domingo, 1 de octubre de 2017

José Joaquín Burgos, ciudadano del lenguaje

Rafael Simón Hurtado / Fotos de José Antonio Rosales

El fallecimiento del poeta José Joaquín Burgos el 7 de agosto de 2017 nos deja huérfanos. Deja huérfanos a Luis Gonzalo y a Laura, -sus hijos-, y también deja huérfanos a sus amigos. Nos deja huérfanos de una presencia generosa, de una amistad amorosa, y de una palabra esencialmente pedagógica. El sentido lúcido y profundo de su palabra la hallábamos a diario en nuestros cordiales y frecuentes encuentros, en los que no dudaba en escuchar paternalmente las opiniones de su interlocutor, a quien transmitía con aliento, con gestos atentos y pacientes, su cariño, y de cuyo recuerdo me cuesta ahora hablar en pasado.

Me conmueve pensar en su sencillez y disponibilidad, en su acogida bondadosa, en su capacidad de escucha, en su interés por las noticias nuestras, y en su doble vocación de poeta y educador. De la primera tengo el retrato del ejercicio diario de la escritura, cuando libreta y bolígrafo en mano, -fuese cual fuese el espacio compartido-, siempre pergeñaba un texto poético. De la segunda, la fotografía es la del ser humano abierto a atender cuando le hablábamos de alguna iniciativa de carácter intelectual en los pasillos de la Universidad de Carabobo, en donde fungió, en los años más recientes, de editorialista del semanario Tiempo Universitario.




“Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare..."

Recorrido vital
El poeta José Joaquín Burgos nació en Guanare, estado Portuguesa, el 20 de abril de 1933. El propio poeta nos ofreció una descripción de su ciudad de origen en el libro Tres Ases (2007): “Hace muchos años, ya varios siglos, este pueblo sembrado a orillas del Guanaguanare, era como un pequeño jardín escondido en un rincón del piedemonte andino, muy lejos de Europa en el tiempo y el espacio de entonces, pero seguramente pensado y edificado como un pueblo de la lejana España. Con su plaza mayor, su cabildo, su iglesia matriz, sus manzanas iniciales trazadas a punto de plomada y cordel... Algo así como para escribir uno de aquellos cuentos de princesas, y nobles, y plebeyos, caballeros, campesinos, monjes, magos, que salían en los libros primarios de antes. Y es de pensar, sin mayor esfuerzo de imaginación, que por las páginas, por los personajes, por las aventuras narradas en esos cuentos, llegaron los primeros hijos de Guanare, que al final terminaron siendo nuestros abuelos. Con su nobleza no de cortesanos, sino de campesinos. Entrados, los primeros, desde aquella punta de lanza que fue la Vela de Coro; venidos, los otros, por los caminos de la vida; y otros, con los aventureros, y después, en las tropas de la Independencia, que al pasar por los pueblos dejaban a algunos de sus maltrechos soldados y se llevaban a otros, muchachos todavía, a veces ni siquiera zagaletones, reclutados, para aventarlos en otros lejanos paisajes, como pasó con tantos guanareños que partieron a lomo de caballo, o a pie, semidesnudos, cruzaron las montañas andinas y terminaron fundando familias por allá por Colombia, por Ecuador, por Perú ...”.

Este es el espacio primigenio, la ciudad de su origen, que fue el escenario rural y urbano de su historia de vida, de la anécdota vital de su tránsito como ser humano.

En nota publicada en el semanario de la Universidad de Carabobo, Tiempo Universitario, el escritor Eddy Ferrer Luque y cronista de la ciudad de Guanare, cuenta que es a esa ciudad a la que el poeta agradece “la luz de mis ojos y los latidos de mi corazón”, en donde creció, “bebiéndose el agua cristalina de los primeros manantiales, alborotando paraulatas y arrendajos, y tirándole anzuelazos a los ríos”.

En esta misma nota, Ferrer Luque describe así la infancia del poeta Burgos: “Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare; el barro de las casas humildes, el barro del pocillo de café, el barro con que se hicieron las figuras del pesebre de cada diciembre, el barro que se volvió tinaja o con el que se hizo la pila bautismal de la primera iglesia en la falda del cerro”.

Allí, en Guanare, hizo sus estudios de primaria y bachillerato, en la Escuela “José María Vargas” y en el Liceo “José Vicente Unda”. En esta última institución se educó, primero como alumno, y luego, con lo aprendido, ejerció como docente. Allí se graduó en la disciplina del pensamiento y en el gentilicio de la generosidad, porque según cuenta el propio poeta, los jóvenes que estudiaban en el Unda egresaban capacitados no sólo para las ciencias y las humanidades, sino para la práctica de la virtud y el ejercicio de la bondad.


Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas.


Allí también contrajo nupcias, con la Sra. Carmen Licelia Rodríguez Alzúru. Allí llegaron los hijos, de la sangre y de la decisión personal: Luis Gonzalo Maradey Rodríguez, General de Brigada de la Guardia Nacional, y Laura Julieta Burgos Rodríguez, abogada egresada de la Universidad de Carabobo.

Y desde allí abrió fuegos, para afirmarse a través de los años en su vocación por la docencia, en su oficio de periodista y en su condición de ciudadano del lenguaje, como escritor y poeta.

Lo primero se puede verificar mediante el título profesional obtenido en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas, en la Promoción “Eduardo Blanco”, en 1957, como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude.

La huella del Pedagógico de Caracas
Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas. En aquel lugar, creado para que los conocimientos pasaran a los educadores que se iban a encargar de diseminarlos en la sociedad a través de la escuela, marcó en el educador Burgos la huella de docente, es decir, la escuela entendida como el dispositivo para la formación ciudadana, la educación para el trabajo, la enseñanza de las ciencias y las humanidades para abrir los caminos a nuevos estudios.

Sobre este período cuenta el poeta en su columna Indocencias, en el diario Notitarde del 12 de noviembre 2016: “Época de Pérez Jiménez. En el examen de Admisión (1953) para el Pedagógico Nacional fuimos 2.600 aspirantes, repartidos en varios salones. Fuimos aceptados, exactamente, 600. De ellos, 66 en la Especialidad de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas. Se nos agregó uno más en Segundo Año (un hermano lasallista que venía de un curso especial de un año en Roma). Pero ya no éramos 67, en Segundo, sino 18, porque más de la mitad se quedaron. A Tercero, llegamos 14. Y a Cuarto, final, 7, de los cuales en Julio del 1957, nos graduamos 5, y los dos restantes, en setiembre. Una Odisea en la cual todos (hembras y varones) éramos Ulises… porque de resto, hasta el perro de Telémaco pasó trabajo y sudó el alma… Pero llegamos. Época dura, días de carácter domado, disciplina sembrada hasta en la sangre y amor, mucho amor por la profesión escogida y un respeto absoluto por la profesión, el estado y sus instituciones y las huellas y dignidad de quienes nos precedían en el ejercicio”.

En ese mismo espacio recibió el escritor una trascendental enseñanza, pues el Pedagógico, por razones históricas, se había convertido en un importante centro de la lucha por la democracia. Allí, las banderas de la modernización académica hondearon a la par de las banderas de la modernización democrática. Ambos blasones colocaron en su cabeza la necesidad de luchar por la libertad política, en un período en el que esta virtud estaba conculcada; convencido como estaba de que sin esta virtud republicana no hay ciencia, ni escuela, ni democracia social.

Era un ambiente pletórico de nuevas ideas. En 1936, en el acto de su fundación, el escritor Mariano Picón Salas habría dicho: “...cuando el Pedagógico llegó al mundo su destino influiría en el de Venezuela, así mismo el desarrollo recto o tortuoso del país también afectaría su vida”.

Y así fue durante los años en que el poeta Burgos cursó sus estudios docentes. Allí se agitaba la vida de las ideas, el amor por la democracia, la pasión por la docencia y el fuego por la poesía.

De la conjunción de estas tres instancias de vida dijo el poeta en entrevista en el semanario de la Universidad de Carabobo Tiempo Universitario: “Escribir es la manera más libre de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción metafísica individual. Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente, aunque tal visión comporte como consecuencia un determinado compromiso social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del escritor. Desde ese aspecto, es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus necesidades materiales, el que se ve estimulado para que la independencia de su labor se brinde al servicio de ciertas causas. En el infinito literario puro, la única dictadura válida es la que proviene de la necesidad liberadora de expresarse”.


Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente


Se nutrió el poeta Burgos de destacados políticos, intelectuales, escritores, pensadores, que hicieron vida en el Instituto Pedagógico de Caracas, como alumnos o docentes. Muchos de los nombres fundamentales de la Venezuela contemporánea pasaron por sus aulas. No es casualidad que en aquellos espacios haya tenido lugar la fundación de estudios superiores en ciencias sociales, humanidades y ciencias puras, y que de ellos salieran algunas de las principales figuras que después desarrollaron su saber en el resto de las universidades y los centros de altos estudios.

No sólo eso, el autor tuvo la ocasión de compartir personalmente con muchos de ellos, intercambiar directamente experiencias de pensamiento y escritura, ser su alumno, desarrollar un particular sentido de pertenencia con la institución y con una forma de expresión, mediante el intercambio de fenómenos grupales de conformidad a las normas, cohesión social y status grupal.

Nos referimos tanto al intercambio académico como a la interactuación espontánea, que confluye en la relación entre dos o más personas que esperan recibir una recompensa de amistad, y que se mantiene cuando las esperanzas de alcanzarla, se confirman.

Anotamos el nombre de algunas de las personalidades que dejaron la impronta de su pensamiento en debates, problemas y realizaciones, conforme al testimonio del propio poeta: Mario Torrealba Lossi, Ignacio Burk, Pedro Grases, Mariano Picón Salas, Rafael Escobar Lara, Eloy G. González, Luis Beltrán Guerrero, Felipe Massiani, Hugo Ruán, Edoardo Crema, Humberto Díaz Casanueva, Humberto Fuenzalida, Domingo Casanovas, Olinto Camacho, Augusto Pi Suñer, Humberto García Arocha, Francisco Tamayo, Luis Acosta Rodríguez, P. Manuel Montaner, Tobías Lasser, Juan David García Bacca, Eugenio Imaz, Pablo Vila y Ángel Ronsenblat, Manuel Bermúdez, Domingo Miliani, Miguel Correa, Tito Balza.

Recién egresado, en 1957, el poeta Burgos comenzó a impartir clases como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, en los Liceos “Miguel José Sanz”, Colegio “Maturín”, Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio, en Maturín, estado Monagas; en el Liceo “José Vicente Unda”, en Guanare, estado Portuguesa; en los liceos “Pedro Gual”, “José Rafael Pocaterra”, “Alejo Zuloaga”; en los institutos “María Montessori”, “Nueva Valencia”, Colegio La Salle; y en la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, en Valencia, estado Carabobo. Y durante toda su vida, -de la que transcurrieron 84 años hasta su fallecimiento el 7 de agosto de 2017-, no hizo otra cosa que transmitir lo aprendido allí, dentro y fuera del aula.


Es uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.

Aproximación a su pensamiento
El poeta Burgos fue, indudablemente, un ciudadano del lenguaje y de la comunicación. Uno de esos creadores que, de acuerdo a lo expresado por Jesús Torrealba Villamizar, no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar. Eso sí, fijó sus moldes en una lengua ilustrada, pero sencilla, sin artificios; y como el filólogo se afanó por buscar detrás de la máscara de la palabra, y en acuerdo con el filósofo se empeñó en la palabra elemental.

Se puede afirmar que sus palabras son espejos mágicos, en el sentido de lo expresado por el poeta cubano José Lezama en su ensayo de 1956 Pascal y la poesía: “…frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida.”.

En esa evocación de las imágenes de la realidad el poeta Burgos atrapó el recuerdo de lo visto por sus ojos. Las palabras en su boca nacieron como un hecho prodigioso, porque como poeta es un taumaturgo que nos transporta a los círculos musicales de la creación que lo ilumina todo.

Dijo el poeta en este sentido: “Apenas el hombre había superado su nivel de bestia, apenas había aprendido a caminar erguido, apenas había comenzado a balbucear lo que después sería el laberinto del lenguaje, ya había tomado conciencia de su pequeñez y de su propia fugacidad. En respuesta a ello, aprendió a convocar imágenes y a buscar con ellas conjuros para evitar la muerte. El hombre, entonces, que ni siquiera era un niño y poco sabía de cuánto de eternidad tenían los sonidos con los que quiere atrapar la furia de las bestias, o detener los latigazos del relámpago; ya había emprendido su largo camino hacia la eternidad, llevando, como equipo fundamental, el más prodigioso de los instrumentos: el lenguaje”.

Y ante esta convicción, nació la otra condición del poeta Burgos, su categoría de comunicador nato, que se expresó con sencillez, con “facundia intelectual”, como dice el ensayista Julio Rafael Silva. De allí que a su labor como docente, incorporó los espacios de la prensa para añadir, a sus virtudes pedagógicas, sus dotes como periodista, para ampliar el radio de acción de las aulas de clases a través de la comunicación social.

Expresó el poeta Burgos sobre esta profesión en entrevista en Tiempo Universitario: “Es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene. El de escribir con apego a las normas del buen uso del lenguaje y del buen oficio de comunicar. El oficio de no caer en la tentación palangrista, ni de vender el alma, ni de entregar su conciencia a cambio de un cheque o de una posición de poder. En eso se mide la casta, como dicen los taurinos. En eso se conoce a quienes verdaderamente son periodistas”.

“El oficio de periodista es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene" Foto de Rafael Simón Hurtado.

El oficio lo ejerció en diferentes tribunas. Como secretario de redacción trabajó en el diario Notitarde, de Valencia, durante 6 años. En ese período fundó el suplemento literario Letra inversa, que significó para la ciudad una ventana abierta para los creadores de todos los géneros y de todos los pensamientos. En este mismo diario mantuvo una columna de opinión semanal: Indocencias, en cuyo nombre confluyen su ingenio con la palabra y un acendrado sentido del humor.

Fue miembro del Consejo Editorial y editorialista, de Tiempo Universitario, trabajo por el cual recibió el Premio Especial de Periodismo “Carlos Garrido”, de la Universidad de Carabobo, en 2002, y el Premio Nacional de Periodismo Mons. “Jesús María Pellín”, -institucional, compartido-, otorgado al semanario Tiempo Universitario, en 2002. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel, de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. En este último mantuvo amistad con los escritores Miguel Otero Silva y Oscar Guaramato, con quienes compartió la columna Socaire.

Una sincera preocupación social lo llevó a encargarse de importantes responsabilidades en actividades de índole gremial: fue directivo, durante más de 15 años, del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño (Fundalica), Vicepresidente ejecutivo de la Editorial “Cubagua” del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo.

Participó como escritor invitado, representando al país, en el encuentro “Viaje a la Poesía de Neruda”, en Chile. Dictó conferencias en la Universidad de Carabobo, en el Ateneo de Valencia; en la Universidad Experimental de Guayana; en el liceo “Gabriela Mistral”, en la Universidad Católica de Chile, Extensión de Temuco, y en el liceo de Cunco, en Cunco, y en la Universidad “Diego Portales”, en Labranza, Chile.

Es epónimo de premios literarios e instituciones culturales, como el Premio Anual de Literatura del Estado Portuguesa; del Orfeón “José Joaquín Burgos”, de la Fundación Cultural del mismo nombre, en Guanare, y de la Peña de Expositores de Los Guayos, en Carabobo.

Durante su vida recibió importantes condecoraciones: Orden del General “Juan José Mora” (Clase Única, Morón, Carabobo); Orden “General José Antonio Páez” (Clase Única, Asamblea Legislativa del Estado Portuguesa; Orden “Mons. José Vicente Unda” (Clase Única, Gobernación de Portuguesa); Orden Ciudad de Valencia (Primera Clase); Orden de “Andrés Bello” (Primera Clase, Caracas). Botón del Colegio de Periodistas de Venezuela; Botón de la Brigada Blindada 41.

En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.


Adoptó a Valencia como ciudad, y fue adoptado por ella como uno de sus hijos más ilustres.

Permanencia de su obra en el tiempo
Pero nada de esto lo afectó en su vanidad. Por el contrario, llegó a afirmar que la arrogancia en los creadores es una enfermedad, que con los años puede desaparecer, o agravarse. Es un vicio en la personalidad del escritor.

Sobre los premios literarios afirmó: “Son necesarios en el sentido del estímulo. Aunque el manejo dudoso de algunos certámenes ha dado lugar a la diatriba, a la envidia y a las zancadillas. Me gustan los concursos en cuanto a oportunidad para confrontarse, pero siempre y cuando se asista a ellos con el ánimo limpio, sereno, y exclusivamente con las armas que da el conocimiento del lenguaje y la imaginación. El mayor premio que puede recibir un escritor, es uno que jamás recogerá en vida: la permanencia de su obra en el tiempo. Para mí, a medida que escribo más, me acerco también más a lo que quiero decir, pero sin petulancia, porque la vanidad es el peor enemigo del escritor. Hay que pedir a Dios y a la Virgen de Coromoto que la escritura sea como el camino de Ítaca, para que nunca cese la pasión”.

El poeta José Joaquín Burgos reconoció las influencias literarias ejercidas por los autores griegos Homero, Horacio, Sófocles. En el Pedagógico de Caracas, a través de los escritores llegados del transtierro español, tuvo ocasión de impregnarse de los bardos del siglo de oro: Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca; y también de Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes. Más acá, en una suerte de retorno de las enseñanzas de Andrés Bello, a través de la misión chilena, se embebió de los estudios sistemáticos de lingüística y de los estudios bibliográficos y bellistas; también los de geografía y de filología; y aunque no de manera directa, recibió desde los laboratorios de física y química traídos de Alemania en 1938 para el Instituto, la historia de la ciencia venezolana.

Encontró, asimismo, en las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y Rómulo Gallegos, un refugio para su imaginación. “Los poetas del pueblo, Andrés Eloy Blanco y Pablo Neruda”, enriquecieron sus lecturas y sus vivencias; y en un particular contacto con escritores contemporáneos, como el “Chino” Valera Mora, Servando Garcés, Domingo Miliani, Oscar Guaramato, Orlando Araujo, Guillermo Cerceau, Orlando Baquero, Luis Cedeño, Efraín Inaudy Bolívar, Guillermo Mujica Sevilla, Orlando Chrinos, Rafael Simón Hurtado, Julio Rafael Silva Sánchez y Fáver Páez, le ha sido posible reconocerse en el eco de su propia voz.

De mi época estudiantil, -recordó-, Dante, un desconocido, de mi admirado y querido profesor Edoardo Crema; de hombre maduro, ya, Cronicario, de Oscar Guaramato, quien para mí fue como un hermano;…”.

El poeta Burgos se paseó por diferentes géneros literarios: novela, cuento, crónica periodística, discursos y poesía; ésta última ha impregnado toda su producción. En ellas plasmó sus más importantes inquietudes sobre la ciudad del origen, el amor, el desamor, el espacio vital, la religión, la muerte, la familia, las amistades, la música, la bohemia, la soledad, la orfandad, su oficio de poeta.

Ante la pregunta de por qué escribe, en entrevista en el semanario Tiempo Universitario, respondió: “Aunque algunos lo hacen pensando en la posteridad; por misantropía o por soledad; por vanidad o por soberbia; por amor o por odio, o simplemente, para darle a su imaginación una válvula de escape, creo que en mi caso también escribo para darle un sentido trascendente a mi vida, intentando mejorar con mi trabajo el mundo mío y el de los demás. Es decir, que inspirado en la memoria individual asumida por los demás a través del tiempo, deseo llevar mediante mis escritos la inmortalidad a todos los hombres. Es como si al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte, porque, buenos o malos, los libros que escribimos nos sobreviven; son el reflejo de nuestro pensamiento, la pasión lúdica de las palabras que quedan. Serán esos libros, en última instancia, el rastro indeleble de nuestro paso por el mundo. La trascendencia es el instrumento con el que cuenta la imaginación del hombre para combatir su postrada condición mortal”.

"Al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte".Foto de Rafael Simón Hurtado.

Deja el poeta Burgos un legado bibliográfico de 15 libros publicados que se recogieron en los títulos: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo (Discursos, 1976); Ronda de Luz (poesía, 1956); Los Días Iniciales (poesía, 1963); Guanare Siempre (poesía, 1974); Guanare Piedraluz (poesía, 1993), Unicornio (poesía, 1991), Piel de Sueño (poesía, 1996) Coromotanías (poesía, 1992), Torreparque (novela, 1988), El Pozo del Arcoiris (narraciones, 1995). Don Juan de los Poderes (novela, 2003); La ciudad novelada (cuentos, 2006), Tres ases, (discursos, 2007); Las Murallas del Reino (novela, 2007); Cansancio de orilla (poesía, 2012).

Asimismo, se pueden encontrar publicaciones suyas en revistas especializadas del país y del exterior, y en algunos textos para uso académico, como la Historia de la Literatura Hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert (Fondo de Cultura Económica, México), Antología de la Poesía Venezolana (Recopilación de José Antonio Escalona Escalona), Antología de la Poesía Universal (Recopilación de Editor R. Ortels, Barcelona, España); El Amor en la Poesía Venezolana (Recopilación de José Manuel Castañón. Colección Rotativa, España). Revista Nacional de Cultura; Revista Actual, Universidad de Los Andes, Mérida.

En todos ellos encontramos la fuerza creativa de un autor que hizo suyo su destino de Mago, para erigir con su poesía toda una celebración de la existencia y un testimonio de gratitud y maravilla por el mundo de sus criaturas.


sábado, 5 de agosto de 2017

Néstor Mendoza: «Con la poesía no tengo miedo»

Nacido en Maracay, en 1985, egresó de la Universidad de Carabobo como licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura. Muy tempranamente descubrió en la poesía una manera de revivir las emociones, de memorizar sentimientos, de traspasar la materia con la mirada. La cotidianidad también puede ser un acto de trascendencia.

TEXTO RAFAEL SIMÓN HURTADO | FOTOS JOSÉ ANTONIO ROSALES
Fuente: Nuevos país de las letras (Ediciones Banesco/Artesanogroup)




Su primer encuentro con la literatura estuvo más cerca del cuento y la novela, pero fue la poesía la que se terminó de imponer en Néstor Mendoza. Sentía que la forma de canalizar, de dar respuesta a indecisiones e inquietudes, era única, inimitable. Esa emisión solitaria, si bien le mostraba a Néstor una invocación sin privilegios, también lo ayudaba a vencer aquella voz tímida que le impedía revelar su intimidad. Desde el inicio, buscó escribir «poemas silenciosos, escritos desde la humildad». El milagro de las palabras iba contribuyendo a su reafirmación personal.

Sus primeros acercamientos al arte los hizo a través del dibujo.

«Representaba mediante trazos simples a mis padres, a mis tías, a la naturaleza que me rodeaba. Me sentaba en un rincón de la casa y veía a mi madre cuando cosía, o a mi padre cuando compartía con mis tíos en el patio. Yo trataba de fijar un recuerdo, una emoción.» Esta inquietud, que cultivó entre los cinco y diez años, fue el inicio de lo que luego sería la vocación literaria. Octavio Paz hubiera llamado esas pulsiones «la consagración del instante».



PRIMER PAISAJE
Su infancia remite a una población quieta y silente, enclavada entre la serranía montañosa del Parque Henri Pittier y el lago de Valencia. Mariara es una de esas comunidades en cuya modestia se esconden testimonios históricos y auténticas reliquias. Allí se crio Néstor, en el sector El Carmen, cerca de la plaza Bolívar, al amparo de una familia integrada por su padre, Néstor Mendoza, y su madre, María Hernández. Cuenta también con tres hermanos.

Su padre ejerció los oficios de herrero y chofer. Su madre es ama de casa, repostera y costurera. «De mi padre recibí la responsabilidad. A su manera, veló por todos sus hijos. Cuando nos enfermábamos, recuerdo que nos llevaba cargados al baño, para bajarnos la fiebre en poncheras llenas de agua. De mi madre guardo la sencillez, la humildad, el amor incondicional. Mucho de lo que soy se lo debo a ella. Es una mujer sencilla, que odia la mentira, que está dispuesta a perdonar a quienes han faltado. Su paciencia y su sensatez son providenciales. Mi temperamento viene de allí.»

«Mis juguetes eran mis hermanos. Siendo niños, todos cabalgábamos un árbol de semeruco con ayuda de la imaginación. La mayor es Norelys y el menor Rubén. Yo soy el del medio, junto a mi hermana gemela, Griselda. Obviamente con ella guardo un vínculo muy especial, que es difícil de explicar. No tiene que ver solamente con que uno quiera o ame más a un hermano que a otro, sino con un hecho de gestación, de haber estado en el mismo vientre, de haber compartido la misma placenta, jugando juntos desde antes de nacer. Es una relación distinta a la que tengo con mis otros hermanos. Cuando estábamos muy pequeños, compartíamos hasta los mismos amigos imaginarios. Los veíamos y nos divertíamos con ellos. Imaginábamos su estatura, su color de piel, su forma de vestir. Creíamos ver al mismo amigo. En aquellos juegos con Griselda éramos tres: ella, yo y el amigo imaginario.»

«Con mi primera hermana, en cambio, quizás por los años de diferencia, la distancia es mayor. Ella fue hija única durante ocho años, y obviamente eso le permitió desarrollar mucha autonomía, que luego marcó todas sus decisiones. Siempre ha habido un vínculo cordial, en medio de la natural autoridad y severidad que tienen los hermanos mayores. Por último, está mi hermano menor, que es muy distinto a mí, pues mientras yo soy reservado, él es más resuelto. Tiene habilidades manuales que heredó de mi padre.»

«Cada vez que publico un libro o en ocasión de algún premio literario, mi familia se emociona mucho. Las noticias de mis logros resuenan en toda la casa. Cuando apareció Andamios hubo una alegría unánime.»



SEGUNDO PAISAJE
Aunque Mariara es una población del estado Carabobo, su cercanía con Maracay propicia que sus habitantes se desplacen con frecuencia en demanda de servicios. A esta relación entre ciudades fronterizas recurrieron los padres de Néstor para que su madre lo trajera al mundo en un servicio de maternidad de Maracay. El tiempo ha transcurrido para que el joven haya cultivado amistades y establecido relaciones que lo marcaron de por vida.

«Desde 2006 hasta 2010, formé parte del Taller Literario “Hojas Sueltas” de Mariara, dictado por el poeta Antonio González Lira. Durante sesiones vespertinas, leíamos textos de teoría poética y de poesía venezolana, latinoamericana y europea. Entre ellos, a los cubanos del grupo “Orígenes”, Lezama Lima y Eliseo Diego; también a Fernando Pessoa, T. S. Eliot. Luego, de la mano del poeta Alberto Hernández, publiqué en el suplemento cultural “Contenido” del diario El Periodiquito de Maracay. Allí aparecieron mis primeros ensayos y reseñas sobre poetas venezolanos.»

En el curso de sus estudios de bachillerato en Mariara, ya se habían generado los primeros nexos de reconocimiento de figuras clásicas, como Lope de Vega u Homero, pero todavía la vocación poética no se encauzaba debidamente… hasta que se produjo un deslumbramiento.

«Sin la Universidad de Carabobo, mi vida hubiese sido distinta. Entrar allí con diecisiete años, me abrió un abanico exuberante de posibilidades. En esa etapa sí puedo admitir que descubrí la literatura. Encontré cauce para mi inquietud por el hecho literario, poético. Mi acercamiento a ciertas asignaturas de la carrera de Educación, mi aproximación a las publicaciones del Departamento de Literatura, asistir a la presentación de libros y revistas… todo eso fue decisivo. A aquellos encuentros iniciales en los talleres de Mariara, se añadieron estas nuevas experiencias que me hicieron ver con otros ojos lo que había leído en bachillerato de manera incipiente. Comprendí que las lecturas que había hecho hasta ese momento, no habían sido asimiladas con entera conciencia. Eso me llevó a releer a muchos autores, como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, Rubén Darío, Pablo Neruda. Buscaba hallar mayor intensidad a mi propia experiencia de escritura. Me volqué a leer ávidamente poesía y a escribir mucho.»

En la Universidad conoció a la profesora de filosofía Marelis Loreto Amoretti, quien lo estimuló a indagar en la escritura crítica. Se incorporó a la agrupación «Litterae ad Portam», grupo de poetas y artistas plásticos que fomentaban las inquietudes creadoras. Asistió a los talleres de poesía de Adhely Rivero, quien para entonces era el jefe del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo.

Por gestiones propias del poeta Rivero, Néstor publicó en 2007 su primer libro: Ombligo para esta noche. La vida universitaria también tuvo repercusiones en el plano amoroso, pues allí conoció a Geraudí González, profesora de Módulos de Cultura, quien finalmente se convertiría en su esposa. En esos Módulos leyó mucha poesía venezolana del siglo XX: Vicente Gerbasi, Ramón Palomares, Gustavo Pereira. La profesora González también solía invitar a poetas, narradores y ensayistas de la universidad y de la región valenciana. La práctica le permitió conocer a escritores como Orlando Chirinos, Víctor Manuel Pinto y María Narea, entre otros.

«Leer y conocer a los creadores directamente, me enseñó que la pulcritud de un texto leído puede verse afectada por muchos factores. Comprendí que el texto literario es una representación autónoma, pues una vez que se desprende de las manos del autor, adquiere una suerte de soberanía. Ya liberado, y dependiendo de su evolución en el tiempo, un texto puede ser rechazado, ignorado, recordado o venerado.»

Poco después unos contactos lo llevaron a relacionarse con los editores de la legendaria revista Poesía, mascarón de proa de las publicaciones literarias de la Universidad de Carabobo.

Su lectura le brindó la ocasión de admirar la poesía y la prosa de Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros y Reynaldo Pérez Só, a quienes Néstor considera una trinidad poética. La publicación también lo puso en conocimiento de poetas como Paul Celan, W. H. Auden, Giuseppe Ungaretti, Saint-John Perse, José Emilio Pacheco, Raúl Gustavo Aguirre y Antonio Gamoneda. La lectura de poesía y ensayos sobre teoría poética de esos años marcaron definitivamente su formación.
Hoy forma parte del equipo de redacción de la revista Poesía, donde también publica sus propios textos y gestiona las colaboraciones de nuevos poetas.

Más recientemente se incorporó a la Dirección de Medios de la Universidad de Carabobo, como corrector del semanario Tiempo Universitario. Y en la actualidad es coordinador de Relaciones Institucionales de la Feria Internacional del Libro. «Filuc es otra de mis moradas permanentes: lo fue en mi época estudiantil, como visitante entusiasta, y lo es ahora como integrante del Comité Organizador.»


TERCER PAISAJE
La vocación es una rareza que se mueve atraída por una fascinación magnética. Aunque no siempre ocurre, hay rasgos que se muestran prematuramente, entre el misterio y el asomo de ciertas conductas.

«Mi temperamento tiende al ensimismamiento. En mi infancia tuve pocos amigos, quizás porque la soledad, la timidez o el temor al rechazo dominaban la escena. Eso explica por qué me conformaba con la contemplación. Esa actitud se mantiene en el bachillerato, aunque como todo adolescente quería formar parte de algo. Tuve que vencer el miedo, ir en contra de hábitos que tenía muy arraigados, hasta confrontarme conmigo mismo.»

«La literatura propició el diálogo, el vínculo interpersonal, emocional, fraterno o amoroso con los demás. La lectura solitaria, en diálogo secreto con las obras, con los textos, con los autores, se convirtió en el puente de relación con los otros. Por su intermedio encontré los modos para canalizar y dar respuesta a mis indecisiones e inquietudes. Se podría decir que con la poesía, ese yo intransigente, solitario, sedentario, se transformó. Sentí que había conseguido un traje a la medida. Un cuerpo que podía habitar sin sentir miedo. De pronto tenía un lugar, un punto de vista, con el cual enfrentarme al mundo, para ponderar la realidad con más lucidez.»

«Escribir me inquieta; no es algo placentero. Escribir poesía es algo que me sobresalta. Mis libros se gestan con lentitud. Soy de los que convive con el poema por mucho tiempo, hasta su publicación. Comparto la expresión de Paul Valery de que “el poema se abandona; no se termina”. Para mí, cuando el libro se convierte en objeto de lectura, ya le pertenece a otro. Confronta la escritura con mucha paciencia. Y someto el poema a muchos filtros: reposo, corrección, confrontación, olvido.»

«Tengo un hábito natural, que puede bordear lo patológico, de fijación, de observación. Fijo la atención en los objetos para desconstruirlos, para desarmarlos. Giro en torno al objeto, y a través de él indago sobre sus posibilidades veladas. Cuando escribo un texto poético, le otorgo a ese objeto una historia, unos antecedentes. Los instantes aparentemente insignificantes, baladíes, absurdos, obvios o que no merecen ser reseñados, son precisamente los que más me interesan.»

«Hay un elemento del que estoy consciente, que es la necesidad de distanciarme del objeto, de lo que el ojo ve. Por ello apelo al yo lírico, a la primera persona, que también puede derivar en segunda o tercera persona. Voy hacia un nosotros que invite al lector a observar conmigo. Esta característica, visible en poemas como “Decapitación” o “Dócil”, ambos recogidos en Pasajero, me ha sido útil para abordar temas ásperos como la violencia de género, la violación, el asesinato, y todo a través de una mirada forense del cuerpo.»

«Echo mano de distintos géneros discursivos, como la narración o la descripción, vinculando mis poemas con el relato, permitiendo que sean objetos permeables que se ofrezcan como espacios de convivencia con otros discursos. Busco un efecto, una reacción, una complicidad con el lector, que sea capaz de producir asociaciones distintas e, incluso, contrarias.»

«Si bien es cierto que en el texto poético circula savia y sangre, asociadas a referentes autobiográficos que son esenciales, es bueno tener en cuenta que no deja de ser un discurso compuesto de palabras. Por eso cuido el hecho lingüístico en su aspecto formal, en su limpieza discursiva. Tengo una exigencia, o casi una obsesión, con cada cosa que escribo.»

La poesía se ha convertido para Néstor en un puente por el que ha llegado a escritores que son importantes referencias en su trabajo. Todos, más cercanos o más lejanos, lo han ayudado a modelar su concepción de la poesía, la urdimbre del texto. Tiene presentes a grandes poetas iberoamericanos como César Vallejo, Antonio Machado, Francisco Brines, Antonio Gamoneda, Blanca Varela, José Watanabe y Francisco José Cruz. Y entre los más cercanos cuenta con Juan Calzadilla, Enriqueta Arvelo Larriva, Ramón Palomares, María Teresa Ogliastri, Edda Armas y Luis Enrique Belmonte.

Con Geraudí González, su esposa.

CUARTO PAISAJE
Su primer libro publicado fue Ombligo para esta noche, en 2007. Es un texto que se desprende del trabajo desarrollado en los talleres literarios. Recoge poemas escritos antes de los veinte años. «Es un libro del que suelo hablar poco, porque lo considero un libro inicial.»

Luego publica Andamios, en 2012, con el que recibe el IV Premio Universitario de Literatura, mención Poesía. «Andamios lo escribo tras un período de vida lleno de dificultades de todo tipo. Suelo aprender más de los momentos difíciles que de los celebratorios. Quizás con un tono nostálgico, el libro recorre los entornos familiares, los espacios de Mariara, las intimidades del hogar. Tiene algo de retrato de infancia, con episodios vividos con mis hermanos y mis padres.»

«El poeta cubano Lezama Lima hablaba de la sobrenaturaleza, con la que podemos repoblar el paisaje perdido a través de la imagen. La infancia ya no está, como no están los árboles, pero mediante la imagen poética podemos rescatar esos espacios. Podemos lograr que nuestros familiares fallecidos, los árboles talados, los amigos que se han ido, las vivencias pasadas, pervivan y nos permitan recuperar los paraísos perdidos.»

La lectura del libro se comprende más cabalmente bajo el influjo de los poemas de José Watanabe, a quien agradece haberlo ayudado a encauzar su voz. Con él descubrió la obsesión por el instante, la observación plena de la evidencia que hay detrás de cada cosa, por pequeña que sea, la necesidad de abandonar ese cómodo yo lírico y cambiar de perspectiva.

En 2015 publicó Pasajero, que de alguna manera aborda la cotidianidad del poeta. En estos textos, las visiones particulares se transfiguran en acercamientos emocionales hacia objetos y personas. «Fijamos recuerdos, incluso para otros. Luchamos contra la desmemoria, contra el olvido. Nos detenemos en los espacios físicos para intentar que permanezcan en la escritura. El lector podrá sentir que también fueron significativos para el emisor.»

Otro hecho digno de ser destacado en Pasajero es el uso de dos «viejos moldes estróficos», como los llama el poeta Francisco José Cruz en la contraportada del libro: la sextina y la cuaderna vía. «Octavio Paz comenta en su ensayo “La tradición de la ruptura” que poetas como Dante y Petrarca pueden ser nuestros contemporáneos. Esta apreciación de Paz me ha servido para sustentar cómo en la llamada poesía tradicional podemos encontrar infinidad de recursos técnicos, estróficos, métricos, rítmicos, que pueden activarse en la actualidad.»

Estas composiciones poéticas creadas en el siglo XII y en el siglo XIII, respectivamente, hoy vistas como estructuras arcaicas o en desuso, le han abierto nuevas posibilidades a Néstor.

«Debemos recordar que poetas contemporáneos como Jaime Gil de Biedma, Ezra Pound, W. H Auden, o el peruano Carlos Germán Belli, escribieron sextinas. En Venezuela tenemos un caso singular: el libro Sextinario de Ana Nuño, que combina poética, poemario y un recorrido antológico que se inicia en la Edad Media.»

«Estos moldes estróficos me interesaron mucho. Me puse a estudiarlos y a ensayar su escritura. La exploración me abrió nuevas posibilidades técnicas: versos endecasílabos en la sextina y versos alejandrinos en la cuaderna vía. Pasajero transita del verso libre a estas estructuras que la generalidad de los lectores desconoce. Y más que acto de provocación o de desconcierto, se trata de revitalizar la sorpresa en la lectura del poema.»

«El ensayo me proporciona una seguridad que no me da la escritura poética. Es más, creo que en los ensayos tengo una mayor actitud celebratoria. Hay exigencia, rigor, pero también mayor libertad. Guillermo Sucre, Mariano Picón Salas, Alejandro Oliveros, Rafael Castillo Zapata, Luis Moreno Villamediana, Adalber Salas, son algunos de los que están en mis referentes.»

Sus poemas han sido incluidos en las antologías 102 poetas jamming (2014) y Destinos portátiles, muestra de poesía venezolana reciente (2015). En 2016 quedó como finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, con el libro Díptico del laberinto.

Otras iniciativas en las que trabaja tienen que ver con promoción o difusión literaria por medios diversos. En su blog «La Antorcha» compila material ensayístico, reseñas de libros de poesía y entrevistas. En la iniciativa «La tertulia de las 6» se propone acercar a artistas y escritores mediante foros y discusiones. Con «El Taller blanco» se propone desarrollar una plataforma editorial para jóvenes poetas y narradores.


QUINTO PAISAJE
«Cuando una sociedad entra en crisis, el primer síntoma de decadencia es el lenguaje. Hemos llegado a los límites de la mendicidad, de la infamia, del envilecimiento, del agotamiento, de la trivialización, de la satanización de las palabras. Venezuela tiene la apariencia de un bosque deforestado, pues a la decadencia económica se le ha agregado la expropiación del lenguaje.»

«Creo en la poesía como un antídoto. Quiero verme dentro de diez años completando las iniciativas que he comenzado ahora, pero con un país en modo de diálogo. No quiero sentirme un extranjero.» ●



Cartografía

El mar le dio una mordida
a la cartografía de mi país.
Dejó bordes
desiguales en la tierra, dejó
ciudades con forma de sombrero,
costas hechas con trazo nervioso y estrías.
El agua de la orilla siempre
es noble con los niños,
es un mar distinto,
sin aguas violentas.
El sol justo encima,
y lo oculto con el pulgar.
Lo parto.
Ahora tengo dos soles para compartir.
El sol es riguroso:
a esta hora
importa más el sudor que los abrazos.
Cielo despejado, el cuerpo boca arriba,
toda la arena metida en el pantalón.
Las olas agitan barcos
con banderas que no reconozco.
Tanta gente que pasa,
buscando más bronce en sus pieles,
un color metálico para tapar la palidez
y hacerla menos extranjera.
Solo tengo una mirada sencilla, miedosa,
para este paisaje,
y la sensación de un vidrio que me separa,
una tela, una malla, no sé.

[ De Pasajero ]



RAFAEL SIMÓN HURTADO. VALENCIA, 1958
Comunicador social, editor y escritor. Ha publicado
Todo el tiempo en la memoria
y Leyendas a pie de imagen: Croquis
para una ciudad
. Es Premio Nacional
de Periodismo Científico.


JOSÉ ANTONIO ROSALES CHIRGUA, 1956
Diplomado en Fotografía en la Escuela de Arte Ramón
Zapata. Fotoperiodista de la Universidad
de Carabobo. Ha colaborado con las
revistas Laberinto de papel y A ciencia
cierta. Miembro del Círculo de Reporteros
Gráficos de Venezuela y de la Federación
Internacional de Periodistas (FIP).

viernes, 7 de julio de 2017

María Teresa Boulton: “Nueva York no es una ciudad para el amor”



Rafael Simón Hurtado

En el artículo “El Retrato en la Fotografía Venezolana”, de María Teresa Boulton se lee: “En lo sucesivo viviremos mirando el rostro del otro, de los ojos que nos miran y en los cuales nos miramos; así sabremos la bondad o la dureza con que el mundo nos saluda”.

He aquí su ars fotográfica, la esencia de su creación, su interés por el espectador, por el objeto o el sujeto retratado, y la fotografía como fuente eterna de esperanza y de representación humana.

Cualquiera de sus imágenes es una imagen de su mirada. De esa mirada azul que lo cubre todo con sus vínculos afectivos, con lo esencial y lo aparente, con lo individual y lo colectivo; y con lo cual edifica una identidad en donde se cruza su particular noción de lo que se desea ser y de lo que es en función de la realidad.

En sus fotografías se entrecruzan nuestra mirada, la mirada de las personas reflejadas, y su propia mirada, que al imponerse con su civilización, su gusto y su genio, nos procura el develamiento de esa bondad o esa dureza con que el mundo nos abraza, mediante el asombro, el amor, la armonía, la vergüenza, la injusticia, la lucidez o la libertad.

“La imagen, dice María Teresa, consolida la identidad, sin ella no hay existencia”.

Mediante ella recordamos el pasado, visualizamos el presente, vislumbramos el futuro, transformamos el pensamiento y la idea en la materia con la cual damos cuerpo a nuestra presencia; y exorcizamos a la muerte, pues en la fotografía el ser humano gana la opulencia de la resurrección.

Henri Cartier-Bresson decía que “la fotografía es el impulso espontáneo correspondiente a una atención visual perpetua que capta el instante y su eternidad”. Y aunque inmediata, la fotografía es un acto de meditación con el cual se atrapa la infinitud.

Pienso, por ejemplo en la foto del hombre con el taco de billar, que congelado sobre la media luna blanca en el centro de la mesa, demora el golpe de su inmortalidad.


María Teresa recoge lo que está dentro de nosotros, haciendo que el retrato de esa interioridad se torne memoria colectiva.


Las palabras como eco

Y para lograr un efecto de eco, acompaña las imágenes con lo que se conoce regularmente como leyendas, con lo cual incorpora a la fotografía en la literaturalización de las relaciones de la vida, según Walter Benjamin.

Aunque esta no es una práctica común en todos los fotógrafos de arte, su uso, como complemento de la imagen, es para algunos fotógrafos una necesidad con la que se completa la reflexión de los aspectos relevantes y las consecuencias inmediatas de su quehacer diario.

Hoy en día la revolución digital de la fotografía, -el desuso del negativo, las nuevas técnicas para el procesamiento de las imágenes, los avances recientes en los sistemas de transmisión-, han dado un giro a las formas de hacer y contemplar la imagen.

Y como ese giro se produce en la mayoría de los casos de forma autodidacta, a través del desembarco diario de imágenes, el vértigo de la nueva “alfabetización” nos deja sin la posibilidad de una reflexión sosegada.

De allí la importancia de la actualización del valor de las leyendas propuestas por María Teresa, que fungen como amarras de un sentido concreto para cada imagen y para todo el conjunto.

Para ella es importante lo que la foto puede decir por sí misma, pero a esa autonomía la autora le añade una “ilusión de diario”, con la que la fotografía adquiere un significado flexible, espontáneo, polisémico y diverso, aunque susceptible de históricas precisiones; pues como ella misma apunta: “Las experiencias con el tiempo se modifican y sufren distintas interpretaciones”.


Así, estas leyendas, que van desde el registro básico de hechos observados en la fotografía, hasta el recurso central de breves historias, le otorgan “un contexto verbal a las imágenes”, que detienen o amplifican su sentido, agregando el valor de historias añadidas.


Diarias anotaciones

Aunque estas fotografías de María Teresa Boulton no son, en estricto sentido, un diario, pues no suceden en un espacio absolutamente íntimo, alejado de las convenciones narrativas privadas y del escrutinio del juicio público, permite a la fotógrafa dar voz, sin reservas, a una experiencia personal y vital.

En estas fotografías, que abarcan su estadía en Nueva York en 1983 y 1985, hay un registro de su cotidianidad, que nos permiten situar a su autora dentro de un marco de tiempo y espacio durante un período reconocible de su contemporaneidad y de la ciudad en la que habita.

Es un período que muestra sus “experiencias” en una urbe que a su arribo le pareció “enorme, curiosa, ácida, cruda, extraña, provocativa, extravagante, deslumbrante”, y en donde buscó “transitar de otra manera”.


Las imágenes le sirven a María Teresa para expresar la relación viva que se dio entre ella, como autora, como protagonista, y también como testigo de la realidad que le correspondió vivir, dejando un testimonio subjetivo de los cambios experimentados como ser humano mediante la fotografía.

Pero al contrario del diario íntimo, que se concibe para tener como único destinatario sólo al propio autor, -donde el sujeto se inclina sin restricciones al encuentro consigo mismo-, en las fotografías de María Teresa se retrata una ciudad con sus máscaras públicas en una constante interacción.

Mediante imágenes instantáneas, fragmentarias, introspectivas, flexibles y abiertas a una escala amplia de recursos, la fotografía se produce más bien como un refugio en donde todo tiene cabida, desde panorámicas oscuras de la ciudad, que le sirven para “imaginar, acariciar y sentir”; hasta trozos de calles y rincones secretos que cuentan historias de cansancio, tristeza y deseos apagados.

Del otro lado de la moneda, su contraparte son las habitaciones familiares de una ciudad más humana, en cuyos cuartos la amistad y la familia se encuentran. También hay espacio para las reflexiones vivenciales, políticas y filosóficas: “Nueva York no es una ciudad para el amor”. Así, el diario íntimo se construye como un espacio de libertad.


Son fotografías que funcionan como examen de conciencia, como vehículos para comunicar sus preocupaciones existenciales, como bitácoras de descubrimiento que la fotógrafa asienta a medida que avanza por el camino de lo desconocido.

La fotografía le permite salir del umbral del ocultamiento, de la privacidad, y con su contenido recuperar y elevar la voz de una experiencia individual. La observación y la confesión que resultan, se ponen al servicio de ese personal descubrimiento, quedando delineado el pensamiento de una mujer que decidió abrirse paso “arañando las heladas paredes de los edificios” a través de una ciudad de rascacielos cruentos y fríos, humanizados por la fotografía.


Pero no nos engañemos: no es un diario feminista, ni político, ni filosófico. Es un diario en el que todas las referencias se subsumen en el retrato de un período crucial de la vida cotidiana de María Teresa Boulton, en donde no ocurre otra cosa que no sea la vida.

viernes, 10 de junio de 2016

Rafael Simón Hurtado, Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt” dice: “Todo acto de creación es un acto de vanidad”

(Especial. Daniel Mejías Rodríguez)



Hurtado: "Ahora mi vínculo con Maracaibo es académico y literario”.



El escritor y periodista Rafael Simón Hurtado regresa nuevamente a Maracaibo, y lo hace esta vez para recibir el Primer Premio Nacional de Literatura que otorga la Universidad Nacional Experimental “Rafael María Baralt”. El veredicto del jurado le otorgó el primer premio en la mención narrativa al cuento “La arrogancia fantasma del escritor invisible”, en un certamen de convocatoria nacional.

El acto de entrega de los premios estuvo presidido por la profesora Victoria Martínez Carvajal, Secretaria de la UNERMB; el profesor Johan Manuel Méndez Reyes, Vicerrector Académico, el profesor Ricardo Rodríguez Ball, coordinador del premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt, y los miembros del jurado, la presidenta de la Casa de la Poesía del Zulia, Graciela Rivas y el poeta Julio Jiménez.

A Rafael Simón Hurtado lo conocemos de los estudios de periodismo en la Universidad Católica “Cecilio Acosta”.

¿Qué significa volver a Maracaibo a recoger esta vez un “título literario”?

-“Significa que ahora mi vínculo con Maracaibo es académico y literario”.

Rafael Simón Hurtado vive en Valencia, estado Carabobo. Allí ha desarrollado una intensa actividad cultural.

Trabajó en la Universidad de Carabobo, en donde fundó y dirigió publicaciones como Muestras sin retoques, página cultural del semanario oficial de la universidad Tiempo Universitario; La iguana de tinta, publicación periódica de la Feria Internacional del libro de la UC; y Laberinto de papel, Saberes compartidos y A ciencia cierta, publicaciones de divulgación cultural y científica, por cuyo trabajo obtuvo en 2008 el Premio Nacional de Periodismo Científico.

Ha publicado “Todo el Tiempo en la memoria”, libro de cuentos; y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”.

En 1990 y 1992 fue galardonado con el Premio Municipal de Literatura “Ciudad Valencia”, y ha recibido de la Universidad de Carabobo los premios de periodismo “Jesús Moreno”, en 2009, y “Pedro Lira”, en 2011.

Recientemente ha integrado las ediciones especiales “Gente que hace escuela”, que patrocina Banesco y Artesanogroup, en donde se resalta el trabajo de personas y organizaciones que han dedicado sus mayores energías al desarrollo de Venezuela, y que reúne, en palabras de su compilador el escritor Antonio López Ortega, “lo mejor del periodismo que se puede hacer hoy en nuestro país”.


¿Qué importancia tiene el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt”?


“Los concursos literarios, más allá del premio en dinero que se recibe, son importantes en cuanto son potenciales espacios de proyección de nuestro trabajo. Un certamen literario, respaldado por una decisión avalada por una institución imparcial y un jurado debidamente calificado, le conceden a nuestra labor visibilidad y respeto. Cuando se escribe, -además de las propias satisfacciones personales como escritores-, también buscamos lectores, así como la edición y publicación de nuestros textos. De allí que creo que el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt”, que contempla la publicación de las obras, es una excelente y amplia oportunidad para la difusión de nuestra labor de creación”.


¿Crees que el país cuenta con suficientes actividades de este tipo?


“Creo que hay muy buenos concursos literarios, pero tengo la impresión de que cada vez son menos, y el país está ansioso por este tipo de iniciativas. En la actualidad son pocos los certámenes que se mantienen con la debida promoción y respaldo institucional, mientras que hay una gran demanda de escritores jóvenes que buscan la forma de canalizar sus inquietudes literarias. De allí la importancia de extender por diversos ámbitos y niveles, experiencias como la que se organiza desde el estado Zulia; con la que se puede convocar y atraer el talento de escritores noveles y de autores con más experiencia, para juntarlos y ponerlos de cara a los lectores del país”.


¿Quién es el escritor “arrogante e invisible” del cuento ganador del Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt”?


“En primer lugar, debo decir que “La arrogancia fantasma del escritor invisible” forma parte de un libro de cuentos, hasta ahora, inédito, que tiene por título el nombre del cuento premiado. La historia narra algunos episodios de la vida de Sylvio Marchandet, un “escritor invisible”, un escribidor que, bajo el nombre de otra persona, y con su consentimiento -en este caso del presidente de un país de ficción-, escribe sus discursos”.

“El personaje es un hombre de una gran cultura, un escritor brillante, pero dueño de una timidez patológica, que sólo consigue superar a través de la escritura. Es tal su padecimiento de anonimato, que sólo acepta la posibilidad del reconocimiento de su trabajo mediante una persona interpuesta, otro autor.”


¿Hay en la escritura del cuento la confesión de algunos “fantasmas personales”?


“Sabes bien que en todo trabajo de ficción siempre hay elementos tomados en préstamo de la vida real. Ocurre que cuentos y novelas pueden tener como punto de arranque episodios de nuestra propia vida. Y este caso no es la excepción. Claro, el texto no es estrictamente autobiográfico, pero reconozco, por ejemplo, que en alguna ocasión he sido un “escritor invisible”. En todo caso, más allá de lo meramente anecdótico, la historia me sirve para profundizar en algunos fantasmas presentes en la vida de todo creador literario: el deseo de reconocimiento y la arrogancia, con su reverso, el anonimato y la falsa modestia. Todo acto de creación, -que se aplica no sólo a los escritores-, es un acto de vanidad. Quien escribe, -y lo hace bien, por supuesto-, espera el reconocimiento, la fama, la gloria, trascender con su obra en el tiempo. Nadie escribe para guardar lo que escribe en una gaveta. También corren por la narración muchos guiños a los lectores sobre autores e historias conocidas; los correlatos sobre la ética, o su ausencia, y el espectro del plagio, ese antiguo pecado humano en su modalidad conocida, y en otras que el propio personaje se inventa, como la del “plagio invertido” que consiste en usar nombres de autores inexistentes fabricados también por su imaginación”.


Conviven en ti paralelamente el periodismo y la literatura. De hecho, en la Universidad de Carabobo ejerciste durante casi veinte años el periodismo cultural. ¿Cómo se relacionan ambas corrientes de escritura y pensamiento en tu trabajo?


“Ya lo he dicho antes: mi entrada al periodismo se produjo por la puerta de la literatura. Al cabo de los años ambos oficios y profesiones han aprendido a vivir y a convivir en una relación inevitable y necesaria. El periodismo cultural que he desarrollado en la Universidad de Carabobo en diferentes publicaciones, han tomado en préstamo recursos de la literatura. La emoción de lo real que, por ejemplo, impregna la obra literaria, en entrevistas y reportajes, ha potenciado la verosimilitud de la historia que he debido contar en un determinado momento para el periódico o la revista. Otro tanto ocurre con la literatura, en donde el periodismo ha venido a aportarle nuevos elementos a mis escritos de ficción. Admito haber partido, como fuente de inspiración, de noticias periodísticas concretas. Los sucesos que se describen en algunos de mis cuentos son reales, pero, presentados como relatos de ficción. Esto obviamente no es nuevo en literatura. La novedad es la historia.”

¿En este momento hacia dónde va tu trabajo?

Trabajé en la Universidad de Carabobo hasta mi jubilación. En ese período me desempeñé fundamentalmente en cargos relacionados con la promoción cultural. El mayor esfuerzo estuvo orientado a la labor periodística, en el llamado periodismo institucional, en las áreas culturales y científicas, en la fundación y dirección de revistas y periódicos como Laberinto de Papel, La iguana de Tinta, Saberes compartidos, A Ciencia Cierta, y la coordinación durante 17 años de la página cultural Muestras sin retoques, de Tiempo Universitario, que abrió espacios plurales de comunicación a los creadores. Ahora estoy más concentrado en mi propio trabajo de creación literaria, en su escritura y, sobre todo, en su publicación”.





domingo, 19 de abril de 2015

Los bolívares de hielo / Arturo Uslar Pietri

Uslar Pietri:"Muchas veces, tratando de justificar lo injustificable, han dicho algunos hombres del presente régimen, que la inflación que padece Venezuela no es sino el inevitable reflejo y repercusión de un fenómeno universal".


"Los bolívares de hielo" fue escrito por Arturo Uslar Pietri, desde el exilio, en 1948. En este material describía los malos manejos económicos por parte del gobierno de entonces que generaban inflación. Hace medio siglo cuando Venezuela alcanzó por primera vez casi 7% de inflación al año, él habló de los bolívares de hielo.



Una de las formas más visibles y graves de esa otra erosión del petróleo que está deformando y destruyendo la vida toda de Venezuela, es la inflación monetaria.

La impericia del Gobierno ha hecho que el incremento de la producción petrolera se convierta en esa enfermedad mortal de la inflación monetaria.

Ha habido prisa por convertir el petróleo en dinero y ha habido más prisa aún para lanzar ese dinero a manos llenas, sin plan, ni concierto. Cada día es más el dinero que corre, que suena, que corrompe, que distrae, que embriaga. Y cada día, fatalmente, el dinero vale menos. Sirve para adquirir menos cosas.

Es como si el bolívar se fuera poniendo más pequeño cada día, como si se estuviera derritiendo continuamente en las manos, como si fuera de hielo y no de otra cosa, y un buen día no fuera a quedar de él sino un poco de agua sucia.

Este bolívar fugaz, que se evapora y desintegra es el mejor símbolo de la absurda política económica del régimen de Octubre. Allí está reflejada con la más atroz de las evidencias toda su irresponsabilidad. Es un régimen que no sólo ha sabido evitar los males previsibles, sino que los ha desatado y provocado con la más inconcebible ligereza.

No pocos se deben dar cuenta de que se va por un camino de catástrofe. Pero pareciera que lo que importa no es que la base económica de la vida venezolana haya llegado a un extremo de fragilidad suicida, sino que haya cada vez más bolívares fáciles, más petróleo que cambiar por bolívares, más bolívares que cambiar por barajitas. Mantener un ambiente de feria, de aturdimiento, de sueño de Juan Bobo.

La magnitud del mal la acaba de revelar de una manera que llamaremos candorosa el Presidente Gallegos en su Mensaje. Dice allí esta tremenda cosa: que mil quinientos millones de bolívares de la revolución, equivalen a novecientos cincuenta millones de bolívares de la época de López Contreras. O en otras palabras: que para el momento en que él hablaba su gobierno había llegado a convertir el bolívar en una moneda que había perdido el cuarenta por ciento de su poder adquisitivo. O, lo que es lo mismo, que para aquel momento cada bolívar había perdido ocho centavos. Y los sigue perdiendo. Se siguen evaporando, derritiendo, hora por hora como hielo.

Esta tremenda revelación de Gallegos, anunciada a secas, sin que aparezca ningún propósito de enmienda ni de remedio, hubiera sido suficiente en cualquier otro país para desatar un pánico, o un movimiento nacional de repulsa al Gobierno que de manera tan flagrante está destruyendo su salud económica. Pero la mayoría de las gentes parecen darse tan poca cuenta de ello como el mismo Gobierno.

Lo que ha dicho Gallegos significa sencillamente que la situación económica de Venezuela se está agravando continuamente. Que la descontrolada inflación monetaria va inundando todas las formas de la vida nacional. Que todos los valores y las relaciones de cambio han entrado en un sistema ficticio. Que las posibilidades para que Venezuela organice su vida económica sobre bases sólidas y estables, no sólo no se realizan, sino que cada día se hacen más remotas y difíciles.

Ese anuncio significa para la empresa que tiene un millón de bolívares de capital, que en realidad sólo tiene seiscientos mil. Para el que recibe rentas, que de cada cien bolívares, cuarenta se le han desaparecido. Para el obrero a quien le pagan diez bolívares de jornal, que no está ganando más que el que ganaba seis en 1938. Y para el que metió un fuerte en 1938 en su caja de ahorros, es como si se le hubiera convertido en tres bolívares.



Esta pavorizante realidad es el fruto de la política de gastos del Gobierno.

Muchas veces, tratando de justificar lo injustificable, han dicho algunos hombres del presente régimen, que la inflación que padece Venezuela no es sino el inevitable reflejo y repercusión de un fenómeno universal. El país sufre los efectos del desajuste ocasionado por la guerra en la economía mundial.

Por eso importa mucho demostrar que una afirmación tan repetida no es exacta.

La responsabilidad fundamental y directa de la inflación venezolana que está creciendo cada día, la tiene la política financiera del Gobierno. Ella es la causa principal y el agente motor de ese espantoso mal.

No es Venezuela una pasiva víctima de una situación internacional. Es el Gobierno de Venezuela el activo autor de la inflación, el fabricante de los bolívares de hielo.

Demostrarlo es muy sencillo. Y quiero hacerlo del modo más simple posible, para que todos puedan entenderlo, y para que todos comprendan la magnitud del daño que se está causando.

El aumento desconsiderado de los gastos fiscales es el aspecto más notable del régimen revolucionario. Esos gastos han crecido y se han multiplicado de una manera inverosímil. Y se han destinado preferentemente a sueldos y salarios, dádivas y préstamos. Es decir se ha convertido rápidamente en dinero de compras. En dinero inflacionario.

El reflejo del aumento de los gastos en el alza de los precios ha sido instantáneo.

Junto con los presupuestos han ido subiendo los precios ficticios de todas las cosas. O, lo que es lo mismo dicho en otros términos, a medida que han crecido los presupuestos el poder adquisitivo del bolívar ha ido disminuyendo. Ahora se está acercando a ser no más que un “realito”.

La prueba más evidente de que son los gastos públicos en la forma desatinada en que se vienen haciendo, la causa inmediata y principal de la inflación, la suministra el simple hecho que paso a describir.

Quien consulte los Índices Generales de Precios que elabora y publica el Banco Central de Venezuela, ha de advertir lo siguiente: de 1941 a 1945 los precios que más subieron fueron los de los artículos de importación. Los de los productos nacionales subieron proporcionalmente menos de la mitad que los importados.

Esto quiere decir, que durante esos años, que fueron precisamente los del Gobierno de Medina, las causas predominantes del alza de los precios provenían del exterior, eran ajenas a Venezuela y su Gobierno, eran un reflejo de la situación mundial.

Desde 1946 la situación cambia. El gobierno se embarca en una política inflacionaria de gastos crecientes. Y desde entonces ocurre, y así lo revela el Índice de Precios, que el alza de los precios de los productos nacionales sobrepasa proporcionalmente la de los productos importados. Es decir que desde la Revolución de octubre la causa del alza es nacional, está dentro del país, y obedece exclusivamente a la política financiera del gobierno venezolano.

Este simple hecho me parece suficiente para poner las cosas en su punto. El Gobierno de Venezuela desde 1946 es el autor de la inflación monetaria, el causante de la desvalorización de la moneda y el consciente o inconsciente fabricante de los bolívares de hielo.



Pero lo peor de todo esto es que cuando la magnitud aterradora que alcanza ese mal se le revela a la nación en el propio Mensaje del Presidente, no sólo no se enuncia ningún remedio, no sólo parece pasarse sobre ello como sobre ascuas, sino que con las más estupendas de las insensateces se proclama que el gobierno está decidido agravar el mal, a llevar a peores extremos todavía el quebrantamiento de la salud económica de la nación, a desatar aún más las destructoras fuerzas de la inflación.

En ese mensaje Gallegos anuncia que la creciente inflacionaria desatada, lejos de disminuir va a aumentar su fuerza arrasadora en un tercio. Porque, pura y simplemente, en un tercio aumenta el presupuesto nacional (de mil doscientos a mil seiscientos millones) el gobierno cuya primera misión debería ser contener la racha inflacionaria.

Cuando en cualquier país normal todos se estarían preguntando con angustia: ¿Qué va a hacer el gobierno para salvarnos de este mal que nos está matando?.

En Venezuela, no sólo nadie lo pregunta, sino que el gobierno con la más indiferente ligereza abre más anchas las fuentes del mal y aumenta en un tercio la leña que está alimentado el incendio


domingo, 5 de abril de 2015

Unidad de Trasplante de Médula Ósea: El arte de transfundir vida

Banesco Banco Universal y Artesano Group presentaron la tercera edición de la colección "Gente que hace escuela: Un país de instituciones". Bajo la coordinación de Antonio López Ortega, la edición hace un recorrido por Venezuela a través de 45 instituciones que nos dan una lección de verdadero esfuerzo colectivo. Publicamos el reportaje escrito por Rafael Simón Hurtado sobre la Unidad de Trasplante de Médula Ósea de Valencia.




Centro de salud público que realiza, desde su fundación, en 1987, trasplantes de médula ósea en pacientes adultos y pediátricos. Tiene el mérito de haber concluido con éxito el primer de trasplante hace 27 años. Sobresale como una institución que auspicia una intensa labor social en beneficio de la atención de pacientes de escasos recursos económicos a nivel nacional.




Junto al Dr. Marcos Hernández, jefe de la Unidad, el grupo de médicos residentes y estudiantes de Postgrado de la UTMO.


La donación y trasplante de órganos, tejidos y células en el ser humano supone, en el fondo, dos cosas extraordinarias: la maravilla del acto médico, con su acervo de saberes, que conforman un tributo al deseo humano por prolongar la vida, y la confianza de todos en una sociedad, que gracias a estos avances, puede sentirse mucho más protegida, sensible y respetuosa.

Ocurre un verdadero milagro, cuando, con porciones del organismo de otras personas, o, incluso, del propio cuerpo, al transfundir células y estructuras que sólo pueden ser observadas por el ojo del microscopio, no sólo se trasvasa vida, sino también, solidaridad y altruismo, en gestos de noble generosidad.

Estas son las dos nociones esenciales –la médica y la humana- que sustenta y promueve la Unidad de Trasplante de Médula Ósea, “Dr. Abraham Sumoza” (UTMO). Se trata de un centro que proporciona salud a un alto nivel médico y científico. Y también de un espacio con una gran vocación de servicio, con un alto grado de eficiencia organizativa, que son las razones de su éxito de la actividad trasplantadora.



Doctor Marcos Hernández Jiménez.


El doctor Marcos Hernández Jiménez, Jefe de la Consulta de Hematología, hace un recuento: “La Unidad tiene el mérito de haber realizado la intervención pionera de este tipo de trasplante en Venezuela. Fue en octubre del año 1987 y estuvo a cargo del Dr. Abraham Sumoza, fundador del Centro. A este primer logro médico, se han ido agregando nuevos avances. Al cabo de 27 años de servicio, podemos exhibir como cifras positivas 421 trasplantes en 412 pacientes. De éstos, 318 han sido adultos y 94 niños. Tenemos un indicador de sobrevida global del 77.7%, en enfermedades como leucemias, mielomas múltiples, linfomas, aplasias medulares, mielodisplasia”.

De unas habitaciones acondicionadas al inicio, con muchas limitaciones, en el Servicio de Medicina del Hospital de Valencia, la naciente UTMO pasó a ocupar sus propias instalaciones, que fueron inauguradas en 1991. Hoy la Unidad lleva el nombre del Dr. Abraham Sumoza, en reconocimiento de una obra que se ha convertido “en un compromiso de vida” para quienes allí laboran.

“El Dr. Abraham Sumoza fue un hombre de ciencia. Había egresado de la Universidad de Carabobo como Médico Cirujano en 1967. Una innegable vocación de servicio lo llevó a elevar su nivel de especialización, mediante cursos de posgrado en la Universidad Central de Venezuela y en el Banco Municipal de Sangre, con cuyas pasantías obtuvo el título de Médico Hematólogo en 1970”.

En 1988, con el fin de vincular los fenómenos que eran objeto de su estudio, desarrolló la tesis “Tratamiento de la anemia de células falciformes con hydroxyúrea”, con la que obtuvo el título de Doctor en Ciencias Médicas por la Universidad del Zulia. A partir de allí, adelantó investigaciones en hematología oncológica, trasplante de médula ósea, linfomas y enfermedades infecciosas, principalmente en la Clínica Mayo de Rochester, en el Anderson Hospital de Houston, y en el Anderson Cancer Center.

Se respiraba el aire de los nuevos tiempos. Eran décadas en la que estaba vivo el trabajo pionero de trasplante de médula hecho por el Dr. Edward Donnall Thomas, quien en 1969 había conseguido demostrar con éxito que la inyección intravenosa de células de médula ósea podía repoblar y producir una nueva.

La preparación del primer trasplante de médula en Venezuela, ocurrida en 1987, coincidía con la realización de las primeras jornadas de trasplante del Servicio de Hematología del Hospital de La Princesa, de Madrid, adonde había sido invitado el Dr. Sumoza. Allí pudo observar de cerca los requerimientos necesarios para el tratamiento de enfermedades hemato-oncológicas. Esa visita al centro español, con una experiencia y práctica rutinaria desde 1982, sembró la visión fundadora que luego dio pie a la creación de la Unidad de Trasplante de Valencia.

Un reconocimiento significativo a la Unidad, fue la visita del Dr. Edward Thomas, quien ya había recibido el Premio Nobel de Medicina por su aporte al diseño de procedimientos que permitieran la aplicación rutinaria del trasplante de médula ósea en los servicios de hematología de los hospitales del mundo.



Médicos y enfermeras se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos..



SALVAR OBSTÁCULOS

En la Unidad se respira un ambiente de resguardo y privacidad. Médicos y enfermeras parecen flotar con sus vestimentas quirúrgicas, se esmeran en mantener la contaminación externa alejada de los pacientes, que están cubiertos con piezas verdes de pijama, gorros, mascarillas y calzas en lugar de zapatos. Esa indumentaria representa una doble protección, pues al mismo tiempo que controlan el entorno más inmediato del paciente, previniéndolo contra bacterias y agentes infecciosos, también resguardan a médicos y enfermeras de los residuos nucleares dejados por los fármacos. Se trata de la esterilización puesta al servicio de la adecuación del medio, que en mucho asegura la efectividad del tratamiento. Es necesario que las nuevas células se aniden y proliferen con bondad en el organismo que ha sido trasplantado.

Los diagnósticos adquieren las denominaciones de acuerdo a sus síntomas, a su naturaleza, o al nombre de quienes describieron el padecimiento por primera vez: leucemia aguda, leucemia crónica, linfoma de Hodgkin, linfoma No-Hodgkin, mieloma múltiple, aplasia medular, mielodisplasia. Leucemia, por ejemplo, proviene del griego leucos, (blanco) y de emia, (sangre); esto es, sangre blanca. Se trata de un cáncer hematológico que provoca un aumento incontrolado de los leucocitos o glóbulos blancos. La enfermedad de Hodgkin, por su parte, es un tipo de linfoma maligno que fue reconocido por primera vez en 1832 por el médico británico Thomas Hodgkin. Estas enfermedades cubren más del 90% de los trasplantes realizados en la UTMO.

En la Unidad se realizan varios tipos de trasplante: el autólogo (con células estimuladas del mismo paciente), el alogénico (con células estimuladas de un familiar donante), y el que se realiza a partir de la recolección y conservación de las células madre de la sangre del cordón umbilical.

El equipo médico profesional está integrado por diez médicos especialistas, dos bioanalistas y treinta enfermeras. Cuentan también con el apoyo de administradores, secretarias y personal de mantenimiento. El área de trasplantes cuenta con diez camas (cuatro de aislamiento y seis de semi aislamiento), dispuestas en habitaciones pulcras y separadas. También dispone de unidades especializadas de aféresis, procedimiento con el que se extraen los componentes sanguíneos destinados a la transfusión, y de criopreservación, procedimiento con el que se congela la médula hasta que es trasfundida.

El Dr. Marcos Hernández aclara: “Por ser la única en Venezuela que ofrece trasplantes de médula ósea de forma gratuita, la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”. El orden que se respira en la Unidad contrasta con el bullicio del área de consulta del Servicio de Hematología, en donde se atienden, detectan y evalúan desde una simple anemia hasta una potente leucemia, con procesos que pueden ir desde un examen de laboratorio hasta sesiones de quimioterapia. El servicio recibe un promedio de cincuenta pacientes diarios, 250 consultas semanales.

La UTMO está enclavada en la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera y buena parte de sus recursos están gestionados por la Fundación Carabobeña para la Atención de Enfermedades Hematológicas (Funcanhem). Como unidad de investigación, está adscrita a la Universidad de Carabobo, por cuyo intermedio se procura el mantenimiento de personal contratado en servicios y el respaldo institucional para auspicios de congresos, cursos y foros necesarios para la preparación de personal.

La UTMO también busca apoyos de fundaciones públicas y privadas, sobre todo para cubrir necesidades de infraestructura. Organizaciones carabobeñas se han sensibilizado con la importante labor, como la Fundación Magallanes, que ha hecho aportes económicos, y la Fundación Avanica, que ha asumido la reestructuración del área de consulta.

Una organización sin fines de lucro llamada Juegaterapia Venezuela, ha visitado la Unidad para apaciguar los temores y las angustias de los niños pacientes con cáncer a través del juego y la imaginación.



Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera.



SALVAR VIDAS

El Dr. Hernández ofrece una breve descripción del protocolo del trasplante: “La médula ósea es un tejido indispensable para la vida ya que en ella se producen las células de la sangre y del sistema inmunitario. Allí se anidan las células progenitoras, capaces de producir todas las células de la sangre: los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno; las plaquetas, responsables de la coagulación, y los glóbulos blancos, comprometidos con la defensa del organismo. Una persona con una médula ósea disfuncional, que pierde la capacidad de protegerse contra las infecciones, va a desarrollar rápidamente anemia y falta de plaquetas”.

“Dependiendo del grado de benignidad del padecimiento, una primera etapa puede consistir en el suministro de tratamiento farmacológico, previa realización de múltiples exámenes que le permitirán al médico determinar la patología exacta. Si, por el contrario, la enfermedad tiene características de malignidad, con reducidos porcentajes de responder positivamente a los tratamientos, entonces se recurre al trasplante de médula ósea”.

Los nuevos y cada vez más efectivos fármacos disponibles para la prevención y tratamiento de cada una de estas enfermedades, como los inhibidores que se prescriben para la leucemia mieloide crónica, permiten alcanzar resultados satisfactorios, lo cual ha reducido el uso del trasplante de células genéricas. Antes, previamente a la aparición de estas drogas, la mayoría de estos pacientes eran sometidos a trasplante.

Imaginemos lo que significa “limpiar” un organismo del líquido que, convertido en sangre, es capaz de penetrar cada escondite de su cuerpo, como un enemigo latente.

“El procedimiento de trasplante autólogo consiste en la inyección, vía intravenosa, de las células madre del mismo paciente o de otra persona que sea compatible. Una vez que las células han sido trasplantadas, empiezan a transformarse en glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas sanas. Durante esta fase, el paciente permanecerá hospitalizado en nuestra Unidad bajo unas condiciones especiales de cuidado, aislamiento y monitoreo, pues su estado es sensible a infecciones provenientes del exterior. El período de hospitalización de los pacientes puede variar entre cuatro y seis semanas. Y al salir, el paciente debe regresar a reconocimientos periódicos por seis meses, por un año o por el resto de la vida, dependiendo de las dificultades del caso”.

Hoy en día las fuentes para la obtención de las células genéricas se han diversificado. Con el avance del conocimiento sobre los diversos tipos de células madre, el campo terapéutico ha crecido. Además de la médula ósea, que se extrae del esternón, las vértebras, la pelvis y la cadera, también pueden obtenerse células del cordón umbilical o de la sangre periférica.

“En este momento, estamos en condiciones de realizar trasplantes con células provenientes del cordón umbilical. La sangre del cordón umbilical, recolectada cuando el niño nace, puede ofrecer una poderosa y única oportunidad de recuperar su salud si se le presenta alguna enfermedad en el futuro. Con un proceso relativamente sencillo, las células precursoras pueden recogerse justo en el nacimiento del bebé, ya sea por parto natural o cesárea. La sangre de cordón umbilical debe procesarse y congelarse dentro de las 48 horas luego del nacimiento”.

Esto conduce a platearse como una importante política de Estado la creación de un Banco Nacional de Cordón Umbilical, pues las células obtenidas a través de este procedimiento tienen compatibilidad total para que el trasplante se realice con éxito. Las células se obtienen sin ningún riesgo para la madre y el recién nacido, y además tienen la menor posibilidad de transmitir enfermedades infecciosas. Preservar o resguardar la sangre del cordón mediante este mecanismo se convierte en una póliza de vida.
Relatos de vida


Entrar en la UTMO es también entrar en un campo de sentimientos, esperanzas y alientos que conmueve. El encuentro con los pacientes, al mismo tiempo que aflige, ilumina. En sus rostros se puede adivinar a seres que pesan sobre un pedazo de mundo, que reflejan una luz titubeante o sumisa, que miran con sus cuerpos. La historia de los casos tiende puentes entre la biografía médica y humana, dejando huellas capaces de despertar afectos y cambios espirituales en el otro. Uno en particular, sirve para ponderar los niveles de relación establecidos entre los pacientes y la Unidad.



Aspirado de médula ósea.



Sarón Noemí Díaz Ríos rememora su experiencia: “Cada 29 abril llega a mi mente el recuerdo de aquella mañana del año 1997, cuando Dios me envío a esta casa. Fui diagnostica con un Linfoma No Hodgkin, una especie de tumor en el mediastino, que me estaba comprimiendo el corazón y el pulmón izquierdo. Me costaba respirar, y hasta hablar. Esa mañana llegué al Servicio de Hematología. Fui atendida por el Dr. Marcos Hernández”.

El tumor de dieciocho centímetros había puesto un obstáculo en su vocación de cantante, que ya asomaba desde niña. Con la paciencia y ponderación necesarias, el Dr. Hernández explicó a los padres de Sarón cuán grave era la afección, cuáles serían los procedimientos que vendrían. Una frase dicha por el médico aún retumba en la mente de la joven que hoy tiene 24 años: “Dios tiene la última palabra”.

Luego del protocolo de exámenes, comenzó el procedimiento. Sarón fue intervenida quirúrgicamente para practicarle una biopsia al tumor. Sufrió un paro respiratorio y tuvo que ser trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Su cuerpo de niña opuso resistencia a la enfermedad. Examinada con los métodos, en un diálogo humano y profesional, despertó siete días después. Confiesa que los primeros rostros que vio fueron el de su padre y el del Dr. Marcos Hernández.

“Mi vida había cambiado, había dado un giro de 180 grados. Yo despertaba en una posición de dependencia de la misericordia de Dios. Luego del suministro de la quimio y la radio, el tumor disminuyó. Y para la Gloria de Dios entré en remisión completa, clínica y hematológica. Al año ya era notoria mi recuperación, que se ha mantenido hasta hoy. Y para sorpresa de todos, sin ningún efecto adverso en mi estado general. Después de estar a punto de perder la vida, ahora les digo a mis pacientes que si Dios lo hizo conmigo, con ellos también lo hará”.

Hoy en día, la joven Sarón Díaz es enfermera especialista en Trasplante de Médula Ósea. Se desempeña en la Unidad como Técnico en aféresis y criopreservación celular. Además, es coordinadora de Registro Nacional e Internacional en Trasplantes de Médula. Se siente recompensada en conocimientos, experiencia y formación humana, que ha recibido de profesionales como el propio Dr. Marcos Hernández. “Cuando Dios te hace pasar por situaciones tan difíciles y te deja viva, no es posible quedarse callada, con los brazos cruzados. Es necesario retribuir con fortaleza y optimismo a los pacientes que ingresan a la Unidad”.



Sarón Noemí Díaz Ríos.



EXTENSIÓN SOCIAL

Así como se alude a la tradición del maestro como representación guía, asimismo las instituciones se sostienen por voluntades humanas, sobre todo cuando la labor se ha desarrollado con honestidad científica, dejando un legado de conocimientos a la sociedad.

La UTMO se concentra no sólo en trasplantes de médula ósea sino que también ha auspiciado una intensa labor social en beneficio de los pacientes de escasos recursos. Adicionalmente, todos sus hallazgos y prácticas se convierten en líneas formativas, científicas y humanísticas, de cuyas fuentes beben todos los profesionales e instituciones médicas del país.



“...la demanda de pacientes que acuden a las instalaciones desde todos los estados es muy alta. Nos remiten niños y adultos, tanto de instituciones públicas como privadas”.


La Unidad ha aportado admirables soluciones de índole médica, descubrimientos en materia de trasplantes, estímulos en el campo de la investigación. Estos legados pueden comprobarse en ediciones médicas, acreditaciones científicas y reconocimientos académicos.

El trabajo de la UTMO, desde el punto de vista asistencial y científico, es comparable con cualquier centro de trasplante del mundo. Esta merecida jerarquía le ha permitido relacionarse con instituciones especializadas como el Hospital St. Jude, de Menphis, EE.UU., cuya política institucional respalda la formación de centros médicos afiliados. Igualmente ha tenido médicos en entrenamiento de trece países: Brasil, Chile, China, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Jordania, Líbano, México, Marruecos y Filipinas.

Especialistas de la UTMO han impartido formación básica en trasplantes a personal médico y paramédico de la Universidad Central de Venezuela, Universidad de Los Andes, Universidad del Zulia y Universidad “Lisandro Alvarado”. También ha dictado conferencias a escala nacional en congresos de hematología y sociedades médicas. Conjuntamente con la Unidad de Trasplante del Hospital de Clínicas Caracas, la UTMO organiza cada dos años las Jornadas de Trasplante de Médula Ósea, con la asistencia de invitados internacionales de alto nivel académico.

El modelo médico, como referencia académica, trasciende los límites del estado Carabobo para recibir residentes de tercer año del postgrado de Hematología de la Universidad de Los Andes. Un buen ejemplo sería la doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA. Una vez culminada la residencia en el Ambulatorio de Capacho y en la Emergencia del Hospital Central de San Cristóbal, inició su formación de posgrado de Hematología en la ULA. Estos estudios le ofrecieron la oportunidad de realizar pasantías en la Unidad de Trasplante, donde no sólo se impregna de conocimientos profesionales: “Aquí he aprendido calidad humana, sentido de pertenencia, solidaridad, trabajo armónico y saludable, el don de gente para tratar con los pacientes”.


Doctora Elizabeth Blanco, médico egresada de la ULA.


El legado profesional o la memoria científica del doctor Abraham Sumoza están a buen resguardo. Ya son 27 años de continuidad, profesionalismo y perseverancia. A la experiencia diaria de los trasplantes se suman las publicaciones nacionales e internacionales, la presentación en eventos científicos, la práctica viva de los quirófanos, los productos o prácticas médicas, los diseños de programas de trasplante, la elaboración de protocolos diversos, el intercambio científico con instituciones internacionales, la residencia de doctores e investigadores, las pasantías de estudiantes de postgrado, los premios y reconocimientos, los programas para ayudar a los más desvalidos y, sobre todo, la conciencia de ser los primeros en innovar y también los primeros en mantenerse con los más altos estándares de calidad.







El Dr. Marcos Hernández es médico cirujano egresado de la Universidad de Carabobo en 1986. Tiene Post Grado de la Gobernación del Distrito Federal, por residencia Programada de Pediatría, en 1990, y de la Universidad Central de Venezuela, como Médico Hematólogo, en 1992. Es profesor de Medicina en la Universidad de Carabobo desde 1993. Su vocación de asistencia médica lo ha colocado en los servicios de hematología, no sólo de la Unidad de Trasplante de Médula Ósea “Dr. Abraham Sumoza”, de la Ciudad Hospitalaria “Dr. Enrique Tejera de Valencia. Prestó servicio como Hematólogo en el Hospital Dr. Molina Sierra, en Puerto Cabello, desde 1995 hasta 2005. Y en la actualidad asiste a sus consultas en el Hospital Metropolitano del Norte y en el Centro Policlínico Valencia. Es miembro de la Sociedad Venezolana de Hematología, de la Sociedad Americana de Hematología, de la Sociedad Europea de Hematología y del Colegio de Médicos del estado Carabobo.





Reportaje de Rafael Simón Hurtado





Fotografías de José Antonio Rosales: (Chirgua, 1968) Diplomado en fotografía. Fotoperiodista de la Universidad de Carabobo. Miembro del Círculo de Reporteros Gráficos. Premio Bienal Nacional de Fotografía.