-, pensaba como el Apóstol Pablo: “Una conciencia cauterizada, promovida alternadamente por el celibato y el divino perdón, puede estimular a los sacerdotes sexualmente hambrientos, a imponerse como depredadores, con ventajas sobre sus víctimas, desde el confesionario”.
Anotó en su diario: “El pecador obstinado, dispensadas una y otra vez sus culpas se hace insensible a las amonestaciones del espíritu, como la piel del animal ultrajado con un hierro ardiente se vuelve duro ante el dolor”.
Un episodio de su propia juventud de seminarista vino como una pesadilla a turbar aún más sus pensamientos. Recordó la vez en la que él mismo fue intimidado con la excomunión por un obispo que visitaba el seminario, si contaba lo que había visto.
-“¡Que el Hijo del Dios viviente te maldiga, si algo cuentas de lo que has descubierto!”, lo amenazó el hombre vestido de sotana, roquete y chal, con una cruz in péctore.
… tuvo que convivir con aquella imagen, que con los años se tornó confusa, decadente, repugnante; que nunca pudo ni siquiera revelar en el confesionario, pues el recuerdo de sí mismo, arrodillado, declarando el asco y la antipatía que le causaban aquella ofensa a Dios, descubierta en el baño del seminario, le imponía la imagen del obispo, como un demonio de hábitos negros, que ofrecía entre sus piernas, debajo del hábito arremangado hasta su cintura, la hostia blanca de la comunión al efebo también arrodillado y desnudo.
Ni la Biblia-ni los Sacramentos-ni la Moral Cristiana-ni la Espiritualidad-ni la Liturgia-ni el Derecho Canónico-ni la Pastoral-ni la Catequesis-ni la Iglesia-ni la Fe-ni Dios-ni Jesucristo, pudieron borrar aquel retrato de su conciencia. Ahora volvía, en imágenes virtuales, a través de la red. Oponiéndose a las virtudes, multiplicándose en excesos, para sobrealimentar el abismo del sexo hasta los límites de la anarquía de la imaginación.
Tenía escrito en su diario: “De manera similar a cómo el gusto puede corromperse por la exuberancia de agresivos sabores, el deleite sexual, hartado por lo erótico, puede hacerse más ofuscado para distinguir la belleza, menos capaz de impresiones nobles y más deseoso de sensaciones artificiosas, que con facilidad llevan al extravío de los sentidos”.
Creo que su nombramiento como Papa llegó para exacerbar estos recuerdos y estas convicciones. Ya era evidente para mí que una marcada distancia interior lo mantenía al margen, incluso de las conversaciones en las audiencias públicas. Era una curiosa manera de excluirse, al ofrecer el vacío como respuesta. No concluía las frases, sonreía con economía, llevaba la inacción hasta el absurdo, como si experimentara un placer morboso en el silencio, ofreciendo la ficción de una subjetividad que había permanecido enclaustrada. Su vocación de silencio se imponía sobre el dominio de la palabra, como si hubiese pensamientos que no necesitasen expresarse.
Registró en su diario: “Voy camino al voto de silencio, pero como una decisión personal y no una penitencia. No usar la voz para no tener que maldecir las inmundicias de una religión que ampara en su claustro al mal; voy, para vaciarme de mí mismo, y así Dios pueda ocupar mi cuerpo plenamente”.
Además del diario escrito, era frecuente verlo conversar también frente a una pequeña grabadora. Muchas veces lo vi sentado en su escritorio levantando el artefacto con la mano derecha, a la altura de la boca, dictando unas confesiones como quien susurra las memorias de sus pecados en un confesionario, -el armario que alguien había calificado en un twitter como “el closet de pederastas y pedófilos”-. Durante estos períodos, que ocurrían durante las primeras horas de la noche, el rostro se desenmascaraba de la amabilidad de las reuniones oficiales, mostrando la facción endurecida, tosca y taciturna de quien sufre calladamente.
Aunque solía guardar el aparato en una gaveta bajo llave, una de aquellas mañanas que olvidó el artefacto sobre la mesa del escritorio, no pude resistir la tentación. Estar tan cerca de las íntimas reflexiones de un hombre como aquél, me hacía creer que, revestido por el manto de la invisibilidad de mi servicio, podía tener acceso a sus pensamientos.
Le di play al grabador. De su interior emergió la respiración de una voz sin el vigor de los sermones, exhausta, dominada por el cansancio y el miedo reverencial de ser oído por Dios.
-“…ni siquiera puedo buscar el auxilio externo que me excuse de mi deber. Padezco de una soledad completa y desconocida. Siento el vértigo de quien hace equilibrios sobre un pedestal. Como Cristo en la cruz”.
Había avisado días antes que necesitaba estar a solas como Jesús lo había estado en el desierto, para encontrar las respuestas a través de la plenitud de la oración. Para ello requería orar en absoluta clausura, por lo que debía recluirse, sin anunciar el lugar en el que lo haría. Debía experimentar las limitaciones del cuerpo y de la mente, mediante el agotamiento, el hambre y el destierro.
La noche que salió rumbo a cumplir con lo propuesto, lo seguí en secreto. Se evadió por los Jardines del Vaticano; cruzó los patios, y abriéndose camino entre los cedros y pinos, dejó tras de sí la gloria de estatuas y monumentos. Ya en la calle, yendo apresurado sobre la silenciosa penumbra nocturna de la ciudad, yo imité sus pasos como una sombra.
La ciudad exhibía todo aquello que él intentaba rechazar: la codicia de riquezas, la soberbia, la satisfacción de los sentidos, y el poder, que en su caso se ofrecía como mezcla de opulencia y frívola gloria humana. El trayecto no tardó más de treinta minutos, a pie, a través de unas calles extrañamente desiertas, pero suficientemente iluminadas. Las luces artificiales enfatizaban el recuerdo de las emblemáticas y sangrientas tragedias del Coliseo romano; traían la evocación de las ambiciones dinásticas de los Borgia y los Médici, y revivían relatos tan vergonzosos como el de los cuerpos herejes quemados vivos en los teatrales juicios de la Santa Inquisición, o el silencio del disimulo papal ante el holocausto judío, desde la víspera misma de la gran guerra.
El templo escogido para la expiación fue una catedral en las afueras cercanas del Vaticano, una construcción antigua que había sobrevivido a terremotos, incendios y reparaciones. Un edificio de altas columnas, pomposos ventanales, con un campanario mudo, en donde se había enseñoreado hacía tiempo un universo de escombros, pero que tenía la particularidad de guardar una reliquia cristiana. El último sismo que había debilitado finalmente sus cimientos, lo inutilizó para las ceremonias religiosas, pero lo preservó para el homenaje de las ruinas sagradas. Las puertas de bronce se mantuvieron abiertas, y por allí pudo pasar el hombre de túnica blanca. Necesitaba sosegar con una oración humilde sus inquietudes, y por eso escogió el menoscabo de un templo muy parecido a él, - piedra envejecida y rota, que resucita para contar su historia.
Ya adentro, el sigilo de sus pasos fue roto por los trozos de vitrales que el viento desprendía como restos mutilados de ángeles, monarcas, vírgenes y santos. Traspasó en absoluto sometimiento los sesenta y ocho metros de largo que iban desde la puerta hasta el altar. Sólo se detuvo cuando alcanzó a mirar los mosaicos de la bóveda que cubrían, con las alegorías de los apóstoles y el rostro de Cristo, el ara cubierta de polvo. Sobre el baldaquino que arropaba la larga mesa, reposaba el relicario de un pedazo de pan enmohecido que había sobrado de la última cena.
Desnudó su cuerpo al frío que entraba por grietas y rendijas, y posó sus pies en el piso de mármol. Luego de tomar de encima de la mesa un Breviario, inició una plegaria. Apretó los ojos mansamente, para escuchar la oración del viento en los callejones de la ciudad; de pie, inmutable, hasta el amanecer, como si el templo fuese el confesionario de sus faltas y su sentencia.
-“Tuya es la palabra que imagina. / Tuyo es el sentido de la luz. / En mi casa no hay puertas ni ventanas, / sino espejos que devuelven la verdad. / Si miento sancióname la trampa / poniendo en mi rostro el pecado malhechor. / No vengo en vano a pronunciar una palabra, / ni a fingir con simulacros el ruego de perdón. / En ti confluyen mis confusiones y amarguras. / En ti consigo el principio de la paz”.
Desde mi punto de observación, alcancé a oír emocionado aquella plegaria, y ver el cuerpo despojado en la losa gélida entregado al propósito de una enmienda, personificada en una impotencia de humanidad.
“El mal existe, Ángelo, y el infierno es su metáfora”, me dijo, haciéndome saber, finalmente, que ya me había visto.
DECIDIÓ RENUNCIAR, a sabiendas de que la decisión provocaría maquinaciones, inquietudes y miedos. En su pobre alma ya no cabía la duda de que el Vaticano era una morada de hienas en cuyas bocas salivaba la traición.
Anotó por última vez en su diario: “Tras examinar ante Dios repetidamente mi conciencia he llegado a la certeza de que ya no tengo fuerzas para ejercer el ministerio. Sacudida mi fe por la merma de la fuerza de mi espíritu, reconozco mi incapacidad…”.
Sobrevinieron después su última audiencia oficial, su último discurso, y la inhabilitación de su anillo de Pescador y su cuenta de twitter, como muestras insignes de la sede vacante. Las campanas de todas las iglesias y basílicas tañeron a la vez el clamor público de la renuncia. Luego vino el traslado temporal a su residencia provisional. Allí se mantuvo aislado, conmigo como pontífice entre él y la realidad.
No oyó el ruido de clausura de los postigos, ni la partida de la Guardia Suiza cuando la custodia fue levantada; no supo del vocerío de la opinión pública, ni de la celebración del cónclave cardenalicio que nombró al nuevo Papa; tampoco pudo oír el torbellino de las alas de los ángeles revoloteando en la cúpula de San Pedro por el golpe del rayo caído como un signo de iluminación desde el cielo.
Sólo pudo escuchar, cuando ya no esperaba nada, mientras oraba en el más absoluto silencio de rendimiento y dolor en la pequeña capilla de su nueva residencia, los pasos tenues de otro hombre vestido de blanco como él.
-“Ore por mí Santo Padre”, le dijo, cuando alcanzó a reconocerlo.
-“Y usted por mí”, respondió el nuevo Obispo de Roma.
Compartieron una breve invocación. Hablaron en voz muy baja, alejados de los oídos indiscretos. Y mirándose, como quienes saben que no se volverán a ver jamás, los dos hombres, en un abrazo blanco y fraterno, se dijeron adiós.
Antes, en susurro de confesión, dijo algo al oído del nuevo Papa. Por un brevísimo y casi imperceptible instante, en esa fracción del tiempo en la que un ojo parpadea por un grano de polvo en el aire, los rostros de ambos se balancearon entre las cuerdas del puente colgante de sus miradas; el puente colgante que se mecía sobre el abismo espiritual por el que uno entraba al templo y el otro salía de él.
La mañana que fui a buscarlo para acompañarlo a la misa privada que celebraría en la capilla de su nuevo departamento, algo había cambiado en la habitación. La cama estaba vacía, e intacta. No fue necesario recoger nada. Todo estaba igual que el día anterior. Cuando traspuse el umbral de la puerta con discreción, vi cómo la luz que se filtraba a través de una claraboya en el techo, había sido tapada con una delicada tela de lino oscuro para apagar los rastros de color. La cámara lucía siniestra; y la penumbra, como un manto de niebla, apenas dibujaba las siluetas de la sotana blanca, la Mitra, el Báculo y la Casulla, puestas en un rincón del cuarto.
Lo hallé en la bañera, en un espacio reducido y húmedo, en medio del vapor del agua caliente, al resguardo de la maldad de los otros, completamente desnudo; flexionada ligeramente la columna, la cabeza sobre el tronco, los brazos sobre un pecho que respiraba tenuemente, y los muslos y las piernas arqueados sobre el abdomen, como si hubiese encontrado el extraviado útero de su madre, del que esta vez no saldría más, y en donde ahora podría pensar en la bondad del mundo; solo, como Dios, en silencio.
“Además de la espada y el hambre,
existe una tragedia mayor:
el silencio de Dios,
que no se revela más y parece haberse recluido en su cielo,…”.
JUAN PABLO II
Gracias a mi trabajo tengo el privilegio de oler cada mañana la intimidad del Santo Padre, percibir el rumor de sus pensamientos aun cuando no me mire. Soy el administrador del calor de sus aposentos y mantengo abiertas las ventanas para que el aire ventile el tamo de las alfombras. Mi nombre es Ángelo Gabriele y soy el mayordomo del Papa. Súbdito por decisión propia de las necesidades del hombre más santo del mundo, en quien Dios destinó el cuidado de las almas.
Cuando despierta, lo oigo murmurar una oración matinal con la que compensa un sueño de sobresaltos, y con la que agradece a Dios por sacarlo intacto del infierno de sus pesadillas. Sentado en el borde de la cama ora, y cada vez que lo veo en este entrañable instante, no dejo de sorprenderme de cómo el impulso de sus palabras lo eleva cinco centímetros sobre su cama al encuentro de Dios, en un envión de reconocimiento y amor mutuo.
Lo ayudo a levantarse. Mediante cortos pasos afinca cada pie como si los posara sobre harina cernida. El polvo blanco de la luz que entra por la ventana lo alza sobre el piso, abandonando tras de sí la debilidad de unas sábanas de las que emana la fragancia tenue de su respiración nocturna. De rumbo al baño olvida pedazos de sí mismo: la dentadura en el vaso de agua, sus pantuflas de felpa roja que ocultan unos pies de sangre azul, y el cuerpo ahuecado del pijama, que deja al descubierto unos huesos duros como una armadura.
Cuando entra a la sala de baño, también olvida la puerta abierta. De su interior surge una fosforescencia celestial que ilumina el cuerpo desnudo sentado en la taza del inodoro, desde donde brota el inconveniente de olfatear hasta sus más recónditas secreciones. En virtud de estas visiones, sé de su preferencia por el papel toilette de seda, los jabones de baño chino y el aroma de los perfumes de factura francesa. Sé de la marca de la afeitadora con la que se rasura, y por el vapor que niebla los espejos, sé de su gusto por el agua caliente y la urdimbre y la trama de la toalla con la que seca su fe.
Cuando fui nombrado su mayordomo, elegido como depositario de su confianza de entre un número de mil aspirantes, ya dominaba el servicio de la hospitalidad, pues desde mi temprana juventud me gustó la idea de ayudar a los otros a sentirse bien, a apoyarlos en sus gestiones domésticas. Ello siempre me trajo problemas con mi padre, a quien nunca pude convencer de que mi vocación nada tenía que ver con los atributos de un alma caritativa, o con alguna disposición para la redención o la aprobación constante de los demás. Tampoco escondía una orientación desviada de mis preferencias sexuales. Sencillamente, adoraba el orden y la excelencia, y me complacía anticiparme a la voluntad de todos.
Por eso, cuando supe de la oportunidad de servir al Papa, no lo dudé ni un momento, pues era como alcanzar la plenitud del servicio, aunque eso supusiera abdicar a mi propia vida. Con lo que nunca soñé fue en convertirme en la sombra de aquel cuerpo repleto de tantas angustias, en el testigo principal de una duda esencial ante Dios.
Era frecuente ver su figura concentrada en la quietud y en el silencio de su despacho, que yo vigilaba para que no se vieran afectados sus morosos y sagrados momentos de escritura. Allí dejaba pasar el tiempo y la vida embutido en el sillón, a veces, con los ojos cerrados, como quien piensa mejor en una sombra absoluta; o leía, cavilando en su cama, hasta la hora de la siesta, abandonándose a la vida abstracta con la que gozaba de la ausencia de los relojes.
Fotograma de la película "Habemus Papam".
Cuando lo seguía por los corredores del Vaticano, me parecía caminar en el rastro de aire tenue que dejaba su cuerpo en movimiento, a través del túnel solitario, lento y silencioso de sus pasos. Un pasillo apropiado con el que se ponía a salvo de la angustia de una realidad que lo hacía fingir otra vida. Llegó al extremo de ordenarme el uso de zapatillas de lana sorda, para no oír mis pisadas.
-“La mayor felicidad es la quietud; el silencio”, me decía.
Esta condición la implantaba incluso en sus comidas, en las que la frugalidad hacía de árbitro del placer: Un pequeño, -muy pequeño-, trozo de carne, pescado o pollo, según el día, reposaba mudo en el centro de un único plato, depositado en medianas hojas de lechuga, tomates y frijolitos tiernos. El gusto de una salsa hecha de aceite de oliva y pesto de hierbas, trababa la guarnición. Y una rodaja de pan de almendras, venía a colmar los cuatro bocados que eran pasados con discretos sorbos de vino blanco o tinto, según el trozo de carne previsto en el menú. No había lugar para la sobremesa, pues, por decisión propia, se había negado el recurso de una grata conversación con otros comensales.
De esta manera fui testigo de cómo cada uno de los gestos del hombre a quien llegué a admirar con devoción, anunciaba la anulación de sus facultades perceptivas, poniendo el ego bajo sus pies. Pronto dejó de ver y admirar el paisaje, de oír las melodías sin más auxilio que su memoria, de olfatear los aromas de su propio cuerpo, o de sentir el contacto de un apretón de manos; mucho menos la confianza de un abrazo.
(Debo advertir aquí que la estampa que ahora registro, sólo desea dejar un dibujo rápido del asombro de haber estado tan cerca del misterio, y haberlo visto develado. De ninguna forma tiene la intención de traicionar confidencialidades ni delatar secretos. No pretendo ingresar a la lista infame que revela una historia de mayordomos desleales, de documentos filtrados y comisiones secretas, ni la de aquellos sirvientes que, amparados en la confianza concedida, denuncian la corrupción que crece bajo la túnica de San Pedro. Mi única intención es delinear el rostro de un ser atormentado, sobre cuyas espaldas pesaba el fardo de dos mil años de pecado).
Mi primera alarma se produjo una noche, cuando el pensamiento y los sueños del Papa se tocaron en el delirio de la madrugada. Ya se me había advertido del insomnio del Santo Padre, pero no pude evitar sorprenderme y preocuparme cuando lo vi caminando en círculos por toda la habitación, impaciente y tembloroso.
Fotograma de la película "Habemus Papam".
Según me decía, de la oscuridad de su cabeza brotaban las voces reales de la muchedumbre en la plaza de San Pedro. Católicos confirmados en la fe, herejes convertidos por la Iglesia, e infieles iluminados, de pronto, en la verdad divina, atenazados por la elipse de las columnas de Bernini, le reclamaban la absolución de sus propias vilezas y la reiteración de la promesa de la vida eterna. Podía oír con claridad no sólo las voces de la feligresía alrededor del obelisco, sino también la de cada uno de los miembros de todas las congregaciones del mundo. Las palabras le llegaban como murmullos claros e individuales a su cabeza.
Cada noche, cuando el insomnio lo vencía, arrastraba pesadamente las zapatillas de terciopelo, hasta llegar al balcón. Desde allí, se dirigía a una multitud espectral, con los ojos encendidos, los cabellos revueltos y el camisón del pijama empapado en sudor. De frente a la gran plaza vacía, con los tres dedos usados para la consagración papal, bendecía, aterrorizado, a una muchedumbre inexistente. Verlo así, me hacía recordar la fotografía oficial que lo retrató el día de su toma de posesión, cuando, de espaldas en el palco de la basílica, miró emocionado a la vociferante multitud en la plaza, como un coloso que abrazaba a la totalidad de la raza humana.
Durante esas mismas noches de desvelo me llamaba, con un grito ahogado, para buscar sosiego en las infusiones de un té de manzanilla que calmara los sonidos de su pecho.
-“Ángelo, -suplicaba-, no me dejes solo”.
Luego de apagar las luces de su habitación, lo asaltaba el temor a la oscuridad del poder.
La angustia se agudizó cuando abrió en twitter la cuenta: @santopadre, por recomendación de la curia, con la que se pretendía hacer accesible, en una ficción de cercanía, la comunicación del trono pontificio. Disponer de un destino como éste en la red, para él no era sino una indecencia, pues la verdad es que no podría atenderlo personalmente.
-“Hoy los mensajes no pueden ser simplemente transmitidos, deben ser compartidos personalmente, y cuando digo personalmente me refiero a que mi aliento debe empañar el cristal de las miradas”, se quejaba.
Y si a ver vamos, tenía razón, pues con sus múltiples ocupaciones, poco tiempo le quedaría para enviar sus respuestas a los millones de feligreses que le escribirían esperanzados de obtener una bendición o una recomendación, aunque fuesen en textos no más extensos que un versículo bíblico.
-“Además, -decía-, “el dichoso twitter es un trazo de palabras que si bien obra como un susurro mundial, incansable y polifónico, es absolutamente efímero”.
La cuenta casi estalla el día que decidió hacer pública la expulsión de más de cuatrocientos sacerdotes de su ministerio por comprobados casos de abuso sexual a menores de edad. Los mensajes, procedentes de todas partes del mundo, -en italiano, español, alemán, francés, inglés, portugués, polaco, árabe, coreano, chino, africano, ruso, y hasta en latín-, aunque reconocían el valor de su decisión, también exponían al Papa a las críticas más acerbas, denigrándolo en 140 caracteres. Algunos de los mensajes recibidos, en días sucesivos, segundos tras segundos, horadaban la tranquilidad del Sumo Pontífice, pues los trinos aparecían en la pantalla de su celular, escritos con las señas de identidad de los pecadores, con sus nombres y apellidos.
@santopadre El sacerdote Phil G., de Bristol, guarda en su computadora las fotografías de sus estudiantes desnudos.
@santopadre El párroco de Arbizu, Tomás J., desde hace 2 años, abusa de la hija pequeña de Asunción, la esposa del tendero del pueblo.
@santopadre El sacerdote Adão, de Cale, se fugó del país luego de que el padre de un niño de 12 años, lo enfrentó por abusar de su hijo.
@santopadre El cura Ramiro C. hace tocaciones a los pacientes inconscientes en la UCI del Hospital de F., mientras le suministra la unción de los enfermos.
Aquellas voces, globales, inagotables, simultáneas, para nada tuvieron la condición de lo fugaz, por el contrario, más allá de las redes sociales, comenzaron a reproducirse como un sonido ensordecedor en su cabeza. Durante los días, en las homilías y reuniones de trabajo, y durante las noches, en su habitación.
Hubo un caso que lo sacudió, particularmente. El sacerdote John G., de Boston, había abusado de cientos de niños en 30 años de sacerdocio. Además de que la Iglesia debió compensar con millones de dólares en indemnizaciones y terapias a las víctimas, el condenado a cadena perpetua, murió estrangulado por un joven recluso, que según se supo después, había sido uno de los niños violados.
Estos delitos en la Iglesia no eran nuevos. Todos lo sabían. Muchos se lo atribuían a una crisis del celibato sacerdotal, regla ancestral con la que alguna vez se quiso regular la relajación en los hábitos sexuales y la hipocresía de los sacerdotes. Él, en el fondo, -un ser de espíritu monacal, de soledad y oración-, pensaba como el Apóstol Pablo: “Una conciencia cauterizada, promovida alternadamente por el celibato y el divino perdón, puede estimular a los sacerdotes sexualmente hambrientos, a imponerse como depredadores, con ventajas sobre sus víctimas, desde el confesionario”.
Anotó en su diario: “El pecador obstinado, dispensadas una y otra vez sus culpas se hace insensible a las amonestaciones del espíritu, como la piel del animal ultrajado con un hierro ardiente se vuelve duro ante el dolor”.
Un episodio de su propia juventud de seminarista vino como una pesadilla a turbar aún más sus pensamientos. Recordó la vez en la que él mismo fue intimidado con la excomunión por un obispo que visitaba el seminario, si contaba lo que había visto.
-“¡Que el Hijo del Dios viviente te maldiga, si algo cuentas de lo que has descubierto!”, lo amenazó el hombre vestido de sotana, roquete y chal, con una cruz in péctore.
… tuvo que convivir con aquella imagen, que con los años se tornó confusa, decadente, repugnante; que nunca pudo ni siquiera revelar en el confesionario, pues el recuerdo de sí mismo, arrodillado, declarando el asco y la antipatía que le causaban aquella ofensa a Dios, descubierta en el baño del seminario, le imponía la imagen del obispo, como un demonio de hábitos negros, que ofrecía entre sus piernas, debajo del hábito arremangado hasta su cintura, la hostia blanca de la comunión al efebo también arrodillado y desnudo.
Ni la Biblia-ni los Sacramentos-ni la Moral Cristiana-ni la Espiritualidad-ni la Liturgia-ni el Derecho Canónico-ni la Pastoral-ni la Catequesis-ni la Iglesia-ni la Fe-ni Dios-ni Jesucristo, pudieron borrar aquel retrato de su conciencia. Ahora volvía, en imágenes virtuales, a través de la red. Oponiéndose a las virtudes, multiplicándose en excesos, para sobrealimentar el abismo del sexo hasta los límites de la anarquía de la imaginación.
Tenía escrito en su diario: “De manera similar a cómo el gusto puede corromperse por la exuberancia de agresivos sabores, el deleite sexual, hartado por lo erótico, puede hacerse más ofuscado para distinguir la belleza, menos capaz de impresiones nobles y más deseoso de sensaciones artificiosas, que con facilidad llevan al extravío de los sentidos”.
Creo que su nombramiento como Papa llegó para exacerbar estos recuerdos y estas convicciones. Ya era evidente para mí que una marcada distancia interior lo mantenía al margen, incluso de las conversaciones en las audiencias públicas. Era una curiosa manera de excluirse, al ofrecer el vacío como respuesta. No concluía las frases, sonreía con economía, llevaba la inacción hasta el absurdo, como si experimentara un placer morboso en el silencio, ofreciendo la ficción de una subjetividad que había permanecido enclaustrada. Su vocación de silencio se imponía sobre el dominio de la palabra, como si hubiese pensamientos que no necesitasen expresarse.
Registró en su diario: “Voy camino al voto de silencio, pero como una decisión personal y no una penitencia. No usar la voz para no tener que maldecir las inmundicias de una religión que ampara en su claustro al mal; voy, para vaciarme de mí mismo, y así Dios pueda ocupar mi cuerpo plenamente”.
Además del diario escrito, era frecuente verlo conversar también frente a una pequeña grabadora. Muchas veces lo vi sentado en su escritorio levantando el artefacto con la mano derecha, a la altura de la boca, dictando unas confesiones como quien susurra las memorias de sus pecados en un confesionario, -el armario que alguien había calificado en un twitter como “el closet de pederastas y pedófilos”-. Durante estos períodos, que ocurrían durante las primeras horas de la noche, el rostro se desenmascaraba de la amabilidad de las reuniones oficiales, mostrando la facción endurecida, tosca y taciturna de quien sufre calladamente.
Aunque solía guardar el aparato en una gaveta bajo llave, una de aquellas mañanas que olvidó el artefacto sobre la mesa del escritorio, no pude resistir la tentación. Estar tan cerca de las íntimas reflexiones de un hombre como aquél, me hacía creer que, revestido por el manto de la invisibilidad de mi servicio, podía tener acceso a sus pensamientos.
Le di play al grabador. De su interior emergió la respiración de una voz sin el vigor de los sermones, exhausta, dominada por el cansancio y el miedo reverencial de ser oído por Dios.
-“…ni siquiera puedo buscar el auxilio externo que me excuse de mi deber. Padezco de una soledad completa y desconocida. Siento el vértigo de quien hace equilibrios sobre un pedestal. Como Cristo en la cruz”.
Había avisado días antes que necesitaba estar a solas como Jesús lo había estado en el desierto, para encontrar las respuestas a través de la plenitud de la oración. Para ello requería orar en absoluta clausura, por lo que debía recluirse, sin anunciar el lugar en el que lo haría. Debía experimentar las limitaciones del cuerpo y de la mente, mediante el agotamiento, el hambre y el destierro.
La noche que salió rumbo a cumplir con lo propuesto, lo seguí en secreto. Se evadió por los Jardines del Vaticano; cruzó los patios, y abriéndose camino entre los cedros y pinos, dejó tras de sí la gloria de estatuas y monumentos. Ya en la calle, yendo apresurado sobre la silenciosa penumbra nocturna de la ciudad, yo imité sus pasos como una sombra.
La ciudad exhibía todo aquello que él intentaba rechazar: la codicia de riquezas, la soberbia, la satisfacción de los sentidos, y el poder, que en su caso se ofrecía como mezcla de opulencia y frívola gloria humana. El trayecto no tardó más de treinta minutos, a pie, a través de unas calles extrañamente desiertas, pero suficientemente iluminadas. Las luces artificiales enfatizaban el recuerdo de las emblemáticas y sangrientas tragedias del Coliseo romano; traían la evocación de las ambiciones dinásticas de los Borgia y los Médici, y revivían relatos tan vergonzosos como el de los cuerpos herejes quemados vivos en los teatrales juicios de la Santa Inquisición, o el silencio del disimulo papal ante el holocausto judío, desde la víspera misma de la gran guerra.
El templo escogido para la expiación fue una catedral en las afueras cercanas del Vaticano, una construcción antigua que había sobrevivido a terremotos, incendios y reparaciones. Un edificio de altas columnas, pomposos ventanales, con un campanario mudo, en donde se había enseñoreado hacía tiempo un universo de escombros, pero que tenía la particularidad de guardar una reliquia cristiana. El último sismo que había debilitado finalmente sus cimientos, lo inutilizó para las ceremonias religiosas, pero lo preservó para el homenaje de las ruinas sagradas. Las puertas de bronce se mantuvieron abiertas, y por allí pudo pasar el hombre de túnica blanca. Necesitaba sosegar con una oración humilde sus inquietudes, y por eso escogió el menoscabo de un templo muy parecido a él, - piedra envejecida y rota, que resucita para contar su historia.
Ya adentro, el sigilo de sus pasos fue roto por los trozos de vitrales que el viento desprendía como restos mutilados de ángeles, monarcas, vírgenes y santos. Traspasó en absoluto sometimiento los sesenta y ocho metros de largo que iban desde la puerta hasta el altar. Sólo se detuvo cuando alcanzó a mirar los mosaicos de la bóveda que cubrían, con las alegorías de los apóstoles y el rostro de Cristo, el ara cubierta de polvo. Sobre el baldaquino que arropaba la larga mesa, reposaba el relicario de un pedazo de pan enmohecido que había sobrado de la última cena.
Desnudó su cuerpo al frío que entraba por grietas y rendijas, y posó sus pies en el piso de mármol. Luego de tomar de encima de la mesa un Breviario, inició una plegaria. Apretó los ojos mansamente, para escuchar la oración del viento en los callejones de la ciudad; de pie, inmutable, hasta el amanecer, como si el templo fuese el confesionario de sus faltas y su sentencia.
-“Tuya es la palabra que imagina. / Tuyo es el sentido de la luz. / En mi casa no hay puertas ni ventanas, / sino espejos que devuelven la verdad. / Si miento sancióname la trampa / poniendo en mi rostro el pecado malhechor. / No vengo en vano a pronunciar una palabra, / ni a fingir con simulacros el ruego de perdón. / En ti confluyen mis confusiones y amarguras. / En ti consigo el principio de la paz”.
Desde mi punto de observación, alcancé a oír emocionado aquella plegaria, y ver el cuerpo despojado en la losa gélida entregado al propósito de una enmienda, personificada en una impotencia de humanidad.
“El mal existe, Ángelo, y el infierno es su metáfora”, me dijo, haciéndome saber, finalmente, que ya me había visto.
DECIDIÓ RENUNCIAR, a sabiendas de que la decisión provocaría maquinaciones, inquietudes y miedos. En su pobre alma ya no cabía la duda de que el Vaticano era una morada de hienas en cuyas bocas salivaba la traición.
Anotó por última vez en su diario: “Tras examinar ante Dios repetidamente mi conciencia he llegado a la certeza de que ya no tengo fuerzas para ejercer el ministerio. Sacudida mi fe por la merma de la fuerza de mi espíritu, reconozco mi incapacidad…”.
Sobrevinieron después su última audiencia oficial, su último discurso, y la inhabilitación de su anillo de Pescador y su cuenta de twitter, como muestras insignes de la sede vacante. Las campanas de todas las iglesias y basílicas tañeron a la vez el clamor público de la renuncia. Luego vino el traslado temporal a su residencia provisional. Allí se mantuvo aislado, conmigo como pontífice entre él y la realidad.
No oyó el ruido de clausura de los postigos, ni la partida de la Guardia Suiza cuando la custodia fue levantada; no supo del vocerío de la opinión pública, ni de la celebración del cónclave cardenalicio que nombró al nuevo Papa; tampoco pudo oír el torbellino de las alas de los ángeles revoloteando en la cúpula de San Pedro por el golpe del rayo caído como un signo de iluminación desde el cielo.
Sólo pudo escuchar, cuando ya no esperaba nada, mientras oraba en el más absoluto silencio de rendimiento y dolor en la pequeña capilla de su nueva residencia, los pasos tenues de otro hombre vestido de blanco como él.
-“Ore por mí Santo Padre”, le dijo, cuando alcanzó a reconocerlo.
-“Y usted por mí”, respondió el nuevo Obispo de Roma.
Compartieron una breve invocación. Hablaron en voz muy baja, alejados de los oídos indiscretos. Y mirándose, como quienes saben que no se volverán a ver jamás, los dos hombres, en un abrazo blanco y fraterno, se dijeron adiós.
Antes, en susurro de confesión, dijo algo al oído del nuevo Papa. Por un brevísimo y casi imperceptible instante, en esa fracción del tiempo en la que un ojo parpadea por un grano de polvo en el aire, los rostros de ambos se balancearon entre las cuerdas del puente colgante de sus miradas; el puente colgante que se mecía sobre el abismo espiritual por el que uno entraba al templo y el otro salía de él.
La mañana que fui a buscarlo para acompañarlo a la misa privada que celebraría en la capilla de su nuevo departamento, algo había cambiado en la habitación. La cama estaba vacía, e intacta. No fue necesario recoger nada. Todo estaba igual que el día anterior. Cuando traspuse el umbral de la puerta con discreción, vi cómo la luz que se filtraba a través de una claraboya en el techo, había sido tapada con una delicada tela de lino oscuro para apagar los rastros de color. La cámara lucía siniestra; y la penumbra, como un manto de niebla, apenas dibujaba las siluetas de la sotana blanca, la Mitra, el Báculo y la Casulla, puestas en un rincón del cuarto.
Lo hallé en la bañera, en un espacio reducido y húmedo, en medio del vapor del agua caliente, al resguardo de la maldad de los otros, completamente desnudo; flexionada ligeramente la columna, la cabeza sobre el tronco, los brazos sobre un pecho que respiraba tenuemente, y los muslos y las piernas arqueados sobre el abdomen, como si hubiese encontrado el extraviado útero de su madre, del que esta vez no saldría más, y en donde ahora podría pensar en la bondad del mundo; solo, como Dios, en silencio.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
viernes, 22 de diciembre de 2017
La Navidad es Fe
I
El Nacimiento de Jesús en Belén es la suprema celebración de un gran amor.
El amor de María y José por el nacimiento de su hijo. Y el amor de Jesús por la humanidad.
La fotografía que encuentra reflejo en aquella imagen con 2017 años de existencia, -la del Niño acostado en el pesebre-, es una señal, diminuta y frágil, humilde y silenciosa, del signo de quienes buscan en el amor, el consuelo necesario a su soledad.
Si nos fijamos bien, en todo pesebre es posible ver que hay una luz que envuelve a Jesús, a María y a José; pero esa luz se hace deslumbrante en la lámpara encendida de la mirada que funda el vínculo entre la Madre y el Hijo.
María, desde su rebozo en capilla sobre su rostro, difunde hacia el niño en su diminuto aposento, una mirada adolescente de luz tan blanca e intensa, que cubre la noche de una hermosa claridad.
Es el recado de amor que una vez que emana de los labios de la Virgen por su hijo, se convierte en mensaje de Madre para todos los seres humanos.
II
Les relataré una pequeña historia, ocurrida hace más 70 años en una apartada población de nuestro estado. Una historia remota, sencilla y anónima, como el caserío donde ocurrió, pero importante por su significado.
En la imagen de esta historia aparece retratada la estampa de una mujer humilde, campesina, que desafía con su delgadez y piel herida por las inclemencias del tiempo, 39 años de vida en privaciones.
En la foto, cuatro niñas esperan poder dormir, en las camas acomodadas de un cuarto hecho de paredes de barro y caña brava, apenas iluminado por una lámpara de kerosén.
Duermen temprano, con la expectación de que se cumpla la promesa de los regalos dejados al pie de sus camas por los Tres Reyes Magos.
La madre, pintada de duros rasgos como el bahareque de la casa, está hecha por dentro, sin embargo, de inusitada ternura.
Es un hogar sin abundancias, y, por el contrario, no poseen ni siquiera una cansada moneda de plata para comprar ningún obsequio.
No obstante, la Madre, más empeñada en el regalo de la ilusión, les cuenta a las niñas historias, mientras aguardan el sueño.
“El Niño Jesús ya nació en Belén, -les dice-; y así como él espera el arribo de los Tres Reyes Magos, nosotros debemos también prepararnos para su llegada”.
“Por eso recogimos el pasto del monte, -dice la Madre-, para poner debajo de las camas el alimento que comerán los camellos, cuando los reyes vengan a dejarles los regalos”.
“Ellos vendrán atravesando el solar, -les dice-, sin dejar ninguna huella por las virtudes del polvo plateado de la luna llena y del soplo frío de la brisa, que no sólo bate las hojas de los árboles y hace titilar las estrellas, sino también borra todo vestigio de presencia milagrosa”.
La Madre describe con fruición la apariencia de los magos.
“Quien trae el oro, -dice-, es Melchor, un anciano de blancos cabellos y larga barba, procedente de Europa. Fue él quien ofreció el oro, símbolo de la naturaleza real de Jesús”.
“Quien porta el incienso, es Gaspar, un joven de barba oscura, proveniente de Asia, quien honró a Jesús ofreciéndole incienso, insignia de su divinidad”.
“Y quien entrega la mirra, -detalla la Madre en la imaginación de las niñas-, es Baltasar, un hombre alto y negro que llega de África, y atestigua a Jesús como un hombre verdadero”.
La fragancia de las matas y las hierbas, cortadas como bocado para los camellos, amplían el ensueño de la historia relatada en la habitación como un cuento para dormir.
El aroma del mastranto, que entra por las ventanas de la choza, con sus cadencias violetas, recuerda las memorias de los días idos.
El viento flota sobre la superficie de la casa, y trae el olor de las cobijas recién lavadas para abrigar la noche.
Y la luna, sembrada en medio de arados y cultivos, fulgura como un regocijo de luz sobre aquel pesebre.
Alimentada la vigilia ilusionada de las niñas, con la historia de los Tres Reyes Magos, ellas no esperan, sin embargo, oro, incienso ni mirra.
A la mañana siguiente, cuando el sol apunta con sus dedos los rostros somnolientos de las pequeñas, la madre entra al cuarto para despertarlas con el anuncio de los regalos que habían depositado sobre los zapatos, los Tres Reyes Magos.
El rostro de la Madre, por un segundo, parece tener una barba ensortijada como un atado de hierbas resecas.
Y en medio de la maravilla de los humildes obsequios (un corte de tela para el vestido; un listón para el lazo de la cabeza; el pomo de ungüentos olorosos, y una muñeca hecha de trapo), un asombro mayor llamó la atención de todas: ¡nada de pastos, ni de hierbas, ni de agua debajo de las camas!
Unos camellos hambrientos y cansados por el extenuante viaje, -sin que sus anchas patas y gruesas caras hicieran sonido alguno-, lamieron hasta sus bocas la savia de las hierbas y los nutrientes del agua.
III
La Navidad es el misterio del amor que nos transforma. La palabra que nos desborda con la buena nueva de salvación.
Es el anuncio definitivo de la cercanía de Dios, con cuya presencia podemos romper las barreras que nos separan.
El Nacimiento de Jesús, expresión de la redención a la que somos invitados, se nos muestra en la estampa de un niño recién nacido en un establo, que protegido por el afecto familiar y la gracia divina, es capaz de sobreponerse a las miserias del mundo, para ofrecernos su existencia y su vida.
Con esta pedagogía sobrehumana, Dios recurre a un plan que penetra sin estridencias en nuestras conciencias, y que nos envuelve de modo silencioso y humilde, como un milagro de la Fe, por el que podemos vislumbrar el portento de Belén.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
domingo, 1 de octubre de 2017
José Joaquín Burgos, ciudadano del lenguaje
Rafael Simón Hurtado / Fotos de José Antonio Rosales
El fallecimiento del poeta José Joaquín Burgos el 7 de agosto de 2017 nos deja huérfanos. Deja huérfanos a Luis Gonzalo y a Laura, -sus hijos-, y también deja huérfanos a sus amigos. Nos deja huérfanos de una presencia generosa, de una amistad amorosa, y de una palabra esencialmente pedagógica. El sentido lúcido y profundo de su palabra la hallábamos a diario en nuestros cordiales y frecuentes encuentros, en los que no dudaba en escuchar paternalmente las opiniones de su interlocutor, a quien transmitía con aliento, con gestos atentos y pacientes, su cariño, y de cuyo recuerdo me cuesta ahora hablar en pasado.
Me conmueve pensar en su sencillez y disponibilidad, en su acogida bondadosa, en su capacidad de escucha, en su interés por las noticias nuestras, y en su doble vocación de poeta y educador. De la primera tengo el retrato del ejercicio diario de la escritura, cuando libreta y bolígrafo en mano, -fuese cual fuese el espacio compartido-, siempre pergeñaba un texto poético. De la segunda, la fotografía es la del ser humano abierto a atender cuando le hablábamos de alguna iniciativa de carácter intelectual en los pasillos de la Universidad de Carabobo, en donde fungió, en los años más recientes, de editorialista del semanario Tiempo Universitario.
“Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare..."
Recorrido vital
El poeta José Joaquín Burgos nació en Guanare, estado Portuguesa, el 20 de abril de 1933. El propio poeta nos ofreció una descripción de su ciudad de origen en el libro Tres Ases (2007): “Hace muchos años, ya varios siglos, este pueblo sembrado a orillas del Guanaguanare, era como un pequeño jardín escondido en un rincón del piedemonte andino, muy lejos de Europa en el tiempo y el espacio de entonces, pero seguramente pensado y edificado como un pueblo de la lejana España. Con su plaza mayor, su cabildo, su iglesia matriz, sus manzanas iniciales trazadas a punto de plomada y cordel... Algo así como para escribir uno de aquellos cuentos de princesas, y nobles, y plebeyos, caballeros, campesinos, monjes, magos, que salían en los libros primarios de antes. Y es de pensar, sin mayor esfuerzo de imaginación, que por las páginas, por los personajes, por las aventuras narradas en esos cuentos, llegaron los primeros hijos de Guanare, que al final terminaron siendo nuestros abuelos. Con su nobleza no de cortesanos, sino de campesinos. Entrados, los primeros, desde aquella punta de lanza que fue la Vela de Coro; venidos, los otros, por los caminos de la vida; y otros, con los aventureros, y después, en las tropas de la Independencia, que al pasar por los pueblos dejaban a algunos de sus maltrechos soldados y se llevaban a otros, muchachos todavía, a veces ni siquiera zagaletones, reclutados, para aventarlos en otros lejanos paisajes, como pasó con tantos guanareños que partieron a lomo de caballo, o a pie, semidesnudos, cruzaron las montañas andinas y terminaron fundando familias por allá por Colombia, por Ecuador, por Perú ...”.
Este es el espacio primigenio, la ciudad de su origen, que fue el escenario rural y urbano de su historia de vida, de la anécdota vital de su tránsito como ser humano.
En nota publicada en el semanario de la Universidad de Carabobo, Tiempo Universitario, el escritor Eddy Ferrer Luque y cronista de la ciudad de Guanare, cuenta que es a esa ciudad a la que el poeta agradece “la luz de mis ojos y los latidos de mi corazón”, en donde creció, “bebiéndose el agua cristalina de los primeros manantiales, alborotando paraulatas y arrendajos, y tirándole anzuelazos a los ríos”.
En esta misma nota, Ferrer Luque describe así la infancia del poeta Burgos: “Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare; el barro de las casas humildes, el barro del pocillo de café, el barro con que se hicieron las figuras del pesebre de cada diciembre, el barro que se volvió tinaja o con el que se hizo la pila bautismal de la primera iglesia en la falda del cerro”.
Allí, en Guanare, hizo sus estudios de primaria y bachillerato, en la Escuela “José María Vargas” y en el Liceo “José Vicente Unda”. En esta última institución se educó, primero como alumno, y luego, con lo aprendido, ejerció como docente. Allí se graduó en la disciplina del pensamiento y en el gentilicio de la generosidad, porque según cuenta el propio poeta, los jóvenes que estudiaban en el Unda egresaban capacitados no sólo para las ciencias y las humanidades, sino para la práctica de la virtud y el ejercicio de la bondad.
Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas.
Allí también contrajo nupcias, con la Sra. Carmen Licelia Rodríguez Alzúru. Allí llegaron los hijos, de la sangre y de la decisión personal: Luis Gonzalo Maradey Rodríguez, General de Brigada de la Guardia Nacional, y Laura Julieta Burgos Rodríguez, abogada egresada de la Universidad de Carabobo.
Y desde allí abrió fuegos, para afirmarse a través de los años en su vocación por la docencia, en su oficio de periodista y en su condición de ciudadano del lenguaje, como escritor y poeta.
Lo primero se puede verificar mediante el título profesional obtenido en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas, en la Promoción “Eduardo Blanco”, en 1957, como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude.
La huella del Pedagógico de Caracas
Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas. En aquel lugar, creado para que los conocimientos pasaran a los educadores que se iban a encargar de diseminarlos en la sociedad a través de la escuela, marcó en el educador Burgos la huella de docente, es decir, la escuela entendida como el dispositivo para la formación ciudadana, la educación para el trabajo, la enseñanza de las ciencias y las humanidades para abrir los caminos a nuevos estudios.
Sobre este período cuenta el poeta en su columna Indocencias, en el diario Notitarde del 12 de noviembre 2016: “Época de Pérez Jiménez. En el examen de Admisión (1953) para el Pedagógico Nacional fuimos 2.600 aspirantes, repartidos en varios salones. Fuimos aceptados, exactamente, 600. De ellos, 66 en la Especialidad de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas. Se nos agregó uno más en Segundo Año (un hermano lasallista que venía de un curso especial de un año en Roma). Pero ya no éramos 67, en Segundo, sino 18, porque más de la mitad se quedaron. A Tercero, llegamos 14. Y a Cuarto, final, 7, de los cuales en Julio del 1957, nos graduamos 5, y los dos restantes, en setiembre. Una Odisea en la cual todos (hembras y varones) éramos Ulises… porque de resto, hasta el perro de Telémaco pasó trabajo y sudó el alma… Pero llegamos. Época dura, días de carácter domado, disciplina sembrada hasta en la sangre y amor, mucho amor por la profesión escogida y un respeto absoluto por la profesión, el estado y sus instituciones y las huellas y dignidad de quienes nos precedían en el ejercicio”.
En ese mismo espacio recibió el escritor una trascendental enseñanza, pues el Pedagógico, por razones históricas, se había convertido en un importante centro de la lucha por la democracia. Allí, las banderas de la modernización académica hondearon a la par de las banderas de la modernización democrática. Ambos blasones colocaron en su cabeza la necesidad de luchar por la libertad política, en un período en el que esta virtud estaba conculcada; convencido como estaba de que sin esta virtud republicana no hay ciencia, ni escuela, ni democracia social.
Era un ambiente pletórico de nuevas ideas. En 1936, en el acto de su fundación, el escritor Mariano Picón Salas habría dicho: “...cuando el Pedagógico llegó al mundo su destino influiría en el de Venezuela, así mismo el desarrollo recto o tortuoso del país también afectaría su vida”.
Y así fue durante los años en que el poeta Burgos cursó sus estudios docentes. Allí se agitaba la vida de las ideas, el amor por la democracia, la pasión por la docencia y el fuego por la poesía.
De la conjunción de estas tres instancias de vida dijo el poeta en entrevista en el semanario de la Universidad de Carabobo Tiempo Universitario: “Escribir es la manera más libre de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción metafísica individual. Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente, aunque tal visión comporte como consecuencia un determinado compromiso social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del escritor. Desde ese aspecto, es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus necesidades materiales, el que se ve estimulado para que la independencia de su labor se brinde al servicio de ciertas causas. En el infinito literario puro, la única dictadura válida es la que proviene de la necesidad liberadora de expresarse”.
Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente
Se nutrió el poeta Burgos de destacados políticos, intelectuales, escritores, pensadores, que hicieron vida en el Instituto Pedagógico de Caracas, como alumnos o docentes. Muchos de los nombres fundamentales de la Venezuela contemporánea pasaron por sus aulas. No es casualidad que en aquellos espacios haya tenido lugar la fundación de estudios superiores en ciencias sociales, humanidades y ciencias puras, y que de ellos salieran algunas de las principales figuras que después desarrollaron su saber en el resto de las universidades y los centros de altos estudios.
No sólo eso, el autor tuvo la ocasión de compartir personalmente con muchos de ellos, intercambiar directamente experiencias de pensamiento y escritura, ser su alumno, desarrollar un particular sentido de pertenencia con la institución y con una forma de expresión, mediante el intercambio de fenómenos grupales de conformidad a las normas, cohesión social y status grupal.
Nos referimos tanto al intercambio académico como a la interactuación espontánea, que confluye en la relación entre dos o más personas que esperan recibir una recompensa de amistad, y que se mantiene cuando las esperanzas de alcanzarla, se confirman.
Anotamos el nombre de algunas de las personalidades que dejaron la impronta de su pensamiento en debates, problemas y realizaciones, conforme al testimonio del propio poeta: Mario Torrealba Lossi, Ignacio Burk, Pedro Grases, Mariano Picón Salas, Rafael Escobar Lara, Eloy G. González, Luis Beltrán Guerrero, Felipe Massiani, Hugo Ruán, Edoardo Crema, Humberto Díaz Casanueva, Humberto Fuenzalida, Domingo Casanovas, Olinto Camacho, Augusto Pi Suñer, Humberto García Arocha, Francisco Tamayo, Luis Acosta Rodríguez, P. Manuel Montaner, Tobías Lasser, Juan David García Bacca, Eugenio Imaz, Pablo Vila y Ángel Ronsenblat, Manuel Bermúdez, Domingo Miliani, Miguel Correa, Tito Balza.
Recién egresado, en 1957, el poeta Burgos comenzó a impartir clases como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, en los Liceos “Miguel José Sanz”, Colegio “Maturín”, Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio, en Maturín, estado Monagas; en el Liceo “José Vicente Unda”, en Guanare, estado Portuguesa; en los liceos “Pedro Gual”, “José Rafael Pocaterra”, “Alejo Zuloaga”; en los institutos “María Montessori”, “Nueva Valencia”, Colegio La Salle; y en la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, en Valencia, estado Carabobo. Y durante toda su vida, -de la que transcurrieron 84 años hasta su fallecimiento el 7 de agosto de 2017-, no hizo otra cosa que transmitir lo aprendido allí, dentro y fuera del aula.
Es uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.
Aproximación a su pensamiento
El poeta Burgos fue, indudablemente, un ciudadano del lenguaje y de la comunicación. Uno de esos creadores que, de acuerdo a lo expresado por Jesús Torrealba Villamizar, no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar. Eso sí, fijó sus moldes en una lengua ilustrada, pero sencilla, sin artificios; y como el filólogo se afanó por buscar detrás de la máscara de la palabra, y en acuerdo con el filósofo se empeñó en la palabra elemental.
Se puede afirmar que sus palabras son espejos mágicos, en el sentido de lo expresado por el poeta cubano José Lezama en su ensayo de 1956 Pascal y la poesía: “…frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida.”.
En esa evocación de las imágenes de la realidad el poeta Burgos atrapó el recuerdo de lo visto por sus ojos. Las palabras en su boca nacieron como un hecho prodigioso, porque como poeta es un taumaturgo que nos transporta a los círculos musicales de la creación que lo ilumina todo.
Dijo el poeta en este sentido: “Apenas el hombre había superado su nivel de bestia, apenas había aprendido a caminar erguido, apenas había comenzado a balbucear lo que después sería el laberinto del lenguaje, ya había tomado conciencia de su pequeñez y de su propia fugacidad. En respuesta a ello, aprendió a convocar imágenes y a buscar con ellas conjuros para evitar la muerte. El hombre, entonces, que ni siquiera era un niño y poco sabía de cuánto de eternidad tenían los sonidos con los que quiere atrapar la furia de las bestias, o detener los latigazos del relámpago; ya había emprendido su largo camino hacia la eternidad, llevando, como equipo fundamental, el más prodigioso de los instrumentos: el lenguaje”.
Y ante esta convicción, nació la otra condición del poeta Burgos, su categoría de comunicador nato, que se expresó con sencillez, con “facundia intelectual”, como dice el ensayista Julio Rafael Silva. De allí que a su labor como docente, incorporó los espacios de la prensa para añadir, a sus virtudes pedagógicas, sus dotes como periodista, para ampliar el radio de acción de las aulas de clases a través de la comunicación social.
Expresó el poeta Burgos sobre esta profesión en entrevista en Tiempo Universitario: “Es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene. El de escribir con apego a las normas del buen uso del lenguaje y del buen oficio de comunicar. El oficio de no caer en la tentación palangrista, ni de vender el alma, ni de entregar su conciencia a cambio de un cheque o de una posición de poder. En eso se mide la casta, como dicen los taurinos. En eso se conoce a quienes verdaderamente son periodistas”.
“El oficio de periodista es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene" Foto de Rafael Simón Hurtado.
El oficio lo ejerció en diferentes tribunas. Como secretario de redacción trabajó en el diario Notitarde, de Valencia, durante 6 años. En ese período fundó el suplemento literario Letra inversa, que significó para la ciudad una ventana abierta para los creadores de todos los géneros y de todos los pensamientos. En este mismo diario mantuvo una columna de opinión semanal: Indocencias, en cuyo nombre confluyen su ingenio con la palabra y un acendrado sentido del humor.
Fue miembro del Consejo Editorial y editorialista, de Tiempo Universitario, trabajo por el cual recibió el Premio Especial de Periodismo “Carlos Garrido”, de la Universidad de Carabobo, en 2002, y el Premio Nacional de Periodismo Mons. “Jesús María Pellín”, -institucional, compartido-, otorgado al semanario Tiempo Universitario, en 2002. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel, de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. En este último mantuvo amistad con los escritores Miguel Otero Silva y Oscar Guaramato, con quienes compartió la columna Socaire.
Una sincera preocupación social lo llevó a encargarse de importantes responsabilidades en actividades de índole gremial: fue directivo, durante más de 15 años, del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño (Fundalica), Vicepresidente ejecutivo de la Editorial “Cubagua” del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo.
Participó como escritor invitado, representando al país, en el encuentro “Viaje a la Poesía de Neruda”, en Chile. Dictó conferencias en la Universidad de Carabobo, en el Ateneo de Valencia; en la Universidad Experimental de Guayana; en el liceo “Gabriela Mistral”, en la Universidad Católica de Chile, Extensión de Temuco, y en el liceo de Cunco, en Cunco, y en la Universidad “Diego Portales”, en Labranza, Chile.
Es epónimo de premios literarios e instituciones culturales, como el Premio Anual de Literatura del Estado Portuguesa; del Orfeón “José Joaquín Burgos”, de la Fundación Cultural del mismo nombre, en Guanare, y de la Peña de Expositores de Los Guayos, en Carabobo.
Durante su vida recibió importantes condecoraciones: Orden del General “Juan José Mora” (Clase Única, Morón, Carabobo); Orden “General José Antonio Páez” (Clase Única, Asamblea Legislativa del Estado Portuguesa; Orden “Mons. José Vicente Unda” (Clase Única, Gobernación de Portuguesa); Orden Ciudad de Valencia (Primera Clase); Orden de “Andrés Bello” (Primera Clase, Caracas). Botón del Colegio de Periodistas de Venezuela; Botón de la Brigada Blindada 41.
En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.
Adoptó a Valencia como ciudad, y fue adoptado por ella como uno de sus hijos más ilustres.
Permanencia de su obra en el tiempo
Pero nada de esto lo afectó en su vanidad. Por el contrario, llegó a afirmar que la arrogancia en los creadores es una enfermedad, que con los años puede desaparecer, o agravarse. Es un vicio en la personalidad del escritor.
Sobre los premios literarios afirmó: “Son necesarios en el sentido del estímulo. Aunque el manejo dudoso de algunos certámenes ha dado lugar a la diatriba, a la envidia y a las zancadillas. Me gustan los concursos en cuanto a oportunidad para confrontarse, pero siempre y cuando se asista a ellos con el ánimo limpio, sereno, y exclusivamente con las armas que da el conocimiento del lenguaje y la imaginación. El mayor premio que puede recibir un escritor, es uno que jamás recogerá en vida: la permanencia de su obra en el tiempo. Para mí, a medida que escribo más, me acerco también más a lo que quiero decir, pero sin petulancia, porque la vanidad es el peor enemigo del escritor. Hay que pedir a Dios y a la Virgen de Coromoto que la escritura sea como el camino de Ítaca, para que nunca cese la pasión”.
El poeta José Joaquín Burgos reconoció las influencias literarias ejercidas por los autores griegos Homero, Horacio, Sófocles. En el Pedagógico de Caracas, a través de los escritores llegados del transtierro español, tuvo ocasión de impregnarse de los bardos del siglo de oro: Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca; y también de Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes. Más acá, en una suerte de retorno de las enseñanzas de Andrés Bello, a través de la misión chilena, se embebió de los estudios sistemáticos de lingüística y de los estudios bibliográficos y bellistas; también los de geografía y de filología; y aunque no de manera directa, recibió desde los laboratorios de física y química traídos de Alemania en 1938 para el Instituto, la historia de la ciencia venezolana.
Encontró, asimismo, en las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y Rómulo Gallegos, un refugio para su imaginación. “Los poetas del pueblo, Andrés Eloy Blanco y Pablo Neruda”, enriquecieron sus lecturas y sus vivencias; y en un particular contacto con escritores contemporáneos, como el “Chino” Valera Mora, Servando Garcés, Domingo Miliani, Oscar Guaramato, Orlando Araujo, Guillermo Cerceau, Orlando Baquero, Luis Cedeño, Efraín Inaudy Bolívar, Guillermo Mujica Sevilla, Orlando Chrinos, Rafael Simón Hurtado, Julio Rafael Silva Sánchez y Fáver Páez, le ha sido posible reconocerse en el eco de su propia voz.
“De mi época estudiantil, -recordó-, Dante, un desconocido, de mi admirado y querido profesor Edoardo Crema; de hombre maduro, ya, Cronicario, de Oscar Guaramato, quien para mí fue como un hermano;…”.
El poeta Burgos se paseó por diferentes géneros literarios: novela, cuento, crónica periodística, discursos y poesía; ésta última ha impregnado toda su producción. En ellas plasmó sus más importantes inquietudes sobre la ciudad del origen, el amor, el desamor, el espacio vital, la religión, la muerte, la familia, las amistades, la música, la bohemia, la soledad, la orfandad, su oficio de poeta.
Ante la pregunta de por qué escribe, en entrevista en el semanario Tiempo Universitario, respondió: “Aunque algunos lo hacen pensando en la posteridad; por misantropía o por soledad; por vanidad o por soberbia; por amor o por odio, o simplemente, para darle a su imaginación una válvula de escape, creo que en mi caso también escribo para darle un sentido trascendente a mi vida, intentando mejorar con mi trabajo el mundo mío y el de los demás. Es decir, que inspirado en la memoria individual asumida por los demás a través del tiempo, deseo llevar mediante mis escritos la inmortalidad a todos los hombres. Es como si al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte, porque, buenos o malos, los libros que escribimos nos sobreviven; son el reflejo de nuestro pensamiento, la pasión lúdica de las palabras que quedan. Serán esos libros, en última instancia, el rastro indeleble de nuestro paso por el mundo. La trascendencia es el instrumento con el que cuenta la imaginación del hombre para combatir su postrada condición mortal”.
"Al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte".Foto de Rafael Simón Hurtado.
Deja el poeta Burgos un legado bibliográfico de 15 libros publicados que se recogieron en los títulos: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo (Discursos, 1976); Ronda de Luz (poesía, 1956); Los Días Iniciales (poesía, 1963); Guanare Siempre (poesía, 1974); Guanare Piedraluz (poesía, 1993), Unicornio (poesía, 1991), Piel de Sueño (poesía, 1996) Coromotanías (poesía, 1992), Torreparque (novela, 1988), El Pozo del Arcoiris (narraciones, 1995). Don Juan de los Poderes (novela, 2003); La ciudad novelada (cuentos, 2006), Tres ases, (discursos, 2007); Las Murallas del Reino (novela, 2007); Cansancio de orilla (poesía, 2012).
Asimismo, se pueden encontrar publicaciones suyas en revistas especializadas del país y del exterior, y en algunos textos para uso académico, como la Historia de la Literatura Hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert (Fondo de Cultura Económica, México), Antología de la Poesía Venezolana (Recopilación de José Antonio Escalona Escalona), Antología de la Poesía Universal (Recopilación de Editor R. Ortels, Barcelona, España); El Amor en la Poesía Venezolana (Recopilación de José Manuel Castañón. Colección Rotativa, España). Revista Nacional de Cultura; Revista Actual, Universidad de Los Andes, Mérida.
En todos ellos encontramos la fuerza creativa de un autor que hizo suyo su destino de Mago, para erigir con su poesía toda una celebración de la existencia y un testimonio de gratitud y maravilla por el mundo de sus criaturas.
El fallecimiento del poeta José Joaquín Burgos el 7 de agosto de 2017 nos deja huérfanos. Deja huérfanos a Luis Gonzalo y a Laura, -sus hijos-, y también deja huérfanos a sus amigos. Nos deja huérfanos de una presencia generosa, de una amistad amorosa, y de una palabra esencialmente pedagógica. El sentido lúcido y profundo de su palabra la hallábamos a diario en nuestros cordiales y frecuentes encuentros, en los que no dudaba en escuchar paternalmente las opiniones de su interlocutor, a quien transmitía con aliento, con gestos atentos y pacientes, su cariño, y de cuyo recuerdo me cuesta ahora hablar en pasado.
Me conmueve pensar en su sencillez y disponibilidad, en su acogida bondadosa, en su capacidad de escucha, en su interés por las noticias nuestras, y en su doble vocación de poeta y educador. De la primera tengo el retrato del ejercicio diario de la escritura, cuando libreta y bolígrafo en mano, -fuese cual fuese el espacio compartido-, siempre pergeñaba un texto poético. De la segunda, la fotografía es la del ser humano abierto a atender cuando le hablábamos de alguna iniciativa de carácter intelectual en los pasillos de la Universidad de Carabobo, en donde fungió, en los años más recientes, de editorialista del semanario Tiempo Universitario.
“Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare..."
Recorrido vital
El poeta José Joaquín Burgos nació en Guanare, estado Portuguesa, el 20 de abril de 1933. El propio poeta nos ofreció una descripción de su ciudad de origen en el libro Tres Ases (2007): “Hace muchos años, ya varios siglos, este pueblo sembrado a orillas del Guanaguanare, era como un pequeño jardín escondido en un rincón del piedemonte andino, muy lejos de Europa en el tiempo y el espacio de entonces, pero seguramente pensado y edificado como un pueblo de la lejana España. Con su plaza mayor, su cabildo, su iglesia matriz, sus manzanas iniciales trazadas a punto de plomada y cordel... Algo así como para escribir uno de aquellos cuentos de princesas, y nobles, y plebeyos, caballeros, campesinos, monjes, magos, que salían en los libros primarios de antes. Y es de pensar, sin mayor esfuerzo de imaginación, que por las páginas, por los personajes, por las aventuras narradas en esos cuentos, llegaron los primeros hijos de Guanare, que al final terminaron siendo nuestros abuelos. Con su nobleza no de cortesanos, sino de campesinos. Entrados, los primeros, desde aquella punta de lanza que fue la Vela de Coro; venidos, los otros, por los caminos de la vida; y otros, con los aventureros, y después, en las tropas de la Independencia, que al pasar por los pueblos dejaban a algunos de sus maltrechos soldados y se llevaban a otros, muchachos todavía, a veces ni siquiera zagaletones, reclutados, para aventarlos en otros lejanos paisajes, como pasó con tantos guanareños que partieron a lomo de caballo, o a pie, semidesnudos, cruzaron las montañas andinas y terminaron fundando familias por allá por Colombia, por Ecuador, por Perú ...”.
Este es el espacio primigenio, la ciudad de su origen, que fue el escenario rural y urbano de su historia de vida, de la anécdota vital de su tránsito como ser humano.
En nota publicada en el semanario de la Universidad de Carabobo, Tiempo Universitario, el escritor Eddy Ferrer Luque y cronista de la ciudad de Guanare, cuenta que es a esa ciudad a la que el poeta agradece “la luz de mis ojos y los latidos de mi corazón”, en donde creció, “bebiéndose el agua cristalina de los primeros manantiales, alborotando paraulatas y arrendajos, y tirándole anzuelazos a los ríos”.
En esta misma nota, Ferrer Luque describe así la infancia del poeta Burgos: “Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare; el barro de las casas humildes, el barro del pocillo de café, el barro con que se hicieron las figuras del pesebre de cada diciembre, el barro que se volvió tinaja o con el que se hizo la pila bautismal de la primera iglesia en la falda del cerro”.
Allí, en Guanare, hizo sus estudios de primaria y bachillerato, en la Escuela “José María Vargas” y en el Liceo “José Vicente Unda”. En esta última institución se educó, primero como alumno, y luego, con lo aprendido, ejerció como docente. Allí se graduó en la disciplina del pensamiento y en el gentilicio de la generosidad, porque según cuenta el propio poeta, los jóvenes que estudiaban en el Unda egresaban capacitados no sólo para las ciencias y las humanidades, sino para la práctica de la virtud y el ejercicio de la bondad.
Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas.
Allí también contrajo nupcias, con la Sra. Carmen Licelia Rodríguez Alzúru. Allí llegaron los hijos, de la sangre y de la decisión personal: Luis Gonzalo Maradey Rodríguez, General de Brigada de la Guardia Nacional, y Laura Julieta Burgos Rodríguez, abogada egresada de la Universidad de Carabobo.
Y desde allí abrió fuegos, para afirmarse a través de los años en su vocación por la docencia, en su oficio de periodista y en su condición de ciudadano del lenguaje, como escritor y poeta.
Lo primero se puede verificar mediante el título profesional obtenido en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas, en la Promoción “Eduardo Blanco”, en 1957, como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude.
La huella del Pedagógico de Caracas
Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas. En aquel lugar, creado para que los conocimientos pasaran a los educadores que se iban a encargar de diseminarlos en la sociedad a través de la escuela, marcó en el educador Burgos la huella de docente, es decir, la escuela entendida como el dispositivo para la formación ciudadana, la educación para el trabajo, la enseñanza de las ciencias y las humanidades para abrir los caminos a nuevos estudios.
Sobre este período cuenta el poeta en su columna Indocencias, en el diario Notitarde del 12 de noviembre 2016: “Época de Pérez Jiménez. En el examen de Admisión (1953) para el Pedagógico Nacional fuimos 2.600 aspirantes, repartidos en varios salones. Fuimos aceptados, exactamente, 600. De ellos, 66 en la Especialidad de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas. Se nos agregó uno más en Segundo Año (un hermano lasallista que venía de un curso especial de un año en Roma). Pero ya no éramos 67, en Segundo, sino 18, porque más de la mitad se quedaron. A Tercero, llegamos 14. Y a Cuarto, final, 7, de los cuales en Julio del 1957, nos graduamos 5, y los dos restantes, en setiembre. Una Odisea en la cual todos (hembras y varones) éramos Ulises… porque de resto, hasta el perro de Telémaco pasó trabajo y sudó el alma… Pero llegamos. Época dura, días de carácter domado, disciplina sembrada hasta en la sangre y amor, mucho amor por la profesión escogida y un respeto absoluto por la profesión, el estado y sus instituciones y las huellas y dignidad de quienes nos precedían en el ejercicio”.
En ese mismo espacio recibió el escritor una trascendental enseñanza, pues el Pedagógico, por razones históricas, se había convertido en un importante centro de la lucha por la democracia. Allí, las banderas de la modernización académica hondearon a la par de las banderas de la modernización democrática. Ambos blasones colocaron en su cabeza la necesidad de luchar por la libertad política, en un período en el que esta virtud estaba conculcada; convencido como estaba de que sin esta virtud republicana no hay ciencia, ni escuela, ni democracia social.
Era un ambiente pletórico de nuevas ideas. En 1936, en el acto de su fundación, el escritor Mariano Picón Salas habría dicho: “...cuando el Pedagógico llegó al mundo su destino influiría en el de Venezuela, así mismo el desarrollo recto o tortuoso del país también afectaría su vida”.
Y así fue durante los años en que el poeta Burgos cursó sus estudios docentes. Allí se agitaba la vida de las ideas, el amor por la democracia, la pasión por la docencia y el fuego por la poesía.
De la conjunción de estas tres instancias de vida dijo el poeta en entrevista en el semanario de la Universidad de Carabobo Tiempo Universitario: “Escribir es la manera más libre de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción metafísica individual. Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente, aunque tal visión comporte como consecuencia un determinado compromiso social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del escritor. Desde ese aspecto, es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus necesidades materiales, el que se ve estimulado para que la independencia de su labor se brinde al servicio de ciertas causas. En el infinito literario puro, la única dictadura válida es la que proviene de la necesidad liberadora de expresarse”.
Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente
Se nutrió el poeta Burgos de destacados políticos, intelectuales, escritores, pensadores, que hicieron vida en el Instituto Pedagógico de Caracas, como alumnos o docentes. Muchos de los nombres fundamentales de la Venezuela contemporánea pasaron por sus aulas. No es casualidad que en aquellos espacios haya tenido lugar la fundación de estudios superiores en ciencias sociales, humanidades y ciencias puras, y que de ellos salieran algunas de las principales figuras que después desarrollaron su saber en el resto de las universidades y los centros de altos estudios.
No sólo eso, el autor tuvo la ocasión de compartir personalmente con muchos de ellos, intercambiar directamente experiencias de pensamiento y escritura, ser su alumno, desarrollar un particular sentido de pertenencia con la institución y con una forma de expresión, mediante el intercambio de fenómenos grupales de conformidad a las normas, cohesión social y status grupal.
Nos referimos tanto al intercambio académico como a la interactuación espontánea, que confluye en la relación entre dos o más personas que esperan recibir una recompensa de amistad, y que se mantiene cuando las esperanzas de alcanzarla, se confirman.
Anotamos el nombre de algunas de las personalidades que dejaron la impronta de su pensamiento en debates, problemas y realizaciones, conforme al testimonio del propio poeta: Mario Torrealba Lossi, Ignacio Burk, Pedro Grases, Mariano Picón Salas, Rafael Escobar Lara, Eloy G. González, Luis Beltrán Guerrero, Felipe Massiani, Hugo Ruán, Edoardo Crema, Humberto Díaz Casanueva, Humberto Fuenzalida, Domingo Casanovas, Olinto Camacho, Augusto Pi Suñer, Humberto García Arocha, Francisco Tamayo, Luis Acosta Rodríguez, P. Manuel Montaner, Tobías Lasser, Juan David García Bacca, Eugenio Imaz, Pablo Vila y Ángel Ronsenblat, Manuel Bermúdez, Domingo Miliani, Miguel Correa, Tito Balza.
Recién egresado, en 1957, el poeta Burgos comenzó a impartir clases como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, en los Liceos “Miguel José Sanz”, Colegio “Maturín”, Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio, en Maturín, estado Monagas; en el Liceo “José Vicente Unda”, en Guanare, estado Portuguesa; en los liceos “Pedro Gual”, “José Rafael Pocaterra”, “Alejo Zuloaga”; en los institutos “María Montessori”, “Nueva Valencia”, Colegio La Salle; y en la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, en Valencia, estado Carabobo. Y durante toda su vida, -de la que transcurrieron 84 años hasta su fallecimiento el 7 de agosto de 2017-, no hizo otra cosa que transmitir lo aprendido allí, dentro y fuera del aula.
Es uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.
Aproximación a su pensamiento
El poeta Burgos fue, indudablemente, un ciudadano del lenguaje y de la comunicación. Uno de esos creadores que, de acuerdo a lo expresado por Jesús Torrealba Villamizar, no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar. Eso sí, fijó sus moldes en una lengua ilustrada, pero sencilla, sin artificios; y como el filólogo se afanó por buscar detrás de la máscara de la palabra, y en acuerdo con el filósofo se empeñó en la palabra elemental.
Se puede afirmar que sus palabras son espejos mágicos, en el sentido de lo expresado por el poeta cubano José Lezama en su ensayo de 1956 Pascal y la poesía: “…frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida.”.
En esa evocación de las imágenes de la realidad el poeta Burgos atrapó el recuerdo de lo visto por sus ojos. Las palabras en su boca nacieron como un hecho prodigioso, porque como poeta es un taumaturgo que nos transporta a los círculos musicales de la creación que lo ilumina todo.
Dijo el poeta en este sentido: “Apenas el hombre había superado su nivel de bestia, apenas había aprendido a caminar erguido, apenas había comenzado a balbucear lo que después sería el laberinto del lenguaje, ya había tomado conciencia de su pequeñez y de su propia fugacidad. En respuesta a ello, aprendió a convocar imágenes y a buscar con ellas conjuros para evitar la muerte. El hombre, entonces, que ni siquiera era un niño y poco sabía de cuánto de eternidad tenían los sonidos con los que quiere atrapar la furia de las bestias, o detener los latigazos del relámpago; ya había emprendido su largo camino hacia la eternidad, llevando, como equipo fundamental, el más prodigioso de los instrumentos: el lenguaje”.
Y ante esta convicción, nació la otra condición del poeta Burgos, su categoría de comunicador nato, que se expresó con sencillez, con “facundia intelectual”, como dice el ensayista Julio Rafael Silva. De allí que a su labor como docente, incorporó los espacios de la prensa para añadir, a sus virtudes pedagógicas, sus dotes como periodista, para ampliar el radio de acción de las aulas de clases a través de la comunicación social.
Expresó el poeta Burgos sobre esta profesión en entrevista en Tiempo Universitario: “Es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene. El de escribir con apego a las normas del buen uso del lenguaje y del buen oficio de comunicar. El oficio de no caer en la tentación palangrista, ni de vender el alma, ni de entregar su conciencia a cambio de un cheque o de una posición de poder. En eso se mide la casta, como dicen los taurinos. En eso se conoce a quienes verdaderamente son periodistas”.
“El oficio de periodista es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene" Foto de Rafael Simón Hurtado.
El oficio lo ejerció en diferentes tribunas. Como secretario de redacción trabajó en el diario Notitarde, de Valencia, durante 6 años. En ese período fundó el suplemento literario Letra inversa, que significó para la ciudad una ventana abierta para los creadores de todos los géneros y de todos los pensamientos. En este mismo diario mantuvo una columna de opinión semanal: Indocencias, en cuyo nombre confluyen su ingenio con la palabra y un acendrado sentido del humor.
Fue miembro del Consejo Editorial y editorialista, de Tiempo Universitario, trabajo por el cual recibió el Premio Especial de Periodismo “Carlos Garrido”, de la Universidad de Carabobo, en 2002, y el Premio Nacional de Periodismo Mons. “Jesús María Pellín”, -institucional, compartido-, otorgado al semanario Tiempo Universitario, en 2002. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel, de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. En este último mantuvo amistad con los escritores Miguel Otero Silva y Oscar Guaramato, con quienes compartió la columna Socaire.
Una sincera preocupación social lo llevó a encargarse de importantes responsabilidades en actividades de índole gremial: fue directivo, durante más de 15 años, del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño (Fundalica), Vicepresidente ejecutivo de la Editorial “Cubagua” del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo.
Participó como escritor invitado, representando al país, en el encuentro “Viaje a la Poesía de Neruda”, en Chile. Dictó conferencias en la Universidad de Carabobo, en el Ateneo de Valencia; en la Universidad Experimental de Guayana; en el liceo “Gabriela Mistral”, en la Universidad Católica de Chile, Extensión de Temuco, y en el liceo de Cunco, en Cunco, y en la Universidad “Diego Portales”, en Labranza, Chile.
Es epónimo de premios literarios e instituciones culturales, como el Premio Anual de Literatura del Estado Portuguesa; del Orfeón “José Joaquín Burgos”, de la Fundación Cultural del mismo nombre, en Guanare, y de la Peña de Expositores de Los Guayos, en Carabobo.
Durante su vida recibió importantes condecoraciones: Orden del General “Juan José Mora” (Clase Única, Morón, Carabobo); Orden “General José Antonio Páez” (Clase Única, Asamblea Legislativa del Estado Portuguesa; Orden “Mons. José Vicente Unda” (Clase Única, Gobernación de Portuguesa); Orden Ciudad de Valencia (Primera Clase); Orden de “Andrés Bello” (Primera Clase, Caracas). Botón del Colegio de Periodistas de Venezuela; Botón de la Brigada Blindada 41.
En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.
Adoptó a Valencia como ciudad, y fue adoptado por ella como uno de sus hijos más ilustres.
Permanencia de su obra en el tiempo
Pero nada de esto lo afectó en su vanidad. Por el contrario, llegó a afirmar que la arrogancia en los creadores es una enfermedad, que con los años puede desaparecer, o agravarse. Es un vicio en la personalidad del escritor.
Sobre los premios literarios afirmó: “Son necesarios en el sentido del estímulo. Aunque el manejo dudoso de algunos certámenes ha dado lugar a la diatriba, a la envidia y a las zancadillas. Me gustan los concursos en cuanto a oportunidad para confrontarse, pero siempre y cuando se asista a ellos con el ánimo limpio, sereno, y exclusivamente con las armas que da el conocimiento del lenguaje y la imaginación. El mayor premio que puede recibir un escritor, es uno que jamás recogerá en vida: la permanencia de su obra en el tiempo. Para mí, a medida que escribo más, me acerco también más a lo que quiero decir, pero sin petulancia, porque la vanidad es el peor enemigo del escritor. Hay que pedir a Dios y a la Virgen de Coromoto que la escritura sea como el camino de Ítaca, para que nunca cese la pasión”.
El poeta José Joaquín Burgos reconoció las influencias literarias ejercidas por los autores griegos Homero, Horacio, Sófocles. En el Pedagógico de Caracas, a través de los escritores llegados del transtierro español, tuvo ocasión de impregnarse de los bardos del siglo de oro: Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca; y también de Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes. Más acá, en una suerte de retorno de las enseñanzas de Andrés Bello, a través de la misión chilena, se embebió de los estudios sistemáticos de lingüística y de los estudios bibliográficos y bellistas; también los de geografía y de filología; y aunque no de manera directa, recibió desde los laboratorios de física y química traídos de Alemania en 1938 para el Instituto, la historia de la ciencia venezolana.
Encontró, asimismo, en las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y Rómulo Gallegos, un refugio para su imaginación. “Los poetas del pueblo, Andrés Eloy Blanco y Pablo Neruda”, enriquecieron sus lecturas y sus vivencias; y en un particular contacto con escritores contemporáneos, como el “Chino” Valera Mora, Servando Garcés, Domingo Miliani, Oscar Guaramato, Orlando Araujo, Guillermo Cerceau, Orlando Baquero, Luis Cedeño, Efraín Inaudy Bolívar, Guillermo Mujica Sevilla, Orlando Chrinos, Rafael Simón Hurtado, Julio Rafael Silva Sánchez y Fáver Páez, le ha sido posible reconocerse en el eco de su propia voz.
“De mi época estudiantil, -recordó-, Dante, un desconocido, de mi admirado y querido profesor Edoardo Crema; de hombre maduro, ya, Cronicario, de Oscar Guaramato, quien para mí fue como un hermano;…”.
El poeta Burgos se paseó por diferentes géneros literarios: novela, cuento, crónica periodística, discursos y poesía; ésta última ha impregnado toda su producción. En ellas plasmó sus más importantes inquietudes sobre la ciudad del origen, el amor, el desamor, el espacio vital, la religión, la muerte, la familia, las amistades, la música, la bohemia, la soledad, la orfandad, su oficio de poeta.
Ante la pregunta de por qué escribe, en entrevista en el semanario Tiempo Universitario, respondió: “Aunque algunos lo hacen pensando en la posteridad; por misantropía o por soledad; por vanidad o por soberbia; por amor o por odio, o simplemente, para darle a su imaginación una válvula de escape, creo que en mi caso también escribo para darle un sentido trascendente a mi vida, intentando mejorar con mi trabajo el mundo mío y el de los demás. Es decir, que inspirado en la memoria individual asumida por los demás a través del tiempo, deseo llevar mediante mis escritos la inmortalidad a todos los hombres. Es como si al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte, porque, buenos o malos, los libros que escribimos nos sobreviven; son el reflejo de nuestro pensamiento, la pasión lúdica de las palabras que quedan. Serán esos libros, en última instancia, el rastro indeleble de nuestro paso por el mundo. La trascendencia es el instrumento con el que cuenta la imaginación del hombre para combatir su postrada condición mortal”.
"Al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte".Foto de Rafael Simón Hurtado.
Deja el poeta Burgos un legado bibliográfico de 15 libros publicados que se recogieron en los títulos: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo (Discursos, 1976); Ronda de Luz (poesía, 1956); Los Días Iniciales (poesía, 1963); Guanare Siempre (poesía, 1974); Guanare Piedraluz (poesía, 1993), Unicornio (poesía, 1991), Piel de Sueño (poesía, 1996) Coromotanías (poesía, 1992), Torreparque (novela, 1988), El Pozo del Arcoiris (narraciones, 1995). Don Juan de los Poderes (novela, 2003); La ciudad novelada (cuentos, 2006), Tres ases, (discursos, 2007); Las Murallas del Reino (novela, 2007); Cansancio de orilla (poesía, 2012).
Asimismo, se pueden encontrar publicaciones suyas en revistas especializadas del país y del exterior, y en algunos textos para uso académico, como la Historia de la Literatura Hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert (Fondo de Cultura Económica, México), Antología de la Poesía Venezolana (Recopilación de José Antonio Escalona Escalona), Antología de la Poesía Universal (Recopilación de Editor R. Ortels, Barcelona, España); El Amor en la Poesía Venezolana (Recopilación de José Manuel Castañón. Colección Rotativa, España). Revista Nacional de Cultura; Revista Actual, Universidad de Los Andes, Mérida.
En todos ellos encontramos la fuerza creativa de un autor que hizo suyo su destino de Mago, para erigir con su poesía toda una celebración de la existencia y un testimonio de gratitud y maravilla por el mundo de sus criaturas.
Rafael Simón Hurtado. Escritor, periodista. Fue Jefe de Edición de Tiempo Universitario, semanario oficial de la Universidad de Carabobo. Director-editor fundador de las revistas Huella de Tinta, Laberinto de Papel, Saberes Compartidos, los periódicos La Iguana de Tinta y A Ciencia Cierta, y la página cultural Muestras sin retoques. Premio Nacional de Periodismo (2008), Premio Nacional de Literatura Universidad Rafael María Baralt (2016), Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia, (1990 y 1992). Ha publicado los libros de ficción Todo el tiempo en la memoria y La arrogancia fantasma del escritor invisible y otros cuentos; Beatristeces y otros relatos, y de crónicas, Leyendas a pie de imagen: Croquis para una ciudad. Ha hecho estudios de Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo.
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