lunes 2 de noviembre de 2009

Profesor Ángel Orcajo: “Los que tienen miedo a la muerte mueren todos los días; los otros, una sola vez”

Foto de José Antonio Rosales.

La muerte es algo tan natural como el nacimiento, el crecimiento, la edad madura o la senectud. Es lo único seguro en la vida. Y quizás no por la muerte misma, sino por las miserias de la enfermedad, de la dependencia y del dolor sin esperanza, se le teme. En el texto que presentamos a continuación, el profesor de la Universidad de Carabobo Ángel Orcajo, reflexiona sobre ella, en un afán sostenido por dar razones para “eliminar el miedo a la muerte”, mas no el miedo a morir, pues según nos dice, son dos cosas distintas. Ángel Orcajo es autor de los libros Filosofía de la Educación Venezolana (1986); La Postmodernidad o las fracturas de las ilusiones (3ª. Ed. 2000); La Historia reversible, una Filosofía de la Historia (1998); Reconstruyendo la Universidad (1999); Conversaciones en el Patio Rectoral (2000).



Esa muerte que nos perturba ¿está hecha de realidades o de fantasías?

De las dos. Nosotros hacemos de los fantasmas una parte íntima de la realidad. Constantemente mezclamos esos dos mundos. La mayor parte de nuestras alegrías y de nuestros sustos está hecha con la miga de las expectativas que nos creamos. Esto es aún más cierto cuando nuestro cuerpo es llevado al extremo de su rompimiento físico y sólo le queda como alternativa la disolución. Hay una huida hacia delante, una catábasis, que nos lleva a adelantar lo que viene. En ese sentido el miedo a la muerte es la primera forma de duelo por algo que sin duda nos ocurrirá. La fantasía es el gran demiurgo, el gran prestidigitador de nuestra vida. Los que tienen miedo a la muerte mueren todos los días; los otros, una sola vez.

¿Cuál es la razón de tanto miedo a la muerte?

Vivimos apegados al yo, identificados sólo con el yo y la muerte representa justamente la supresión del yo, la pérdida de la conciencia de nosotros mismos. La muerte es una experiencia de soledad y de anulación total. De haber vivido identificados con la naturaleza, la gran madre, este episodio quizá no resultaría tan dramático puesto que la identificación con ella continúa aún más allá de ese salto. La muerte es el envés, el anti-yo, el espejo oscuro de todo lo que hay de negación en nuestra vida. En alguna ocasión La Biblia se refiere a un castigo apocalíptico que está por encima de todos: “tu nombre será raído de la faz de la tierra”. Tu nombre representa tu vida personal. Esa es la ley de la muerte: serás raído de la faz de la tierra. Esa ley, además, es de una absoluta irrefutabilidad y no tiene excepción.

¿No podríamos llegar mediante algún aprendizaje a aceptar la muerte como un acontecimiento familiar y salvador, un cairós o momento de gracia, como decían los griegos?

Para eso hay que mirarla con menos horror, como un acontecimiento que no anula sino que nos solidifica con nuestro ser, algo así como lo han hecho algunos estoicos, cristianos o budistas. Pero resulta que, a fuerza de rehuir la muerte, la hemos convertido en un tema tabú y cualquier tabú funciona a la larga como una amenaza de la que debes cuidarte. En esta sociedad está mal visto hablar de la muerte. Es un desagradable jarro de agua fría. Hemos abierto demasiada separación entre la vida y la muerte, como si no se pertenecieran mutuamente. La muerte pertenece al menú, al repertorio de la vida, pero sólo nos preparamos para vivir. Hacemos consistir la vida en una huida y lucha contra la muerte. Epicuro, en el siglo IV a. C., enseñaba a vivir con cierta serenidad y parsimonia a fin de liberarse del miedo a la muerte. Todavía nos falta aprender a implicarlas en una interrelación de equilibrio. Pero la muerte se venga del olvido en que la hemos sumido. Cuando llega el momento del ocaso, antes o después, ese sentimiento, impuesto por la fuerza de la debilidad corporal, baña de angustia todos los actos de la vida. Nos aterroriza cualquier fisura por la que pueda entrar la muerte. Pero, desde luego, las cosas podrían ocurrir de otra manera. Yo nací en una ciudad en la que hay una famosa cartuja, la de Miraflores. Los cartujos, decían, sólo tienen fiesta cuando muere alguno de sus hermanos de comunidad. Ellos suponen que ese día es de fiesta porque el hermano regresa a la casa del padre. La muerte ya no es algo in-natural, contra-natural, sino completamente esperado y querido.

¿Dónde está ese equilibrio que la muerte le puede prestar a la vida? ¿No es ella, más bien, el gran desequilibrante, el desacoplamiento total de nuestra vida?

Es evidente que vivimos drogados. Nos drogamos de mil maneras, en particular contra la muerte. Mucho de lo que hacemos responde a la intención de crear un mundo artificial que nos permita evadir esa realidad original, taparla. La cultura hedonista de hoy es un gran muestrario de lo artificial. Cuando esa cultura del placer entra en nuestra conciencia, sale rebotada la conciencia personal. Hay quien se esconde detrás de una indumentaria, del dinero, del título, del cachivache, de un individualismo endiosado, etc. Cada uno fabrica la inconsciencia a su manera. El caso es que después de eso ya se ha perdido de vista la propia realidad y se han producido dos grandes rupturas: la del yo con respecto a la naturaleza y la de la vida con respecto a la muerte. Esa separación que pretendemos plantear entre la naturaleza y el yo es artificial. El hombre no es torre sino tierra. La vida personal es un proceso hacia una síntesis con la naturaleza en la que se sumerjan y oculten todos los “yos”. Lo artificial no puede ignorar que somos parte de la naturaleza y que vamos de viaje con ella. Pero el concepto de peregrino ha quedado oculto y pervertido debajo del de ciudad divertida y permanente.

¿Qué impresión producen los pasos de la muerte cuando uno empieza a presumir que se están aproximando?

Que son los de siempre, pero que ahora suenan más cerca y que te andan buscando a ti. Dicen que lo malo del viejo es que no se lo cree. El convencimiento de ser viejo se forma poco a poco. Ni te crees viejo ni sabes cuántos años de vida te reserva esta lotería. De todas formas hay un momento en el que la información se va convirtiendo en convicción y eso ya pesa en el ánimo mucho más. El mundo comienza a verse lejos y uno caminando detrás. Es una pequeña angustia que te hormiguea por dentro día y noche. Uno se despierta cada mañana y enseguida tiene el almanaque, como una alarma, delante de los ojos. Habría que aprender a tratar y a asimilar la muerte desde más temprano. Pero si ser viejo es una infamia, como decía Borges, pues fíjese, la muerte es una vergüenza.

En cualquier caso este es un trago difícil para todos, incluso para los que se han venido preparando.

Para unos más que para otros. ¿No ves la naturalidad con que deja la vida el feo y magnífico Sócrates? La muerte de Jesucristo es más dramática pero, en cualquier caso, grandiosa, confiada, “consumatum est”. Las nubes que se obscurecen, las rocas que se rompen no son en definitiva más que el símbolo de lo que sucede por dentro, pero hay un cielo abierto. Los griegos se hacen fuertes y serenos ante la muerte por la certeza de la inmortalidad. Los cristianos, por la esperanza de la resurrección. Los budistas, por la transición de la energía de la conciencia a través del bardo. Yoga significa precisamente unión con la naturaleza. Kant se conforta frente a su más allá con la idea de una justicia que necesariamente se deberá cumplir. Unamuno ve en este rabioso deseo de inmortalidad que hay en cada uno de nosotros la expresión de una racionalidad que no podrá contradecirse a sí misma. Creo que hay una constante histórica: cuanto más identificados con la naturaleza o con Dios, más natural y menos trágica resulta la muerte. Naturaleza y Dios son vistos como vía de prolongación y lugar donde uno realiza la identificación definitiva consigo mismo. Los estoicos, por ejemplo, entienden que hay un “logos”, una racionalidad universal que domina todos los movimientos de la naturaleza. El sabio se adhiere voluntariamente a ese logos y desde ese momento todo se lleva mejor. La redención actúa por medio de la razón.

¿Pero se llega a suprimir el carácter trágico de la muerte?

¿Trágico? ¿No será más trágica la vida? En la vida no falta un nubarrón casi nunca. Como dicen los maracuchos (de Maracaibo, estado Zulia, Venezuela), si no estás preso, te andan buscando. A veces sólo el sueño es un refugio provisional para esconderse. Hay casos en los que la muerte aparece como la glorificación de unos ideales por los que se está dispuesto a dar la vida. Es hermosa porque representa la identificación definitiva con ellos. El caso de los que se suicidan es una forma extrema de huida. Lo cierto es que nuestra sociedad es una cruz roja. Hay que ver cuánta injusticia, burla, sangre, enfermedad, irracionalidad, se experimenta a lo largo de la vida. Hay que ver cuánto lloran aún aquellos a los que les va bien. Si llegas a anciano decrépito o a enfermo inválido, todavía peor. Los monjes huían de la sociedad para ganar el cielo; otros se cierran en casa solamente para poder distanciarse de una realidad estúpida y algunos, cuando se sienten materialmente apaleados por el dolor o la soledad, le suplican a la muerte que se apiade de ellos y venga a buscarlos. Cuando muramos, en cambio, ya nada de eso volverá a ocurrir. La muerte será una liberación: sin temores, sin accidentes ni equivocaciones, sin hijos adoloridos, sin castigo. ¿Por qué la vida va a ser, entonces, mejor que la muerte? En este terreno de realidades imperfectas, limitadas, el ser está lleno de no-ser y la vida tiene demasiado sabor a deterioro. Lo que pasa, dice Ortiz Osés, es que el ruido de la vida, la superficialidad y frivolidad de esta sociedad han obturado el significado de la muerte. No se justifica tanto miedo. Los cristianos verdaderos no tienen nada que temer y mucho que esperar. ¡Muero porque no muero! Los ateos se encaminan simplemente a una paz mineral, al silencio que no hiere, a la plenitud de las armonías y de las identificaciones cósmicas.

¿Y eso no es un mensaje nihilista, una invitación al masoquismo y a la inutilidad?

Eso sería otro extremo. La vida, en medio de su fragilidad y de sus contradicciones, continúa teniendo sentido y produce pasión. Lo que se propone ahora es una invitación al equilibrio, a la homeostasis; que la idea de la muerte horade e ilumine la vida. La muerte le da su punto de equilibrio a la vida, le descubre su valor y su sentido. Pasar por la idea de la muerte es una forma de reconsiderar equilibradamente la vida. Heidegger hacía depender de esa idea la autenticidad del sujeto: “el hombre es un ser para la muerte”. Nada suele ser más estúpido que alguien con conciencia de héroe inmortal. Los mismos héroes, recuerda Yung, al final buscan la muerte siquiera para eliminar su propia peligrosidad. ¿Qué hubiera hecho Nietzsche si no enloquece antes de que le cayeran encima sus propias ruinas? Hay ocasiones en las que la locura resulta ser, ciertamente, una forma de cordura.

Las razones que Ud. pueda ofrecer son razones bondadosas, ¿pero serán capaces de eliminar el miedo?

El miedo a la muerte, sí. El miedo a morir, no. Que conste que se trata de dos cosas distintas: una cosa es morir y otra el estado de muerte. Es una lástima que tengamos que salir de la vida a pescozones, a puntapiés. Es una lástima que nuestros padres e hijos tengan que morir de esa manera. A eso, al momento de morir, se le tiene miedo. Sin embargo, ya para el momento siguiente nos sentimos tranquilos porque no se sufre más. La muerte no existe, lo único que existe es el acto de morir. El estado de muerte es un completo vacío al que no se le pondrá ni siquiera nombre. Lo que no tiene nombre no existe. La muerte es la insensibilidad. Ese vacío indoloro, sin embargo, parece que todavía les horroriza a algunos. Es probable que en él continúe funcionando uno de los mitos más primitivos de la humanidad. Ese vacío representaba la noche, el caos, el desorden original, y resulta que ahora, a través de la muerte, nos están arrojando nuevamente a él. Pero alrededor de ese vacío mítico también surgían diferentes promesas de vida. Así sucedió en los días genesíacos de la humanidad, cuando todos los seres fueron saliendo de aquel caos. ¿Por qué no puede ocurrir eso mismo otra vez?

viernes 11 de septiembre de 2009

El invento perfecto


Manuscrito del siglo XIV, conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid. Códice miniatura, de 176 páginas, que contiene la vida de Petrarca y su última obra: Los Triunfos.



El libro fue en su momento un fabuloso invento que significó un inestimable anticipo de la tecnología relacionada con la conservación del conocimiento. A diferencia de las frágiles colecciones de rollos, los libros mantenían unidas las hojas tenaces que se resguardaban extendidas y protegidas por unas gruesas y resistentes tapas.
Este magnífico portento creado por la inteligencia humana podía costar lo mismo que un caballo, una armadura o un medallón de oro.
El milenio que acaba de concluir vio nacer y expandirse este invento que, según el escritor y especialista en libros Alberto Manguel, nació perfecto. Con él, las lenguas modernas de Occidente y las literaturas que han explorado las posibilidades expresivas e imaginativas de esas lenguas, se propagaron.
Por eso, quizás, la mayor señal de que el milenio que acaba de terminar ha quedado efectivamente atrás, sea la insistencia con que nos interrogamos sobre la suerte del libro en la era tecnológica
Sin embargo, la fe en el futuro de nuestra cultura se ha sostenido y se sostendrá durante mucho tiempo más en la certeza de saber que hay cosas que sólo la palabra entintada, con sus medios específicos, puede dar.
Por medio de esa palabra, quien piensa, ha podido tender un puente de una soledad que es sólo suya, a otra que se completa en la compañía del lector.

jueves 20 de agosto de 2009

HÁBITOS (relato)

“Huele a silencio de monjas”
José Joaquín Burgos.

Había que tener conciencia de los vestidos para saber que bajo sus aires se movía la tristeza. Acumuladas sobre un cerro de recuerdos o memorias rotas sorbían el vino arzobispal hasta dejar sólo una mancha en el fondo de las copas. ¿De dónde vinieron? Imposible saberlo. Además, nadie viene aquí a averiguarlo. La multitud agobia con el fragor de sus voces y los gritos concluyen en los oídos como fogonazos de infierno.
Aquella noche fue inevitable la somnolencia. Ella, apoyada por la cadencia sonora del agua, había acabado con mi paciencia, hizo estrépitos de sueños fracturados, y al decidirme a avanzar hacia la oscuridad, mi angustia zozobró en la credulidad de que al fin me despojaría de pudores y rictus ancestrales. Y nosotros dos asumiendo toda la desdicha. Nosotros dos, como quienes no sospechan, pero ni así, su suerte. Nosotros dos, achinando los ojos en un intento por perforar el sueño soñado la noche anterior.
Ya otras veces lo había ensayado. Después del mecer de los cerrojos atravesaba la plazoleta. La arena abundante y floja se desparramaba de los recintos que enmarcaban los cardos y los almendrones al cuadrado de los pasillos; más allá, algunos uveros y las ondas infinitas de mar hacia cualquier orilla llenando todo el contorno. Antes, pasaba frente a la iglesia –sin gente-. Por vergüenza y no en actitud reverencial bajaba la cabeza, apresuraba el paso y saltaba hacia la otra acera para ponerme a salvo de cualquier sanción religiosa. Pero jamás como hoy, había llegado tan lejos.
La atmósfera de la calle se había convertido en una especie de material duro y por ella parecía descender cierta substancia pegajosa que se prolongaba como un obstáculo hasta la entrada misma de la casa. Por su blanca estructura de muros añosos se diseminaban en una exaltación de misticismo, erizos, caracoles y esponjas. Los racimos de ostras, cuya timidez sólo era superada por la rápida contracción de las estrellas de mar al sentir pasos, se incrustaban en sus ventanas, en sus antepechos salientes y moldurados haciendo vibrar los gráciles tejadillos y desaparecían.
-“¡Dios mío!, ¿por qué vine aquí?”
Permanecí de pie, largo rato, en el vano de la puerta. Un zaguán blanquísimo y espacioso conducía hacia la entrada cubierta por dos mujeres sumidas en las sombras de una borrachera. Se besaban, no hice caso, entré. –“Buenas noches”. –Nadie contestó. Era como si me hubiese resistido a evolucionar. Siempre distante a cualquier señal de algarabía.
La Casa era blanca y fría. Desde el fondo provenía un aroma extraño, del que estaban impregnadas casi todas las cosas. Tal vez de alguna planta -pensé- que allí abundaban y, desde su lejano confinamiento, despedía aquel enigmático olor. Podría creerse que toda ella era un bosque cercado por paredes encaladas, aislado del paraje desolado y del silencio en el exterior. Al trasponer el umbral uno sentía la reverberación de la tierra provenir desde el solar como un eco. De los patios y entrepatios repletos de plantas, la humedad tendía su largo camino de reminiscencias. Los jazmines y los nardos en los maceteros; el romero y las rosas indicaban la existencia de una intensa vegetación, de un perenne rocío.
Antes que nada me dirigí al mingitorio. Allí lo tomé entre mis manos. Lo observé largamente y me di cuenta de que estaba perdiendo (o tal vez ya lo había hecho) eso que se ha dado en llamar inocencia o virginidad, pero estaba en desacuerdo considerar como pecado un acto que no creía repugnante.
Al regresar me coloqué en un sillón de terciopelo rojo ubicado en el pórtico principal. Me hundí en él, quedando virtualmente atrapado. Esperé, mirando de soslayo las habitaciones ordenadas alrededor del patio interior y a aquellas mujeres que entraban y salían con paso silencioso. Todas eran exactamente iguales, con el mismo sino en sus ropas. Vestían de gris, algunas más oscuro, pero todas con la referencia de un luto milenario. No tenían otros. Con botones cuidadosamente cerrados desde la parte inferior de las rodillas hasta el cuello blanco; en ocasiones, cautelosamente abierto para mostrar la insatisfacción de unos pechos.
¡Sí, mujeres! Acababa de comprenderlo. Unas viejas, con el duelo de la senilidad, pero otras, jóvenes; algunas delgadas, y las que más, feas, pero eran mujeres al fin y al cabo; seres a los que el amor había abandonado en la aurora de sus vidas, pero las que, hasta la muerte, esperaban en secreto la felicidad que pudiera interrumpir la vigilia de sus cuerpos. Yo seguí aguardando, pues la mía ya había tomado conciencia del suyo al someterse a impulsos de apetencia que para nada requirieron de la autorización del espíritu. Obedeciendo a estremecimientos internos, ocultos bajo una pretensión de santidad, había apaciguado mis formas desnudas repetidas veces, entre la hierba del monte. Y no pude dejar de amarla, ¿cómo?, si tendidos allí, a la luz quemada de la sangre, mientras mordíamos frutas, ella se despojaba de sus vestiduras quedando suspendida en el aire cual fanal ardiente.
Y fue maravilloso, desde entonces, descubrir que la vida se halla en todas partes. En los trocitos de vidrio pulidos de la playa que se adhirieron a nuestros formas en los intervalos de reposo de las olas, durante los cuales el rubor como un pez nadaba hasta su vientre habitado por temblores. En los muchos siglos de irse acumulando en las orillas con cada diferente batir las burbujas en ardor. En las piedras finísimas, como escamas ribeteando la arena, venidas desde el fondo mismo; pulidas, como dije, por ondas con oficio de joyero. Y maravilloso fue descubrir también la multiplicidad de formas en los entes abisales. Desde los palpitantes y aunque sedentarios, despiertos y acechantes, hasta los inertes, sin nombre, como ella, y, sin embargo, aventureros, bajo la apariencia de conchas con fingida actitud de indiferencia. Y tal vez fui movido por estas revelaciones, por esas energías ocultas, a emprender por otros acantilados el adivinamiento de una aproximación.
Por eso he venido, pensando que fuera lo que Dios quisiera. Como si el Señor, realmente, castigase estos pecados o algunos otros que ya se han convertido en actos naturales para los hombres.
-“Me acuso Padre mío de haber..., me acuso Padre mío de..., me acuso Padre mío...”
-“Ego te absolvo. Reza un Yo pecador, dos Padrenuestros y tres Ave Marías. In nomine patri, et filii, et espiritüs sancti…”

Alguien trajo una copa, de la que bebí apresuradamente cuando la vi aparecer. La mano, tan pálida como su cara, se estiró para indicarme algo.
-“Adelante”, me dijo.
Era una figura sin aparente energía, semejante a los enfermos.
-“Vengo muy cansado”, aclaré con voz queda.
Me tomó del brazo con una bondad extraordinaria y lentamente me condujo a través del silencio de aquel claustro, hasta la perdida soledad de una cama colocada en un rincón de la habitación como un dulce santuario. Al descender hasta el lecho me pareció caer desde la torre alta de la iglesia.
“Aquí es difícil”, le dije. Ella no contestó. Se movió flotando por aquel salón, con su luto milenario, preparándolo todo. Corrigiendo las cortinitas de los postigos, asegurando la privacía con trancas coloniales y extendiendo sábanas limpias sobre el aposento.
Al tiempo que su piel iluminó mi rostro, ascendí. Alcancé a divisar una lejanísima sonrisa en la recién abandonada melancolía de sus ojos. La cara pálida adquirió cierto rubor y sus apagados rasgos se encendieron.

El reducido cuarto era de otro tiempo, tan indefinible como el sueño, casi vacío. Una cama, una diminuta mesa de madera, un crucifijo, un candelabro y una silla. Sobre ella se confundieron nuestros hábitos.




Del Libro Todo el Tiempo en la Memoria,
de Rafael Simón Hurtado.

domingo 9 de agosto de 2009

INVENTARIO

Foto de Robert Farnham
Frente a la ausencia que ahora somos, sólo te pido contraponer el mínimo inventario de lo que puedas rescatar de aquellos días; de cuando el amor era leche y miel debajo de la lengua de nuestros besos, y no camino de piedras convulsionadas y resecas por los declives del alma.
A ti, que has sentenciado que la sabiduría libera al hombre de las tinieblas y de la superstición, y que has revelado al mundo que de toda cosa emanan átomos que nos dicen acerca de la verdad de lo que aprecian nuestros sentidos.
Yo me admito vulnerable e imperfecto, por lo que no puedo ser insensible ante tu belleza. Ella me embriaga como la sangre de las uvas, y me impregna con el aroma de espliego y azahar que precede al torbellino de tus pasos. No hay forma de que el sol que fluye desde tu mirada se detenga antes de herir mi pecho; ¿cómo?, si príncipes y artistas ya han sucumbido a sus ardores.
Espíritus que hoy se meten en tu cuerpo y se atrinchera en tus pecados. Como ése, que te repite en los espejos; o aquél, cuyo lenguaje es el quejido de los hombres que te han poseído. O éste, que te convida a saborear, en bandejas de plata y copas de oro, manjares y licores. O aquél, que te adormece mientras el sol avanza. O el que te hace fingir, o el que te lleva a sentir el amargo espíritu de la frustración; o simplemente éste, el que hace aparecer tu gracia y tu belleza como máscara de actores en las tragedias de los poetas griegos.
Por eso te pido contraponer el mínimo inventario, que me encadena a ti por amor del alma, y te liga a mi por amor del cuerpo; en una pasión que no tolera división ni combate.

jueves 16 de julio de 2009

UNIVERSIDAD


La ciencia como la cultura, no son fines en sí mismas. El ser humano concreto, es el objetivo último de toda creación cultural. Y la universidad, como producto histórico del hombre, debe estar a favor de ese mismo hombre, dentro de una convenida cultura y una específica sociedad.
De esta forma, la universidad como institución histórica, no puede estar sobrepuesta ni excluida de esa compañía. Su impulso lo alcanza, precisamente, mediante las condiciones de vida material que sus actores procrean. Desde este punto de vista la universidad es educadora, pero también es discípula. Es fabricante, pero también es producto.
Su papel, por consiguiente, no puede ser extraño al proceso social, cualquiera que sea su sino. Su servicio debe resonar en la sociedad misma, nutriendo ideologías y potenciando conductas que enaltezcan la condición humana. En la espesa selva de la sociedad, la universidad es un afluente, por cuya corriente se desplaza el hacer de un conglomerado cuyo trabajo es de una naturaleza muy especial.
Ese trabajo es el de la Educación, que sirve para hacer asequible lo que se vislumbra en el confín de nuestra capacidad.
Hoy, sin embargo, ese gran trabajo ocurre en medio de una sociedad en crisis, que afecta, incluso, los ámbitos más recónditos de la academia, y a quienes, diariamente, ayudan a llevar adelante las acciones más cotidianas dentro de la institución. La inserción de valores que justifican o desvirtúan una determinada posición política, afectan el funcionamiento más elemental de nuestras instituciones, que no sólo se debaten en la degradación económica, sino también en las crisis intelectuales y en los bajos renglones de convivencia humana, tal vez porque la sociedad que la contiene, quebranta, diariamente, sus propias reglas de sobrevivencia.
La Universidad venezolana no elude esta expresión de sociedad. Sus trabajadores, en todos los niveles, también están contagiados de un burocratismo incapaz, de una pertinaz desidia. Del maderamen institucional, pareciera no poder esperarse nada, salvo el esfuerzo agónico por preservar las cuotas de privilegio. Según Rigoberto Lanz, “las universidades del país no están hechas y pensadas para transformarse. Al contrario, ellas están hechas y pensadas para conservarse”.
Vistas así las cosas, parece que para replantearse el gran trabajo universitario, no basta con una simple expresión de voluntad. El reto está en poder reanimar creativamente la disposición dispersa en el conglomerado. Es opinión común, que la poderosa inercia sólo podrá ser combatida con la construcción de una fuerza intelectual, pero sobre todo ética, capaz de pensar la universidad que debe venir.
El recurso de las movilizaciones y los discursos asambleístico, como fórmulas de transformación, hicieron aguas en una comunidad silenciada por el peso de la burocratización y la pereza, y por la pugna constante de una dirigencia alentada por el protagonismo y el poder.
¿No se interpreta, acaso, de nuestra conducta, el efecto de no haber superado aún el individualismo anárquico del yo, que niega el nosotros?
Sólo en un mundo formado a la luz de ideas cuya resonancia supere al vulgar interés, se hará más fácil la escogencia de las normas que configuren la nueva conducta social. A eso ha de tender la Universidad. Su fin es juntar y modelar mujeres y hombres, más que producir profesionales. Su gran trabajo debe consistir en acercar a quienes acceden a ella a la comprensión de una auténtica dimensión de lo humano. Dar luces que orienten su derrotero en medio de la profunda oscuridad de un mundo arruinado por su propia inteligencia.

miércoles 1 de julio de 2009

Los niños de la calle no existen

Foto de Kent Klich

La calle es una escuela, y cada año, las de nuestras ciudades, incrementan su matrícula y renuevan su pensum de estudios para recibir a los nuevos “estudiantes”. Las asignaturas más difíciles son droga, delincuencia y prostitución. Pero la aplicación de los alumnos y la indiferencia de nuestra sociedad, favorecen la aprobación del curso sin contratiempos.
En el mundo, el registro asciende a 100 millones, de acuerdo a cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Las facciones del rostro de cada uno de ellos cambian de acuerdo al país: Manila, Nueva York, Sao Paulo; Lima, Beijing, Marruecos. Pero el niño detrás de la mirada perdida siempre es el mismo.
No juegan nunca, y las razones que los conducen a la calle son diversas. Son desertores; han sido expulsados del sistema escolar o jamás han estado en él. No tienen documentos de identidad, por lo que para la sociedad formal, los niños de la calle no existen.
Un motivo fundamental de su deserción es la realidad socioeconómica en que viven sus familias, y, sobre todo, la desintegración de los lazos afectivos. La situación en los hogares conlleva, invariablemente, abuso físico y emocional por parte de los padres o padrastros. Es por lo que los niños escapan y toman las calles, donde viven eventualmente con otros niños con quienes forman –es el sino de sus vidas-, nuevos “núcleos familiares”.
Irse del hogar, en la mayoría de los casos, no es un hecho repentino. La decisión es tomada de forma gradual. El contacto diario en sus casas con la pobreza, el abuso sexual y el maltrato físico o psicológico, hacen que cada vez sea más difícil volver a ellas. En la calle encuentran, en medio de un mundo de aventuras, una aparente libertad. Pero es sólo la ilusión de vivir sin normas. En la calle son víctimas del mismo o peor maltrato.
Los más desafortunados caen en manos de gente inescrupulosa que los prostituye a cambio de estupefacientes o de unas pocas monedas, y deben enfrentarse a todo tipo de riesgos, incluso, el de ser agredidos por la policía cuando son protagonistas de algún delito.
“En nuestra sociedad encarcelamos a los niños hambrientos cuando roban algún alimento. Algún día existirá una sociedad en donde la policía detenga a todo niño hambriento para obligarlo a comer”, dijo alguna vez el escritor inglés Bernard Shaw, de los niños de la calle del Londres del siglo XIX, y seguramente del XX.
El único alimento que les sirve a los nuestros para sobrellevar la pesadilla, es un pote de pegamento para zapatos. Con él evaden el miedo, el hambre y el frío, a cambio de otros dolores más terribles.
La mayoría acaba adicta a cualquier droga, y al final su capacidad para sentir y su inteligencia se ven reducidas al mínimo, lo mismo que su voluntad.
Desean un hogar, pero le temen al encierro, por lo que se mudan permanentemente para evadir las agresiones de la gente que los mira como si fuesen un cargo de conciencia. El transeúnte, común y corriente, recela de su presencia, sin darse cuenta de que al fin y al cabo son niños. Simplemente seres humanos; desaventajados discípulos en una sociedad que imparte una enseñanza brutal.

El libro es un corazón que late


El libro es una ventana, un mirador desde donde se ve el mundo hecho de palabras; una emoción unánime, una indagación, un corazón que late. En algún momento todos buscan en los libros lo necesario para vivir. Desde cada una de sus válvulas, el flujo sanguíneo de sus personajes, salta desde el papel y se mete en las ilusiones, adhiriéndose a la piel como un olor. Desde la válvula mitral, la tinta, rica en oxígeno, proveniente del aire de sus páginas, transporta su sangre al resto del cuerpo, pues un libro es el músculo cardíaco que produce la contracción de la lectura, aquella que enciende el refugio de la mente, y convierte en latido los ecos de la imaginación.