lunes, 11 de enero de 2010

Orlando Chirinos: Mi tiempo literario está inscrito en mi tiempo vital


Foto de José Antonio Rosales.





A Orlando Chirinos no le gusta el bronce de los homenajes. Cargar con el peso del metal, aunque sea metafóricamente, le abruma. “Tengo miedo a los homenajes. Si acepté éste, ofrecido por el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, no fue por vanidad. Estoy muy lejos de eso. Lo recibo para corresponder al afecto con el que me ha sido ofrecido”.

Orlando Chirinos nació en 1944, en el estado Zulia, pero su niñez y adolescencia transcurrieron en el estado Falcón. Fundamentalmente en la sierra de Curimagua y en la ciudad de Punto Fijo, en la península de Paraguaná. A Valencia llegó hace treinta años.

Conocer los datos geográficos de su nacimiento es necesario, pues nos permite comprender la materia de la que está hecho el metal de sus palabras. Chirinos ha grabado en cada uno de sus libros “una atmósfera espiritual y anímica a través del lenguaje, del carácter de sus personajes, de la descripción de los ambientes y de la fuerza narrativa con la que emprende, incluso, el ejercicio lúdico y experimental”. Última luna en la piel, 1979; Oculta memoria del Ángel, 1985; En virtud de los favores recibidos, 1987 y 2000; Adiós gente del sur, 1991; Mercurio y otros metales, 1997 y Parte de guerra 1998, son algunos de sus trabajos. Libros con los que ha alcanzado el derecho a ser reconocido como un autor importante. De “peligrosa calidad”, al decir del escritor Luis Barrera Linares.

Aunque “no se escribe para ser reconocido, afirma; ni siquiera para ser conocido, si no para ser querido. Lo que me complace de la literatura es conseguirme con alguien que haya sido capaz de conmoverse por algo que uno ha escrito. Que haya sido capaz de ser tocado por una línea puesta en uno de mis libros. Me reconozco en ese lector que me hace sentir que lo que he escrito no ha sido en vano”.

Su viaje literario lo emprendió aquí en Valencia hace treinta años, con un paisaje prefigurado de lo que quería encontrar. En este sentido el viaje fue para él una metáfora del deseo. Un deseo construido desde la carencia o desde la necesidad del afecto. El viaje tuvo de este modo sentido: viajando se pudo reencontrar con lo que no conocía de sí mismo. Y entre los efectos producidos se topó con el romper, el trizar de la rutina, para dar espacio a la exploración. A una gramática del azar, de lo no totalmente previsible.


-“Cuando realizo un viaje pienso en los avatares que me va a deparar ese viaje. La gente que voy a conocer, en qué circunstancia lo voy a realizar, cómo va a concluir el viaje, los sinsabores o las cosas gratas que me pueda deparar, pero dejando muchas cosas en manos del azar. De la misma manera la literatura también es un viaje hacia alguna parte. Es un gran descubrimiento. Pero un cuento, una novela, un poema reclaman su propio derrotero, su propia vida para hacer ese viaje.


Más allá está el misterio de la existencia, el misterio del texto, de la escritura, y el escritor actuando como un intermediario. Por eso desconfío de los escritores y de los poetas que se erigen como seres especiales. Yo trato de vivir desde otra perspectiva. Primero soy un ser humano con alguna capacidad para transferir lo que sucede o lo que imagino”.

Y aunque la literatura es lo más serio que hay en su vida -la ha perseguido siempre, leyendo o escribiendo-, no se cree el cuento de ser escritor, a pesar de que la profesora de literatura Esther Fernández, a quien recuerda con gratitud, se lo afirmara. No se lo cree ni siquiera por algunos mensajes que ha estado recibiendo desde hace algún tiempo: Premio I Bienal de Literatura Alfredo Armas Alfonzo (1982), Premio del Concurso de Cuentos del diario El Nacional (1983), Premio Municipal de Literatura (1984) y Mención en el Concurso de Cuentos Premio Juan Rulfo (1987).


-“No me lo creo, dice. Me resisto, tal vez porque alguna gente maneja un estereotipo con el que no concuerdo: el escritor, como ese ser de vida exquisita que, encerrado en una torre, otea la vida de los demás desde lejos. Por el contrario yo creo que un escritor se debe a la vida. El escritor es un intermediario entre el libro, el texto y los lectores, que debe estar asistido de una sensibilidad especial -eso sí-, para captar la atmósfera de su época, y con la formación suficiente que le permita transformar en literatura lo que se vive en esa atmósfera”.

En los tiempos que corren los escritores ya no entretienen reyes, antes bien, muchas veces son menospreciados por los dirigentes políticos. Porque son tiempos de radicalización en los que el escritor se convierte en un vehículo de Dios, que se pone en sus manos y debe convertir a sus personajes en servidores de la causa de su tiempo.


-“Este es un tiempo propicio para que el escritor venezolano se impregne de su entorno y lo interprete. Pero lo que ocurre es que estamos muy adentro para hacer un análisis ponderado. Hay nombres en nuestra literatura que están produciendo cosas muy buenas: José Luis Palacios, Slavko Zupcic, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, sólo por mencionar algunos. Quienes ya han comenzado a trazar los rasgos que caracterizan un movimiento”.


-“Son los rasgos que predominan en nuestra novísima literatura. Por ejemplo, la presencia de la ciudad. Con algunas añoranzas, todavía, por una forma de vida que hoy está en desventaja. Me refiero a esa ciudad-aldea que Eugenio Montejo nombra en sus textos. Esas ciudades habitables, humanizadas que se han ido borrando de la realidad, pero no de nuestra memoria, porque quedan impresas, precisamente, en la literatura. Otro rasgo característico es la violencia. Con una mirada precisa y audaz, los autores indagan en las nuevas formas del sometimiento de los habitantes de la ciudad, sus miedos, sus estados de ánimo”.

Hoy, al parecer de manera paulatina, se vuelven a llenar los huecos que el goce de la literatura reclama sean llenados, no sólo para satisfacer afanes academicistas, sino para tener una visión total y completa de la realidad, a través del texto narrativo. No existe, sin embargo, una voz que represente a una corriente entera, cada voz es personal y puede recibir influencias de distintas corrientes según el momento. Las influencias, en todo caso, siempre deseables y enriquecedoras, dice Orlando Chirinos, no deberán colocarse por encima de la voz del escritor.


-“Los venezolanos siempre hemos estado enceguecidos por la literatura foránea, yendo detrás de modelos, de formas expresivas, extrañas a nosotros. Esto no es un fenómeno nuevo. La gente del movimiento literario Contrapunto, de la década de 1920, reconoció cómo había sido influida por la literatura norteamericana y alguna literatura europea. Pero no es que las influencias sean un hecho negativo. No, por el contrario. Lo que ocurre es que no hemos sabido asimilar esas influencias, nos hemos dejado arrastrar por las influencias de forma avasalladora. Una cosa es reconocer influencias en nuestra escritura y otra muy distinta es dejarse invadir totalmente por ellas. Esta situación ha llevado a algunos de nuestros editores y críticos a desconfiar de la literatura producida en el país. Temen, no se arriesgan con nosotros. Como sí lo hacen otros países latinoamericanos como México, Argentina y Colombia, que sí respaldan y apuestan por sus escritores”.

Apuesta que se traslada a todas las formas posibles de aupar la literatura, de manera que quien se inicia, también tenga un espacio para crear y dar a conocer sus obras. Orlando Chirinos cree que la riqueza de la literatura está no sólo en el trabajo de los autores consagrados, sino también en la creación anónima de aquellos que intentan cada día encontrar un espacio para manifestarse.


-“Venimos de un concurso de literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, en narrativa y en poesía. Yo estuve dentro del comité organizador, encargándome de todo lo relacionado con la publicidad, la conformación de los jurados, la revisión y clasificación de los textos. Con algunos inconvenientes que produjeron el retardo de la recepción, la discusión y la notificación pública del veredicto. Pero eso sí, con un dictamen dado con total transparencia, en el que resultaron ganadores Rafael Victorino Muñoz, en narrativa, y Dayana Alastre, en poesía. Pero nada es perfecto. Después de todo el trabajo, realizado con amor y entusiasmo, el decanato de la Facultad de Educación, que es la institución que otorga el premio, no dispone de los recursos para entregar el premio, según se me ha dicho, porque no hay dinero, lo que a mí me parece una falta de consideración y respeto para los creadores y para quienes hicimos el trabajo de organización con mucha fe. Después de esto a uno le queda el sentimiento de que la literatura es adorno. Pareciera que no hay forma de hacer entender que la literatura es un oficio respetable. La literatura no es ocio, ni vagancia”.

En el inciso que le toque o en el espacio que le corresponda, ese forcejeo empieza para Orlando Chirinos en los detalles de su vida diaria: lo perdido, darlo por perdido para el país, el amor o la literatura, pero por lo menos devolverlo con las sombras de una derrota todavía calificable; con un gran cascabel para oír y reconocer el recuento degradado. La vuelta al espejo, pero medidos con la vara de una sensibilidad crítica que reconstruya la farsa o la verdad a modo de retrato.


-“Mi tiempo literario está inscrito dentro de mi tiempo vital. A Mario Vargas Llosa, de quien discrepo ideológicamente pero a quien reconozco como un gran escritor, le oí decir en alguna ocasión que a él la literatura le organizaba la vida. Yo digo que a mi me ocurre todo lo contrario: a mi la vida me organiza la literatura. En muchas ocasiones yo he decidido diferir planes de escritura de cuentos, de poemas, de novelas, en función de las cosas que vivo en ese momento.


Cuando yo estudiaba en la UCV, regresaba muy tarde en la noche a Valencia, en el último autobús. En ese recorrido yo leía mucho, de ida y de venida. Pero un día me di cuenta de que me estaba perdiendo lo que ocurría a mi alrededor. Comprendí que el texto, por leer o por escribir, podía esperar por mí; siempre iba a estar ahí, a mi alcance, pero la vida no. Entonces preferí estar más atento de lo que ocurría en la vida”.


-“He decidido, entonces, estar atento de las cosas apremiantes de la vida. De realizar las que, por alguna circunstancia he pospuesto, como aprender a nadar, por ejemplo. Nado, metafóricamente, pero en las aguas de la literatura; en las de verdad, no. Me gustaría también viajar: a Grecia, a Bolivia, a Argentina, a México, a España. Me gustaría aprender un idioma. Vuelvo sobre algunos libros y sobre algunos autores como el escritor noruego Knut Namsun, en quien siento una energía primitiva con la que me reconozco. En uno de sus libros dice: “El ser humano también busca el cementerio mientras vive para descansar, es la isla en el mar del sur, pero no hay ningún sitio en donde la vida luche y venza como aquí. Aquí se encuentran los árboles más grandes y los gusanos más llenos de vida”.


-"La literatura, dice, es eso: un universo que pretende erigirse para competir con el universo de la realidad, un deseo de prolongarse, pero no por un deseo de fama, sino por el deseo que tiene el hombre de ir más allá de la realidad, de sobrevivir”.



4 comentarios:

  1. Estimado Rafael Simón: Se te agradece esta entrevista a uno de los nuestros. Orlando Chirinos es uno de nuestros más estupendos escritores, cuya sentida voz no puede ser obviada del panorama de la narrativa actual en Venezuela. Recomendamos, especialmente, dos de sus mejores títulos: la novela "Beso de Lengua" y el volumen de cuentos "Los días mayores".

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  2. Estimado José Carlos, Orlando Chirinos ha sido para mí un escritor siempre admirado. Lo conocí a través del poeta Pedro Sierra Graterol, en la Facultad de Derecho, hace muchos años, cuando yo comenzaba a estudiar la carrera. Pero ha sido en los más recientes cuando he tenido la oportunidad de cultivar con él un diálogo más frecuente. En este momento leo "Beso de lengua"; ya Orlando me había concedido el privilegio de publicar un capítulo de esta novela,cuando todavía estaba inédita, en "Muestras sin retoques", de "Tiempo Universitario".

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  3. Como profesor de literatura es como aquel guía de la fábrica de chocolates te extrapola a los límites de la imaginación

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  4. no queda duda de su pluma elocuente y su narrrativa sin fronteras.

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