lunes 8 de febrero de 2010

Normalidad del mercado


Foto de Milton Guerra

Los venezolanos vivimos la normalidad con nostalgia. En medio de grandes tribulaciones, cualquier pretexto es bueno para reunirnos, detener el tiempo y conmemorar el orden. El arte del encuentro y la convivencia, hoy envilecido por algunas conductas, nos es caro en el reclamo cotidiano. Porque contrariamente a cierto delirio y dispersión ciudadana, la regularidad de la costumbre, nos define.
Y en pocos lugares del mundo se puede vivir mejor esta representación que en los mercados al aire libre. Son el orden detrás de la confusión aparente. El trajín de sus olores violentos, acerbos y puros, no sólo conlleva la sorpresa de los frutos del mar o de la tierra. La normalidad de su ajetreo nos afirma en la exhibición de una fecundidad con la que esperamos atraer, por contagio, a la verdadera abundancia.
Los mercados al aire libre son estructuras humanas perfectas, y aunque frágiles en su diseño, imponen el equilibrio del hormiguero detrás del cristal. Un mercado popular es lo aglutinado y lo masivo, lo desigual y lo diverso en clara armonía, por efecto de la certidumbre que nos da el sabernos bien provistos.
La fotografía retrata una porción de ese rito que semana tras semana se celebra en cualquier municipio de Venezuela. Como en una ceremonia religiosa, los vecinos hacen una pausa, y aun sin saberlo, se abren al festejo de la normalidad con quienes frecuentan los tarantines. En medio de la atrevida fragancia del ajo, de la maliciosa esencia del romero y de la aromática exuberancia de la salvia, ponderan, huelen, prueban y aprueban; descargan, tocan y adquieren, contraponiendo toda la salud del mercado a las irregularidades del mundo. Regatean, pero pronunciando las palabras prescritas para el diálogo con indispensable cortesía.
Nadie lo sabe; pero cada semana, cuando salimos a adquirir la mercancía que ofrece el mercado, lo que allí se celebra es la normalidad. Y esa fiesta, expresada por el don y la ofrenda, es el revés brillante del caos y la anarquía.

viernes 29 de enero de 2010

Laura Antillano y la lectura


Foto de José Antonio Rosales.

La escritora Laura Antillano es una tenaz promotora de la lectura. Varias experiencias, desarrolladas a lo largo de su vida, lo atestiguan: La Fundación La Letra Voladora,la página de La Escuela Viva en el diario Notitarde, el programa radial La Palmera Luminosa, en la emisora Universitaria 104,5, los Concursos Literarios promovidos por la Alcaldía de Naguanagua, sólo por nombrar algunas. Además de su trabajo como cuentista, novelista, ensayista, poeta, crítica de cine, guionista de cine y televisión y docente universitaria. Laura es egresada de la Universidad del Zulia de la Escuela de Letras, donde obtuvo el título de Licenciada en Letras Hispánicas; realizó estudios de especialización en Chile y Estados Unidos y ha sido docente en la Universidad de Carabobo. En la entrevista que se publica a continuación, ratifica que no concibe su vida sin la lectura y la escritura.


La lectura ¿es sólo una acción, o también es una actitud?

Frente a la dicotomía entre leer y creer diría que leer es una actitud, primero leer después decidir en que creer, primero razonar, luego tomar posiciones.


¿Qué clase de relación entablas a través de la lectura? Una relación pasiva que posibilita ser dominado; una relación tiránica para dominar, o un diálogo de saberes, una correspondencia circular de colaboración.

Dentro de tu gama de variables escogería la de: "un diálogo de saberes".Leer te pone en contacto.


Cuando hablamos de lectura, ¿sólo hablamos de leer textos escritos?

No necesariamente, el término lee, hoy en día, es relativo a todo aquello que requiere ser decodificado o interpretado. Leemos el paisaje, leemos el rostro que nos mira, leemos en la tierra las señales de su prosperidad o de su muerte, leer es ponerse en contacto en términos de dilucidar.

La lectura, desde su capacidad modificadora, es un medio ¿para qué?

Para enriquecernos, para hacernos entes activos. Leer para comprender el entorno, lo lejano tanto como lo cercano. Leer para razonar y entender, porque cuando lees estás desarrollando una libertad, la de crear tu propia opinión sobre lo leído, la de engrandecer tu información sobre los otros.

La lectura, ¿siempre es placer?

No, es esencialmente una necesidad. Es un placer cuando produce apasionamiento, pero lees textos que te hacen sufrir, que te cambian la visión de las cosas, que te transforman y hacen cuestionar aquellos en lo que has creído o respetado, o, por el contrario, otras veces refuerzan en ti, en mí, en el lector, creencias y conclusiones.


El hipertexto se parece a la forma que los humanos tenemos de vivir, una forma que no es lineal, sino un entretejido de cadenas que se inician, se cruzan, se rompen y se reinician tomando formas distintas, volviéndose a entretejer. Los recuerdos, los imaginarios, las razones y sin razones, navegan por nuestra mente de manera análoga al navegante de la red cuando ejerce su cualidad de lector de hipertexto. ¿Crees que hay rivalidad entre lectores de pantalla y lectores de libros impresos en papel? ¿Cuál de los dos medios ofrece un mayor grado de libertad?


Cuando lees el libro, en tu mente ocurre ese proceso, que pone en comunicación al ser humano que eres (con recuerdos, emociones, alegrías y frustraciones, con tu historia), cuando sentimos empatía por un texto y lo releemos, algo de nosotros mismos siente reflejarse allí. Lo que ocurre con la pantalla, con el hipertexto, es que tienes la posibilidad de incorporar tu parte, tu punto de vista , ya no se trata de la lectura silenciosa y el diálogo interior entre el libro y el lector, en la pantalla crece, se plasma en la letra, lo visual, lo que permite que otros lean tu reflexión. Sin embargo, el diálogo “silencioso” con el libro sigue siendo válido, es cuestión de momento y deseo.

Desde tu experiencia como profesora universitaria, en nuestra universidad ¿sólo se trata de conocer qué es lo que docentes y alumnos dicen sobre la lectura, o también se intenta saber qué es lo que los docentes y alumnos hacen con ella?

Creo que en 31 años de docencia en esta Universidad de Carabobo no podría decirte que exista una actitud homogénea de parte de los docentes y estudiantes. Siempre hay varias posiciones, te encuentras con lectores apasionados que hurgan entre libros, que no se conforman con un título de un autor sino que preguntan, investigan, quieren más. Y hay otros que quieren, por el contrario, evadir la lectura. Igual ocurre con los docentes.
Debo señalar que he tenido alumnos excepcionales, de los cuales he aprendido mucho, tanto en las aulas universitarias como en los talleres. En mi experiencia en la Dirección de Cultura tuve la impresión de que son una minoría los docentes realmente interesados en estos menesteres, y hay una concepción “tecnocrática” de la experiencia universitaria. En ese sentido creo en palabras de la escritora Camila Henriquez Ureña, quien escribe acerca del hecho de que un ser humano culto es un investigador, un curioso, por lo tanto un lector. Hay un falso concepto del profesional universitario que se limita a su conocimiento muy específico y cree que con ello posee el mundo. Es lastimoso.

¿Qué beneficios reconoces en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo?

Todas las ferias de libros son importantes, las ciudades tienen que desarrollar estos eventos, las instituciones culturales actúan en ello. La Universidad de Carabobo creó la suya y debe mantenerla. Debe realizarse con un criterio abierto, que convoque a editores, escritores y lectores en función del encuentro.


A ti, ¿para qué te ha servido la lectura?

No concibo mi vida sin la lectura y la escritura. Desde muy niña recuerdo el gran placer que significó aprender a leer, descubrir el mundo de los libros. Mi padre, periodista y profesor universitario, me enseñó el deseo de esa búsqueda, recuerdo en la primaria que yo ahorraba mi merienda para comprar unos libros fabulosos que costaban cinco bolívares, era una colección de cuentos de distintos países, cuentos noruegos, daneses, como africanos (leyendas de todos los países), cuentos de autores como textos populares. Cuando tenía el dinero papá me llevaba y yo escogía el que quería, era un placer indescriptible después dejarme llevar por esas historias, entrar en ellas, casi vivirlas. Creo que así comenzó una verdadera pasión. En mi casa se reunían escritores, pintores, periodistas, era un ambiente muy rico, crítico, productivo. Se hablaba de todo. Y la biblioteca estaba regada por toda la casa. Mis compañeros del liceo, luego de la universidad, siempre fue gente con una relación con los libros.
La lectura ha sido un espacio privilegiado en mi vida y sin el cual no concibo el encuentro con el mundo, la relación con los otros.

lunes 25 de enero de 2010

Laura Antillano: La literatura no puede ser un manual para enseñar gramática


Foto de José Antonio Rosales.

“He venido aprendiendo, porque la escritura es un aprendizaje que no termina nunca”, dice Laura Antillano. Ella se enfrenta a la lucha diaria, inevitable y seria de apoderarse de la palabra y ponerla en el contacto más directo posible con todo lo que siente, piensa o imagina. Ella sabe que la tarea del escritor es mantener abierta la comunicación entre el hombre y su imaginación.
Consultada acerca del Premio “José Rafael Pocaterra”, 2004, que otorga el Ateneo de Valencia, por su libro Migajas, dijo que “ese texto es el nacimiento hacia otro lenguaje, hacia otra búsqueda. Es como si me hubiese lanzado a hacer fotografía. Siempre he escrito sobre fotografía, siempre he amado la fotografía como forma, pero nunca he hecho fotografía, probablemente por un respeto reverencial hacia la fotografía como hacia la poesía”.
-La decisión de enviar el texto al concurso tuvo que ver con la necesidad personal de producir una lectura objetiva. Lo envié buscando que fuese leído por gente que no me conocía, o me conocía desde otra perspectiva. Mi esperanza era que no se tuviese la menor idea de quién era el autor del libro. Me impresionó que para el jurado fuese una sorpresa saber quién era la autora.
-En todo caso, para mí el premio ha sido un voto positivo de lectura. Todo escritor, una vez que concluye un texto, siente la necesidad por saber cuál es la lectura de los otros, es decir, la recepción, ese espacio tan importante para el escritor. Lo que yo deseaba probar era qué tanto les decía este libro a los otros, dice Laura.
Porque a pesar de que se escribe para ser leído, se es leído sin poder serlo para aquel para quien escribes, pero hay otra recepción que permite ser leído y querido por otros, completa la escritora parafraseando a Roland Barthes.
Y pensamos que para Laura Antillano, esta es la más sagrada pretensión de su acto creador: enseñar, conmover, deleitar, agradar, instruir, y, si es posible, iluminar.
Es un deslumbramiento que le ha permitido elevarse desde las sombras hasta el asombro, aunque a veces por diversos caminos.
-La escritura de la poesía y la escritura de la prosa son procesos totalmente distintos. Para la escritura de la prosa, el espacio de la conciencia es mucho mayor, y si bien se inicia como se inicia el poema, a través de una imagen, de una sensación, de una relación con las cosas que nos va llevando a las palabras, el cuento o la novela se produce de forma más planificada; lo construyo en mi cabeza, mientras tomo anotaciones. Cuando puedo dejar descansar esos procesos dentro de mí, voy al cuento, a la narrativa. La novela, por ejemplo, es un pedazo del tiempo de la vida, que requiere un mayor espacio, quizás menos intenso, pero más extenso.
-Mi sensación con el poema es que está más cerca de las emociones. De una especie de iluminación, de una revelación. Yo creo que hay un nexo entre la poesía y la revelación, tangencial y directa. Muchas veces el espacio de la escritura poética está más en el inconsciente que en la conciencia. Con la poesía, voy reuniendo los textos que escribo, y mucho después es que trato de leerlos, a la distancia, para cambiar una palabra, modificar una línea, pero, generalmente, una vez concluido el texto, siento que el poema está ahí. Y no sé explicar cómo surgió, sólo sé que hubo una sensación, un atisbo, una emoción.
A propósito de la Bienal Pocaterra le correspondió preparar un texto sobre Miyó Vestrini, a quien conoció, según nos cuenta, muy tempranamente, y pensando en ella y en su relación con el periodismo, reflexionó también en cómo se llega a la escritura y cómo toma uno esas decisiones.
-Cuando yo estudié letras, escribía poesía más que prosa, me sentía más próxima del poema, los leíamos públicamente, como estudiantes de literatura. En aquel entonces el estado emocional, la relación que teníamos con el mundo, la percepción de la vida como movimiento, me llevaba a escribir poesía. Progresivamente entré en el cuento cuando ya tenía algunos años en la universidad; pero, definitivamente, mi primera relación fue con el poema. Desde entonces he venido aprendiendo, porque la escritura es un aprendizaje que no termina nunca.
Pero la vuelta al poema se produjo de forma inexplicable. Tal vez por una necesidad esencial o quizás por una manera distinta de ver y mostrar el mundo.
-Los cambios en los estados emocionales, y en los modos de percepción de la vida, han influido para que en este instante sienta que la escritura es el poema, dice Laura. En Migajas hablo de una renuncia, de una serie de hechos que tienen que ver con lo amoroso, con el espacio público, con el espacio de los otros. Cuando escribí el texto lo hice con una intención religiosa en el acto de revisión del sí mismo, del dolor como un hecho formador, porque creo que el dolor, efectivamente, nos enseña, probablemente mucho más que la alegría. Nos enseña y nos forma acerca de la soledad y del encuentro con los otros. Es decir, nos enseña la ceremonia como un acto importante para el vivir, nos enseña la profundidad del encuentro con nosotros mismos a través de un espacio que significa una profunda reflexión.
Este poemario, ganador del Premio Bienal “José Rafael Pocaterra”, hace el relato de una serie de hechos que implica atravesar la vida en un sentido monacal, nos revela. “La presencia de los perros, por ejemplo, es la presencia de la lealtad, del acercamiento, de la vida en su sangre y en su dolor, en lo terrible; andar para hallar, de acuerdo a lo dicho por Ida Gramcko. Es decir, la andanza y el hallazgo, porque al final está el hallazgo, justamente el encuentro con lo sagrado, el encuentro con la profundidad que es la mayor de las alegrías. Ahora yo presiento ese encuentro, y realmente lo vivo en la gran poesía. Probablemente a esta edad estoy más cerca de la poesía, porque estoy más cerca de la muerte”.
-La poesía, además, nos ofrece muchos caminos. Un poema de Luis Alberto Crespo o de Ramón Palomares, poetas a los que idolatro, están muy distantes como lenguaje de un poema de Alejandro Oliveros o de un poema de Allen Ginsberg o de un poema de William Carlos Williams, pero igualmente son grandes poemas porque son grandes poetas. Esa diversidad le da una riqueza a la poesía que la coloca en un espacio religioso, superior dentro de los espacios de los lenguajes de la comunicación.
-Entender un poema puede producir un proceso de iluminación muy especial que nos puede cambiar. Nos puede hacer mejores personas. Ese aprendizaje a través de la poesía nos puede construir y convertirnos en otro. Usando como herramienta la lectura, el ser humano puede desarrollar un espacio interior que lo hará un ser libre, un ser capaz de desplegar su propio pensamiento, para saber, sobre todo, quién es como ser humano. Eso nos da la posibilidad no sólo del encuentro con uno mismo, sino también con los otros, con el mundo de lo social y el de la naturaleza.
La literatura, afirma, no puede ser un manual para enseñar gramática; “ésta es la manera más fácil de matarla y acabar con los lectores. La literatura hay que disfrutarla en la lectura misma. La lectura de la literatura es un acto colectivo pero solitario. Es un acto de libertad”.
De allí su empeño por enseñar en la lectura. De allí la labor en los talleres en La Letra Voladora; la creación de la página La Escuela Viva en el diario Notitarde, para reseñar actividades y estrategias dedicadas a la motivación de la lectura; de allí también el programa radial La Palmera Luminosa, en la emisora Universitaria 104.5.
Después han sido los concursos literarios promovidos por la Alcaldía de Naguanagua, con el propósito de incentivar la escritura y la lectura: La historia de mi calle, Crónica sobre mi mascota, Cómo ayudar a un amigo en problemas, Carta a un ex alumno que no consigue empleo, Mi primer beso, Carta de un nieto a su abuelo, Carta de abuelo a nieto, Carta al Niño Jesús y Biografía de heroínas anónimas.
Otra actividad profundamente gratificante para ella ha sido la de los libros de las escuelas, una idea que surgió en el seno mismo del taller de creación de narrativa: “Hacer libros de lecturas para las escuelas, con “sabor local”, donde los niños reconozcan la calle donde viven, la plaza en donde juegan y a sus escritores”. El primer libro De la escuela salen los caminos, es el de Naguanagua, que tiene como centro la invención de las historias de un grupo de niños y su maestra. Después han llegado otros, los de Bejuma, Montalbán, Miranda y Zulia.
Más recientemente se ha incorporado a proyectos vinculados con El CONAC. Uno de ellos es el de la Biblioteca Temática Venezolana, que ha diseñado unos libros cuyos temas fueron asignados a escritores y especialistas.
-A mi me correspondió escribir Elogio a la comunidad. Pero participan muchos escritores más como Stefanía Mosca y Armando José Sequera. Esos libros fueron obsequiados en las plazas Bolívar de todo el país. Otro programa, indica, es el que desarrolla Monte Ávila en el que participarán 50 autores venezolanos, con una edición de 35.000 ejemplares por cada libro, con distribución en las escuelas y las universidades. Esto es muy importante en un país en el que había que estar agradecido cuando a uno le editaban un libro de mil ejemplares.
Todo ello, afirma la escritora Laura Antillano, con un solo objetivo: formar un lector que sepa que la literatura tiene que ver con él mismo como ser humano. Un lector que no vea en la literatura un simple manual de gramática; un lector que comprenda que la lectura, como la poesía, puede hacernos mejores personas.

martes 19 de enero de 2010

Comprensión del mar


Foto de José Antonio Rosales.


El mar habita fuera y dentro de nosotros. Se trasmuta en sangre al escuchar el grito de los pescadores a través de la danza de las redes, con la que celebramos el sacrificio de sus frutos.
Como arquetipo el mar se hospeda en el tiempo mítico, pero en su devenir, rescata algunos gestos de la vida cotidiana: sol, pájaros, cielo, faena de pesca, que procuran alcanzar la comunión con el acto de la captura.
La forma como en el mar se percibe la belleza no se sustrae de la comprensión que tenemos como pueblo. Es una particular noción, que en ocasiones es contradictoria; una certeza y una apariencia.
Viaje y arribo, partida y regreso, acción e inacción, esperanza y derrota. Pero que en definitiva nos seduce y nos tienta, obligándonos a nadar en él en una forma de abrazo. Aunque los golpes del agua en la orilla no sean de hechizo, y, por el contrario, haya ondas tenebrosas que aneguen, y neblinas que confundan.
El mar, como el país, es una alianza que trae en sus redes mensajes ilegibles; a veces trasmite una turbadora, tensa y elemental melancolía, y en ocasiones el azul del horizonte se nos revela propicio. El mar se alegra de sus peces, pero también se avergüenza de sus naufragios. Y se lamenta, porque es azar.
Sin embargo, el mar seduce, porque no puede describirse aislado, corresponde a una naturaleza común. Aunque a veces nuestro espíritu -urbano, astuto y callejero-, no permita vernos sino mediante el hecho repetido y constante del congestionamiento y la violencia, del engaño y la traición; menos vislumbrar un país que nos exige una sensibilidad especial para percibirlo, más allá del vacío cotidiano.
El valor del mar se mide por el esfuerzo continuado de sus redes, y no por el naufragio que niega la ilusión. ¿Qué significa ese enigma que queda más allá del horizonte?

lunes 11 de enero de 2010

Orlando Chirinos: Mi tiempo literario está inscrito en mi tiempo vital


Foto de José Antonio Rosales.





A Orlando Chirinos no le gusta el bronce de los homenajes. Cargar con el peso del metal, aunque sea metafóricamente, le abruma. “Tengo miedo a los homenajes. Si acepté éste, ofrecido por el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, no fue por vanidad. Estoy muy lejos de eso. Lo recibo para corresponder al afecto con el que me ha sido ofrecido”.

Orlando Chirinos nació en 1944, en el estado Zulia, pero su niñez y adolescencia transcurrieron en el estado Falcón. Fundamentalmente en la sierra de Curimagua y en la ciudad de Punto Fijo, en la península de Paraguaná. A Valencia llegó hace treinta años.

Conocer los datos geográficos de su nacimiento es necesario, pues nos permite comprender la materia de la que está hecho el metal de sus palabras. Chirinos ha grabado en cada uno de sus libros “una atmósfera espiritual y anímica a través del lenguaje, del carácter de sus personajes, de la descripción de los ambientes y de la fuerza narrativa con la que emprende, incluso, el ejercicio lúdico y experimental”. Última luna en la piel, 1979; Oculta memoria del Ángel, 1985; En virtud de los favores recibidos, 1987 y 2000; Adiós gente del sur, 1991; Mercurio y otros metales, 1997 y Parte de guerra 1998, son algunos de sus trabajos. Libros con los que ha alcanzado el derecho a ser reconocido como un autor importante. De “peligrosa calidad”, al decir del escritor Luis Barrera Linares.

Aunque “no se escribe para ser reconocido, afirma; ni siquiera para ser conocido, si no para ser querido. Lo que me complace de la literatura es conseguirme con alguien que haya sido capaz de conmoverse por algo que uno ha escrito. Que haya sido capaz de ser tocado por una línea puesta en uno de mis libros. Me reconozco en ese lector que me hace sentir que lo que he escrito no ha sido en vano”.

Su viaje literario lo emprendió aquí en Valencia hace treinta años, con un paisaje prefigurado de lo que quería encontrar. En este sentido el viaje fue para él una metáfora del deseo. Un deseo construido desde la carencia o desde la necesidad del afecto. El viaje tuvo de este modo sentido: viajando se pudo reencontrar con lo que no conocía de sí mismo. Y entre los efectos producidos se topó con el romper, el trizar de la rutina, para dar espacio a la exploración. A una gramática del azar, de lo no totalmente previsible.


-“Cuando realizo un viaje pienso en los avatares que me va a deparar ese viaje. La gente que voy a conocer, en qué circunstancia lo voy a realizar, cómo va a concluir el viaje, los sinsabores o las cosas gratas que me pueda deparar, pero dejando muchas cosas en manos del azar. De la misma manera la literatura también es un viaje hacia alguna parte. Es un gran descubrimiento. Pero un cuento, una novela, un poema reclaman su propio derrotero, su propia vida para hacer ese viaje.


Más allá está el misterio de la existencia, el misterio del texto, de la escritura, y el escritor actuando como un intermediario. Por eso desconfío de los escritores y de los poetas que se erigen como seres especiales. Yo trato de vivir desde otra perspectiva. Primero soy un ser humano con alguna capacidad para transferir lo que sucede o lo que imagino”.

Y aunque la literatura es lo más serio que hay en su vida -la ha perseguido siempre, leyendo o escribiendo-, no se cree el cuento de ser escritor, a pesar de que la profesora de literatura Esther Fernández, a quien recuerda con gratitud, se lo afirmara. No se lo cree ni siquiera por algunos mensajes que ha estado recibiendo desde hace algún tiempo: Premio I Bienal de Literatura Alfredo Armas Alfonzo (1982), Premio del Concurso de Cuentos del diario El Nacional (1983), Premio Municipal de Literatura (1984) y Mención en el Concurso de Cuentos Premio Juan Rulfo (1987).


-“No me lo creo, dice. Me resisto, tal vez porque alguna gente maneja un estereotipo con el que no concuerdo: el escritor, como ese ser de vida exquisita que, encerrado en una torre, otea la vida de los demás desde lejos. Por el contrario yo creo que un escritor se debe a la vida. El escritor es un intermediario entre el libro, el texto y los lectores, que debe estar asistido de una sensibilidad especial -eso sí-, para captar la atmósfera de su época, y con la formación suficiente que le permita transformar en literatura lo que se vive en esa atmósfera”.

En los tiempos que corren los escritores ya no entretienen reyes, antes bien, muchas veces son menospreciados por los dirigentes políticos. Porque son tiempos de radicalización en los que el escritor se convierte en un vehículo de Dios, que se pone en sus manos y debe convertir a sus personajes en servidores de la causa de su tiempo.


-“Este es un tiempo propicio para que el escritor venezolano se impregne de su entorno y lo interprete. Pero lo que ocurre es que estamos muy adentro para hacer un análisis ponderado. Hay nombres en nuestra literatura que están produciendo cosas muy buenas: José Luis Palacios, Slavko Zupcic, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, sólo por mencionar algunos. Quienes ya han comenzado a trazar los rasgos que caracterizan un movimiento”.


-“Son los rasgos que predominan en nuestra novísima literatura. Por ejemplo, la presencia de la ciudad. Con algunas añoranzas, todavía, por una forma de vida que hoy está en desventaja. Me refiero a esa ciudad-aldea que Eugenio Montejo nombra en sus textos. Esas ciudades habitables, humanizadas que se han ido borrando de la realidad, pero no de nuestra memoria, porque quedan impresas, precisamente, en la literatura. Otro rasgo característico es la violencia. Con una mirada precisa y audaz, los autores indagan en las nuevas formas del sometimiento de los habitantes de la ciudad, sus miedos, sus estados de ánimo”.

Hoy, al parecer de manera paulatina, se vuelven a llenar los huecos que el goce de la literatura reclama sean llenados, no sólo para satisfacer afanes academicistas, sino para tener una visión total y completa de la realidad, a través del texto narrativo. No existe, sin embargo, una voz que represente a una corriente entera, cada voz es personal y puede recibir influencias de distintas corrientes según el momento. Las influencias, en todo caso, siempre deseables y enriquecedoras, dice Orlando Chirinos, no deberán colocarse por encima de la voz del escritor.


-“Los venezolanos siempre hemos estado enceguecidos por la literatura foránea, yendo detrás de modelos, de formas expresivas, extrañas a nosotros. Esto no es un fenómeno nuevo. La gente del movimiento literario Contrapunto, de la década de 1920, reconoció cómo había sido influida por la literatura norteamericana y alguna literatura europea. Pero no es que las influencias sean un hecho negativo. No, por el contrario. Lo que ocurre es que no hemos sabido asimilar esas influencias, nos hemos dejado arrastrar por las influencias de forma avasalladora. Una cosa es reconocer influencias en nuestra escritura y otra muy distinta es dejarse invadir totalmente por ellas. Esta situación ha llevado a algunos de nuestros editores y críticos a desconfiar de la literatura producida en el país. Temen, no se arriesgan con nosotros. Como sí lo hacen otros países latinoamericanos como México, Argentina y Colombia, que sí respaldan y apuestan por sus escritores”.

Apuesta que se traslada a todas las formas posibles de aupar la literatura, de manera que quien se inicia, también tenga un espacio para crear y dar a conocer sus obras. Orlando Chirinos cree que la riqueza de la literatura está no sólo en el trabajo de los autores consagrados, sino también en la creación anónima de aquellos que intentan cada día encontrar un espacio para manifestarse.


-“Venimos de un concurso de literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, en narrativa y en poesía. Yo estuve dentro del comité organizador, encargándome de todo lo relacionado con la publicidad, la conformación de los jurados, la revisión y clasificación de los textos. Con algunos inconvenientes que produjeron el retardo de la recepción, la discusión y la notificación pública del veredicto. Pero eso sí, con un dictamen dado con total transparencia, en el que resultaron ganadores Rafael Victorino Muñoz, en narrativa, y Dayana Alastre, en poesía. Pero nada es perfecto. Después de todo el trabajo, realizado con amor y entusiasmo, el decanato de la Facultad de Educación, que es la institución que otorga el premio, no dispone de los recursos para entregar el premio, según se me ha dicho, porque no hay dinero, lo que a mí me parece una falta de consideración y respeto para los creadores y para quienes hicimos el trabajo de organización con mucha fe. Después de esto a uno le queda el sentimiento de que la literatura es adorno. Pareciera que no hay forma de hacer entender que la literatura es un oficio respetable. La literatura no es ocio, ni vagancia”.

En el inciso que le toque o en el espacio que le corresponda, ese forcejeo empieza para Orlando Chirinos en los detalles de su vida diaria: lo perdido, darlo por perdido para el país, el amor o la literatura, pero por lo menos devolverlo con las sombras de una derrota todavía calificable; con un gran cascabel para oír y reconocer el recuento degradado. La vuelta al espejo, pero medidos con la vara de una sensibilidad crítica que reconstruya la farsa o la verdad a modo de retrato.


-“Mi tiempo literario está inscrito dentro de mi tiempo vital. A Mario Vargas Llosa, de quien discrepo ideológicamente pero a quien reconozco como un gran escritor, le oí decir en alguna ocasión que a él la literatura le organizaba la vida. Yo digo que a mi me ocurre todo lo contrario: a mi la vida me organiza la literatura. En muchas ocasiones yo he decidido diferir planes de escritura de cuentos, de poemas, de novelas, en función de las cosas que vivo en ese momento.


Cuando yo estudiaba en la UCV, regresaba muy tarde en la noche a Valencia, en el último autobús. En ese recorrido yo leía mucho, de ida y de venida. Pero un día me di cuenta de que me estaba perdiendo lo que ocurría a mi alrededor. Comprendí que el texto, por leer o por escribir, podía esperar por mí; siempre iba a estar ahí, a mi alcance, pero la vida no. Entonces preferí estar más atento de lo que ocurría en la vida”.


-“He decidido, entonces, estar atento de las cosas apremiantes de la vida. De realizar las que, por alguna circunstancia he pospuesto, como aprender a nadar, por ejemplo. Nado, metafóricamente, pero en las aguas de la literatura; en las de verdad, no. Me gustaría también viajar: a Grecia, a Bolivia, a Argentina, a México, a España. Me gustaría aprender un idioma. Vuelvo sobre algunos libros y sobre algunos autores como el escritor noruego Knut Namsun, en quien siento una energía primitiva con la que me reconozco. En uno de sus libros dice: “El ser humano también busca el cementerio mientras vive para descansar, es la isla en el mar del sur, pero no hay ningún sitio en donde la vida luche y venza como aquí. Aquí se encuentran los árboles más grandes y los gusanos más llenos de vida”.


-"La literatura, dice, es eso: un universo que pretende erigirse para competir con el universo de la realidad, un deseo de prolongarse, pero no por un deseo de fama, sino por el deseo que tiene el hombre de ir más allá de la realidad, de sobrevivir”.



jueves 31 de diciembre de 2009

Liliana Lozano: La radio es un medio que nos permite el ejercicio de la imaginación




Foto de José Antonio Rosales






ÓRGANO DE LO IMAGINARIO


Obligada al lenguaje verbal, desnuda de ademán y gesto; inválida de expresión corporal, oculta a la complicidad de las sonrisas y de las miradas, la radio es un medio de comunicación que desafía la imaginación.

Eso nos hace pensar Liliana Lozano, directora de Universitaria 104, 5, emisora de la Universidad de Carabobo, cuando dice que el gran valor de este medio es, precisamente, el de ser “el único que permite, después de la lectura, el ejercicio de la imaginación”.
Y, a pesar de esta economía de recursos expresivos, la radio es próxima y cálida, como la voz de Liliana, porque aun siendo puro sonido, cada palabra dicha por ella, está impregnada de emociones y vivencias.
“Cada medio tiene su lenguaje, dice, y el de la radio se caracteriza por darle preponderancia a la descripción. Se necesita que quien escucha pueda aprehender lo que se le está comunicando, y eso pasa por acicatear la imaginación y la fantasía. Por lo tanto, el mensaje, aunque directo, debe ser sugerente. Recordemos que quien oye radio se mueve en distintos escenarios -la oficina o la casa-, con nuestra voz de fondo como única compañía”.
-El que comunica construye puentes manejando emociones; por lo tanto, para todo comunicador, nada humano puede serle ajeno. Debe interesarle todo, pues el público al que se dirige tiene intereses diversos. Debe gustarle el contacto humano, pues es, ese contacto el que le va a proporcionar los denominadores comunes de la gente: Todos queremos ser felices, queremos amar, queremos que nos vaya bien en la vida; es decir, a los seres humanos nos mueven las mismas cosas; así como las grandes tragedias, los pequeños actos cotidianos. El comunicador no hace otra cosa que convertirse en una suerte de vaso comunicante, utilizando el conocimiento de esa información”.
Ya el propio semiólogo francés, Roland Barthes, lo había advertido: el sonido de la voz le da materialidad al cuerpo, y aunque estamos invadidos por las imágenes, nuestra civilización es una civilización de la palabra. Barthes fue quien nos dio la clave anticipada de por qué la palabra hablada adquiriría la fuerza que ha hecho de la radio uno de los medios más competitivos: "la voz es un órgano de lo imaginario".



EL TONO DE LA VOZ


En la radio no hay masas uniformes sino suma de grupos y voluntades, por eso quien trabaja en la radio, además de valerse de las palabras y construcciones gramaticales, define un especial tono de voz. Y en el caso de Universitaria 104, 5, nos referimos a una particular forma de expresión. A diferencia de la prensa, donde la frase puede ser vuelta a leer, y de la televisión, donde la imagen soporta y hasta desplaza al verbo, en la radio “sólo” se puede trabajar con las palabras, la música y los sonidos.
“Las técnicas para el manejo de la voz en radio, afirma Liliana Lozano, tienen un denominador común con la actuación y el canto. Quien se propone trabajar en este medio debe asomarse a la ventana del canto y ubicar qué voz tiene, para saber qué tono va a dar. Esto nos indica cuáles son nuestras fortalezas y debilidades. Del reconocimiento de esas cualidades, cada uno puede hacer una cosa diferente con su voz, y cada uno puede trabajar esa voz con aquello que necesite mejorar. Una vez que sabemos de qué voz somos dueños, debemos aprender a colocarla para sacarle el máximo provecho. La colocación de la voz, el tono, las pausas, los silencios, son distintos de acuerdo a cada trabajo radial. La equilibrada combinación de los diferentes elementos, puede hacer que quien nos escuche no cambie el dial. Es tan sencillo que te cambien, pues es tan alta la oferta. Por eso es necesario, también, ser espejo de lo que ocurre afuera”.
Esto, inevitablemente, ha conducido a que Universitaria 104, 5 haya desarrollado su propia voz. Una voz que ha sembrado en el oyente universitario la posibilidad de convertirse, más que en un receptor, en un interlocutor, que recrea, evoca, usa y hace “cosas” con las palabras que escucha. Dando como resultado un radioescucha integrado al “nosotros” que es hoy en día la emisora de la Universidad de Carabobo.
“Todo lo que somos y hemos sido se encuentra en ese decir que nos transparenta y nos descubre a los ojos de los demás -piensa Liliana-, y al oírnos allá afuera, pueden averiguar quiénes somos, de dónde venimos, cómo actuamos, qué tememos, qué admiramos”.

RADIO UNIVERSITARIA


Quizás uno de los postulados más importantes que comparte toda radio universitaria sea el de aportar en la construcción de una cultura común de los ciudadanos, fortaleciendo su nivel educativo y cultural y estimulando el flujo de información científica y tecnológica, además de informar y entretener con pluralidad e independencia.
“Nada te puede dejar indiferente, afirma Liliana Lozano. No puede haber prejuicios. Debemos ser capaces de ponernos en el lugar del otro. Y nunca perder la capacidad de asombro y la curiosidad. Nuestro cuerpo todo, debe convertirse en un instrumento de comunicación. No es solamente el rigor de lo académico, sino lo que somos verdaderamente: los libros que hemos leído, las películas que hemos visto, lo que hemos amado, lo que hemos viajado. Porque en algún momento pueden comenzar a pesar los libros que no nos hemos leído, las películas que no hemos visto, lo que hemos dejado de hacer, es decir, nuestras carencias”.
“Tenemos que asumir la comunicación como un acto integral, nos debe interesar todo. Debemos ser capaces de reconocer el auditorio para escoger los temas. Y no creo que sea necesario trivializar el discurso para llegarle a la gente. Este es un trabajo que exige nuestra conciencia como educadores en el más amplio sentido de la acepción. Cuando nos plantamos delante de un micrófono, nos convertimos en modeladores de la conducta de la gente, pues anteponemos lo que es más sagrado para un comunicador, es decir, la credibilidad”.
“La radio no es solamente una cajita de música. La gente quiere que le hables, la gente quiere escuchar. En este momento en el que todo no los dan digerido, en que todo está hecho, la radio sigue siendo el único medio que nos permite el ejercicio de la imaginación”.

jueves 17 de diciembre de 2009

Adriano González León: lector es el que no le tiene miedo a las sorpresas del lenguaje


Foto de José Antonio Rosales.


Aunque es un nombre admirado y respetado por su novela País portátil, Premio Biblioteca Breve, Ediciones Seix Barral de Barcelona, España, 1968, Adriano González León, tuvo sus inicios en la narrativa venezolana con memorables títulos de cuentos como Las hogueras más altas (1959), Asfalto-Infierno (1963) y Hombre que daba sed (1967). Sin embargo, es cierto que fue País portátil, el libro que lo colocó al lado de los grandes escritores del “boom latinoamericano”.
La entrevista publicada, fue producida con ocasión de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo en el año 2006, y fue la última presentación del autor en tierras carabobeñas antes de su muerte. Entonces, inauguró el pregón de apertura en los espacios de la feria, en nombre de los escritores venezolanos, y del amor profesado a los libros, a la lectura, al lector.



Adriano González León, el escritor venezolano cuya creación literaria levanta vuelos y revuelos extraordinarios a sus 75 años, hizo la primaria y la secundaria en su tierra natal, Valera, estado Trujillo. Allí -cuenta-, despertó su vocación por la literatura y por el oficio de escribir: “Muy temprano…creo que desde la primaria. En el Colegio Salesiano había un grupo de lectura propiciado por el padre Rota y nos reuníamos los sábados para leer a Julio Verne y otros escritores de esa tónica. Después, ya liceísta, fui a la Biblioteca Municipal y era el único muchacho a quien permitían leer libros para adultos. Allí sorprendí a Balzac…Dostoievsky…” En la Universidad Central de Venezuela obtiene el título de abogado, pero el ejercicio del Derecho no le supuso impedimentos a su poderosa inclinación literaria. Tal militancia, lo llevó a ser miembro fundador del Grupo Sardio, agrupación integrada por escritores y artistas plásticos, que a la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, entre 1958 y hasta 1961, editaría la revista homónima, señalada por su compromiso político revolucionario y la difusión de escritores de todo origen. Esa misma vocación lo había llevado en 1956 a ganar el segundo premio en el concurso de cuentos que anualmente celebra el diario El Nacional, con el cuento El Lago. Al año siguiente aparece su primer libro de cuentos: Las hogueras más altas, recibida por la crítica con significativos elogios. La acogida es tan ampliamente favorable, que merece los honores de una segunda edición preparada en Buenos Aires, Argentina, con prólogo del famoso escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias, años después Premio Nóbel de Literatura. Este acontecimiento, que puede considerarse, como lo fue en efecto, un gran impulso, proyecta el nombre de Adriano González León por toda América. En Caracas se le otorga entonces, por este trabajo, que es leído con entusiasmo, el Premio Municipal de Prosa en 1958. De este momento en adelante la producción del escritor trujillano no se interrumpe.


-Cuando está en el proceso de escribir, Adriano, ¿se retroalimenta con la lectura de otros autores? ¿Piensa en el lector?


-“Pienso en mis recuerdos…comienzo y dejo que las sensaciones entren con las palabras. Estas son la esencia de la escritura. Las anécdotas cuentan, pero en segundo lugar”.


En 1963 había dado a la imprenta, en colaboración con el pintor Daniel González, el libro Asfalto-Infierno, recibido, como todas las producciones suyas, con la aceptación no sólo de la crítica, sino de los lectores con que cuenta dentro y fuera del país. Posteriormente es nombrado Primer Secretario de la Embajada de Venezuela en la República Argentina, en donde adquiere vinculaciones valiosas. De vuelta a Venezuela figura como profesor de la Facultad de Economía de la Universidad Central y es de los animadores del Techo de la Ballena, asociación de jóvenes pintores, escultores y poetas que tratan de buscar un nuevo camino para su quehacer intelectual.


-Adriano, al cabo de todos estos años, qué significa para usted ser un escritor, y, además, qué es ser un lector.


-“Yo todavía no sé quién soy. Lector es el que no le tiene miedo a las posibles sorpresas poéticas del lenguaje”.


Sin embargo, con País Portátil, Premio Biblioteca Breve, Ediciones Seix Barral de Barcelona, España, en 1968, González León se colocó, primero, al lado de los grandes escritores del boom latinoamericano, y después, él mismo, como uno de los escritores emblema de Venezuela, maestro del lenguaje.


-Adriano, ¿a cuáles de sus contemporáneos, en edad e intereses literarios, se siente más vinculado; a quiénes lee y a quiénes no, y por qué?


-“Estoy vinculado a todos los que han pasado por las ofertas de la vanguardia y han hecho de la poesía o la narrativa un asunto universal”.


Pues la literatura es la gran pasión en la vida de este venezolano, que dice que “el idioma es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad. Cada palabra cuenta y puede contar por sí sola una historia, si el lector tiene imaginación. Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir”.


-¿Cree, como se ha dicho, que la lectura es una gran enemiga del poder?


-“Es probable, a juzgar por la orfandad mental de los actuales gobernantes”.


Un libro, para González León, se abre a la lectura individual, a la intimidad con el otro, pero un lugar donde se alojan los libros puede de pronto transformarse en lugar de reunión, espacio que convoca a compartir en silencio, en templo para la búsqueda. Pues los libros no son sólo palabras ordenadas, plasmadas en un papel. Los libros tienen el alma de quien los escribe plasmado en ellos. Razón por la cual los libros pueden ayudar a crecer, a vivir, a imaginar. Son la fuerza omnipresente que nos vincula a un mundo en otra dimensión, y como evidentemente cada quien tiene una realidad distinta, cada libro es captado de acuerdo a esa condición.


-Conforme a su experiencia, Adriano, ¿cuál es la relación que se establece entre el comportamiento de los lectores y el movimiento editorial en Venezuela?


-“Muy difícil. Creo que ferias como la de la Universidad de Carabobo, pueden contribuir al diálogo. Es menester estimular la elección de los textos. El lector medio es muy flojo. Está muy dañado por el espectáculo y el facilismo. Quiere que le digan lo que ya sabe”.


Y a pesar de las iniciativas editoriales que se han impulsado, a través del Ministerio de la Cultura, el autor no dudó en calificar a Venezuela como 'un país de analfabetas'.


-¿En qué condiciones cree usted que se encuentra el lector venezolano?


-“En pésimas condiciones, comparado con lectores de otros países latinoamericanos como Colombia, México o Argentina”.


Por ello lo que le molesta en la actual literatura que se vende exitosamente -los grandes libros no tienen éxito espectacular de ventas-, es la pobreza en el léxico, la ínfima imaginación, la banalidad y el facilismo con que se pretende gustar al gran público. “Creo que en ninguna otra época, el entronque con la necedad ha sido tan exacto, sobre todo con el auge de los medios electrónicos”.


-¿Qué lecturas cuestiona, y cuáles recomienda?


-“Cuestiono los llamados libros de ayuda y los best-sellers”.


-¿Quiénes son más peligroso, los libros o los lectores?


-“Aquí en Venezuela no hay peligro. La gente en su mayoría lo único que lee son la Gaceta Hípica y las revistas de modas”.



Adriano González León después de Viejo
Dios a los treinta y siete y contrito a los setenta, Adriano González León (Valera, 1931), torció su historia personal contando la historia de un país. Lleno de sed, su primera novela, País Portátil, le proporcionó todos los sorbos de gloria que el cuerpo le reclamaba, y gracias al éxito alcanzado en 1968 con este libro descomunal (obtuvo el Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral, de Barcelona, España), Adriano se instaló en la marquesina donde se colocan los nombres de aquellos que se mueven con zancos a través del tiempo. Desde aquel momento Adriano, - permítaseme que lo llame Adriano -, tomó a su aire el ejercicio de la docencia, la televisión, la escritura y la bohemia, viviendo, según lo dicho por amigos y enemigos, en un aparente mundo de escritor sin escritura; de sequía creativa, en el tránsito terrible que va del último texto escrito, laureado con un premio, a la responsabilidad de una nueva y lograda metáfora que debía superar toda marca anterior. Tal vez fue esta circunstancia, asumida por él con preocupación, lo que lo hizo pasar por los llamados “años de mudez”, los largos períodos de renuncias y los repetidos naufragios personales. En Adriano se fueron acumulando la resaca de la fama y los (es)tragos, postergando la escritura, o por lo menos aquella que se concibe en términos de notoriedad. La euforia por la literatura se expresaba en él, más bien, en el supremo acto de vivir y escribir, aunque el producto de aquello no pusiera jamás los pies en una imprenta. Para Adriano publicar era una cosa y escribir otra. Así, el hombre joven que fue se dejó envolver por las distracciones de la fama y las lisonjas del prestigio. En él, seguramente, se asentó como argumento desafiante la bohemia como una alternativa para el escape, aunque es cierto que nunca dejó de trabajar. La creación le exigió una concentración y disciplina que no estaba dispuesto a dar. No deseaba que su lápida tuviese la misma inscripción que la losa del burócrata: Cumplía horario. Pero no es tan simple. La vida de Adriano fue transportada por la bohemia de un lado a otro en un constante interrogatorio; se sabía perseguido por las expectativas que había planteado País Portátil; el premio que lo colocaba al lado de los escritores del llamado boom latinoamericano - Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, etc.-, poniendo sobre sus espaldas una responsabilidad que le impedía publicar hasta tanto no estuviese convencido de la nueva metáfora. Se fue, poco a poco, encerrando en sus temores, al tiempo que le aplicaba a cada línea escrita la más cortante crítica, el más contundente juicio, interrogando él mismo desde el púlpito que instaló en aquella desaparecida república de letrados ilustres. El creador de gran casta que había develado en un nuevo lenguaje al país, de pronto se sintió desconcertado entre esa inédita relación con la realidad y el fenómeno literario con el cual había logrado expresarla. Ya no pudo encontrar una nueva forma para que el creador vertiera sus humores, su individualidad, su sentido de grandeza y sus miserias; porque para Adriano la literatura no era ni es protagonismo, sino dolor. Y a costa de no poder satisfacer a quienes esperaban de él un nuevo triunfo, optó por seguir lo que le pidió el cuerpo: vivir, y hacerlo a su manera. Esa preocupación o temor u obsesión, hizo que Adriano no publicara sino aquello que él consideraba que tenía la impronta de la sangre. Un libro es el resultado de las vivencias de un escritor, de la sinceridad con que las aborda, y quizá, esa necesidad de autenticidad en la escritura, predispuso a Adriano a que sólo aquello que era capaz de producir inevitablemente, tenía validez. “Yo escribo cuando estoy desbordándome de sensaciones, cuando todo lo que se ha aglomerado en mi experiencia de todos los días quiere salir”. Tuvo entonces que saturarse. Vivir todos estos años, volverse viejo, alejarse, conocer la soledad de los otros y su propia soledad; encontrarse con el olvido, con el menoscabo del cuerpo, con la muerte, para echar mano del oficio, y revivir. Adriano no era un escritor prolífico. Era de los que sopesan largamente la vida, vale decir, la literatura, aun en medio de un aula de clases o de un bar, hasta constatar la satisfacción de lo alcanzado. Adriano es de esos escritores que viven de hacer literatura, no sólo mediante la escritura, sino cada vez que leen, que conversan sobre ella, o que la viven, ya sea en medio de unos tragos o en un programa de televisión. Yo mismo he compartido muchas veces, con algunos amigos escritores, la “preocupación” de la dulce irresponsabilidad de crear en medio de una tertulia bañada por jarras de cerveza; también la crítica de quienes consideran que esto no es otra cosa que la literatura como excusa para la farra. El alcohol, de alguna manera, nos mantiene conectados a ese otro acto de embriaguez que es la literatura; lo etílico como prolongación de ese acto, forma parte de la ficción; el bar, la peña y los tragos son recursos con los que se construye la historia. La coincidencia de criterios, o aun las diferencias, es sometida al juicio del ocio, es decir, del especular sin límites; escribir es vagar y explorar sin saber en dónde o con quién pernoctaremos. Para Adriano la cuestión es clara: “Tipos espectaculares como Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Verlaine, Balzac, estuvieron siempre cerca de la bohemia y ello no les impidió hacer sus grandes obras... Para escribir sólo hay un problema: el escritor tiene que resolver su relación con la escritura y por esa vía con el mundo. El escritor debe ser honesto en lo que va a decir, y si aparece el libro, bueno, ahí está”. Viejo, la novela que únicamente pudo escribir después de haber vivido todo lo que vivió, corroboró que el escritor de País Portátil nunca dejó de crear.